Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Papeles, sellos y mentiras
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Papeles, sellos y mentiras

La casa de Tomás Yáñez tenía la pobreza ordenada de los hombres que viven de copiar la riqueza ajena.

Estaba cerca de San Agustín, en una calle estrecha donde las fachadas parecían inclinarse unas hacia otras para hablar mal de los transeúntes. No era una vivienda miserable. Tampoco cómoda. Tenía dos plantas, rejas sencillas, puerta baja y una ventana superior donde aún ardía una vela blanca.

La llama no temblaba.

Eso inquietó a Padre Mateo más que si hubiera encontrado la casa a oscuras.

El capitán Salvatierra aguardaba en la esquina con dos soldados vestidos sin demasiado aparato. Llevaba capa oscura y sombrero bajo, pero su espalda rígida lo delataba más que cualquier uniforme.

—Padre —dijo al verlo llegar.

—Capitán. Lo felicito. Disfrazado parece usted un soldado intentando no parecer soldado.

—No nací para comediante.

—Eso ya lo habíamos deducido.

Francisco Leoz venía junto a Padre Mateo, con la carpeta apretada contra el pecho. Detrás, un soldado del palacio mantenía la distancia justa para no llamar la atención y para no ser inútil si se rompía algo más que el silencio.

Salvatierra señaló la casa.

—Yáñez volvió hace menos de media hora. Subió, encendió esa vela o alguien la encendió por él. Desde entonces no ha salido.

—¿Vieron al hombre que se reunió con él?

—No lo bastante. Capa oscura, sombrero bajo, andar seguro. No parecía criado.

—¿Español?

—De noche todos los cobardes tienen la misma patria.

—Buena frase. Procure no gastarla con soldados.

El capitán aceptó el comentario con un gesto seco.

Padre Mateo miró la ventana. La vela seguía allí, pequeña y blanca, con una serenidad casi insolente. Si el asesino la había dejado como marca, no temía ser reconocido. Si era una señal, alguien debía verla. Si era amenaza, Yáñez ya la habría entendido.

—¿Han olido la vela? —preguntó.

—Uno de mis hombres se acercó al portal fingiendo buscar una dirección. Dice que sí. Flores. Jazmín quizá.

—Otra vez.

Leoz bajó la voz.

—¿Entramos?

—Primero llamamos. La cortesía es una llave barata y a veces abre puertas antes que las botas.

Cruzaron la calle.

Padre Mateo llamó tres veces.

Dentro no se oyó nada.

Volvió a llamar.

Una voz de mujer respondió al fin, temblorosa:

—¿Quién?

—Padre Mateo. Vengo de parte del virrey.

Hubo un silencio breve, después un cerrojo y luego otro. La puerta se abrió apenas. Asomó una mujer delgada, de unos treinta y tantos años, con pañuelo en la cabeza y ojos enrojecidos.

—Mi marido no está bien —dijo antes de que nadie preguntara.

—Entonces conviene que lo veamos.

—No quiere visitas.

—Los enfermos rara vez quieren lo que necesitan.

La mujer miró detrás del sacerdote y vio a Leoz, al capitán, a los soldados. Su rostro perdió el poco color que le quedaba.

—No ha hecho nada.

Padre Mateo la observó.

—Aún no he dicho su nombre y ya lo defiende. Mal comienzo para una noche tranquila.

Ella bajó los ojos.

—Pasen.

El interior de la casa olía a papel, aceite, humedad y miedo.

No había lujo. En la entrada, un arcón pequeño, una mesa con un candil, dos sillas y una imagen de la Virgen.

En la pared, colgaba un rosario. Todo estaba limpio, pero la limpieza no vencía del todo la tristeza de las casas donde el dinero entra tarde y sale pronto.

—¿Cómo se llama vuestra merced? —preguntó Padre Mateo.

—Clara.

—¿Clara Yáñez?

—Clara Robledo. Yáñez por mi marido.

—Bien, doña Clara. ¿Dónde está Tomás?

