Papeles, sellos y mentiras #2
—Si vuelve a decir no exactamente, lo mandaré copiar el Padrenuestro hasta que aprenda exactitud.
Tomás tragó saliva.
—Me dijeron que debía parecer escrita por alguien de su clase, pero alterado. No perfecta. Como un hombre que escribe con ira.
—¿Quién se lo dijo?
—Un mensajero.
—Pañuelo rojo.
—Sí.
—¿Nunca vio a quien daba las órdenes?
—No.
—Mentira.
Tomás miró a su mujer.
—No.
Padre Mateo bajó la voz.
—No he dicho que viera su rostro. He dicho que vio algo.
El escribano empezó a temblar.
—Una mano.
—Siga.
—El mensajero vino una vez con instrucciones escritas. Pero otra noche… otra noche me citaron en el patio trasero de una casa de juego. Habló conmigo un hombre desde la sombra. No vi su cara. Solo la mano cuando me entregó los papeles.
—¿Qué mano?
—Guante claro. Anillo.
—¿Anillo de qué clase?
—Sello. Piedra oscura. No sé más.
—¿Acento?
—Castellano correcto.
—¿De aquí?
—No lo sé.
—¿Español peninsular? ¿Criollo? ¿Extranjero?
Tomás se llevó las manos a la cabeza.
—No lo sé. Hablaba poco. Muy bajo. Como si cuidara cada palabra.
Padre Mateo pensó en Blackthorne, en don Julián, en don Esteban, en cualquiera con educación suficiente para hablar sin delatarse. Una sombra con guante y sello valía poco, pero no era nada.
—¿Cuánto le pagaron?
—Cincuenta pesos primero. Luego más.
—¿Por una falsificación?
—Por varias copias.
—¿Qué más copió?
Tomás se levantó de golpe y fue hacia un cajón. Salvatierra dio medio paso, pero Padre Mateo lo detuvo con un gesto. El escribano sacó un legajo pequeño, atado con cordel.
—Guardé esto.
—Por prudencia o por chantaje.
Tomás bajó la cabeza.
—Por miedo.
—El miedo suele tener buena memoria. Démelo.
El legajo contenía borradores, pruebas de letra, fragmentos de papel, cuentas y tres hojas incompletas. Padre Mateo las extendió sobre la mesa. Leoz acercó la vela común del cuarto, no la blanca perfumada. Las sombras se inclinaron.
En una de las hojas aparecía varias veces el apellido Villaclara, escrito con ligeras variaciones.
Villaclara.
Villaclara.
Villaclara.
En otra, frases sueltas: “no volverá a reírse”, “deudas de sangre”, “esta noche se sabrá”, “si habla, caerá”.
En la tercera, iniciales: G. L., B. O., J. S., E. A., J. E., M. V., E. B.
Leoz leyó en voz baja:
—Gaspar Luján, Baltasar Ochoa, Joaquín de la Serna, Esteban Arriaga, Julián Echevarri, Mariana de Velasco… Edward Blackthorne.
—O Enrique Becerra, si nos ponemos caritativos —dijo Padre Mateo—. Pero la caridad tiene límites.
Salvatierra se acercó.
—¿Qué significan las iniciales?
Tomás negó con la cabeza.
—No lo sé. Venían en una lista.
—¿Lista de qué?
—Pagos. Deudas. Participaciones. No estaba completa.
—¿Dónde está la completa?
—La tenía don Baltasar.
—¿Y ahora?
—No lo sé. Quizá la carta que recibió el día que murió.
Padre Mateo recordó el lacre, la carta desaparecida, la media hoja encontrada bajo el libro.
—¿Usted escribió la nota que apareció junto a don Baltasar?
—Sí. Pero la escribí dos días antes.
—¿En qué papel?
Tomás señaló un paquete.
—Papel que me trajeron.
Padre Mateo comparó mentalmente la textura con el fragmento de “…llaclara”. Tomó una hoja limpia del paquete y la acercó a la luz. El grosor, la fibra, el tono. Muy parecido.
—Don Francisco.
