El enemigo cortés #2
El inglés hizo una leve inclinación.
—La disponibilidad, padre, es virtud en tiempos confusos.
—O estrategia.
—A veces las virtudes sobreviven mejor si aprenden estrategia.
Se despidió del virrey con respeto, de Leoz con cortesía y de Padre Mateo con una mirada que duró una fracción más de lo necesario.
Cuando salió, la sala quedó en silencio.
Leoz fue el primero en hablar.
—Ha traído información útil.
—Sí —dijo Padre Mateo.
—Y ha señalado a De la Serna.
—También.
—¿Cree que intenta culparlo?
—Creo que intenta que culpar a De la Serna sea razonable.
Revillagigedo recogió los papeles.
—¿Lo es?
—Mucho. Ese es el problema.
Joaquín de la Serna no estaba en su casa.
Eso informó un criado con rostro de no haber nacido para mentir, pero sí de haber aprendido a hacerlo por necesidad.
—Don Joaquín ha salido por asuntos —dijo.
Padre Mateo lo miró desde el umbral.
—Los asuntos son una enfermedad muy oportuna. ¿A qué hora?
—No sabría decir.
—Entonces diga sin saber.
—Después de recibir una carta.
Francisco Leoz anotó.
—¿Quién la trajo?
—Un muchacho.
—¿Pañuelo rojo?
El criado abrió los ojos.
—No. Azul.
Padre Mateo y Leoz se miraron.
El color empezaba a cambiar. O el asesino empezaba a jugar con que ellos esperaran siempre el mismo color.
—¿Qué decía la carta? —preguntó el sacerdote.
—No lo sé.
—¿Don Joaquín la quemó?
El criado dudó.
—Sí.
—Pero antes la leyó.
—Naturalmente.
—¿Cómo reaccionó?
—Se puso… blanco.
—¿Y salió?
—Sí.
—¿Solo?
—Con un bastón. Y una bolsa.
—¿Grande?
—No.
—¿Arma?
—Don Joaquín no usa armas.
—Todos usan alguna. Unos la esconden mejor.
El criado tragó saliva.
—¿Sabe cuándo volverá?
—No.
—¿Sabe dónde pudo ir?
—No.
—Tiene usted una gran capacidad para ignorar lo necesario.
El criado bajó la vista.
—Quizá al despacho de don Julián Echevarri.
—¿Por qué?
—Porque ayer hubo recado entre ellos. No sé más.
Padre Mateo no insistió. El miedo del criado parecía real y, de momento, no tenía forma de mentira útil.
Salieron a la calle.
Leoz cerró la carpeta.
—Blackthorne lo señala y De la Serna desaparece tras recibir una carta.
—Muy conveniente.
—¿Para Blackthorne?
—Para alguien.
—¿Vamos a casa de Echevarri?
—Sí. Pero avise antes al capitán Salvatierra. Que vigile las salidas de la ciudad y los embarcaderos menores. De la Serna puede estar huyendo o siendo llevado hacia una escena preparada.
—¿Cree que pueden matarlo?
—Si Blackthorne lo ha señalado y otro quiere que parezca culpable, De la Serna está en peligro. Si De la Serna es culpable, también.
—No hay situación buena.
—Las buenas situaciones rara vez necesitan frailes.
Don Julián Echevarri los recibió con más rapidez de la esperada.
Su casa era fría incluso en los patios. No por temperatura, sino por disposición.
Todo estaba ordenado con una precisión que parecía impedir la vida espontánea.
Las sillas no invitaban a sentarse, autorizaban a hacerlo.
Los cuadros no decoraban, vigilaban. Padre Mateo pensó que doña Isabel habría sido infeliz allí con una eficacia admirable.
Echevarri apareció con su cortesía habitual.
—Padre Mateo. Don Francisco. Esta es una sorpresa.
—La sorpresa verdadera habría sido encontrar alegría en esta casa.
Don Julián no reaccionó.
—¿En qué puedo servirlos?
