Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El enemigo cortés #4
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El enemigo cortés #4

Allí Blackthorne no entró en las bodegas. Se detuvo junto a una iglesia pequeña, habló con un mendigo, dejó caer una moneda y continuó. El mendigo permaneció sentado unos minutos. Luego se levantó con demasiada agilidad para su oficio y caminó hacia una calle lateral.

El segundo hombre decidió seguir al mendigo.

Buena decisión.

El mendigo fue hasta una casa baja junto a unos almacenes. Entró por una puerta trasera. Salió poco después sin la manta rota y sin cojera. Ahora era un hombre mediano, moreno, de cara común.

Sin pañuelo rojo.

Sin pañuelo azul.

Pero con olor a tabaco fuerte, según declaró después el soldado.

Ramiro el Seco.

Cuando Salvatierra recibió el aviso, no esperó al virrey. Dispuso hombres alrededor de la zona y mandó recado urgente al palacio.

Padre Mateo llegó con Leoz y dos guardias cuando la noche empezaba a caer.

—¿Está dentro? —preguntó.

Salvatierra asintió.

—Entró hace media hora. No ha salido.

—¿Solo?

—No lo sé.

—¿Blackthorne?

—Volvió a su casa. O eso parece. Está vigilado.

—Bien.

El capitán miró la puerta de la bodega.

—Ahora sí, padre.

—Ahora sí.

No hubo llamada cortés esta vez.

Salvatierra derribó la puerta con dos hombres.

Dentro había sacos, barriles, cajas marcadas con sellos falsos, olor a humedad, tabaco y aceite. Una lámpara ardía al fondo. Oyeron pasos, un golpe, una maldición. Los soldados corrieron.

Ramiro intentó escapar por una abertura trasera, pero el segundo hombre de Salvatierra lo esperaba allí con la espada desenvainada. El mensajero sacó un cuchillo. No llegó a usarlo. El capitán lo golpeó con el pomo de la espada en la muñeca y el cuchillo cayó al suelo.

—Vivo —dijo Padre Mateo desde la entrada.

Salvatierra miró al preso como si lamentara la precisión temporal de la orden.

—Por ahora.

Ramiro el Seco era tal como lo habían descrito: mediano, rostro común, ojos rápidos, cuerpo de hombre acostumbrado a cargar, correr y desaparecer. Tenía una cicatriz en el cuello y dientes apretados por rabia más que por miedo. Olía a tabaco extranjero.

—No sé nada —dijo antes de que nadie preguntara.

Padre Mateo se acercó.

—Hoy todos empiezan sin imaginación.

Leoz entró detrás y miró las cajas.

—Padre…

Sobre una mesa había papeles, una vela perfumada apagada y restos de lacre.

También una lista.

No completa. Pero no quemada.

Salvatierra sujetó a Ramiro mientras Padre Mateo se acercaba a la mesa. Tomó la hoja con cuidado.

Iniciales. Cantidades. Rutas. Nombres completos esta vez en algunos casos.

Y una línea clara:

“E. Blackthorne: contacto principal. No figurar en entregas. Usar Ochoa, De la Serna y Yáñez según necesidad.”

Leoz susurró:

—Dios santo.

Padre Mateo no respondió.

Ramiro escupió al suelo.

—Eso no prueba nada.

El sacerdote lo miró.

—No. Pero empieza a quitarle trabajo a su lengua.

El capitán acercó el cuchillo al cuello del preso lo justo para que la amenaza respirara, no para que hablara.

—¿Quién mató a Sebastián?

Ramiro apretó la mandíbula.

—No sé.

—Bajo sus uñas había fibra de tu pañuelo —dijo Padre Mateo.

—Muchos usan pañuelos.

—Tú ya no. Has aprendido deprisa.

Ramiro miró a Blackthorne sin verlo, porque no estaba allí. O quizá miró hacia donde sabía que empezaba a faltar un amo.

—Yo no maté a los ricos.

—Eso no te lo he preguntado.

—Yo solo llevaba recados.

—Y estrangulabas escribientes cuando sabían leer demasiado.

Ramiro se lanzó hacia él con rabia súbita, pero Salvatierra lo sujetó y lo estrelló contra una caja.

—Vivo —repitió Padre Mateo.

—Está poniendo difícil la obediencia —dijo el capitán.

Ramiro respiraba con furia.

—No saben nada. Ustedes creen que mandan porque tienen palacio. Otros mandan porque saben dónde arde la madera.

Padre Mateo lo observó.

—¿Quién te dijo esa frase?

Ramiro calló.

—No es tuya. Es demasiado limpia.

El mensajero sonrió con sangre en el labio.

—Llegan tarde, padre.

—Eso ya me lo han escrito.

—Pues aprenda.

—Lo intento. Por ejemplo, acabo de aprender que Blackthorne habla por boca de hombres peor vestidos.

La sonrisa de Ramiro desapareció.

Bastó.

Padre Mateo miró a Salvatierra.

—Llévelo al palacio. Separado de Yáñez. Sin agua que no pruebe antes un soldado. Sin visitas. Sin cuerdas. Sin metal. Sin ventanas generosas.

—¿Y si no habla?

—Hablará. Acaba de descubrir que su amo quizá no lo necesita vivo.

Ramiro gritó una obscenidad mientras lo sacaban.

Padre Mateo quedó junto a la mesa. La lista completa, o casi completa, descansaba bajo su mano. Aquella hoja podía incendiar salones, hundir comerciantes, probar contrabando, revelar una operación extranjera y quizá explicar tres muertes.

Leoz miraba el nombre escrito.

E. Blackthorne.

—Ahora sí —dijo.

Padre Mateo no respondió enseguida.

Al fondo de la bodega, junto a unas cajas marcadas con sellos franceses, había otro papel. Lo tomó.

Era una nota breve, escrita en inglés.

La leyó despacio.

Luego la tradujo:

—“Cuando la tercera muerte sea pública, la ciudad culpará al virrey de no proteger ni a los pequeños.”

Leoz frunció el ceño.

—La tercera muerte… Sebastián.

—Sí.

—Entonces estaba prevista.

Padre Mateo cerró los ojos un instante.

El enemigo no solo había aprovechado la muerte del muchacho. La había incorporado al diseño. Rico, comerciante. Rico, intermediario. Pobre, escribiente. Cada cadáver hablaba a un sector distinto de la ciudad. Cada muerte golpeaba una confianza distinta.

Todo estaba demasiado ordenado.

Demasiado frío.

Demasiado inglés, quizá.

O demasiado humano.

—Padre —dijo Leoz—, ¿qué hacemos ahora?

Padre Mateo miró hacia la puerta por donde se habían llevado a Ramiro.

—Ahora dejamos que Blackthorne sepa que hemos encontrado a su mensajero.

—¿Por qué?