Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Tertulia de sombras #2
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Tertulia de sombras #2

Arriaga se quedó inmóvil.

—No sé de qué habla.

—Yo sí.

Don Julián intervino:

—Padre, no confundamos preocupación colectiva con intriga.

—Procuro no confundir nada. Por eso escucho.

Blackthorne se acercó entonces al grupo principal. Lo hizo sin prisa, como quien no domina la conversación, pero llega justo cuando esta lo necesita.

—Quizá todos estamos cometiendo el error de hablar como si hubiera dos bandos: autoridad y comerciantes, virrey y familias, España y Nueva España. Es una división peligrosa.

—Dicho por un inglés, suena casi pastoral —dijo Salvatierra desde un rincón.

Blackthorne lo miró con cortesía.

—Capitán, precisamente porque soy extranjero veo con cierta distancia. La fuerza de esta tierra reside en la confianza entre quienes gobiernan y quienes producen riqueza. Si esa confianza se rompe, todos pierden.

—Algunos compran barato cuando todos pierden —dijo Padre Mateo.

—Solo los necios.

—O los pacientes.

El inglés aceptó el golpe con una inclinación mínima.

—Padre, le concedo que existen hombres capaces de usar el miedo. Pero no todo miedo es fabricado.

—No. Algunos miedos son naturales. Otros reciben educación.

—¿Y usted cree que alguien educa el nuestro?

—Estoy seguro.

El salón calló.

Por primera vez, Padre Mateo había dicho algo que no sonaba a ironía. Don Esteban, don Julián, Abarca, fray Anselmo, doña Mariana, Blackthorne, todos sintieron que la conversación dejaba de ser tertulia y se acercaba a declaración.

—¿Y quién sería ese maestro? —preguntó Blackthorne.

—Aún estoy corrigiendo exámenes.

Doña Mariana intervino antes de que la tensión se hiciera demasiado visible:

—Padre, tal vez debería conversar con fray Anselmo. Hace rato que mira las velas como si fueran a confesar.

Fray Anselmo no negó.

Padre Mateo aceptó el desvío.

—Con gusto.

Se apartaron hacia una galería lateral.

Desde allí se veía el patio interior de la casa, iluminado por lámparas bajas. El agua de una fuente pequeña sonaba con discreción. A lo lejos, el salón continuó murmurando. Las tertulias tenían esa capacidad: seguir viviendo incluso después de que la verdad saliera un momento a respirar.

Fray Anselmo apoyó las manos en la baranda.

—No me gusta esta casa esta noche.

—¿Le gusta otras noches?

—Tampoco. Pero esta noche menos.

—Eso ya es un juicio bastante concreto para un hombre de su prudencia.

El fraile no sonrió.

—Usted ha venido a descubrir crímenes. Procure no olvidar las almas.

—Las almas suelen dejar huellas más hondas que las botas.

—Entonces mire bien.

Padre Mateo lo observó de perfil.

—Usted estuvo en la cena de don Gaspar.

—Sí.

—Se marchó antes de la muerte.

—Sí.

—¿A qué hora?

—Poco antes de las once.

—¿Por qué?

—Porque la conversación se volvió indecente.

—¿En qué sentido?

—Burlas. Dinero. Orgullo. Don Gaspar humillando a Villaclara. Don Baltasar riendo. Otros callando por comodidad.

—¿Blackthorne estuvo presente?

—No en la cena.

—¿En la casa?

Fray Anselmo no respondió enseguida.

—Lo vi antes.

Padre Mateo se quedó quieto.

—¿Cuándo?

—Al caer la tarde. En el zaguán. Hablaba con don Gaspar. No era visita formal. Yo llegaba temprano y los vi desde el patio.

—¿Por qué no lo dijo?

—Nadie me preguntó si había visto a un inglés antes de la cena.

—Le haré la cortesía de no repetir mi opinión sobre esa excusa. ¿De qué hablaban?