—Buscamos a Joaquín de la Serna.
—No está aquí.
—No he preguntado si está. He dicho que lo buscamos. A veces la diferencia ayuda a no mentir tan deprisa.
—No lo he visto hoy.
—¿Recibió recado suyo ayer?
—Hablamos de asuntos pendientes.
—¿Qué asuntos?
—Privados.
—Esa palabra, don Julián, está empezando a parecerme un refugio de delincuentes bien vestidos.
La mirada de Echevarri se endureció.
—Cuidado.
—Me lo aconsejan mucho. Debe de estar muy de moda.
Leoz intervino con tono oficial:
—Don Joaquín salió de su casa tras recibir una carta. Su criado cree que podía venir aquí.
—Su criado cree demasiado.
—¿Le escribió usted?
—No.
—¿Le envió alguien en su nombre?
—No.
Padre Mateo observó las manos de Echevarri. Usaba anillo de sello, sí. Piedra oscura. Guantes claros sobre una mesa cercana. Medio palacio podía haberlo acusado con esa sola descripción. Precisamente por eso no bastaba.
—¿Conoce la casa Marchand y Compañía? —preguntó.
—De oídas.
—¿Importa velas, papel fino y otros objetos de escritorio?
—No llevo esas minucias personalmente.
—Qué cómodo debe de ser elevarse justo por encima de las minucias incriminatorias.
—Padre, si tiene una acusación, formúlela.
—No sea impaciente. Las acusaciones bien hechas necesitan cocción lenta.
Echevarri respiró despacio.
—Conozco operaciones comerciales diversas. Algunas implican intermediarios extranjeros. Como todos los hombres de negocios de esta ciudad.
—¿Como Blackthorne?
—Mister Blackthorne es útil.
—Esa palabra vuelve.
—Porque lo es. Tiene contactos, información, rutas. Y, al contrario que algunos españoles, entiende que el comercio no se detiene por orgullo imperial.
—¿Lo admira?
—Lo respeto.
—Peor.
—¿Por qué?
—La admiración se arrepiente antes. El respeto interesado dura más.
Don Julián se acercó a la ventana.
—Padre, esta ciudad está cambiando. España quiere orden, impuestos, limpieza, obediencia.
Los comerciantes quieren rutas, margen, flexibilidad.
Los criollos quieren reconocimiento. Los peninsulares quieren conservar mando.
Los funcionarios quieren reglamento. Los militares, disciplina.
Los clérigos, almas. ¿Le extraña que alguien escuche a Blackthorne cuando habla de posibilidades?
—No. Me extraña que no se den cuenta de que un hombre que habla de posibilidades quizá está midiendo rendiciones.
—Palabras mayores.
—Muertos mayores.
—Sebastián Mier era un escribiente.
La frase cayó mal.
Leoz se removió.
Padre Mateo miró a Echevarri con una frialdad nueva.
—Los muertos no reducen su tamaño al reducirse su renta.
Don Julián entendió que había pisado un terreno peligroso, pero su orgullo no retrocedió enseguida.
—Quise decir que su muerte no puede compararse políticamente con la de don Gaspar o don Baltasar.
—Al contrario. La muerte de un pobre por saber demasiado dice más de una operación que la muerte de un rico por deber demasiado.
Echevarri calló.
Padre Mateo dio un paso hacia él.
—¿Dónde está De la Serna?
—No lo sé.
—¿Lo teme?
—No.
—¿Teme lo que sabe?
—Todos tememos algo que otros saben.
—Por fin una respuesta honrada.
Don Julián volvió la vista hacia él.
—Si busca traidores, padre, quizá debería preguntar quién gana de verdad con acusar a la burguesía novohispana de deslealtad. Un virrey fuerte, por ejemplo, podría usar una conspiración extranjera para disciplinar casas incómodas.
Leoz se indignó.
—¡Eso es inadmisible!
Padre Mateo levantó la mano.
