El círculo de los respetables #3
Doña Mariana se sentó frente a ellos. Vestía de negro, pero en ella el luto no parecía sumisión a la muerte, sino alianza estética con su propio carácter.
—Ha visto a De la Serna —dijo.
—La ciudad informa mucho y mal.
—En este caso, bien.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Padre, si revelara mis fuentes, dejarían de creer que soy misteriosa.
—No quisiera arruinarle el oficio.
—Se lo agradezco.
Padre Mateo dejó la taza.
—También he visto al capitán Salvatierra.
—Un hombre severo.
—¿Le agrada?
—Me resulta útil saber que existen hombres incapaces de sonreír sin pedir permiso a su conciencia.
—¿Y Blackthorne?
—Él sonríe sin pedir permiso a nadie.
—Me dijo que vino a verla el día de la muerte de don Baltasar.
—Cierto.
—¿A qué hora?
—Después de las cuatro.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Media hora quizá.
—¿De qué hablaron?
—De los crímenes. De usted. De la inquietud de la ciudad. De comercio. De Inglaterra, aunque no directamente.
—¿Cómo se habla de Inglaterra sin hablar de Inglaterra?
Doña Mariana sonrió.
—Hablando de estabilidad, de rutas, de oportunidades, de gobiernos que no comprenden a sus comerciantes y de comerciantes que algún día podrían cansarse de no ser comprendidos.
Leoz dejó la taza a medio camino.
Padre Mateo no se movió.
—Eso suena a política.
—Todo comercio suficientemente grande acaba creyéndose política.
—¿Blackthorne le sugirió algo concreto?
—Sugiere como quien deja perfume en una estancia. Cuando una se da cuenta, ya está respirándolo.
—¿Qué perfume dejó?
Doña Mariana miró hacia las flores.
—Que el virrey es reformista, pero quizá demasiado rígido. Que las familias principales se sienten poco escuchadas. Que España necesita a Nueva España más de lo que Nueva España necesita ciertas órdenes de España. Que Inglaterra sabe tratar mejor a los hombres de comercio.
Leoz palideció.
—Eso es grave.
—Dicho por mí, sí. Dicho por él, fue apenas conversación.
Padre Mateo se inclinó.
—¿Y usted qué respondió?
—Que los ingleses tratan bien a los comerciantes hasta que consiguen tratarlos como súbditos.
—Buena respuesta.
—Soy viuda, no incauta.
—¿Cree que Blackthorne busca desestabilizar al virrey?
Doña Mariana se quedó en silencio. Por primera vez, su ironía no acudió enseguida.
—Creo que Blackthorne busca saber quién puede ser movido. No sé aún hacia dónde.
—¿Movió a don Gaspar?
—Gaspar era movible por vanidad.
—¿A Baltasar?
—Por codicia.
—¿A De la Serna?
—Por miedo.
—¿A Arriaga?
—Por orgullo.
—¿A don Julián?
—Por ambición.
—¿Y a usted?
Doña Mariana sostuvo su mirada.
—Por curiosidad, quizá. Pero la curiosidad es caballo que sé embridar.
—No siempre.
—Nadie siempre.
El sacerdote aceptó la réplica con un gesto.
—¿Sabía usted de doña Isabel y Villaclara?
—Sospechaba.
—¿Quién más?
—Toda persona con ojos y tiempo. Lo que no significa que todos tuvieran pruebas.
—¿Blackthorne?
—Tiene ojos. Y usa muy bien el tiempo ajeno.
—¿Pudo saberlo por usted?
La pregunta no la ofendió. Eso la honró.
—Pudo sospecharlo en mi casa. Don Alonso bebió una noche más de la cuenta y habló de una dama que no lo despreciaba. Baltasar rió. De la Serna fingió no escuchar. Blackthorne preguntó después quién era el tutor de la joven prometida a don Julián.
—¿Respondió alguien?
—No recuerdo.
—Eso no basta.
Doña Mariana dejó la taza.
—Quizá respondí yo. Quizá dije que en esta ciudad todas las jóvenes con tutor tienen un carcelero y un contable. Tal vez mencioné a Arriaga. No lo sé.
Por primera vez, pareció sinceramente inquieta.
—Si aquello ayudó a…
—No se adelante —dijo Padre Mateo—. Una frase suelta no mata. Pero puede dar cuchillo a quien lo busca.
Ella bajó la mirada.
—Entonces todos hemos puesto algo.
—Casi siempre.
La viuda volvió a mirarlo.
—¿Cree que volverá a matar?
—Sí.
—¿A quién?
—A quien sepa demasiado, tema demasiado o sirva demasiado bien como mensaje.
—Eso reduce poco.
—Los asesinos considerados son así. Matan con gramática amplia.
Doña Mariana se levantó y caminó hasta un pequeño escritorio. Abrió un cajón, sacó un sobre y se lo entregó.
—Blackthorne me dejó esto hace tres días. Dijo que era una lista de contactos comerciales por si deseaba invertir en una partida de telas. No lo hice. La guardé por cortesía o por desconfianza.
Padre Mateo abrió el sobre.
Dentro había una lista de nombres y cantidades. Algunos nombres eran abreviados. Otros, iniciales. En una esquina, casi sin relación visible, aparecía una palabra escrita en inglés: confidence .
—¿Sabe qué significa? —preguntó ella.
—Confianza.
—Qué palabra tan cara para un inglés.