—No pude oírlo todo. Pero don Gaspar dijo algo como: “Eso es jugar demasiado alto incluso para mí.” Blackthorne respondió: “Nadie gana si no acepta que la mesa cambia.” O algo parecido.

Padre Mateo sintió que otra pieza encajaba, aunque aún no sabía en qué dibujo.

—¿Don Gaspar parecía asustado?

—No. Excitado. Como un pecador ante una ocasión nueva.

—¿Y Blackthorne?

—Cortés.

—Eso no distingue mucho.

—Padre, hay cortesías que piden permiso. La suya concedía absolución antes del pecado.

Padre Mateo guardó la frase.

—¿Algo más?

Fray Anselmo miró hacia el salón.

—Esa noche, después de la discusión con Villaclara, don Gaspar se acercó a mí. Me preguntó si una falta contra el rey podía perdonarse si se hacía por beneficio del reino.

—¿Qué respondió?

—Que la traición no mejora por perfumarse con utilidad.

—¿Usó esa palabra? ¿Traición?

—Yo sí. Él se rió, pero menos que antes.

—¿Le confesó algo?

El fraile se volvió.

—Cuidado, padre.

—No le pregunto por confesión sacramental. Le pregunto si habló fuera de ella.

—Habló como hablan los hombres que quieren que alguien les impida hacer lo que ya han decidido.

—¿Mencionó nombres?

—No.

—¿Inglaterra?

—No.

—¿Blackthorne?

—No. Pero miró hacia el zaguán por donde el inglés se había marchado.

Padre Mateo permaneció en silencio.

Fray Anselmo añadió:

—Don Gaspar estaba entrando en algo. No sé qué. Pero esa noche aún podía retroceder.

—Y murió antes de hacerlo.

—Eso temo.

—¿Por qué calló hasta ahora?

La pregunta era inevitable.

Fray Anselmo cerró los ojos un instante.

—Porque parte de lo que sé lo supe en confesión de otro hombre. No puedo usarlo. No puedo repetirlo. Pero puedo decirle esto: no busque solo codicia. Hay hombres que están justificando su pecado como servicio a una causa mayor.

—¿Qué causa?

—Una Nueva España más libre de Madrid. Un comercio menos vigilado. Una autoridad local más fuerte que la virreinal. Lo llaman madurez. Lo llaman prosperidad. Lo llaman futuro.

—¿Y usted cómo lo llama?

—Tentación.

Padre Mateo miró hacia el salón.

Blackthorne conversaba ahora con don Julián y Abarca. Don Esteban escuchaba a cierta distancia. Doña Mariana fingía ocuparse de una bandeja, pero observaba a todos.

—¿Quién le habló de eso? —preguntó.

Fray Anselmo negó con la cabeza.

—No puedo.

—¿Sacramento?

—Sí.

Padre Mateo no insistió. Había muros que ni siquiera una investigación podía derribar sin derrumbar al investigador por dentro.

—¿Puede al menos decirme si esa persona está en esta casa?

El fraile lo miró con dolor.

—Padre Mateo.

—No le pido nombre. Le pido peligro.

Fray Anselmo tardó en responder.

—El peligro está en esta casa.

—Eso ya lo sabía.

—No. Usted sospecha de hombres. Yo le digo que hay una idea aquí. Y las ideas, cuando se convencen de ser puras, matan con menos remordimiento que los ladrones.

El salón estalló entonces en una risa breve. No alegre. Conveniente.

Padre Mateo no apartó la mirada de Blackthorne.

—Gracias, fray Anselmo.

—No me las dé. He dicho menos de lo que sé y más de lo que puedo.

—A veces esa es la única forma posible de ayudar.

—Rece por mí.

—Lo haré.

—Y por ellos.

Padre Mateo miró a los reunidos.

—Eso me costará más.

—Entonces tendrá más mérito.

Cuando Padre Mateo volvió al salón, la conversación había cambiado de tono.