Leoz ya estaba sacando la copia del fragmento del primer crimen.
—¿Cree que también salió de aquí?
—Creo que, si no salió, tiene un hermano muy cercano.
Tomás se llevó una mano a la boca.
—Yo no hice lo del primer muerto.
—¿No hizo el fragmento con el apellido?
—No.
—Piense antes de responder.
—No. Escribí el apellido muchas veces, sí. Pero no corté ni entregué ningún fragmento.
—¿Quién tuvo acceso a sus pruebas?
—El mensajero. El hombre del guante. Tal vez don Baltasar.
—¿Su esposa?
—No —dijo doña Clara.
La respuesta fue tan inmediata y ofendida que Padre Mateo la creyó.
—¿Alguien más vino aquí?
Tomás dudó.
—Doña Mariana envió una vez un papel para copia.
—¿Doña Mariana?
—Sí. Pero no relacionado con esto.
—Todos dicen eso antes de que se relacione.
—Era una carta privada.
—¿A quién?
—No la leí.
Padre Mateo lo miró.
—Tomás.
—La leí un poco. Era para don Gaspar. Sobre unas cuentas que no quería que pasaran por Baltasar.
—¿La copió?
—Sí.
—¿Conserva borrador?
—No.
—¿Y Blackthorne?
—No vino a esta casa.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Le enviaron papeles con palabras inglesas?
—Sí.
—¿Recuerda alguna?
—Confidence. Account. Delivery. North. También una palabra que no entendí… unrest.
Padre Mateo miró a Leoz.
—Inquietud. Desorden. Agitación.
Salvatierra murmuró:
—Eso ya no son solo telas.
—No —dijo Padre Mateo—. Empiezan a ser intenciones.
Tomás, cada vez más hundido, se agarró al borde de la mesa.
—Padre, yo no sabía. Eran copias. Papeles de negocios.
Amenazas fingidas. Pensé que querían asustar a Villaclara, obligarlo a pagar, mancharlo, no sé.
Cuando murió don Gaspar… quise hablar. Pero entonces vino el mensajero.
Dijo que si hablaba, mi mujer encontraría a mis hijos como encontraron a Luján.
Doña Clara soltó un sollozo.
Padre Mateo guardó silencio.
La amenaza podía ser mentira. Pero el miedo que había producido era verdadero. Tomás Yáñez no era inocente. Había vendido su mano, falsificado letras, callado ante la muerte y cobrado por ello. Pero no parecía el arquitecto. Era herramienta, no diseño.
—¿Y hoy? —preguntó—. ¿Por qué le dieron la vela?
—Dijeron que si venían por mí, la encendiera. Que así sabrían que debía callar.
—¿Y si no callaba?
Tomás miró a su esposa.
—La vela era la última advertencia.
Padre Mateo se levantó y fue hasta la ventana.
Desde allí se veía la calle estrecha. A esa hora había poca gente. Una mujer pasó deprisa. Un perro olfateó junto a una pared. En la esquina opuesta, un hombre se apartó al sentirse observado o al creerlo. Padre Mateo no pudo distinguir su rostro.
—Capitán.
Salvatierra se acercó.
—Que uno de sus hombres siga al que acaba de doblar la esquina. Sin ruido.
El capitán no preguntó. Abrió la puerta y dio la orden en voz baja.
Padre Mateo volvió a la mesa.
—Tomás Yáñez, queda usted bajo custodia del virrey.
El escribano se desplomó en la silla.
—Me matarán.
—Si queda aquí, probablemente. Si queda bajo custodia, quizá no. La justicia no siempre es cómoda, pero a veces sirve de pared.
—¿Y mi mujer? ¿Mis hijos?
Padre Mateo miró a Salvatierra.
—También protección para ellos.
El capitán asintió.
—Se hará.
Tomás comenzó a llorar sin elegancia. Fue un llanto feo, roto, infantil. Mejor así. Los llantos hermosos suelen estar ensayados.
Doña Clara se acercó a él, pero no lo abrazó. Primero lo miró. En esa mirada había amor, furia, miedo y una pregunta que ninguna autoridad podía responder por ella.
