El muerto que sabía leer
Tomás Yáñez no había querido morir.
Padre Mateo lo supo en cuanto vio el corte.
No por compasión, ni por intuición, ni por esas iluminaciones que algunos atribuían a los santos cuando no querían reconocer el trabajo paciente de mirar.
Lo supo porque la herida era torpe, superficial, hecha en el lugar equivocado y con más miedo que decisión.
Un hombre que desea morir de verdad busca la profundidad.
Tomás había buscado otra cosa: producir sangre suficiente para convencer al miedo de que había obedecido.
Lo encontraron sentado en una silla baja, con el antebrazo vendado y el rostro del color de la cera mala.
A su lado, un médico joven terminaba de sujetar la venda mientras el capitán Salvatierra interrogaba con los ojos a dos guardias avergonzados.
La sala de custodia olía a sudor, vinagre, hierro y amanecer.
—No lo dejéis solo —decía Salvatierra—. Ni para rezar.
—Capitán —murmuró uno de los guardias—, se registró todo.
—Se registró mal.
Padre Mateo entró con Francisco Leoz. El escribano alzó la mirada y, al verlo, empezó a llorar sin ruido.
—Padre…
—Si piensa pedirme perdón por no haber sabido suicidarse, ahórrese la confesión. No sería su peor torpeza de la semana.
Tomás se cubrió los ojos con la mano sana.
—Van a matarlos.
—¿A quién?
—A Clara. A mis hijos. Lo dijeron. Lo escribieron. Lo harán.
—Los hombres que anuncian todo lo que harán suelen esperar que el miedo trabaje por ellos.
—No los conoce.
—Conozco a su especie.
Salvatierra le entregó la nota hallada bajo la puerta. Era el mismo papel barato de las amenazas anteriores, la misma letra torpe, demasiado torpe, como disfraz deliberado.
“Los papeles arden mejor con sus copistas dentro.”
Padre Mateo la sostuvo junto a la luz de la ventana.
—¿Cuándo apareció?
—Antes del alba —respondió el capitán—. Uno de los guardias la vio al cambiar turno.
—¿Quién tuvo acceso al pasillo?
—Soldados, un criado con agua, el médico, un escribano del palacio y un mozo de limpieza. Todos serán interrogados.
—Naturalmente. Y todos dirán que no vieron nada.
—Quizá alguno mienta peor.
—Confiemos en esa forma menor de la providencia.
Leoz había permanecido callado junto a la mesa. Miraba a Tomás con una mezcla de lástima y repulsión. La noche anterior aquel hombre había pasado de simple sospechoso a pieza esencial. Ahora parecía otra vez pequeño, reducido por su propio miedo.
Padre Mateo se sentó frente a él.
—Tomás, míreme.
El escribano obedeció.
—No van a matar a su familia si hacemos esto bien.
—¿Y si lo hacen mal?
—Entonces ya no importará su herida de teatro.
Tomás tragó saliva.
—No fue teatro.
—Fue miedo con sangre. Casi igual, pero menos noble.
Salvatierra soltó un resoplido que podía ser aprobación o impaciencia.
Padre Mateo dejó la nota sobre la mesa.
—Ayer dijo que había una lista completa. O que podía haberla. Papeles de don Baltasar. Cuentas, iniciales, operaciones con casas extranjeras.
—Sí.
—¿Quién más podía saberlo?
—Don Baltasar. Don Gaspar quizá. De la Serna. El hombre que daba las órdenes.
—¿Y algún criado?
Tomás dudó.
—Había un muchacho.
—Nombre.
—Sebastián Mier.
Leoz levantó la pluma.
—¿Quién es?
—Era escribiente auxiliar. A veces llevaba recados de don Baltasar. Sabía leer y sumar, no mucho, pero lo suficiente. Lo usaban porque parecía tonto y porque no lo era.
—¿Trabajaba en la casa de Ochoa?
—A ratos. También hacía encargos para el portal de mercaderes. Llevaba cartas, copiaba recibos sencillos, recogía firmas.