—Arriba. En el cuarto de trabajo.

—¿Solo?

Ella dudó.

Salvatierra dio un paso.

Padre Mateo levantó una mano.

—Doña Clara.

—Sí. Solo.

—¿Quién encendió la vela de la ventana?

La mujer cerró los labios.

—No sé.

—Eso casi nunca significa no saber.

—La trajo él.

—¿Su marido?

—Sí.

—¿De dónde?

—No lo dijo.

—¿Y por qué la encendió?

—Dijo que era para que lo dejaran en paz.

Padre Mateo intercambió una mirada con Leoz.

—Extraña forma de pedir soledad: alumbrarse en público.

La mujer apretó el rosario que llevaba entre las manos.

—Padre, mi marido es escribano. Copia papeles. Lleva cuentas. No es hombre de sangre.

—La sangre no siempre mancha las manos que la convocan.

Ella se estremeció.

—Subamos —dijo Salvatierra.

La escalera era estrecha. La madera crujió bajo cada paso. Al llegar arriba, encontraron una puerta cerrada. De debajo salía una línea de luz.

Padre Mateo llamó.

—Tomás Yáñez.

No hubo respuesta.

—Tomás —dijo doña Clara desde atrás—. Abre. Viene un padre de parte del virrey.

Dentro sonó un golpe suave, como de silla rozando el suelo.

—Váyanse —dijo una voz ronca.

Padre Mateo apoyó la mano en la puerta.

—No es una noche propicia para obedecer malos consejos.

—No he hecho nada.

—Eso dice su esposa. Al menos deberían ponerse de acuerdo en el orden de las defensas.

—Váyanse.

Salvatierra miró al sacerdote, impaciente.

—Padre.

—Un momento.

Acercó la cara a la madera.

—Tomás, si abre usted, hablaremos de papeles. Si no abre, el capitán abrirá con el hombro y hablaremos de resistencia. Escoja el capítulo.

Hubo silencio.

Después se oyó el cerrojo.

Tomás Yáñez abrió.

Era un hombre menudo, de rostro afilado, cabello oscuro pegado a la frente y dedos manchados de tinta.

Tendría algo más de treinta años, pero el miedo lo había envejecido en una hora.

Vestía camisa sin chaleco, como si lo hubieran arrancado de una tarea o de una huida.

Sus ojos pasaron de Padre Mateo a Salvatierra, de Salvatierra a Leoz, de Leoz a su mujer.

Se detuvieron en ella con una mezcla de culpa y súplica.

—Clara, baja.

—No —dijo Padre Mateo—. Que permanezca. A veces la vergüenza ante la esposa mejora la memoria.

Tomás tragó saliva.

El cuarto de trabajo era pequeño y estaba lleno de papeles.

Había una mesa junto a la ventana, varios tinteros, plumas, cuchillos para cortar papel, lacres de diferentes colores, una prensa pequeña, cajones, libros de cuentas y legajos atados.

La vela blanca ardía sobre el alféizar interior.

Su olor dulce se había extendido por la estancia con una delicadeza casi obscena.

Padre Mateo se acercó a ella.

—No la toque —dijo Tomás.

—Interesante. ¿Por qué?

—Porque no es mía.

—Eso ya lo suponía.

—Me la dieron.

—¿Quién?

Tomás calló.

Salvatierra cerró la puerta a su espalda. No hizo falta que amenazara. Su silencio militar ocupaba mucho.

Padre Mateo examinó la vela sin tocarla. Era de buena calidad, perfumada, no común en una casa de aquel nivel. Blanca, fina, consumida apenas. El candelabro, en cambio, era de latón ordinario.

—¿Para qué se la dieron? —preguntó.

Tomás se pasó la lengua por los labios.

—Para avisar.

—¿A quién?

—No sé.

—Tomás, las mentiras pequeñas son como ratones. Si entran muchas, acaban royendo la casa.

—No sé quién debía verla.

—Pero sabía que alguien miraría.

