Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El muerto que sabía leer #5
63%

El muerto que sabía leer #5

Salvatierra rechistó.

—Siempre falta un papel.

—Los imperios se sostienen y se caen por papeles, capitán. Acostúmbrese.

La lista apareció antes de medianoche.

No completa.

No limpia.

No como habría querido nadie.

La trajo un niño descalzo al palacio. Dijo que una vieja tuerta le había dado una moneda para entregarla al padre de Castilla.

La vieja, interrogada después, juró no haber mandado nada.

Tal vez mentía. Tal vez alguien había usado su nombre.

El niño solo sabía que el paquete olía a humo y que el hombre que se lo dio no llevaba pañuelo rojo, sino azul.

El paquete contenía dos hojas chamuscadas.

Alguien había intentado quemarlas y se había arrepentido tarde, o quería que parecieran salvadas de un fuego. Padre Mateo las extendió con extremo cuidado sobre la mesa del virrey.

Las palabras estaban incompletas. Algunas cifras, perdidas. Pero lo esencial empezaba a verse.

Iniciales. Cantidades. Nombres de rutas. Veracruz. Cádiz. Jamaica. Londres. México. Palabras inglesas junto a anotaciones castellanas.

Confidence junto a nombres de comerciantes.

Account junto a cifras.

Delivery junto a fechas.

Unrest junto a una lista de familias descontentas o influenciables.

Y en una línea parcialmente quemada:

“E. B. no debe figurar. Usar mediadores locales. El descontento contra R. crecerá si…”

El resto estaba consumido.

R.

Revillagigedo.

El virrey leyó la línea sin moverse.

Leoz parecía estar viendo abrirse un abismo.

Salvatierra apretó los puños.

Padre Mateo permaneció quieto.

No había júbilo en él. La prueba llegaba tarde para Sebastián, tarde para don Gaspar, tarde para don Baltasar, tarde para muchas inocencias pequeñas que ya habían sido molidas por la maquinaria de los respetables.

—Ahora sí —dijo Salvatierra—. Blackthorne.

Padre Mateo miró la línea quemada.

“E. B. no debe figurar.”

—Ahora sí tenemos una puerta —dijo.

—¿Una puerta?

—No todavía una celda.

El virrey levantó la vista.

—¿Qué necesita?

Padre Mateo pasó los dedos, sin tocar, sobre el borde quemado.

—Saber quién quemó esto. Quién lo salvó. Y por qué, si quería ayudarnos, no lo entregó entero.

—¿Cree que sigue siendo trampa?

—Creo que las verdades parciales son las trampas favoritas de los hombres inteligentes.

—Pero señala a Blackthorne.

—Sí.

—Y a una operación contra mí.

—Sí.

El virrey dobló lentamente las manos.

—Entonces ya no se trata solo de resolver asesinatos.

Padre Mateo miró por la ventana. La ciudad dormía a medias.

En alguna parte, los salones aún hablaban.

Las casas principales seguían protegiendo sus nombres.

Los pobres cerraban puertas que no podían defenderlos.

Y un agente, un asesino o ambos respiraban satisfechos de haber movido miedo, dinero y honor como piezas sobre un tablero.

—No —dijo al fin—. Ahora se trata de impedir que los muertos sean usados para matar algo más grande.

—¿La autoridad del virrey? —preguntó Leoz.

—La confianza.

La palabra quedó en la sala con un peso extraño. Confidence . Confianza. Aquella palabra inglesa escrita junto a nombres españoles parecía de pronto una burla exacta.

Padre Mateo recogió las hojas chamuscadas.

—Mañana la ciudad despertará igual que siempre. Chocolate, misa, comercio, rumores. Nadie sabrá que esta noche hemos visto el borde de una traición.

El virrey habló con voz baja:

—Que siga sin saberlo.

—Por ahora.

Salvatierra se volvió hacia la puerta.

—Doblaré la vigilancia sobre Blackthorne.

—Y sobre quienes crean que ya pueden huir —añadió Padre Mateo—. Don Julián, De la Serna, Arriaga, cualquier contador, cualquier mensajero.

—¿Doña Mariana?

Padre Mateo dudó.

—También. Pero con respeto.

Salvatierra casi sonrió.

—¿Por miedo a ella?

—Por inteligencia.

El capitán salió.

Leoz se quedó mirando las hojas.

—Padre, Sebastián murió por esto.

—Sí.

—¿Valía tanto?

Padre Mateo miró al joven auxiliar. La pregunta no era política. Era humana. Y por eso no admitía respuesta cómoda.

—Ningún papel vale una vida —dijo—. Pero hay papeles por los que los hombres matan muchas.

Leoz bajó la cabeza.

Fuera, las campanas marcaron la medianoche.

Padre Mateo pensó en Sebastián Mier, muchacho flaco, escribiente pobre, lector de una palabra extranjera.

Pensó en la tía que lavaba ropa. Pensó en la vieja Ciega, en Tomás Yáñez temblando, en doña Isabel pagando con su nombre, en don Alonso descubriendo tarde que el honor podía ser usado como cuchillo.

Luego pensó en Edward Blackthorne.

Y por primera vez no lo vio solo como sospechoso, ni como comerciante, ni como inglés sonriente.

Lo vio como una ausencia.

Una inicial que no debía figurar.

Un hombre empeñado en estar cerca de todo sin aparecer entero en ninguna parte.

Padre Mateo cerró los ojos un instante.

—Cave amicum —murmuró.

Guárdate del amigo.

Esa noche, al retirarse, no apagó la vela enseguida.

La dejó arder un rato sobre la mesa.

Era una vela común, sin perfume, de llama pobre y honrada.

Y aun así, bajo aquella luz humilde, las sombras de Nueva España parecían más largas que nunca.