El muerto que sabía leer #3
—Edward Blackthorne.
—He dicho todavía.
—¿Cuántas iniciales E. B. con relación inglesa necesita?
Padre Mateo guardó el fragmento.
—Las suficientes para que no parezca que el asesino nos las regala con la misma generosidad que las pruebas contra Villaclara.
El capitán respiró con rabia contenida.
—Ese muchacho está muerto.
—Precisamente por eso no le daré una conclusión perezosa.
Leoz miró a Padre Mateo.
—Pero esta vez la pista puede ser verdadera.
—Sí.
—¿Y cómo se distingue una pista verdadera de una trampa?
Padre Mateo miró el rostro joven de Sebastián.
—A veces no se distingue. Se la sigue con una mano y se protege la otra.
El cuerpo de Sebastián fue llevado con discreción.
No hubo familia principal reclamando justicia.
No hubo cartas de casas respetables. No hubo luto elegante ni coches junto al portal.
Solo una tía que lavaba ropa y que, al verlo, golpeó el pecho del primer soldado que encontró porque la muerte, cuando no encuentra culpable, empieza por castigar al mensajero.
—Era bueno —decía—. Era listo. Demasiado listo para nosotros.
Padre Mateo permaneció con ella hasta que dejó de gritar y empezó a llorar de verdad. Entonces le habló poco. Los pobres no necesitaban discursos sobre la fragilidad de la vida. La conocían por nombre desde la infancia.
—Buscaremos al culpable —dijo Leoz, con torpeza noble.
La mujer lo miró.
—¿Como buscan cuando se muere un rico?
Leoz no supo responder.
Padre Mateo sí.
—No. Mejor.
La mujer lo miró con su dolor entero.
—Eso dicen todos.
—Lo sé.
—¿Y usted?
Padre Mateo bajó la cabeza.
—Yo no he dicho que pueda. He dicho que lo haré.
Ella no pareció consolada. Tal vez porque no había consuelo posible, o porque los pobres sabían distinguir las promesas hermosas de los hechos.
Al salir, Leoz estaba callado.
—No debí decir eso —murmuró.
—Lo dijo porque le dolía.
—No basta.
—No. Pero es un comienzo mejor que decirlo porque conviene.
El joven respiró hondo.
—Esta muerte no importará igual.
—Importará más.
Leoz lo miró.
—¿Al virrey?
—A la verdad. Y si el virrey es quien creo, también a él.
Revillagigedo recibió la noticia con una gravedad distinta a la que había mostrado ante los otros muertos.
Don Gaspar y don Baltasar representaban intereses, presión, cartas, poder. Sebastián Mier representaba algo más sencillo y por eso más insoportable: un muchacho muerto porque había visto un papel.
Sobre la mesa del despacho se colocaron los nuevos indicios: el sombrero con el forro rasgado, la nota “Demasiado tarde, padre”, la fibra roja hallada bajo las uñas, el fragmento empapado con “E. B. — 40” y restos de la palabra “unrest”.
El virrey permaneció de pie.
—Esto cambia el caso.
—Sí —dijo Padre Mateo.
—¿Por qué lo mataron?
—Porque sabía leer.
Leoz levantó la mirada. La frase era dura, pero exacta.
Padre Mateo continuó:
—Sabía leer una palabra inglesa. Sabía que don Baltasar tenía un papel. Sabía que ese papel debía llegar a alguien si don Baltasar moría. Quizá no entendía todo, pero entendía lo suficiente para ser peligroso.
Revillagigedo tomó el fragmento empapado.
—E. B.
—Puede ser Blackthorne.
—¿Puede?
Salvatierra, presente junto a la puerta, se removió con impaciencia.
Padre Mateo insistió:
—Puede. Pero también puede ser una inicial colocada para que corramos hacia él, como corrimos hacia Villaclara. El asesino ya nos ha enseñado su gusto por los culpables cómodos.
—Blackthorne no es cómodo —dijo el capitán.
—Para muchos sí. Inglés, comerciante, extranjero, sonrisa excesiva. Si lo acusamos sin cerrar la prueba, media ciudad nos aplaudirá por razones equivocadas y la otra media se protegerá detrás del incidente.
El virrey asintió lentamente.
—Y si es culpable, tendrá tiempo de huir.
—Por eso hay que vigilarlo mejor, no gritar su nombre.
Salvatierra dijo:
—Mis hombres lo vigilan. Esta mañana salió de su casa, fue al portal de mercaderes, habló con dos comerciantes y regresó. No se acercó al corral.
—No esperaba que estrangulara personalmente al muchacho con guantes ingleses a plena luz.
—Padre…
—Capitán, su vigilancia sirve. Pero busquemos al pañuelo rojo. Y a quien compra las velas. Y a quien recuperó el papel verdadero.
Revillagigedo dejó el fragmento.
—Hay que encontrar esa lista.
—Sí.
—¿Quién pudo recibirla?
—Sebastián quería entregarla “al que sepa leer sin vender los ojos”. Eso podía ser yo. Si no, “la dama que no teme quedarse viuda de nadie”. Creo que se refería a doña Mariana de Velasco.
—¿Por qué?
—Viuda, inteligente, no sometida a tutor ni marido, y quizá involucrada lo justo para querer conservar pruebas sin entregarlas a los hombres que comercian con ellas.
Salvatierra cruzó los brazos.
—O más involucrada de lo que dice.
—También.
El virrey miró a Leoz.
—Envía recado discreto a doña Mariana. Que no salga de casa. Que reciba al padre Mateo en cuanto llegue. Sin demora.
—Sí, excelencia.
—Y a Blackthorne.
Padre Mateo levantó la vista.
—¿Qué orden?
