Tertulia de sombras
La ciudad no necesitaba saber la verdad para empezar a comportarse como si la verdad la ofendiera.
Bastaron tres muertos, una dama señalada por el rumor, un escribano custodiado, un prestamista protegido, bodegas registradas y el nombre de un inglés pronunciado en voz baja para que México cambiara de respiración.
Las casas principales cerraron antes sus portones.
Los comerciantes hablaron menos en público y más en cuartos interiores.
Los criados llevaron noticias como quien transporta brasas en el delantal.
Los cafés, portales y sacristías se llenaron de prudencias fingidas.
Nadie decía abiertamente que el virrey hubiera perdido el control.
Por eso todos lo estaban diciendo.
En el palacio, Revillagigedo recibió aquella mañana cinco cartas, tres memoriales y dos visitas no solicitadas.
Todas usaban palabras semejantes: inquietud, seguridad, vecinos principales, confianza, comercio, protección, escándalo, autoridad.
Ninguna mencionaba la palabra miedo, que era la única honrada.
Padre Mateo leyó una de las cartas por indicación del virrey. Venía firmada por varios comerciantes.
—“La permanencia de la incertidumbre daña el sosiego público y compromete la necesaria confianza entre el gobierno y los cuerpos vivos de la riqueza del reino” —leyó en voz alta.
Levantó los ojos.
—Los cuerpos vivos de la riqueza. Qué manera tan elegante de decir bolsillos asustados.
Francisco Leoz, sentado a su lado, tenía ojeras nuevas y pluma cansada.
—La firma don Julián Echevarri. También dos socios de Arriaga y otros comerciantes.
—¿De la Serna?
—No. Naturalmente, estando bajo custodia discreta, no convenía.
—La discreción empieza a ser el último refugio de los cobardes y de los útiles.
El virrey caminaba junto a la ventana. No parecía alterado, pero su silencio tenía peso.
—No son solo cartas —dijo—. Se preparan tertulias. Reuniones de casas principales. Dicen que para tranquilizar ánimos.
—Cuando los hombres ricos se reúnen para tranquilizar ánimos, suelen empezar por agitar los de los demás.
Leoz consultó otro papel.
—Esta noche hay una en casa de doña Mariana de Velasco.
Padre Mateo levantó la vista.
—¿Doña Mariana?
—Ha enviado invitación a varias personas: don Esteban, don Julián, algunos comerciantes, el capitán Salvatierra, fray Anselmo, incluso Blackthorne.
—¿Y al virrey?
—No directamente. Pero ha enviado nota diciendo que, si el padre Mateo desea asistir, será recibido.
El virrey se volvió.
—¿Una tertulia con casi todos los implicados?
—Una pecera —dijo Padre Mateo—. Y alguien acaba de ofrecernos mirar desde dentro.
—O ser vistos.
—Ambas cosas.
Revillagigedo tomó la nota de doña Mariana. La letra de la viuda era firme, elegante y sin exceso de cortesía.
“Padre Mateo: Esta noche algunos de los que tanto hablan de tranquilidad se reunirán en mi casa para demostrar cuánto temen al silencio. Si vuestra paternidad desea escuchar cómo se miente con abanicos, copas y citas de comercio, mi salón estará abierto. Prometo velas comunes. M. de V.”
Padre Mateo sonrió apenas.
—Promete velas comunes. Esa mujer sabe invitar.
Leoz parecía preocupado.
—¿Es prudente acudir?
—No.
—Entonces…
—Por eso iremos.
El virrey miró al sacerdote.
—Blackthorne pidió verlo en privado.
—Y lo verá. Pero antes quiero verlo en sociedad.
—¿Por qué?
—A solas puede elegir máscara. En tertulia debe cambiarla según quien hable. Los hombres hábiles se delatan menos por lo que dicen que por la velocidad con que se adaptan.
—Habrá tensión.
—Eso espero.
—No provoque un incendio.
Padre Mateo inclinó la cabeza.
—Intentaré limitarme a acercar una vela común a cortinas ya muy secas.
Revillagigedo no sonrió.
—Padre.
—Excelencia, esa tertulia puede mostrarnos quién empuja la idea de que la autoridad virreinal es insuficiente. Y quién recoge la frase. Y quién la teme. Y quién la esperaba.
—Vaya, entonces. Don Francisco lo acompañará.
Leoz aceptó con un gesto, aunque su rostro decía que habría preferido acompañar a un dentista de mulas.
—Capitán Salvatierra estará también —añadió el virrey—. Oficialmente como invitado. Extraoficialmente como muro.
—Buen uso para un capitán.
—Y Blackthorne seguirá vigilado.
—Que lo note poco.
—Ya sabe que lo vigilamos.
—Sí. Pero conviene dejarle creer que sabe cómo.
Doña Mariana de Velasco no organizaba tertulias: disponía campos de batalla con flores.
Su salón principal estaba iluminado por lámparas y velas de cera común, tal como había prometido.
Las paredes lucían cuadros discretos, un espejo grande y estantes con libros que no estaban allí solo para impresionar.
Había sillas colocadas en grupos calculados: lo bastante cerca para favorecer conversaciones, lo bastante separadas para permitir alianzas.
En una mesa lateral se servían chocolate, vino dulce, agua fresca, frutas y pequeños dulces. Todo parecía amable. Nada era inocente.
Padre Mateo llegó con Francisco Leoz cuando la reunión ya había empezado.
Doña Mariana salió a recibirlos.
—Padre. Don Francisco. Me alegra que hayan venido.
