El enemigo cortés #3
Padre Mateo ya casi odiaba aquella letra.
—¿Por qué fue a casa de Echevarri? —preguntó.
—No fui.
—Su criado lo creyó.
—Quería que lo creyera.
—¿Quién?
—El hombre que me citó. Me envió carta diciendo que Echevarri hablaría y que, si yo no quería cargar con todo, debía acudir a una capilla. Vine.
—¿Quién acudió?
—Nadie.
—Hasta nosotros.
—Sí.
Padre Mateo se sentó junto a él.
—Don Joaquín, ya no estamos en terreno de medias verdades. Si sigue ocultando, será usado vivo o muerto.
El prestamista se frotó el rostro.
—Blackthorne.
—¿Qué?
—Blackthorne no dirige solo con dinero. Dirige con vergüenza.
Tiene listas. No solo de pagos. De debilidades.
Quién desea comerciar con ingleses. Quién se queja del virrey.
Quién odia a peninsulares. Quién teme perder una hija, una propiedad, un cargo, una deuda.
Todos pensábamos usarlo. Él nos estaba ordenando.
—¿Tiene prueba?
—No. Baltasar la tenía. O Sebastián.
—La lista apareció quemada parcialmente.
De la Serna cerró los ojos.
—Entonces ya no queda bastante.
—Queda usted.
—Yo no testificaré contra un inglés sin papel.
—No le he pedido valentía imposible. Le pido memoria.
—Mi memoria no vale si mañana aparece mi cuerpo en una acequia.
—Su cuerpo valdrá menos aún si lo encuentran sin haber hablado.
El prestamista respiró con dificultad.
—El mensajero del pañuelo rojo se llama Ramiro. No sé apellido. Trabajaba en los muelles de Veracruz. Lo trajo una casa vinculada a Blackthorne. Pero también hacía recados para Baltasar y para Echevarri. Es de esos hombres que no pertenecen a nadie porque se venden por horas.
—¿Dónde encontrarlo?
—No lo sé.
—Don Joaquín.
—No lo sé. Pero hay una bodega cerca de San Lázaro. Allí se reúnen mozos de carga y correos discretos. Pregunte por Ramiro el Seco.
—¿Por qué no dijo esto antes?
De la Serna lo miró como si la pregunta fuera ingenua.
—Porque vivo de medir riesgos, padre. Y hasta hoy usted me parecía un riesgo más. Ahora empiezo a pensar que quizá sea el único riesgo que puede salvarme de los otros.
—Qué halago tan mezquino.
—Es sincero.
—Peor.
Leoz, que había permanecido en silencio, habló:
—¿Quién mató a Sebastián?
De la Serna bajó la mirada.
—Ramiro pudo hacerlo.
—¿Por orden de Blackthorne?
—O de quien tuviera la lista. O de quien temiera aparecer en ella.
—Eso nos devuelve a todos —dijo Leoz.
Padre Mateo miró al prestamista.
—No. Nos devuelve a quienes sabían que Sebastián la llevaba.
—Doña Mariana —dijo De la Serna.
—Blackthorne lo supo por doña Mariana.
—Echevarri pudo saberlo por un criado. Baltasar hablaba cuando bebía. Arriaga podía tener gente en todas las casas. Padre, esta ciudad es un confesionario sin secreto sacramental.
Padre Mateo se levantó.
—Vendrá al palacio.
—No.
—Sí.
—Me matarán.
—Aquí también.
De la Serna miró el altar.
—¿No puede protegerme Dios?
—Puede. Pero hoy ha decidido enviarme con un capitán malhumorado. No desprecie los instrumentos.
Aquella tarde, el palacio virreinal parecía una colmena golpeada.
De la Serna quedó bajo custodia discreta.
Don Julián Echevarri recibió orden de permanecer localizable.
La casa de Arriaga fue vigilada con mayor cuidado.
Doña Mariana envió una nota breve diciendo que aceptaba protección “sin que ello autorizara a soldados torpes a pisarle las flores”.