—Ninguna pública. Invitación al palacio esta noche. Quiero verlo aquí, bajo cortesía, mientras se mueve lo demás.
—Bien.
—¿Qué le diremos?
—Que el virrey desea agradecer su colaboración y conocer su opinión sobre el estado de inquietud en la ciudad.
Salvatierra casi sonrió.
—Lo invitaremos a hablar de lo que quizá está provocando.
—Exacto —dijo Padre Mateo—. A los vanidosos les gusta contemplar su obra aunque finjan lamentarla.
—¿Y si no viene?
El sacerdote miró el fragmento de papel.
—Entonces su ausencia hablará mejor que su cortesía.
Revillagigedo tomó una decisión.
—Desde este momento, los crímenes se investigarán como amenaza a la tranquilidad pública y posible operación de desestabilización. Pero solo este cuarto debe saberlo.
—Demasiadas personas ya lo sospechan —dijo Padre Mateo.
—Sospechar no es saber. Aún puedo gobernar la diferencia.
La frase tenía peso. Padre Mateo la aceptó.
—Entonces gobernémosla deprisa.
Doña Mariana de Velasco recibió a Padre Mateo con el rostro más serio de lo habitual.
No hizo bromas al principio. Eso, en ella, era equivalente a un luto verdadero.
—Han matado al muchacho —dijo.
—Sí.
—Sebastián.
—Lo conocía.
—Me trajo cartas alguna vez. Era insolente. Me agradaba.
—Le habría gustado saberlo.
—Lo sabía. Por eso era insolente.
Padre Mateo se sentó frente a ella. Francisco Leoz quedó a su lado. La sala olía a flores frescas, pero aquella tarde el perfume parecía cansado.
—Sebastián dijo que, si yo no llegaba, entregaría un papel a “la dama que no teme quedarse viuda de nadie”. Creemos que era usted.
Doña Mariana no fingió sorpresa.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me había dicho que don Baltasar guardaba una lista. Y porque yo le dije, medio en broma, que si alguna vez necesitaba que un papel sobreviviera a un hombre, lo trajera a una viuda: estamos acostumbradas a sobrevivir.
Leoz anotó la frase.
—¿Le entregó algo?
—No. Lo esperaba ayer. No vino.
—¿Sabe qué contenía la lista?
—Iniciales, cantidades, rutas quizá. Y algo más.
—¿Qué?
—Nombres de personas que estaban siendo tanteadas.
—¿Para comercio?
—Para descontento.
Padre Mateo se inclinó.
—Explíquese.
Doña Mariana miró hacia la puerta, aunque estaban solos.
—Blackthorne hablaba demasiado bien de las quejas de esta ciudad.
No las inventaba. Las recogía. Un comerciante molesto por impuestos.
Un criollo irritado por un nombramiento.
Un peninsular resentido por perder influencia.
Un militar que cree que el virrey reforma demasiado.
Una viuda con dinero. Un prestamista con miedo.
Él escuchaba, clasificaba y devolvía a cada uno su propia queja convertida en pensamiento elegante.
—¿Le propuso algo?
—No de forma que pudiera acusarlo. Dijo que los tiempos estaban cambiando.
Que los reinos que no escuchan a sus hombres de riqueza acaban gobernando solo ruinas.
Que Inglaterra entendía mejor el comercio.
Que una Nueva España fuerte no debía depender de funcionarios llegados de lejos para ordenar hasta sus faroles.
—Eso ya no es solo comercio.
—No. Es semilla.
Padre Mateo recordó las palabras del capítulo anterior: el asesino no solo mata cuerpos; fabrica opinión.
—¿Don Gaspar y don Baltasar estaban implicados?
—Don Gaspar coqueteaba con la idea porque le hacía sentirse importante. Baltasar olía dinero en cualquier grieta. Pero ninguno era revolucionario, si esa palabra sirve aquí. Eran hombres de provecho. Les gustaba jugar con fuego siempre que otro sostuviera la vela.
—Y alguien la sostuvo.
Doña Mariana bajó la voz.
—Blackthorne.
Leoz dejó de escribir.
—¿Puede probarlo?
Ella negó despacio.
—No. Por eso Sebastián era importante.
—¿Qué sabía el muchacho?
—Vio una lista en casa de Baltasar. Me dijo que había iniciales junto a cantidades y palabras inglesas. Unrest . Confidence . Delivery . Creía que era contrabando. Yo empecé a pensar que era otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Una relación de posibles apoyos, compras, chantajes o influencias. No para levantamiento abierto. No todavía. Para crear desconfianza hacia el virrey. Para medir quién podía empujarse si la ciudad temblaba.
Padre Mateo sintió que las piezas, por fin, dejaban de ser objetos sueltos y empezaban a formar un mecanismo.
—Los crímenes no son el objetivo —dijo.
—Son el golpe en la mesa —respondió doña Mariana—. Todos miran la sangre. Mientras tanto, las familias empiezan a decir que el virrey no basta.
—Y quien ya tenía sus quejas recibe una razón para hablar más alto.
—Exacto.
Leoz estaba pálido.
—Eso es traición.
—Todavía es preparación de traición —dijo Padre Mateo—. La diferencia importa ante el juez. No ante los muertos.
Doña Mariana se levantó. Fue hacia su escritorio y sacó una pequeña caja.
—Tengo algo más.
Padre Mateo la observó abrirla.
Dentro había una vela blanca perfumada.
—Blackthorne me la envió hace semanas —dijo—. Con una nota: “Para alumbrar conversaciones discretas.”
Leoz miró la vela como si fuera un arma.
Padre Mateo no la tocó.
—¿La usó?
—Una vez. Olía demasiado. La guardé.
—¿Sabe de dónde procede?