El muerto que sabía leer #2
—Eso dijo.
—¿Volvió?
Chucho negó.
—No lo vi.
—¿Quién más lo buscaba?
El cargador dudó.
Padre Mateo esperó.
—Un hombre con pañuelo rojo.
El silencio del mercado pareció alejarse.
—¿Lo vio usted?
—Sí.
—Describa.
—Mediano. Moreno. Cara común. No pobre, aunque vestido como mozo. Fumaba tabaco fuerte. Preguntó por Sebastián y por una carta. Pagó bien por preguntar poco.
—¿Acento?
—De aquí. O lo fingía bien.
—¿Quién lo mandaba?
—Padre, si yo supiera eso, estaría muerto o rico. Y no soy ninguna de las dos cosas.
Padre Mateo miró hacia los sacos.
—¿Dónde vive la Ciega?
Chucho señaló con la barbilla.
—Siga por esa calle, cruce dos esquinas, busque una puerta verde desconchada. Pero si va, vaya con Dios y con alguien que no rece solamente.
Leoz miró al hombre de Salvatierra, que seguía fingiendo comprar naranjas.
—Eso tenemos.
Chucho hizo la señal de la cruz otra vez.
—Entonces ojalá baste.
La puerta verde estaba cerrada.
No cerrada como se cierra una casa vacía, sino como se cierra una boca que acaba de decir demasiado. Padre Mateo llamó. Nadie respondió. Llamó de nuevo.
Desde dentro se oyó un ruido leve.
—Señora —dijo—. Soy sacerdote.
—Peor para usted —respondió una voz vieja—. Los sacerdotes traen preguntas o moribundos.
—Hoy quizá ambas cosas.
La puerta se abrió apenas.
La mujer que apareció al otro lado tendría más años que paciencia.
No era ciega. Tenía un ojo velado por una nube blanca, pero el otro, oscuro y vivo, habría podido encontrar una moneda falsa en una bolsa ajena.
Llevaba un pañuelo gris en la cabeza y un chal gastado. Olía a humo, papel viejo y aguardiente.
—No compro indulgencias —dijo.
—Vengo a comprar memoria.
—Esa sí la vendo cara.
Padre Mateo sacó una moneda.
La mujer la miró.
—Por esa cantidad recuerdo poco.
—Recuerde primero. Si sirve, pecaremos contra la pobreza.
Ella abrió la puerta lo justo para dejarlos pasar. La casa era pequeña, llena de cajas, cestos, mantas y papeles atados con cintas. Cartas de amores torpes, cuentas sin declarar, avisos discretos, mensajes de criados, promesas, amenazas. La ciudad, doblada en papel, dormía allí bajo polvo.
Leoz miró alrededor con asombro.
—Madre de Dios.
—Esa no guarda cartas aquí —dijo la vieja—. Tiene mejores archivos.
Padre Mateo no perdió tiempo.
—Sebastián Mier.
El ojo bueno de la mujer cambió.
—No lo conozco.
—Mal. Todos empiezan igual hoy.
—No lo conozco lo suficiente para morir por él.
—Entonces lo conoce.
La Ciega se sentó junto a una mesa.
—Vino ayer. Traía un papel. Dijo que debía guardarlo hasta que viniera un hombre.
—¿Qué hombre?
—No sabía nombre.
—¿Señal?
—Un sacerdote de Castilla que hacía preguntas como cuchillo.
Leoz miró a Padre Mateo.
La vieja lo observó con su ojo vivo.
—Supongo que es usted, aunque esperaba más altura.
—Mi decepción ha sido útil en muchos casos.
—Sebastián dijo que si no venía el sacerdote, el papel debía entregarse a una dama.
—¿Qué dama?
—No me lo dijo. Solo dijo: “la que no teme quedarse viuda de nadie”.
Padre Mateo pensó en doña Mariana de Velasco.
—¿Dónde está el papel?
La mujer alargó la mano.
—Más memoria, más precio.
Salvatierra habría derribado la mesa. Padre Mateo sacó otra moneda.
—Si me engaña, volveré con el capitán.
