Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El enemigo cortés
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El enemigo cortés

Edward Blackthorne tenía una virtud peligrosa: sabía parecer necesario.

No útil, que es condición frecuente en criados, escribanos, médicos y ciertos parientes discretos. Necesario. Esa era otra categoría. El hombre útil presta una mano. El necesario se convierte en la mesa donde todos apoyan los codos sin preguntarse de quién es la madera.

Al día siguiente de hallarse las hojas chamuscadas, Blackthorne volvió al palacio antes de que lo llamaran.

Llegó con una carpeta bajo el brazo, guantes claros, sombrero impecable y expresión grave.

No había en él ofensa por la entrevista de la noche anterior.

Tampoco miedo visible. Solo una preocupación medida, tan bien compuesta que habría podido colgarse en una sala junto a los retratos de gobernadores y obispos.

Francisco Leoz lo vio desde la galería y fue de inmediato a avisar a Padre Mateo.

—Ha venido.

Padre Mateo estaba inclinado sobre las hojas quemadas, examinando por cuarta vez el borde de una línea casi ilegible.

—Los hombres corteses madrugan cuando temen llegar tarde a su propia explicación.

—Trae papeles.

—Naturalmente.

—Dice que ha sabido que hay documentos falsificados y que desea colaborar.

Padre Mateo levantó la vista.

—¿Ha sabido?

—Eso ha dicho.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Porque esa parte no ha salido del cuarto del virrey.

Leoz palideció.

—¿Cree que tenemos una fuga dentro del palacio?

—Don Francisco, en los palacios siempre hay fugas. Lo importante es saber si pierden agua o veneno.

El joven miró hacia la puerta.

—¿Lo recibimos?

—Lo recibirá el virrey. Nosotros escucharemos. Con atención y poca gratitud.

Revillagigedo recibió a Blackthorne en la sala menor de audiencias privadas.

No estaban las hojas chamuscadas sobre la mesa.

Padre Mateo había insistido en guardarlas antes de que entrara el inglés.

En su lugar había documentos ordinarios, mapas y dos informes sin importancia puestos allí con deliberada apariencia de descuido.

Las pruebas importantes, como las virtudes modestas, convenía no exhibirlas ante quien podía corromperlas.

Blackthorne hizo una reverencia.

—Excelencia, Padre Mateo, don Francisco.

—Mister Blackthorne —dijo el virrey—. Me sorprende su visita temprana.

—Lamento presentarme sin mayor aviso. Pero he recibido noticias inquietantes y he pensado que la demora podía ser menos respetuosa que la precipitación.

—Las noticias inquietantes viajan mucho en esta ciudad —dijo Padre Mateo.

—Demasiado —respondió Blackthorne—. A veces por culpa de quienes las callan mal.

El comentario era fino. No tanto para ser insolencia, sí suficiente para ser advertencia.

Revillagigedo señaló una silla.

—Siéntese.

Blackthorne lo hizo. Colocó la carpeta sobre sus rodillas, no sobre la mesa. Padre Mateo notó el gesto. Quien controla el papel controla el ritmo.

—He sabido —comenzó el inglés— que se sospecha de falsificación de documentos y de operaciones comerciales usadas para encubrir movimientos más delicados.

El virrey no se movió.

—¿Dónde ha sabido eso?

—Excelencia, soy comerciante. Cuando el miedo afecta al comercio, el comercio habla.

—El comercio habla mucho para no tener lengua.

—Tiene muchas. Algunas mal pagadas.

Padre Mateo lo miró.

—¿Compradas por usted?

Blackthorne sonrió sin ofenderse.

—La información no siempre se compra. A veces se devuelve favor por favor.

—El trueque también es comercio.

—Y más antiguo que la moneda.

El virrey intervino:

—Ha dicho que deseaba colaborar.

—Sí. Anoche pensé en lo que se me preguntó. En velas. En escribanos. En notas. Recordé algo que quizá resulte útil.

Abrió la carpeta y sacó tres hojas.

—Estas son listas de partidas llegadas a Veracruz en los últimos meses con mercancías de lujo: velas perfumadas, jabones finos, papel francés, lacres de calidad, tintas y objetos de escritorio.

Algunas pasaron por intermediarios franceses.

Otras, por casas gaditanas. He marcado las que pudieron llegar a manos de don Baltasar Ochoa y de don Gaspar de Luján.

Leoz, que estaba preparado para escribir, se quedó mirando las hojas.

Padre Mateo no las tomó.

—Qué memoria tan generosa.

—En mi oficio, padre, recordar mercancías evita pérdidas.

—Y recordar conversaciones evita acusaciones.

Blackthorne inclinó la cabeza.

—También.

El virrey extendió la mano. Blackthorne entregó las hojas. Revillagigedo las miró por encima y se las pasó a Leoz.

—¿Por qué trae esto ahora?

—Porque ayer comprendí que las velas podían importar.

—¿Ayer? —preguntó Padre Mateo.

—Durante nuestra conversación.

—No recuerdo haberle mencionado que las velas se repiten.

—No directamente.

—Indirectamente, entonces.

Blackthorne sostuvo su mirada con serenidad.

—Preguntó por las que yo había enviado. Un hombre razonable deduce que no pregunta por capricho.

—Cierto. Pero un hombre razonable habría traído la lista anoche.

—Anoche quizá habría parecido defensa apresurada. Esta mañana parece colaboración ordenada.

—Sabe cuidar las apariencias.

—Las apariencias descuidadas han matado a hombres menos culpables que yo.

—¿Menos culpables?

La frase quedó en el aire.

Blackthorne sonrió un poco más despacio.

