El enemigo cortés #5
—Porque un hombre que se cree indispensable intentará salvar no su vida primero, sino su papel en la obra.
—No entiendo.
—Blackthorne ha querido ser amigo de todos, consejero de todos, traductor de todos los miedos. Si siente que deja de dirigir la historia, cometerá el error de intentar escribir el final.
Leoz miró la lista.
—¿Y si huye?
Padre Mateo guardó el papel en su carpeta.
—Entonces tendremos algo que hasta ahora no nos ha dado.
—¿Qué?
—Prisa.
Esa noche, Edward Blackthorne no huyó.
Hizo algo más inquietante.
Envió una carta al virrey.
No negó. No explicó. No pidió. Invitó.
“Excelencia: He sabido que se ha producido una detención en las bodegas de San Lázaro. Si lo hallado allí afecta a mi nombre, ruego se me permita aclarar cuanto sea necesario. Pero antes de que ciertas pasiones locales conviertan en crimen lo que quizá no sea sino comercio imprudente, me atrevo a solicitar una conversación reservada con Padre Mateo. Él parece ser el único hombre en esta ciudad que prefiere entender antes que condenar. Su seguro servidor, Edward Blackthorne.”
Revillagigedo leyó la carta dos veces.
—Lo invita a solas.
—No —dijo Padre Mateo—. Me invita a creer que me invita a solas.
Salvatierra fue tajante:
—Es una trampa.
—Naturalmente.
—Entonces no irá.
—Naturalmente iré.
—Padre…
—Con vigilancia. Sin que él crea que es suficiente. Y en lugar elegido por nosotros.
Leoz miraba la carta con inquietud.
—Dice que usted prefiere entender antes que condenar.
—Me halaga para abrir puerta.
—¿Y la abre?
—La entreabro. Con el pie detrás.
El virrey dejó la carta sobre la mesa.
—¿Qué espera obtener?
Padre Mateo miró la firma del inglés.
—Una contradicción que no pueda esconder bajo cortesía.
—¿Y si no la da?
—Entonces quizá deba provocarla.
—¿Puede hacerlo?
Padre Mateo pensó en la primera vez que vio a Blackthorne en el patio del palacio. La sonrisa impecable. La disponibilidad perfecta. La manera de escuchar. La paciencia del hombre que ha aprendido a mover a otros sin parecer moverse.
—Todo hombre tiene una vanidad —dijo—. Incluso los prudentes.
—¿Cuál es la suya?
Padre Mateo tocó la carta con un dedo.
—Quiere ser reconocido como autor de una inteligencia superior. No basta con que su plan funcione. Necesita que alguien digno comprenda su belleza.
Salvatierra bufó.
—Los asesinos vanidosos me parecen más fáciles.
—No se confíe. Los vanidosos inteligentes no confiesan. Corrigen la interpretación.
Leoz asintió lentamente.
—Y usted va a interpretarlo mal a propósito.
Padre Mateo lo miró con una leve sonrisa.
—Don Francisco, empieza usted a ser peligroso.
—Gracias… creo.
El virrey tomó la decisión.
—Mañana. En una sala del palacio. Custodia oculta. Padre Mateo hablará con él, pero no estará solo.
—Blackthorne lo sabrá —dijo Salvatierra.
—Claro que lo sabrá —respondió Padre Mateo—. Lo importante es que crea saber dónde están todos.
Padre Mateo se retiró tarde.
No durmió enseguida. La lista hallada en San Lázaro estaba bajo custodia, pero había pedido copia de algunos nombres. Los repasó a la luz de una vela común.
Gaspar Luján.
Baltasar Ochoa.
Joaquín de la Serna.
Julián Echevarri.
Esteban Arriaga.
Mariana de Velasco.
Otros comerciantes menores.
Funcionarios.
Rutas.
Cifras.
Y, en la parte superior, como una sombra que por fin se dejaba contornear:
E. Blackthorne.
Pero lo que más inquietaba a Padre Mateo no era el nombre.
Era la frase: “no figurar”.
Un hombre que escribe “no figurar” en un papel sabe que alguien lo leerá. O cree que puede controlar quién lo lee. O alguien lo ha escrito para que parezca que él quiso no figurar.
Todavía quedaba una última prudencia.
No por defender al inglés.
Por respeto a la verdad.
Abrió su cuaderno y escribió:
“Blackthorne aparece ahora con más claridad. Demasiada. Ramiro vinculado a bodegas y recados. Lista casi completa lo señala como contacto principal. Nota en inglés prevé utilidad política de la tercera muerte. Blackthorne pide verme. No huye. Quiere disputar el sentido de las pruebas. Peligroso: puede intentar convertir la acusación en prueba de persecución extranjera, o revelar a cómplices locales para salvarse. Necesario escuchar sin creer.”
Debajo escribió:
“El enemigo cortés no deja de ser enemigo cuando ofrece asiento.”
Cerró el cuaderno.
En la calle, la noche de México respiraba caliente.
Lejos, un perro ladró. Más lejos aún, quizá en alguna casa elegante, una dama sin sueño escuchaba pasos que no llegaban.
En una celda, Ramiro el Seco debía de calcular cuánto valía su silencio.
En otra, Tomás Yáñez rezaba por una familia que su propia mano había puesto en peligro.
En su residencia, Edward Blackthorne tal vez preparaba ya su defensa, o su próximo movimiento, con la tranquilidad de quien aún no se considera vencido.
Padre Mateo apagó la vela.
Antes de que la oscuridad llenara la estancia, pensó en Sebastián Mier, el muchacho que sabía leer.
Y se prometió que, al día siguiente, haría leer a Blackthorne algo que quizá el inglés no había previsto: el principio de su propio final.