Tertulia de sombras #3
—¿Y si apareciera en documento verdadero?
—Me interesaría saber quién lo llama verdadero.
Padre Mateo mordió la fruta. Era ácida.
—Buena respuesta.
—Gracias.
—Preparada.
—La cortesía exige preparación.
—La defensa también.
Blackthorne bajó la voz.
—Padre, usted cree que yo muevo esto.
—Creo que usted se ha movido demasiado bien dentro de esto.
—No es lo mismo.
—No. Por eso seguimos conversando.
—Y si yo le dijera que algunos de los aquí presentes están más comprometidos de lo que imagina.
—Le diría que ya lo sé.
—No. No lo sabe. Cree saberlo. Es diferente.
Padre Mateo dejó la fruta en un plato.
—Entonces ilumíneme.
—Don Esteban estaba dispuesto a financiar presión contra ciertas medidas del virrey.
—¿Presión?
—Cartas, memoriales, alianzas entre casas comerciales. Nada sangriento. De momento.
—¿Don Julián?
—Más ambicioso. Cree que el comercio debe gobernarse a sí mismo en la práctica, aunque siga jurando obediencia en teoría.
—¿Abarca?
—Miedo con barriga.
—¿Doña Mariana?
Blackthorne miró hacia ella.
—Inteligencia sin dueño. Por eso todos la buscan y nadie la posee.
—¿Y usted?
El inglés sonrió.
—Yo soy el extranjero que todos usan para no admitir lo que desean.
—Esa frase puede ser verdad.
—Lo es.
—También puede ser la mejor mentira que ha dicho esta noche.
—Eso la vuelve interesante, no falsa.
Padre Mateo lo miró de cerca.
—Mister Blackthorne, ¿quién mató a Sebastián Mier?
Por primera vez, el inglés no respondió con rapidez.
—No lo sé.
—¿Quién ordenó a Ramiro el Seco?
—No conozco a Ramiro.
—Ya no estamos en una sala del palacio. Puede mentir de otra forma.
Blackthorne dejó la copa.
—Padre, si Ramiro dice mi nombre, será porque alguien se lo ha puesto en la boca. Hombres como él venden hasta su culpa.
—Y hombres como usted compran hasta su inocencia.
La mirada del inglés se enfrió.
—Tenga cuidado. Está muy cerca de construir una acusación con piezas que otros han dejado para usted.
—Eso temo.
—Bien.
—Pero también temo lo contrario: que usted confíe en que ese temor me impida ver lo evidente.
Blackthorne lo observó durante unos segundos.
—Comprendo por qué lo trajeron.
—Y yo empiezo a comprender por qué usted no huyó.
—¿Por qué?
—Porque todavía cree que puede convencerme de que soy más inteligente si no lo acuso.
El golpe llegó.
Esta vez la sonrisa de Blackthorne tardó demasiado.
—La vanidad es pecado común, padre. También en los frailes.
—Sí. Por eso la reconozco cuando se mira en otro espejo.
Doña Mariana, desde el otro lado del salón, golpeó suavemente una copa con una cucharilla.
—Señores, propongo un brindis. Por la verdad, ya que todos dicen desearla y casi nadie la invita a cenar.
Algunos rieron. Otros levantaron copas con incomodidad.
Padre Mateo no bebió.
Blackthorne sí.
Y mientras lo hacía, sus ojos no abandonaron al sacerdote.
La tertulia no terminó: se deshilachó.
Uno a uno, los invitados fueron marchándose con frases cuidadas.
Don Esteban se retiró alegando preocupación familiar.
Don Julián habló de asuntos urgentes. Abarca dijo que el comercio madrugaba.
Fray Anselmo pidió permiso para volver a su convento con rostro más grave que al llegar.
Salvatierra salió antes que Blackthorne, pero solo para colocar hombres en la calle.
Doña Mariana despidió a todos con elegancia.
Blackthorne fue el último de los hombres principales en marcharse.
—Una noche instructiva —dijo al despedirse.
—Las noches instructivas suelen cobrarse al día siguiente —respondió Padre Mateo.
—¿Me recibirá mañana?
—Creí que era usted quien deseaba conversación reservada.
—La deseo.
—Entonces la tendrá.
—¿En el palacio?
—En el palacio.
—Lástima. Algunos lugares ayudan a la sinceridad.
—Y otros a los asesinatos. Elegiremos el aburrido.
Blackthorne rió suavemente.
—Buenas noches, padre.
—Buenas noches, mister Blackthorne.
Cuando el inglés salió, doña Mariana cerró la puerta del salón y dejó escapar un suspiro.
—Ha venido a sembrar.
—Sí —dijo Padre Mateo.
—Y muchos han abierto la mano.
—También.
—¿Lo detendrá mañana?
—No lo sé.
Ella lo miró con impaciencia.
—Padre.
—Doña Mariana, sé que Blackthorne está en el centro de algo. Sé que Ramiro se mueve en su órbita. Sé que las listas lo nombran. Sé que alimenta la desconfianza contra el virrey. Sé que usa verdades locales para fines que no confiesa. Pero aún falta unir su voluntad con las muertes.
—¿Cuánta unión necesita un cadáver?