Blackthorne hablaba ahora con voz baja, lo bastante baja para obligar a los demás a inclinarse un poco. Aquello también era dominio: quien consigue que otros acerquen la cabeza ya los ha puesto en postura de conspiración.

—No hablo de ruptura —decía el inglés—. Sería absurdo. Hablo de comprensión. Madrid está lejos. Nueva España conoce sus necesidades mejor que cualquier despacho peninsular. Un virrey inteligente lo entiende. Uno rígido lo teme.

Don Julián escuchaba sin asentir demasiado.

Don Esteban miraba su copa.

Abarca asentía con el entusiasmo prudente de quien quiere estar de acuerdo sin aparecer como primero.

Doña Mariana observó a Padre Mateo entrar. No dijo nada.

—¿Y quién decide cuándo la comprensión se vuelve desobediencia? —preguntó el sacerdote desde la entrada.

Blackthorne se volvió con serenidad.

—La prudencia.

—La prudencia es una dama a la que todos invocan y pocos respetan.

—¿Propone usted obediencia ciega?

—No. Propongo no llamar visión al interés propio cuando se pone anteojos nuevos.

Don Julián intervino:

—Padre, no toda crítica al gobierno es traición.

—Cierto. Pero algunas traiciones empiezan llamándose crítica para no asustarse de sí mismas.

Don Esteban habló por fin:

—Es fácil hablar de obediencia cuando no se arriesga una fortuna entera por cada decisión tomada a un océano de distancia.

Padre Mateo se volvió hacia él.

—También es fácil hablar de fortuna cuando otros ponen los muertos.

El golpe fue duro.

Arriaga palideció.

—Yo no he matado a nadie.

—No lo he acusado.

—Lo ha insinuado.

—No. He recordado que algunos pagan con dinero, otros con nombre y otros con sangre. Esta ciudad parece empeñada en que nunca sean los mismos.

La viuda amiga de doña Mariana se santiguó discretamente.

Blackthorne alzó una mano conciliadora.

—Padre, entiendo su celo. Pero si convierte toda conversación política en sospecha criminal, nadie hablará con libertad.

—Me preocupa menos que hablen con libertad que el hecho de que algunos maten con método.

—Y a mí me preocupa que la investigación, al buscar método, encuentre enemigos convenientes.

Padre Mateo sonrió apenas.

—¿Como ingleses?

—Por ejemplo.

—Mister Blackthorne, le concedo algo: acusar a un inglés de intriga en territorio español es casi demasiado cómodo. Sería tan cómodo como acusar a un jugador arruinado de matar a un acreedor.

El salón calló.

Blackthorne sostuvo su mirada. En sus ojos apareció por un segundo algo parecido al reconocimiento. No de culpa. De peligro.

—Buena comparación.

—La comodidad me hizo desconfiar entonces. Me hace desconfiar ahora.

—Entonces quizá tenga usted más justicia que patriotismo.

—Procuro que mi patriotismo no necesite mentiras para sostenerse.

La frase agradó a Salvatierra, que no lo mostró.

Doña Mariana intervino con una copa en la mano:

—Quizá convenga recordar que estamos en mi casa y que todavía no he dado permiso para una guerra de imperios junto a mis dulces.

Abarca rió demasiado fuerte. La tensión se aflojó apenas.

Padre Mateo se acercó a la mesa lateral. Tomó una fruta, no por hambre, sino para colocarse junto a Blackthorne sin parecer ir hacia él.

—He visto hoy documentos interesantes —dijo en voz baja.

El inglés respondió sin mirarlo:

—En esta ciudad abundan.

—Listas.

—Más aún.

—Iniciales.

—Las iniciales son máscaras pobres.

—Nombres completos.

Blackthorne giró muy lentamente la cabeza.

—Eso ya es mejor.

—Sí.

—¿Y ha encontrado el mío?

—¿Le inquietaría?

—Me incomodaría, si apareciera en documento falso.