Papeles, sellos y mentiras #3
La mesa parecía un altar de la mentira.
Tomás confesó lo esencial ante un escribano de confianza: había copiado documentos, había imitado parcialmente el estilo de don Alonso, había redactado la nota que apareció en casa de don Baltasar, había recibido pagos por medio de un mensajero y órdenes de un hombre al que no vio claramente.
Negó haber participado en los asesinatos.
Negó saber quién era el autor intelectual.
Confirmó la existencia de papeles relacionados con operaciones comerciales irregulares y mercancías inglesas.
Al terminar, parecía más pequeño que al entrar.
Revillagigedo ordenó retirarlo bajo custodia separada y protección estricta para su familia.
Cuando quedaron solos el virrey, Padre Mateo, Leoz y Salvatierra, la tensión de la sala cambió de forma. Ya no estaban ante sospechas dispersas. Habían encontrado un taller de falsedades.
—Esto confirma que Villaclara fue incriminado —dijo el virrey.
—Confirma que alguien preparó pruebas para incriminarlo —respondió Padre Mateo—. Es un poco más preciso y bastante más inquietante.
—¿Por qué?
—Porque lo hizo antes de que todos supieran necesitarlo.
Salvatierra asintió.
—Preparación.
—Exacto. La nota de Baltasar fue escrita antes de su muerte. Las pruebas contra Villaclara no nacieron del caos posterior. Formaban parte del plan.
Leoz colocó las iniciales sobre la mesa.
—Y estas listas mezclan a casi todos los sospechosos.
Revillagigedo tomó la hoja.
—G. L. y B. O. muertos. J. S., De la Serna. E. A., Arriaga. J. E., Echevarri. M. V., Mariana de Velasco. E. B., Edward Blackthorne.
—O alguien quiere que veamos esa serie —dijo Padre Mateo.
—¿Qué significan las palabras inglesas?
Leoz leyó:
—Confidence. Account. Delivery. North. Unrest.
El virrey se detuvo en la última.
—Agitación.
—Sí, excelencia.
Salvatierra cruzó los brazos.
—Eso no parece comercio ordinario.
—No —dijo el virrey—. Y si hay relación con intereses extranjeros, este asunto cambia de gravedad.
Padre Mateo miró la vela perfumada.
—Todavía falta el puente. Tenemos falsificación, contrabando o comercio irregular, amenazas, un mensajero, un escribano comprado y señales con velas. Pero no tenemos la mano que une todo.
—Yáñez habló de un anillo —dijo Leoz.
—Guante claro, sello con piedra oscura —recordó Padre Mateo—. Eso estrecha poco entre caballeros vanidosos.
Salvatierra pensó un instante.
—Blackthorne usa anillo.
—Muchos hombres usan anillo.
—El suyo tiene piedra oscura.
Padre Mateo lo miró.
—¿Lo ha observado?
—Observo a extranjeros.
—Buena costumbre.
Leoz intervino:
—Don Julián también usa sello.
—Y don Esteban —añadió el virrey—. Y De la Serna. Y media ciudad que firma algo más importante que una lista de la compra.
Padre Mateo permaneció callado.
El virrey lo notó.
—¿Qué piensa?
—Que el anillo quizá es otra vela.
—¿Una señal?
—O una pista demasiado visible. Yáñez no vio rostro, no oyó acento claro, no sabe nombre. Pero recuerda guante y anillo. Tal vez porque eso es lo que quisieron que recordara.
Salvatierra frunció el ceño.
—¿Entonces descartamos el anillo?
—No. Lo conservamos sin adorarlo.
Leoz, agotado, dejó caer la pluma un instante.
—Padre, cada prueba parece mentir.
—No todas. Algunas dicen la verdad sobre quien las falsificó.
El virrey caminó despacio junto a la mesa.
—¿Qué hacemos ahora?
—Primero, proteger a Yáñez. Si muere, confirmará demasiado y explicará poco.
Segundo, buscar el origen de las velas perfumadas.
Tercero, revisar los libros de don Baltasar y de don Gaspar con la nueva clave: operaciones inglesas, palabras en inglés, iniciales, pagos y rutas.
Cuarto, interrogar a De la Serna de nuevo, pero no todavía. Quinto, hablar con Blackthorne.
—¿Ahora sí? —preguntó Leoz.
—Ahora sí empieza a merecer la conversación.
Salvatierra apoyó una mano en la mesa.
—Podría detenerlo preventivamente.
—¿A Blackthorne? —dijo el virrey.
—Si es espía…
—Si lo es, detenerlo sin pruebas puede convertirlo en agravio diplomático y a nosotros en torpes.
Padre Mateo asintió.
—Además, si lo encerramos antes de tiempo, sus contactos se dispersarán. Prefiero que crea que aún puede guiarnos.
—¿Y si huye? —preguntó Salvatierra.
—Entonces dirá algo con los pies.
El virrey miró al capitán.
—Vigílelo discretamente. Sin provocarlo.