Salvatierra duplicó hombres cerca de las bodegas de San Lázaro.
Leoz corría entre despachos con papeles, órdenes y una madurez que hacía dos días no tenía.
Padre Mateo pidió entonces hablar con Blackthorne de nuevo.
El virrey lo miró con cansancio.
—¿Otra vez?
—Ahora tenemos algo que él no sabe que tenemos.
—¿Qué?
—A De la Serna vivo.
—Puede saberlo pronto.
—Por eso debe verlo antes de saber cómo lo usaremos.
—¿Va a acusarlo?
—No. Voy a permitirle que se acerque más.
Revillagigedo lo estudió.
—Padre, está jugando con un hombre peligroso.
—Lo sé.
—¿Y si él juega mejor?
—Entonces perderemos algo. Procuremos que no sea la ciudad.
El virrey aceptó.
Blackthorne fue llamado, no invitado.
Esa diferencia, aunque pequeña, no se le escapó. Llegó al palacio con la misma compostura, pero sus ojos trabajaban más deprisa. Saludó. Se sentó. Esperó.
Padre Mateo tomó la palabra antes que el virrey.
—Mister Blackthorne, necesitamos su ayuda.
El inglés no mostró satisfacción. Fue inteligente.
—Si puedo darla.
—Buscamos a un hombre llamado Ramiro el Seco.
Por primera vez, una reacción cruzó su rostro antes de que él pudiera domesticarla.
No fue miedo.
Fue reconocimiento.
Después, la sonrisa.
—No lo conozco.
—Ha respondido demasiado pronto.
—Porque no lo conozco.
—No. Porque el nombre le ha golpeado antes de que pudiera fingir que era aire.
Blackthorne miró al virrey.
—Excelencia, ignoro quién es ese hombre.
—De la Serna no lo ignora —dijo Padre Mateo.
El inglés volvió lentamente la cabeza hacia él.
—¿De la Serna?
—Vivo, sí. Una costumbre que conserva por el momento.
—Me alegra saberlo.
—No mucho.
—Padre, su desconfianza empieza a parecer deseo.
—Y su cortesía, cansancio.
La frase encontró algo.
Blackthorne no sonrió.
—¿Qué ha dicho De la Serna?
—Lo suficiente para que Ramiro sea buscado. Lo bastante poco para que usted deba decidir si ayuda antes de saber cuánto sabemos.
El inglés permaneció en silencio.
—Ramiro trabajó en Veracruz —continuó Padre Mateo—. Para casas vinculadas a mercancías extranjeras. Tabaco fuerte. Pañuelos de colores variables. Mensajes, amenazas, quizá estrangulamientos. Un hombre menor. De esos que los grandes olvidan hasta que empiezan a hablar.
Blackthorne apoyó las manos sobre los brazos de la silla.
—Si existiera tal hombre, podría trabajar para cualquiera.
—Exacto. Por eso preguntamos a todos. A usted primero, por su conocimiento de rutas y hombres de puerto.
—No puedo ayudarlo.
—Qué pena. Hasta ahora podía ayudar siempre.
—No conozco a todos los mozos de Veracruz.
—Pero conoce a los útiles.
El inglés se inclinó ligeramente.
—Padre Mateo, no sé qué le ha dicho De la Serna, pero debería recordar que es un hombre acorralado. Los acorralados señalan sombras para no verse a sí mismos.
—Es una frase excelente. La usaré cuando lo interrogue a usted acorralado.
Revillagigedo intervino:
—Mister Blackthorne, si conoce a ese hombre, dígalo ahora. Si se demuestra después que lo ocultó, su posición será difícil.
—Excelencia, no puedo confesar conocimiento que no tengo.
Padre Mateo observó sus guantes.
—¿Por qué lleva siempre guantes claros?
La pregunta pareció absurda. Por eso fue útil.
Blackthorne bajó la vista a sus manos.
—Costumbre.
—Los hombres invocan la costumbre cuando la razón los delata o los aburre. ¿Cuál de las dos?
