El muerto que sabía leer #4
—De una partida llegada por Veracruz. Supuestamente francesa. Pero la caja venía marcada por una casa intermediaria vinculada a Londres.
—¿Tiene la nota?
—Sí.
Se la entregó.
La letra de Blackthorne era elegante, limpia, segura. Nada que ver con las notas torpes. Pero la tinta, el papel y la cortesía formaban parte de otro idioma: el de los hombres que ordenan sin mancharse.
Padre Mateo leyó:
“Para que ciertas verdades no tengan que discutirse a oscuras.”
—Le gusta escribir sobre la luz —dijo.
—A quienes aman la sombra suele fascinarles nombrarla al revés.
Padre Mateo la miró con aprecio.
—Doña Mariana, debería haberme dicho esto antes.
—Sí.
—¿Por qué no lo hizo?
—Porque no sabía si usted era un instrumento más del virrey para cerrar el asunto sin tocar a los suyos.
—¿Y ahora?
—Ahora han matado a un muchacho que sabía leer.
Padre Mateo guardó la nota.
—Eso cambia la fe de cualquiera.
Ella sostuvo su mirada.
—Encuentre la lista.
—Eso intento.
—No. Inténtelo mejor. Porque si Blackthorne la tiene, sabrá a quién quemar, a quién comprar y a quién entregar como culpable. Si otro la tiene, quizá la venda antes de comprender qué sostiene.
—¿Quién más sabía que Sebastián iba a entregarle el papel?
Doña Mariana se quedó muy quieta.
—Nadie.
—Piense.
—Se lo dije a… No. No directamente.
—¿A quién?
—A Blackthorne.
Leoz abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—No le dije el nombre de Sebastián. Pero discutimos sobre Baltasar. Yo insinué que los papeles de un muerto a veces buscan manos más limpias. Él respondió que las manos limpias suelen ser las menos fuertes. Entonces dije que tal vez una viuda pudiera guardar mejor que un comerciante.
Padre Mateo cerró los ojos un instante.
—Y él entendió.
—Quizá.
—No quizá. Entendió.
Doña Mariana se llevó una mano a la boca.
—Entonces yo…
—Sí. Usted dio una pista.
La mujer, siempre dueña de sí, pareció quebrarse por un segundo.
—No quería…
—Nadie quiere hasta que quiere. Lo demás son consecuencias.
Fue duro. Pero ella no pidió suavidad.
—¿Qué hará ahora?
Padre Mateo tomó la vela y la nota con un paño.
—Lo que debí hacer desde que lo vi sonreír demasiado.
—¿Acusarlo?
—No. Escucharlo como si todavía no supiera que empieza a quedarse sin sombra.
Edward Blackthorne llegó al palacio al anochecer.
No parecía un hombre citado por sospecha. Parecía un invitado culto, casi distinguido, acudido a una conversación incómoda por deber cívico. Vestía casaca gris perla, chaleco oscuro y guantes claros. En la mano derecha lucía un anillo con piedra negra.
Padre Mateo lo vio desde el extremo de la galería antes de que Blackthorne supiera que era observado.
El inglés saludó al secretario. Sonrió a Leoz. Inclinó la cabeza ante el capitán Salvatierra con la cordialidad exacta de quienes se detestan sin haberlo firmado. Cuando vio al sacerdote, su sonrisa no cambió. Ese fue su mérito. O su costumbre.
—Padre Mateo.
—Mister Blackthorne.
—Me dicen que su excelencia desea oír mi opinión.
—Todos deseamos oírla.
—Espero que no todos al mismo tiempo. Las opiniones se vuelven tímidas ante auditorios numerosos.
—Las buenas, quizá. Las malas suelen crecer.
Blackthorne soltó una risa breve.
—Entonces procuraré que la mía sea mediana.
El virrey lo recibió en una sala privada. Estaban presentes Padre Mateo, Leoz y Salvatierra. No había pruebas a la vista. Ninguna vela perfumada. Ningún fragmento de lista. Ningún sombrero ensangrentado. Solo cortesía, sillas, papel y autoridad.
Revillagigedo habló primero:
—Mister Blackthorne, agradezco su disposición a colaborar.
—Es mi deber como residente en esta ciudad y como hombre de comercio interesado en su tranquilidad.
—La tranquilidad de la ciudad se ha visto alterada.
—Lamentablemente.
—Dos hombres principales muertos. Un escribiente asesinado. Un escribano comprado para falsificar notas. Una dama amenazada. Rumores contra el gobierno.
Blackthorne no parpadeó.
—Una cadena deplorable.
—¿Cadena? —preguntó Padre Mateo.
El inglés lo miró.
—¿No lo es?
—Empiezo a creer que es más bien una cuerda.
—Interesante diferencia.
—La cadena une piezas. La cuerda sirve para tirar de algo.
Por primera vez, el silencio posterior tuvo filo.
Revillagigedo continuó:
—Se habla de operaciones comerciales irregulares con mercancías extranjeras.
Blackthorne entrelazó las manos.
—Excelencia, el comercio en un imperio de esta extensión tiene zonas de sombra. No lo justifico. Lo describo. A veces los reglamentos van en mula y las necesidades en barco.
—Frase hábil —dijo Padre Mateo.
—Frase práctica.