—¿Vio la lista?
Tomás se pasó la lengua por los labios.
—Una vez. Creo que sí.
—No creo que sí. Diga lo que sabe.
—Don Baltasar me mandó copiar una relación. Sebastián entró con una bandeja de papeles y se quedó mirando. Yo la cubrí, pero había visto iniciales y cantidades. Después, en el patio, me preguntó qué significaba la palabra inglesa.
Padre Mateo se inclinó apenas.
—¿Cuál?
—Unrest.
La sala pareció enfriarse.
Salvatierra se acercó.
—¿Dónde está ese muchacho?
—No lo sé.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—El día antes de morir don Baltasar. Vino a mi casa con un recado. Dijo que don Baltasar tenía miedo y que si algo le ocurría debía llevar un papel a… a no sé quién.
—¿A quién?
Tomás cerró los ojos, buscando.
—No quiso decirlo. Solo dijo: “al que sepa leer sin vender los ojos”.
Padre Mateo se quedó muy quieto.
—¿Y le dio el papel?
—No. Lo tenía él. Doblado en el forro del sombrero. Se reía de eso. Decía que nadie miraba nunca el sombrero de un pobre.
—¿Dónde vive?
—Cerca del barrio de San Sebastián. Con una tía o madrina. No sé la calle exacta, pero algunos mozos del portal lo conocen.
El capitán Salvatierra ya estaba en movimiento.
—Enviaré hombres.
—No —dijo Padre Mateo.
—Padre…
—Si enviamos soldados preguntando por él, el asesino sabrá que lo buscamos antes de que lo encontremos.
—Puede estar ya muerto.
—Entonces los soldados solo llegarán tarde con más ruido.
Salvatierra apretó la mandíbula.
—¿Qué propone?
—Ir nosotros. Pocos. Rápido. Con alguien que conozca el portal de mercaderes.
Leoz levantó la cabeza.
—Yo puedo preguntar en la secretaría por los mozos habituales.
—No hay tiempo. Capitán, uno de sus hombres de paisano. Don Francisco, usted viene. Tomás…
El escribano palideció aún más.
—No puedo.
—No he dicho que venga. Quiero una descripción.
Tomás habló con esfuerzo:
—Dieciocho años quizá. Delgado. Pelo negro. Una cicatriz pequeña aquí.
Se tocó la ceja.
—Habla deprisa. Cojea un poco cuando está cansado. Tiene una risa… como si se burlara de todo antes de que todo se burlara de él.
Padre Mateo asintió.
—Rece por que esa risa siga viva.
Tomás comenzó a llorar otra vez.
—Padre, si lo encuentran…
—Si lo encontramos, procuraremos que hable antes que otros lo callen.
Al salir, Salvatierra lo alcanzó en el corredor.
—Esto es una imprudencia.
—Probablemente.
—Déjeme enviar una patrulla.
—Capitán, una patrulla busca como campana. Necesitamos buscar como aguja.
—Si el muchacho tiene el papel, lo estarán buscando también.
—Por eso debemos parecer menos interesados que ellos.
—¿Y cómo piensa hacer eso?
Padre Mateo lo miró.
—Con mi aspecto natural de fraile molesto y perdido. Es una de mis pocas ventajas tácticas.
Salvatierra no sonrió.
—Llevaré dos hombres cerca.
—Uno.
—Dos.
—Uno visible y otro tan lejos que no se avergüence de su oficio.
El capitán aceptó con un gruñido.
—Si esto sale mal…
—Entonces podrá decir que me lo advirtió.
—Preferiría no tener ese consuelo.
—Empieza usted a caerme mejor.
El portal de mercaderes despertaba más temprano que muchas conciencias.
A esa hora, los puestos se abrían, los cargadores se insultaban con familiaridad, los comerciantes fingían que no regateaban mientras regateaban, y los escribientes pobres ofrecían su mano a quienes tenían demasiadas cuentas y poca letra.