—Si me engaña usted, volveré con Dios y me quejaré.
—Tiene mejor acceso.
La Ciega tomó la moneda y se la guardó.
—No tengo el papel.
Leoz dio un paso.
—¿Qué?
—Vinieron por él anoche.
—¿Quién?
—El del pañuelo rojo.
Padre Mateo cerró los ojos un instante.
—¿Se lo entregó?
—No soy tonta.
—Eso no responde.
—Le di otro. Uno sin valor. Lo había preparado Sebastián.
—¿Sebastián esperaba que vinieran?
—El muchacho era flaco, no idiota.
—¿Y el verdadero?
La mujer miró hacia el techo.
—Padre, una memoria así vale bastante más.
Padre Mateo la observó con dureza.
—Madre, si ese papel puede impedir más muertes, regatear ahora la acerca mucho a la avaricia y poco a la prudencia.
—La prudencia me ha mantenido viva.
—La avaricia también mantiene vivos a algunos. No por eso los absuelve.
La vieja sostuvo su mirada. Fue una batalla breve entre dos personas acostumbradas a que otros apartaran antes los ojos.
Ella cedió primero.
—En el sombrero.
—¿Qué sombrero?
—El suyo.
Leoz se tocó la cabeza instintivamente.
La Ciega soltó una risa áspera.
—El de Sebastián. Lo escondí donde él dijo. Bajo una tabla, detrás del fogón. Pero si han vuelto…
Se levantó con más rapidez de la que su edad prometía y fue hacia la cocina. Retiró una olla, levantó una tabla suelta y metió la mano.
Su rostro cambió.
—No está.
Leoz palideció.
—¿Se lo llevó el hombre del pañuelo?
—No. Ese se llevó el falso. Esto estaba después, lo juro.
Padre Mateo miró alrededor.
—¿Quién más ha entrado?
—Nadie.
—Las casas pobres son más sinceras que las ricas, pero tampoco tanto. ¿Quién?
La mujer apretó la mandíbula.
—Un niño. Esta mañana. Trajo pan. El hijo de una lavandera.
—¿Lo dejó solo?
—Un momento.
—¿Cómo se llama?
—Nicolás. Pero no sabía…
Padre Mateo fue hacia la puerta.
—¿Dónde vive?
—Calle de los curtidores. Pero…
Un golpe sonó fuera.
No en la puerta. En la ventana.
Un pequeño paquete había sido arrojado desde la calle y cayó al suelo de la habitación. El hombre de Salvatierra abrió la puerta de golpe y salió corriendo. Leoz se agachó, pero Padre Mateo lo detuvo.
—No lo toque.
El paquete estaba envuelto en tela vieja y atado con cordel. Padre Mateo lo abrió con cuidado usando un cuchillo pequeño.
Dentro había un sombrero.
Viejo. De ala gastada. Con una mancha oscura en el borde.
Sangre.
La Ciega se llevó las manos a la boca.
—Sebastián…
Padre Mateo no dijo nada. Metió los dedos en el forro del sombrero.
Vacío.
Pero había una costura rasgada.
Alguien había sacado el papel.
Junto al sombrero venía una nota.
La misma letra torpe.
“Demasiado tarde, padre.”
Leoz cerró los puños.
—Maldito sea.
—No —dijo Padre Mateo en voz baja—. No maldiga todavía. Primero encontremos al muchacho.
La Ciega se santiguó.
—Si han tirado su sombrero…
—Entonces quieren que pensemos que está muerto o quieren que sepamos que lo estará pronto.
—¿Y si ya lo está? —preguntó Leoz.
Padre Mateo miró la sangre seca.
—Entonces aún puede hablarnos, aunque a la manera difícil.
Encontraron a Sebastián Mier al mediodía.
No en la calle de los curtidores, ni en casa de la lavandera, ni en ninguna pulquería. Lo hallaron en un corral abandonado detrás de unos almacenes, cerca de una acequia de agua turbia donde flotaban hojas, cáscaras y la indiferencia habitual de las ciudades hacia sus pobres.