—Eso dice usted como si no hubiera puesto el anzuelo con mucho cuidado.
—El mérito del anzuelo está en que el pez pueda sentirse inteligente al morderlo.
—Entonces procuraré no tragar del todo.
Ella sonrió.
—He cumplido: velas comunes.
Padre Mateo olió el aire.
—Lo agradezco. Empiezo a tener prejuicios contra las flores.
—Las flores no tienen culpa de quienes las usan.
—Cierto. Pero tampoco los cuchillos.
Doña Mariana lo condujo con naturalidad hacia el salón.
Allí estaban don Esteban de Arriaga, rígido y pálido; don Julián Echevarri, impecable y frío; fray Anselmo de la Cruz, sentado junto a una ventana con rostro de penitente que ha oído demasiadas confesiones; el capitán Salvatierra, incómodo entre porcelanas; dos comerciantes de importancia; una viuda amiga de doña Mariana; y Edward Blackthorne, conversando con una elegancia tranquila cerca de una estantería.
El inglés vio entrar a Padre Mateo.
No se acercó de inmediato.
Eso fue inteligente.
Don Esteban sí lo miró con hostilidad apenas disimulada. Don Julián inclinó la cabeza. Fray Anselmo levantó los ojos y los bajó otra vez, como si hubiera reconocido no a un hombre, sino a una consecuencia.
Doña Mariana alzó ligeramente la voz.
—Padre Mateo se une a nosotros. Quizá su presencia ayude a que todos midamos mejor nuestras palabras.
—O a que las digamos por fin —respondió Padre Mateo.
Un silencio breve cruzó el salón.
Después las conversaciones se reanudaron con la cortesía tensa de una música que ha perdido el compás.
El primer comerciante, don Miguel Abarca, hombre de vientre sólido y voz untuosa, hablaba de seguridad.
—Nadie desea interferir en la labor de su excelencia —decía—. Pero comprenderán que tres muertes en pocos días alteran cualquier ánimo razonable.
—El ánimo razonable suele alterarse menos que el bolsillo —dijo doña Mariana.
Abarca sonrió con esfuerzo.
—También el comercio tiene alma, señora.
—La tendrá. Pero la guarda en libros de cuentas.
Blackthorne intervino con suavidad:
—No es injusto que los comerciantes teman. La confianza es una materia más frágil que la plata. Cuando se quiebra, no basta con ordenar que vuelva.
Padre Mateo observó cómo varios asentían.
Confidence.
La palabra, aunque dicha en castellano, traía sombra inglesa.
—¿Y quién la quiebra? —preguntó el sacerdote.
Blackthorne se volvió hacia él.
—A veces el crimen. A veces la demora. A veces el exceso de secreto.
—También la mala intención.
—Desde luego.
—Y quienes explican el miedo con demasiada elegancia.
El inglés sonrió.
—¿Me acusa de elegancia, padre?
—De momento. Es delito menor, pero reincide mucho.
Algunos rieron. Don Esteban no.
—Con bromas no se protegen familias —dijo Arriaga.
Padre Mateo lo miró.
—Tampoco con silencios falsos.
La frase golpeó cerca de doña Isabel, aunque ella no estuviera presente. Don Esteban apretó los labios.
Don Julián tomó la palabra con calma:
—Conviene distinguir entre legítima preocupación y deslealtad. Quienes aquí estamos no deseamos debilitar al virrey. Al contrario. Deseamos que actúe con firmeza.
—Firmeza suele significar que castigue a otro con rapidez —dijo doña Mariana.
—Significa que la ciudad vea autoridad.
Padre Mateo preguntó:
—¿Aunque la autoridad se equivoque?
—La duda permanente también destruye.
—Sí. Pero la certeza falsa ahorca.
Fray Anselmo, que hasta entonces había callado, habló por primera vez:
—La justicia apresurada es hija del miedo. Y el miedo rara vez engendra santos.
Todos miraron al fraile.
Era hombre delgado, de rostro ascético y ojos hundidos. Su voz era baja, pero tenía la firmeza de quien no busca agradar.
—Fray Anselmo —dijo Blackthorne con cortesía—, nadie pide precipitación. Solo claridad.
—La claridad no siempre gusta cuando llega.
—Pero conviene pedirla.
—Conviene merecerla.
La respuesta dejó una incomodidad distinta. Padre Mateo observó a fray Anselmo con interés renovado. Aquel religioso sabía más de lo que decía, sin duda. Pero no hablaba como culpable. Hablaba como depositario de un peso.
Don Miguel Abarca carraspeó.
—El problema es que la calle ya habla de conspiraciones, de ingleses, de falsificaciones, de mujeres comprometidas, de comerciantes corruptos…
—Qué calle tan culta —dijo Padre Mateo—. Maneja conceptos que ayer no conocía.
Blackthorne inclinó la cabeza.
—Los rumores siempre exageran.
—Sí. Pero alguien les enseña vocabulario.
Doña Mariana se movía por el salón con calma, dejando que los hombres se traicionaran a sí mismos.
Servía una taza aquí, dejaba una frase allá, miraba lo justo para que otro se sintiera obligado a continuar.
Padre Mateo empezó a entender por qué Blackthorne la había tanteado.
Una mujer así podía influir en media ciudad sin firmar una sola carta.
Don Esteban habló con voz contenida:
—La cuestión esencial es si el gobierno puede garantizar la seguridad de quienes sostienen la prosperidad del reino.
—Qué frase tan parecida a una carta recibida esta mañana —dijo Padre Mateo.