—Las frases prácticas suelen llevar escondido un pecado cómodo.
Blackthorne se volvió hacia él.
—Padre, ¿me acusa de contrabando?
—Todavía no.
—Agradezco la cortesía del adverbio.
—No lo desperdicie.
Salvatierra intervino:
—¿Conocía usted a Sebastián Mier?
Blackthorne frunció levemente el ceño.
—¿El muchacho muerto?
—Sí.
—No.
—¿Nunca lo vio?
—Tal vez como se ve a un mozo que entrega papeles. No lo conocía por nombre.
—¿Le entregó alguna vez un mensaje?
—No que recuerde.
Padre Mateo observó el anillo.
—Bonita piedra.
Blackthorne miró su mano.
—Ónix. Regalo familiar.
—¿La usa siempre?
—Casi siempre.
—¿También cuando se reúne con escribanos en patios oscuros?
Leoz dejó de respirar un instante.
Blackthorne no perdió la sonrisa, pero sus ojos se enfriaron.
—No tengo costumbre de reunirme con escribanos en patios oscuros.
—Una carencia en su vida social.
Revillagigedo dijo:
—Tomás Yáñez habló de un hombre con guante claro y anillo de piedra oscura.
Blackthorne levantó la mano con naturalidad.
—Media ciudad podría cumplir esa descripción.
—Eso dije yo —respondió Padre Mateo.
—Celebro que en algo coincidamos.
—No lo celebre demasiado. También dije que quizá querían que recordara el anillo.
El inglés lo miró con interés.
—Entonces no cree que sea prueba contra mí.
—Creo que es prueba de que alguien sabe cómo fabricar pruebas.
—Como con Villaclara.
—Exacto.
Blackthorne inclinó la cabeza.
—Padre, si no estuviera siendo interrogado, disfrutaría de su inteligencia.
—Y si yo no estuviera interrogándolo, desconfiaría de su gusto.
El virrey dejó que el intercambio respirara unos segundos.
—Mister Blackthorne, ¿ha enviado usted velas perfumadas a algunas casas de la ciudad?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Leoz miró a Padre Mateo.
—¿A quiénes? —preguntó el virrey.
—A varios conocidos. Es una mercancía fina. Francesa.
—¿Francesa?
—Distribuida por intermediarios franceses.
—¿Con origen inglés?
—Muchas mercancías viajan más que los hombres y cambian de patria en cada puerto.
—¿A quién envió una vela con la frase “Para alumbrar conversaciones discretas”? —preguntó Padre Mateo.
Blackthorne se quedó quieto una fracción de segundo.
—A doña Mariana de Velasco, supongo.
—¿Supone?
—He escrito muchas notas de cortesía.
—La cortesía lo mantiene ocupado.
—Es parte del comercio.
—También de la seducción política.
Blackthorne miró al virrey.
—Excelencia, empiezo a no entender si se me interroga por comerciante, extranjero o inglés.
Revillagigedo respondió sin cambiar el tono:
—Por estar cerca de demasiados elementos de un caso criminal.
—He ofrecido ayuda desde el principio.
—Lo sé.
—Quizá demasiado pronto —dijo Padre Mateo.
Blackthorne volvió hacia él.
—¿La ayuda temprana es sospechosa?
—La ayuda temprana es como el pan muy blanco en casa pobre. Puede ser bendición o trampa.
—Me temo que esa comparación se me escapa.
—No se preocupe. A los asesinos también se les escapan cosas sencillas.
La tensión ya era visible.
Blackthorne se levantó despacio.
—Excelencia, he respondido cuanto puedo. Si existe sospecha formal contra mí, ruego se formule. Si no, preferiría retirarme. Como extranjero, debo cuidar especialmente mi reputación.
—Nadie le impide retirarse —dijo el virrey—. Pero permanecerá en la ciudad.
—¿Es una orden?
—Una recomendación de gobierno. No me obligue a cambiarle el nombre.
Blackthorne inclinó la cabeza.
—Como desee vuestra excelencia.
Antes de salir, miró a Padre Mateo.
—Padre, quizá busca un enemigo exterior porque no desea admitir la corrupción interior de quienes dice servir.
Padre Mateo sostuvo sus ojos.
—Mister Blackthorne, yo creo en el pecado original. La corrupción interior la doy por supuesta antes del desayuno.
—Entonces quizá debería mirar menos a Inglaterra y más a España.
—Lo hago. Por eso aún no lo he acusado.
El inglés sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a los ojos.
—Buenas noches.
Cuando salió, Salvatierra dio un golpe suave en la mesa.
—Ese hombre sabe.
—Sí —dijo Padre Mateo.
—Y miente.
—También.
—¿Entonces?
Padre Mateo miró al virrey.
—Entonces aún no sabemos si miente para ocultar su crimen o para ocultar que desea que descubramos los crímenes de otros.
Leoz parecía desconcertado.
—¿Puede ser inocente de los asesinatos?
—Puede ser culpable de algo mayor y no haber apretado ningún cuello.
Revillagigedo entendió.
—La operación.
—Sí. Los muertos pueden ser instrumentos suyos, o de alguien que trabaja con sus semillas, o de alguien que quiere usar su presencia para culpar a Inglaterra y limpiar asuntos locales. Aún falta la lista.