El escribano se dejó caer en una silla.

—Me dijeron que la encendiera si venían a preguntarme por los libros de don Baltasar.

Leoz dio un paso adelante.

—¿Quién se lo dijo?

Tomás miró al suelo.

—No lo sé.

Salvatierra perdió la paciencia.

—¿Se reunió esta noche con un hombre en la calle de San Agustín?

Tomás palideció.

—Me siguieron.

—Sí —dijo el capitán—. Y mal, por lo visto, porque aún está vivo.

La esposa se santiguó.

Padre Mateo no apartó la vista del escribano.

—Le entregaron algo.

Tomás señaló la mesa.

—Ahí.

Sobre los papeles había una bolsa de cuero pequeña. Leoz la abrió con cuidado. Dentro había monedas. No muchas para un rico, demasiadas para un escribano menor.

—¿Pago? —preguntó Padre Mateo.

—Silencio.

—El silencio rara vez se paga por adelantado si no hay miedo a que hable.

—Yo no he matado a nadie.

—Empiezo a creerlo. Los asesinos suelen pagar mejor o mentir peor.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Me cree?

—No se entusiasme. Creo que no mató. Aún puede haber falsificado, ocultado, retirado o vendido papeles. Es una familia amplia de pecados.

Doña Clara comenzó a llorar en silencio.

—Padre —dijo ella—, tenemos dos hijos.

—Eso explica necesidades. No absuelve delitos.

Tomás cerró los ojos.

—Yo solo copié.

—¿Qué?

—Cartas. Notas. Recibos. Una relación de cuentas.

—¿De quién?

—De don Baltasar. A veces de don Gaspar. También de don Joaquín de la Serna, cuando hacía falta pasar libros en limpio.

—¿Y de Blackthorne?

El nombre produjo un silencio muy rápido.

Padre Mateo lo oyó.

—Repita la pregunta, si la memoria lo necesita.

Tomás movió la cabeza.

—No directamente.

—Otra vez esa maldita palabra.

—No directamente, padre. Venían papeles sin firma. Listas, nombres, cantidades, iniciales. A veces en castellano. A veces con palabras inglesas. Yo copiaba lo que me daban.

—¿Quién se lo daba?

—Don Baltasar. O un mensajero.

—¿Qué mensajero?

—Uno con pañuelo rojo.

Leoz dejó de escribir.

—El mensajero de la carta de don Baltasar.

—Puede ser.

—¿Cómo olía? —preguntó Padre Mateo.

Tomás frunció el ceño.

—¿Oler?

—Sí. Los hombres huelen aunque se empeñen en tener alma.

—A tabaco. Fuerte.

El capitán Salvatierra murmuró algo que no llegó a blasfemia por disciplina.

Padre Mateo se sentó frente al escribano.

—Tomás, va a contarme la verdad por su propio bien, por el de su esposa y porque si no lo hace el capitán empezará a interpretar la justicia con más músculo que sintaxis. ¿Qué papeles falsificó?

—No falsifiqué.

Padre Mateo miró los tinteros.

—Tiene tres tintas abiertas, dos lacres distintos, cuchillo fino, papel de calidad superior al que usa en su correspondencia y una prensa pequeña. No me diga que todo eso es para felicitar santos.

—Soy escribano.

—Es copista. No notario del rey. No selle su orgullo con lacre falso.

La frase hizo daño.

Tomás se encogió.

—Copié una nota.

—¿Cuál?

—La que apareció en casa de don Baltasar.

Leoz palideció.

—La amenaza contra Villaclara.

—Yo no sabía que aparecería allí.

—¿Qué sabía?

—Que debía copiar unas líneas con una letra parecida a la de don Alonso.

Padre Mateo se inclinó.

—¿Tenía muestras de su letra?

—Sí.

—¿Quién se las dio?

—Don Baltasar tenía cartas viejas. De deudas, de reclamaciones. También una nota personal.

—¿Le dijeron que imitara su mano?

—No exactamente.