Lo encontró uno de los hombres de Salvatierra, siguiendo el rastro de un muchacho que había vendido un sombrero manchado por unas monedas y demasiadas prisas.
El niño Nicolás, interrogado con más miedo que malicia, confesó que un hombre del pañuelo rojo le había dado el sombrero y le había ordenado tirarlo por la ventana de la Ciega cuando viera entrar al sacerdote.
No sabía nada del papel. No sabía nada de Sebastián.
No sabía casi nada, y lo poco que sabía le quedaba grande.
El cuerpo estaba medio oculto tras unos tablones.
Sebastián Mier era tal como lo había descrito Tomás: delgado, joven, con cicatriz pequeña en la ceja.
La muerte le había borrado la risa, pero no del todo la expresión impertinente del rostro, como si aún quisiera burlarse de quienes llegaban tarde.
Tenía la ropa sucia, un golpe en la sien y una marca en el cuello.
No había sangre abundante. Lo habían matado con rapidez, quizá después de interrogarlo, quizá después de quitarle lo que llevaba.
Padre Mateo se arrodilló junto a él.
Durante un momento no investigó.
Rez()ó.
No en voz alta, no con solemnidad. Solo una oración breve por un muchacho que había sabido leer una palabra inglesa y por eso había entrado en una historia demasiado grande para su edad.
Leoz permanecía detrás, pálido y con los ojos brillantes.
—Era casi un niño —dijo.
—Sí.
Salvatierra, más acostumbrado a cuerpos, se inclinó junto al cadáver.
—Golpe primero. Después estrangulamiento. O al revés.
—No. Primero golpe. Mire la tierra junto a la mano. Cayó aquí, intentó incorporarse, arrastró los dedos. Luego lo remataron.
Padre Mateo tomó la mano derecha del muchacho con cuidado. Bajo las uñas había suciedad y una pequeña fibra roja.
—Pañuelo.
Salvatierra se inclinó.
—O ropa.
—Sí. Pero nuestro mensajero se está volviendo demasiado generoso con el color rojo.
Leoz miró alrededor.
—¿Dónde está el papel?
—No con él.
—Entonces lo tienen.
Padre Mateo registró con respeto los bolsillos. Unas monedas pequeñas. Un trozo de pan duro. Una cuerda. Un fragmento de lápiz. Nada más.
—Le quitaron el sombrero, el papel y quizá la bolsa —dijo.
—¿Qué bolsa?
—La que un muchacho como él habría usado para guardar lo que no cabe en el sombrero.
Salvatierra llamó a uno de sus hombres.
—Busquen alrededor. Cada piedra, cada tabla, cada agujero.
Padre Mateo observó el cuello del muerto. Había una marca estrecha, no de cuerda gruesa. Tal vez una tela retorcida. Tal vez un pañuelo. Se acercó con la nariz. Tabaco fuerte, muy leve, mezclado con olor a acequia.
—Otra vez —murmuró.
Leoz lo oyó.
—¿Tabaco?
—Sí.
El capitán se puso en pie.
—Padre, el hombre del pañuelo rojo es el ejecutor o el mensajero.
—Quizá ambas cosas.
—Déjeme cerrar salidas. Buscar en tabernas, casas de juego, portales.
—Hágalo. Pero no lo encontrará donde lo busque.
—¿Por qué?
—Porque ya ha servido demasiado. Si yo dirigiera esto, me desharía pronto de él.
Salvatierra miró al cadáver.
—Entonces buscamos a otro muerto.
—O a un hombre que aún no sabe que lo es.
Uno de los soldados encontró algo bajo una tabla húmeda. Lo trajo envuelto en un trapo.
Era un pedazo de papel empapado.
No la lista completa. Apenas una esquina arrancada, quizá caída durante el forcejeo. La tinta estaba corrida, pero aún podían leerse tres letras y una cifra:
“E. B. — 40”
Debajo, otra palabra casi borrada:
“unr…”
Leoz susurró:
—Unrest.
Salvatierra apretó la mano sobre la empuñadura de su espada.
—E. B.
—No pronuncie nombres todavía —dijo Padre Mateo.