Padre Mateo observó el papel.
—Don Francisco, guarde esto.
Leoz lo hizo con cuidado.
—Doña Mariana —dijo el sacerdote—, desde ahora no reciba a Blackthorne a solas.
—Padre, he recibido a hombres peores.
—No lo dudo. Pero quizá ninguno mejor.
Ella entendió.
—¿Me protegerá el virrey también a mí?
—¿Lo necesita?
Doña Mariana miró hacia la ventana. Afuera, la tarde había empezado a oscurecer.
—Todos necesitamos protección cuando dejamos de ser útiles al peligro.
La noche estaba cayendo cuando salieron de la casa de doña Mariana.
Padre Mateo caminaba más despacio que de costumbre.
Leoz, cargado de notas, no se atrevía a interrumpir sus pensamientos.
La ciudad parecía haber cambiado de textura.
Las mismas calles, los mismos balcones, los mismos pregones finales, pero ahora cada casa principal parecía contener una pieza del mecanismo.
—Don Joaquín señala a Tomás Yáñez —dijo al fin Leoz—. Salvatierra señala a Blackthorne. Doña Mariana confirma que Blackthorne tanteaba descontentos. Todos hablan de comercio inglés. ¿No es suficiente?
—Para inquietarse, sí. Para acusar, no.
—¿Qué falta?
—Una prueba que no pueda sonreír.
—¿El papel de doña Mariana?
—Es interesante. No definitivo.
—La palabra inglesa.
—Podría significar muchas cosas. Lista de confianza, crédito, operación comercial. O una burla. O una clave.
—¿Y Tomás Yáñez?
—Mañana.
—¿Por qué no ahora?
Padre Mateo se detuvo.
—Porque si la ciudad trabaja como creo, esta noche alguien irá a verlo antes que nosotros.
Leoz miró alrededor.
—¿Quiere vigilarlo?
—No nosotros.
—¿Quién?
—El capitán Salvatierra tiene hombres acostumbrados a no ser vistos cuando conviene. Úselos.
—¿Sin avisar al virrey?
—Avisándolo. La obediencia no impide la rapidez.
Leoz asintió.
—¿Y Blackthorne?
Padre Mateo miró hacia la calle por donde acababan de salir. Una silueta se apartó de una esquina. Tal vez un transeúnte. Tal vez no.
—Blackthorne espera que yo mire hacia De la Serna, hacia don Julián, hacia Salvatierra, hacia doña Mariana, hacia todos.
—¿Y usted?
—Yo empiezo a mirar el espacio que deja entre ellos.
—No entiendo.
—Cuando un hombre mueve piezas, no siempre se ve en la pieza que toca. A veces se ve en el hueco donde nunca aparece culpable.
Leoz guardó silencio.
Al llegar al palacio, los esperaba un mensaje urgente.
Lo traía un soldado enviado por el capitán Salvatierra. Venía sudoroso, con polvo en las botas y una expresión que bastó para que Padre Mateo supiera que el día aún no había terminado.
—De parte del capitán —dijo el soldado—. Se ha mandado vigilar la casa de Tomás Yáñez, como indicó don Francisco.
Leoz miró a Padre Mateo, sorprendido de que el capitán hubiera actuado tan deprisa.
—¿Y bien? —preguntó el sacerdote.
—Yáñez ha salido hace menos de una hora. Llevaba una bolsa. Lo siguieron hasta una calle cercana a San Agustín. Allí se encontró con un hombre.
—¿Lo reconocieron?
—No. Capa oscura. Sombrero bajo.
Padre Mateo sintió que el aire se estrechaba.
—¿Olor a tabaco?
El soldado parpadeó.
—No lo sé, padre.
—Siga.
—El hombre le entregó algo. Después Yáñez volvió a su casa muy alterado. El capitán ha ordenado no detenerlo aún, como creyó que vuestra paternidad preferiría.
—El capitán aprende deprisa.
—Pero hay más.
Leoz apretó la carpeta.
—¿Qué?
—Poco después, alguien dejó una vela encendida en la ventana de Yáñez.
Padre Mateo no se movió.
—¿Qué clase de vela?
—Blanca, según dijeron. Pequeña.
—¿Olor?
El soldado tragó saliva.
—El hombre que se acercó a mirar dijo que olía a flores.
Durante unos segundos nadie habló.
En el patio del palacio, las sombras se habían alargado hasta tocar los muros.
La ciudad, detrás de ellos, empezaba a encender sus luces, una a una.
Velas comunes, velas buenas, velas de altar, velas de salón.
Y en alguna ventana cercana a San Agustín, una llama perfumada ardía como señal, amenaza o sentencia.
Padre Mateo cerró los ojos un instante.
—Fiat lux —murmuró.
Leoz, pálido, preguntó:
—¿Vamos?
El sacerdote abrió los ojos.
—Ahora sí.
—¿Con guardias?
—Con pocos. Si llevamos muchos, espantaremos al hombre equivocado. Si no llevamos ninguno, quizá acabemos siendo el mensaje.
El soldado aguardó la orden.
Padre Mateo se ajustó el sombrero y miró hacia la salida.
—Vamos a ver qué tiene que decirnos el escribano antes de que alguien decida que ha escrito demasiado.
A lo lejos, una campana llamó a oración.
Pero aquella noche, en la capital de Nueva España, no todos los hombres que encendían velas buscaban a Dios.