—El clima castiga la piel.
—A muchos. No todos lo convierten en firma.
—¿Firma?
—Yáñez recordó guante claro y anillo oscuro. Don Julián usa guantes claros. De la Serna a veces. Usted siempre. Demasiadas manos elegantes para un solo crimen.
Blackthorne se quitó lentamente un guante.
—Aquí tiene mi mano, padre. Limpia.
Padre Mateo la miró.
—Las manos limpias son las más fáciles de lavar antes.
El inglés volvió a ponérselo.
—No sé qué espera de mí.
—Un error.
—Entonces me temo que lo decepcionaré.
—Todos prometen eso antes de cometerlo.
Blackthorne se levantó.
—Si no hay más preguntas…
Padre Mateo habló con suavidad:
—Solo una. ¿Quién le dijo que Tomás Yáñez había falsificado documentos?
El inglés no se movió.
El silencio duró poco, pero bastó.
—Lo deduje.
—No. Dedujo las velas porque yo pregunté por ellas. Dedujo la inquietud porque la ciudad murmura. Pero la falsificación no estaba en los rumores. Usted la supo.
—Padre…
—¿Quién?
Blackthorne miró al virrey.
—Excelencia, me niego a ser tratado como acusado sin acusación formal.
Revillagigedo respondió:
—Entonces responda como colaborador.
El inglés tardó un segundo.
—Una fuente en el portal de mercaderes.
—Nombre —dijo Padre Mateo.
—No lo daré.
—¿Para protegerla?
—Para proteger mi actividad comercial.
—Extraña forma de decir espionaje.
Blackthorne se inclinó ante el virrey.
—No puedo ayudar más.
—Puede retirarse —dijo Revillagigedo—. Pero no salga de la ciudad.
—No pensaba hacerlo.
Padre Mateo sonrió apenas.
—Ahora sí lo creo.
Blackthorne se volvió hacia él.
—¿Por qué?
—Porque aún queda algo que desea ver.
La sonrisa del inglés regresó. Más fina. Más fría.
—Quizá solo deseo ver si usted está tan cerca de la verdad como cree.
—No. Desea ver si la verdad está tan cerca de usted como teme.
El inglés no respondió.
Salió.
La puerta se cerró.
Leoz dejó escapar el aire.
—Ha mentido.
—Sí —dijo Padre Mateo.
—Y sabe de Yáñez.
—Sí.
—Y de Ramiro.
—Sí.
Salvatierra, junto a la ventana, preguntó:
—¿Lo detengo ya?
Padre Mateo negó.
—No. Ahora tiene miedo. Déjelo moverse.
—¿Y si mata a otro?
—Por eso usted vigila a quienes puede matar.
—No puedo vigilar la ciudad entera.
—No. Pero sí a De la Serna, Yáñez, doña Mariana, Isabel, Echevarri, Arriaga y las bodegas de San Lázaro.
Salvatierra lo miró como si acabara de pedirle que moviera una montaña.
—¿Algo más?
—Sí. Que uno de sus hombres siga a Blackthorne mal.
—¿Mal?
—Lo bastante mal para que él lo note.
El capitán frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para que se ocupe de perderlo mientras otro lo sigue bien.
Por primera vez, Salvatierra sonrió de verdad.
Fue una sonrisa breve, casi cruel.
—Eso sí puedo hacerlo.
Blackthorne tardó menos de una hora en moverse.
El primer hombre de Salvatierra, el que debía ser visto, lo siguió desde el palacio hasta una calle de tiendas, luego hacia una casa de cambio y después al portal de mercaderes.
Blackthorne lo descubrió a los pocos minutos.
No hizo gesto. Solo cambió el paso, se detuvo ante un puesto, entró en una tienda, salió por otra puerta y permitió que el soldado torpe lo perdiera con dignidad suficiente.
El segundo hombre, que sabía parecer menos soldado que una sombra, lo siguió hasta San Lázaro.