—No, don Francisco. Es admisible. Falso quizá, pero admisible. Los hombres inteligentes siempre preparan una teoría que los incluya como víctimas de otro poder.
Echevarri sonrió apenas.
—No soy víctima.
—Todavía.
—¿Es una amenaza?
—Una predicción modesta. En este asunto, quien sabe algo y no lo cuenta suele acabar de dos maneras: hablando tarde o callando para siempre.
Por primera vez, el rostro de Echevarri perdió un poco de color.
—No sé dónde está De la Serna.
—Entonces rece para que aparezca vivo. Si aparece muerto, sus silencios pesarán más.
Se disponían a marcharse cuando un criado entró, visiblemente nervioso.
—Señor…
Echevarri se volvió con irritación.
—¿Qué ocurre?
El criado miró a Padre Mateo y a Leoz.
—Ha llegado un paquete.
Padre Mateo sintió que la palabra abría una puerta.
—¿Para quién?
—Para el señor.
—Démelo —dijo Echevarri.
Padre Mateo se interpuso.
—No. Sobre la mesa.
—Está en mi casa.
—Y quizá contiene una respuesta de un hombre desaparecido en una investigación por asesinato. Sobre la mesa.
Echevarri dudó. El criado obedeció al tono del fraile antes que al rango de su amo.
El paquete era pequeño. Envoltorio sencillo. Sin sello. Atado con cordel.
Padre Mateo lo abrió con cuidado.
Dentro había un anillo.
Piedra oscura.
Y una nota:
“Uno menos para hablar.”
Leoz dejó escapar un sonido ahogado.
Don Julián dio un paso atrás.
—Eso no es mío.
Padre Mateo tomó el anillo con un pañuelo. Lo observó.
No era el de Echevarri. Él llevaba el suyo en la mano. Tampoco podía asegurarse que fuera el de Blackthorne. Ni el de De la Serna. En esa ciudad los anillos parecían multiplicarse como excusas.
—¿Reconoce esto? —preguntó.
Echevarri negó.
Pero demasiado tarde.
Padre Mateo había visto la chispa en sus ojos. No de reconocimiento pleno quizá. Sí de recuerdo.
—Miente mal cuando se asusta —dijo.
—No reconozco el anillo.
—Ahora ya lo dice mejor, pero menos creíble.
Leoz se acercó.
—¿Cree que De la Serna…?
—No concluyamos en voz alta. Don Francisco, avise al capitán. Don Julián queda en su casa hasta nueva orden del virrey.
—No tiene autoridad para eso.
—Tiene razón. Don Francisco, pida la orden. Mientras llega, don Julián, puede usted elegir entre esperar como hombre prudente o huir como hombre interesante.
El rostro de Echevarri se convirtió en máscara.
—Esperaré.
—Sabia elección. O culpable. Ya veremos.
Encontraron a Joaquín de la Serna vivo.
Eso fue, durante unos minutos, una buena noticia.
Lo hallaron en una capilla lateral de una iglesia poco concurrida, sentado en un banco del fondo, con la cabeza baja y el bastón entre las manos.
No rezaba. O, si rezaba, lo hacía con la rigidez de quien no espera respuesta ni perdón.
Dos hombres de Salvatierra lo habían seguido desde una calle cercana al despacho de Echevarri.
De la Serna no intentó huir cuando vio a Padre Mateo. Pareció casi aliviado.
—Tarde —dijo.
—Para morirse, no —respondió Padre Mateo.
El prestamista levantó la vista. Su rostro estaba sudoroso.
—Me han enviado mi propio anillo.
Padre Mateo mostró el que había recibido Echevarri.
—¿Este?
De la Serna palideció.
—No.
Alzó su mano. Llevaba el suyo.
—Entonces alguien reparte anillos como indulgencias falsas.
—Me enviaron uno igual, con una nota.
—¿Qué decía?
—“Si habla, la piedra será suya de verdad.”
—¿La conserva?
De la Serna sacó un papel doblado del bolsillo.
La letra era torpe.