—Todos somos culpables de algo, padre. Usted mismo lo diría mejor en latín.

—Podría. Pero no quiero hacerle el favor de ennoblecer una evasiva.

Revillagigedo volvió al documento.

—Según esto, las velas perfumadas pudieron entrar por una partida vinculada a la casa Marchand y Compañía.

—Así es.

—¿Francesa?

—Nominalmente.

—¿Y realmente?

—El capital viaja con menos bandera que los soldados.

Padre Mateo se inclinó.

—Mister Blackthorne, si desea decir inglesa, puede hacerlo. La palabra no muerde.

—Inglesa en parte. Holandesa en otra. Francesa en la factura. Gaditana en el despacho. Novohispana en el beneficio. Así funciona el comercio cuando las leyes son más lentas que el deseo.

—Magnífica defensa del contrabando sin usar la palabra.

—Magnífica acusación sin prueba definitiva.

El virrey levantó la mirada.

—¿Quién recibió esas partidas?

Blackthorne señaló la primera hoja.

—Varias casas. Entre ellas, la de don Baltasar. También ciertos intermediarios relacionados con don Julián Echevarri. Y, si mis notas no fallan, una pequeña entrega a doña Mariana de Velasco. Ya se lo dije: eran objetos finos, de salón.

—¿Y usted? —preguntó Padre Mateo.

—Yo facilité contactos. No vendí directamente todas las unidades.

—Otra vez no directamente.

—Padre, el comercio moderno es una red. La línea recta suele existir solo en las acusaciones.

Leoz escribía con rapidez. Padre Mateo lo vio subrayar “Julián Echevarri” y “Marchand y Compañía”. Blackthorne también lo vio. No miró mucho. Solo lo justo.

Demasiado justo.

—¿Conoce a Tomás Yáñez? —preguntó el virrey.

—Me lo preguntaron anoche. Ya respondí.

—Responda otra vez.

—No lo conozco de trato. Pudo copiar papeles relacionados con negocios donde mi nombre apareciera indirectamente.

—¿Su nombre o sus iniciales?

Blackthorne miró al virrey, después a Padre Mateo.

—Mis iniciales son desafortunadamente corrientes en esta investigación.

—E. B. no son tan corrientes —dijo Leoz, olvidando por un instante su prudencia.

El inglés se volvió hacia él.

—Don Francisco, en una ciudad de este tamaño, las iniciales son anzuelos muy pobres. Atrapan más imaginación que peces.

Padre Mateo intervino:

—A veces basta un anzuelo pobre si el pez tiene hambre.

—¿Y usted la tiene?

—De verdad, sí.

—Entonces me cuidaré de no parecer alimento.

Hubo un silencio breve. El virrey dejó los papeles sobre la mesa.

—Mister Blackthorne, ¿cree usted que alguien intenta usar estos crímenes para perjudicar mi gobierno?

Blackthorne no respondió enseguida. Ese retraso, en otro hombre, habría indicado cálculo. En él, podía ser cálculo o representación del cálculo conveniente.

—Sí, excelencia.

—¿Quién?

—Alguien que conoce bien las grietas de esta ciudad.

—Eso no estrecha mucho.

—Alguien con acceso a salones y despachos. Alguien que sabe deudas, amores escondidos, resentimientos comerciales, rutas de mercancías y debilidades del orgullo local.

—Se describe a sí mismo con notable precisión —dijo Padre Mateo.

Blackthorne aceptó la frase como quien recibe un vaso de vino agrio y no hace mueca.

—También describo a don Julián Echevarri. A don Esteban de Arriaga. A doña Mariana. A De la Serna. Incluso a algunos funcionarios de este palacio.

Leoz dejó de escribir.

Revillagigedo no cambió el rostro.

—Acusar en abanico tiene poca utilidad.

—No acuso. Describo el terreno. Si me permite una observación, excelencia, quizá el error consiste en buscar una mano extranjera cuando la mano que sostiene el cuchillo pudo nacer aquí.

—¿Y la semilla?

—Las semillas viajan. Pero no todas germinan.

Padre Mateo guardó aquella frase. Era buena. Demasiado buena para ser inocente.

—¿Tiene un nombre? —preguntó.

Blackthorne se volvió hacia él.

—Tengo una sospecha.

—Qué humilde.

—Joaquín de la Serna.

Leoz volvió a escribir. El virrey escuchó.

—¿Por qué?

—Por miedo. De la Serna sabe demasiado sobre créditos irregulares y operaciones de mercancía.

Podía ser descubierto si don Gaspar o don Baltasar hablaban.

Tenía contacto con Yáñez. Tiene dinero para pagar mensajeros.

No pertenece a la alta visibilidad de Arriaga o Echevarri, pero conoce sus asuntos.

Y si la ciudad se inquieta, los hombres endeudados acuden a quien presta.

—Motivo financiero —dijo Revillagigedo.

—Y político por consecuencia. No hace falta ser patriota de Inglaterra para servir a sus intereses. Basta ser codicioso en el lugar adecuado.

Padre Mateo se apoyó en el respaldo de la silla.

—¿Y usted, mister Blackthorne, qué es en el lugar adecuado?

—Un extranjero que intenta no ser devorado por la sospecha local.

—Triste destino.

—Mejor que ser el culpable perfecto por nacimiento.

—Don Alonso habría apreciado esa frase hace unos días.

El inglés no respondió.

Revillagigedo cerró la carpeta.

—Agradezco su información. Será examinada.

Blackthorne se levantó.

—Quedo a disposición de su excelencia.

—Lo sé —dijo Padre Mateo—. Es una de sus costumbres más constantes.