—¿Por qué? —dijo.
Tomás no tuvo defensa.
—Por dinero.
Ella le dio una bofetada.
No fue fuerte, pero sonó limpia en la habitación.
Padre Mateo no intervino.
A veces la justicia doméstica tenía mejor puntería que la del rey.
El traslado de Tomás Yáñez se hizo por la puerta trasera.
Salvatierra dispuso a sus hombres con eficacia.
Uno llevó a la esposa y a los niños a una estancia segura bajo pretexto de protección temporal.
Otro recogió los legajos, tinteros, muestras de papel, lacres, la vela perfumada y la bolsa de monedas.
Leoz inventarió todo con una seriedad de escribano veterano, aunque la mano se le cansaba.
Padre Mateo examinó la mesa por última vez.
Había en ella una pequeña marca de cera blanca, casi oculta junto al borde. No de la vela encendida aquella noche. Más antigua. Alguien había usado velas similares allí antes.
—Tomás —dijo.
El escribano, custodiado junto a la puerta, levantó la cabeza.
—¿Había recibido antes velas como esa?
—Sí.
—¿Cuántas?
—Tres. Tal vez cuatro.
—¿Para qué?
—Eran señal de entrega. Si la ponía en la ventana, alguien venía a recoger los papeles o dejaba instrucciones.
—¿Siempre el mismo olor?
—Sí.
—¿Dónde las conseguían?
—No lo sé.
—¿Se venden en muchas casas?
—No. Son caras.
Leoz intervino:
—Podrían venir de casas principales.
—O de importación —dijo Salvatierra.
Padre Mateo asintió.
—O de alguien que quiere que pensemos ambas cosas.
El capitán regresó con expresión sombría.
—Mi hombre perdió al sujeto de la esquina. Se metió por un callejón y desapareció. Pero encontró esto.
Le entregó un trozo de tela.
Era un pañuelo rojo.
No grande. Un fragmento arrancado, quizá de un cuello, quizá dejado con intención. Padre Mateo lo tomó con cuidado y lo olió.
Tabaco.
Fuerte, seco, extranjero.
—Nuestro mensajero muda de piel —dijo.
Leoz se estremeció.
—¿Lo dejó caer?
—O lo dejó para que lo encontráramos.
—¿Por qué haría eso?
Padre Mateo miró la tela bajo la luz.
—Para decirnos que sabe que lo seguimos. O para acusar a otro. O para acostumbrarnos a una pista hasta que dejemos de pensar en ella.
Salvatierra apretó la mandíbula.
—Si me da permiso, padre, pondré hombres en cada calle.
—Y no encontrará nada salvo hombres cansados. Este no es un ladrón huyendo. Es un mensajero de alguien que piensa.
—¿Blackthorne?
—No lo sé.
—¿Don Julián?
—Tampoco.
—¿De la Serna?
—Podría pagar, no sé si diseñar.
Leoz guardó el fragmento.
—El legajo de Yáñez puede probar que la nota contra Villaclara era falsa.
—Puede probar que Yáñez la escribió. Falta probar quién la encargó.
—Pero Villaclara queda más limpio.
—Villaclara queda menos sucio en este crimen. No confundamos.
Salvatierra miró al escribano con desprecio.
—Este hombre puede colgar.
Tomás se encogió.
Padre Mateo respondió:
—Puede. Pero si lo cuelgan demasiado pronto, quizá colgarán con él una cuerda que nos lleva al asesino.
—No pensaba colgarlo esta noche.
—Celebro su moderación.
El virrey recibió a Tomás Yáñez pasada la medianoche.
No lo hizo en una sala pública, sino en una estancia reservada del palacio.
Revillagigedo escuchó el resumen con rostro cada vez más grave.
Sobre la mesa se fueron colocando los objetos: legajos, muestras de letra, papel similar al fragmento del primer crimen, la vela perfumada, la bolsa de monedas, el fragmento de pañuelo rojo, notas con iniciales, palabras inglesas.