La ciudad olía a tinta fresca, fruta madura, sudor, cuero, maíz, polvo y plata imaginada.
Todo se movía. Todo se vendía. Todo parecía legal mientras no se preguntara con demasiada precisión.
Padre Mateo avanzó junto a Leoz, sin escolta visible salvo un hombre de Salvatierra que compraba naranjas con torpeza militar a unos veinte pasos. El otro, si existía, lo hacía mejor.
—No mire tanto a todos lados —dijo Padre Mateo.
Leoz enderezó el cuello.
—Intento parecer natural.
—Acaba de describir la forma más rápida de no parecerlo.
—Perdón.
—No pida perdón al aire. También llama la atención.
Se detuvieron junto a un puesto donde un hombre vendía papel, plumas, tinta y pequeños libros de cuentas. Padre Mateo tomó una pluma, la examinó como si ese fuera el propósito de su vida y habló sin mirar al vendedor.
—Busco un muchacho llamado Sebastián Mier. Escribiente. Delgado. Cicatriz en la ceja. Risa impertinente.
El vendedor hizo el gesto universal de quien sabe pero desea cobrar por saber.
—Aquí pasan muchos muchachos, padre.
—Y pocos con cicatriz en la ceja.
—Puede ser.
Padre Mateo dejó la pluma.
—No tengo dinero para comprar mentiras largas. Solo verdades breves.
El hombre miró a Leoz, luego al hábito del sacerdote.
—Sebastián no ha venido hoy.
—¿Suele venir?
—Casi cada día.
—¿Para quién trabaja?
—Para quien le paga. Don Baltasar lo usaba mucho. También llevaba cartas a casas grandes. Era listo. Demasiado para su estómago.
—¿Dónde vive?
—Por San Sebastián, creo. Con una mujer que lava ropa. Pero si debe dinero, mejor búsquelo en las pulquerías.
—¿Debe dinero?
—Todos deben algo. Él debía poco. Más bien le debían.
—¿Quién?
El vendedor se encogió.
—Pregunte a Chucho el cargador. Ese sabe quién entra y sale porque nunca entra en ninguna parte.
—¿Dónde está?
—Allá. Junto a los sacos.
Padre Mateo dejó una moneda pequeña sobre el mostrador.
—Por la pluma.
—No se la lleva.
—Por la verdad breve, entonces.
—Eso vale más.
—No abuse. Las verdades breves abundan; lo caro es encontrar una que sirva.
Chucho el cargador era un hombre enorme, de brazos como troncos y mirada alegre. Al ver acercarse al sacerdote, se santiguó con exageración.
—Padrecito, si viene por deudas espirituales, hoy no cargo con más.
—Vengo por Sebastián Mier.
La alegría desapareció de su rostro.
—No lo he visto.
—Eso ha sido muy rápido.
—Porque es verdad.
—La verdad rápida suele venir preparada.
Chucho miró alrededor.
—No conviene preguntar por ese muchacho.
—Eso aumenta mi vocación.
—Padre, aquí la gente desaparece por menos que papeles.
Leoz se acercó.
—¿Qué papeles?
El cargador lo miró con desconfianza.
Padre Mateo intervino:
—Este joven parece funcionario, pero aún conserva alma. Puede hablar.
Leoz no supo si agradecerlo.
Chucho bajó la voz.
—Sebastián decía que tenía algo grande. Un papel que valía más que su vida. Yo le dije que si valía más que su vida, acabarían quitándole las dos cosas.
—¿Cuándo lo dijo?
—Ayer por la tarde.
—¿Dónde iba?
—A ver a una mujer.
Leoz escribió.
—¿Qué mujer?
—No de esas. Una vieja que guarda cartas cerca del puente de la Acequia. Le dicen la Ciega, aunque ve mejor que muchos. Recibe recados, los guarda, los entrega cuando pagan.
—¿Una intermediaria?
—Una caja con falda.
—¿Sebastián fue allí?