—La suficiente para que no cuelgue otro hombre por el hueco que dejemos.
La viuda aceptó la respuesta, aunque no le gustó.
—Fray Anselmo sabe algo.
—Sí.
—No lo dirá.
—No puede.
—Maldito secreto de confesión.
—No maldiga lo que quizá ha salvado más almas que investigaciones.
—¿Y si condena a vivos?
Padre Mateo guardó silencio.
Doña Mariana se acercó a la mesa y apagó una de las velas comunes.
—Blackthorne habló conmigo antes de que llegaran los demás.
—¿Qué dijo?
—Que usted acabaría mirando al lugar equivocado porque era demasiado justo para acusar a un inglés sin prueba perfecta.
Padre Mateo no se movió.
—Interesante.
—También dijo que los hombres rectos son fáciles de retrasar: basta con llenarles el camino de dudas legítimas.
La frase le entró como frío.
No porque fuera insulto.
Porque era verdad.
—¿Por qué me lo dice ahora?
—Porque esta noche lo he visto sonreír cuando usted dudaba.
—Sonríe a menudo.
—No así.
Padre Mateo miró las velas.
—Gracias.
—No me dé las gracias. Haga algo con ellas.
—Lo haré.
—¿Qué?
—Dudar mejor.
En la calle, Salvatierra esperaba.
—Blackthorne ha salido con dos hombres siguiéndolo. Uno visible, otro no.
—¿Lo notó?
—Al visible, sí.
—Bien.
Leoz apareció desde el coche, con los papeles de la velada recogidos y el rostro más cansado que nunca.
—Padre, fray Anselmo dejó esto para usted.
Era un pequeño papel doblado.
No tenía firma.
La letra era sencilla, de religioso habituado a escribir poco y pensar mucho.
“Busque no al que desea la muerte, sino al que necesita que cada muerte produzca una frase.”
Padre Mateo leyó dos veces.
Luego cerró el papel.
—Fray Anselmo empieza a predicar con precisión.
Leoz frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—Que cada muerte ha dicho algo.
Salvatierra se acercó.
—Don Gaspar.
—El virrey no protege a los ricos.
—Don Baltasar.
—El culpable puede seguir actuando incluso con Villaclara preso; la autoridad se equivoca.
—Sebastián.
—Ni los pequeños están seguros si saben demasiado; el miedo baja de los salones a la calle.
Leoz añadió:
—Y la dama amenazada.
—El honor de las familias está en manos de la investigación. Otro golpe a la confianza.
Salvatierra miró hacia la calle por donde se había ido Blackthorne.
—Entonces el asesino escribe política con cadáveres.
—Sí.
—¿Blackthorne?
Padre Mateo guardó la nota de fray Anselmo.
—Blackthorne entiende perfectamente la frase que produce cada muerte.
—Eso basta para mí.
—Para usted. No para una verdad completa.
El capitán hizo un gesto de irritación.
—La verdad completa suele llegar tarde.
—Lo sé.
—Y mientras llega, muere gente.
Padre Mateo lo miró. Esta vez no respondió con ironía.
—También lo sé.
El silencio que siguió fue pesado.
Después, desde el extremo de la calle, un soldado llegó corriendo.
—Capitán.
Salvatierra se volvió.
—¿Qué?
—Blackthorne no ha ido a su casa.
Padre Mateo levantó la mirada.
—¿Dónde?
—Ha entrado en la iglesia de San Felipe. Solo. O eso parecía.
—¿Y el hombre que lo seguía bien?
—Se quedó fuera. A los pocos minutos salió un fraile encapuchado por la puerta lateral.
—¿Blackthorne disfrazado?
—No lo sabemos. El segundo hombre lo siguió.
—¿Y el visible?
—Sigue vigilando la puerta principal. Blackthorne no ha salido por allí.
Salvatierra maldijo entre dientes.
Padre Mateo sintió que la noche volvía a estrecharse.
—¿Hacia dónde fue el fraile encapuchado?
—Hacia las calles de San Lázaro.
Leoz palideció.
—Las bodegas.
—O Ramiro —dijo Salvatierra.
Padre Mateo se ajustó el sombrero.
—Vamos.
—¿Cree que intenta matar a Ramiro?
—Creo que intenta corregir el final antes de nuestra conversación de mañana.
—¿Y si no es Blackthorne?
Padre Mateo empezó a andar.
—Entonces alguien quiere que lo parezca con mucha prisa.
La calle se abrió ante ellos, oscura, caliente, llena de sombras adheridas a las paredes.
La tertulia había terminado, pero sus frases seguían ardiendo.
Cada invitado volvía a su casa con una versión distinta del miedo.
Cada criado llevaría al día siguiente una semilla nueva.
Cada comerciante decidiría si guardar silencio, escribir una carta o preparar una huida.
Y en alguna parte, un hombre cortés, o alguien que lo imitaba, caminaba bajo hábito ajeno hacia la zona donde los papeles, las bodegas y los muertos empezaban a reunirse.
Padre Mateo aceleró el paso.
No corría.
Todavía no.
Pero por primera vez en muchos días sintió que la investigación ya no perseguía solo el pasado.
Ahora corría detrás de algo que estaba a punto de suceder.