—Sí, excelencia.
—Y a los demás también. Arriaga, Echevarri, De la Serna, doña Mariana.
—Doña Mariana no será fácil de vigilar.
Padre Mateo murmuró:
—Las mujeres inteligentes rara vez lo son.
El virrey volvió a la mesa.
—Padre Mateo, esto ya no puede tratarse como simple asunto doméstico.
—Nunca lo fue del todo.
—Pero aún no podemos hacerlo público.
—No. Si la ciudad sabe que hay falsificación, comercio inglés y posibles operaciones políticas detrás de los crímenes, el miedo dejará de ser rumor y se volverá instrumento.
—Quizá ya lo es.
Padre Mateo miró el fragmento de papel rojo.
—Sí. Pero todavía no sabemos quién toca la música.
Cuando la reunión terminó, la noche estaba muy avanzada.
Leoz salió al patio del palacio con los ojos enrojecidos y la carpeta abrazada como si temiera que los papeles intentaran escapar.
Padre Mateo caminó a su lado. Salvatierra se quedó dando órdenes a sus hombres.
El virrey permaneció en la sala, solo con las pruebas, como un gobernante que acabara de descubrir que algunas grietas de su ciudad no estaban en las calles, sino en los salones.
—Padre —dijo Leoz—, ¿puedo hacerle una pregunta tonta?
—Las preguntas tontas son descanso para las peligrosas.
—¿Cómo sabe cuándo alguien es culpable?
Padre Mateo se detuvo bajo una arcada.
La luna iluminaba el patio con una claridad pálida. La fuente sonaba en el centro, tranquila, indiferente, hermana lejana de aquella otra fuente junto a la que había aparecido don Gaspar.
—No lo sé de golpe —dijo—. Casi nunca.
—Entonces ¿cómo?
—Al principio todos parecen culpables de algo. Uno debe separar el pecado del crimen, el miedo de la culpa, la mentira defensiva de la mentira ofensiva. El inocente miente para salvar algo. El culpable miente para dirigir a alguien.
Leoz escuchaba con atención.
—¿Y aquí?
—Aquí muchos mienten para salvar su dinero, su honra o su nombre. Pero alguien miente para dirigirnos. Ese es nuestro hombre.
—O mujer.
—O mujer.
—¿Y Tomás Yáñez?
—Mintió para salvarse y cobrar. No para dirigir. Por eso sigue siendo pieza, no jugador.
Leoz miró hacia la sala donde quedaban las pruebas.
—¿Y Blackthorne?
Padre Mateo tardó en responder.
—Blackthorne dirige incluso cuando ayuda.
—Entonces…
—Entonces mañana escucharemos qué música intenta tocar.
No llegaron a dormir.
Antes del alba, un soldado del capitán Salvatierra despertó a Leoz con golpes en la puerta. Padre Mateo ya estaba despierto, sentado junto a una vela común, revisando las copias del legajo de Yáñez.
—Padre —dijo el soldado, respirando con dificultad—. El capitán manda aviso urgente.
Leoz apareció detrás, aún abrochándose la casaca.
—¿Qué ocurre?
—Tomás Yáñez ha intentado matarse.
La frase cayó en la estancia sin ruido y sin necesidad de más adorno.
Padre Mateo cerró los papeles.
—¿Está muerto?
—No. Lo encontraron a tiempo. Se cortó poco. O no quiso cortarse más.
—¿Dónde?
—En la sala de custodia. Usó un trozo de metal escondido en la bota.
Leoz palideció.
—¿Por miedo?
—Dice que no quiere que maten a sus hijos.
Padre Mateo se levantó.
—Vamos.
—Hay más —dijo el soldado.
El sacerdote lo miró.
—Al despertar, encontraron una nota bajo la puerta de su custodia.
—¿Qué decía?
El soldado sacó un papel doblado.
Leoz lo tomó con cuidado y lo abrió. La letra era torpe, igual que las amenazas anteriores.
Padre Mateo leyó:
“Los papeles arden mejor con sus copistas dentro.”
Durante un instante nadie habló.
Luego, desde alguna torre cercana, las campanas comenzaron a llamar al primer rezo del día.
Padre Mateo cerró los ojos. No por cansancio. Por ira.
Una ira fría, limpia, peligrosa.
—Capitán Salvatierra tenía razón —dijo al fin.
Leoz tragó saliva.
—¿En qué?
—Esto ya no es solo crimen. Es operación.
Guardó la nota junto a las demás.
—Y el hombre que la dirige acaba de cometer un error.
—¿Cuál?
Padre Mateo abrió los ojos.
—Ha tenido miedo de un escribano.
La luz del alba empezaba a tocar los muros del palacio. Afuera, la ciudad despertaba sin saber que sus secretos habían pasado la noche respirando junto a una vela perfumada.
Padre Mateo tomó el sombrero.
—Vamos a ver a Tomás Yáñez antes de que el miedo termine el trabajo que el cuchillo no pudo.