El círculo de los respetables #2
—Padre, si se supiera que algunos de los hombres que más exigen protección al gobierno han comerciado con intereses extranjeros por debajo de la mesa, el escándalo sería notable. Pero no sé si eso mata a dos hombres.
—Mata la vergüenza, mata el dinero, mata la política y mata el miedo. Los cadáveres solo son la parte visible.
El prestamista tragó saliva.
—Yo no le he dicho esto.
—Me lo ha dicho.
—Entonces no lo ha oído.
—Lo he oído mejor de lo que le conviene.
De la Serna se levantó, alterado por primera vez.
—No puedo aparecer en esto. Tengo familia. Negocios.
—Todos tienen familia cuando llega la cuenta.
—Padre, usted no entiende. Si algunos nombres salen, no solo caerán ellos. Caerán créditos, casas, empleos, matrimonios. La ciudad entera vive sobre papeles cruzados.
—Entonces quizá convenga saber cuáles están manchados de sangre.
El prestamista se apoyó en el respaldo de la silla.
—Busque al contador de Baltasar. Tomás Yáñez. Él copiaba registros, cartas y contratos. Si alguien falsificó una nota o retiró papeles, pudo saberlo.
—¿Dónde está?
—Trabajaba para Baltasar y para otras casas. A veces en el portal de mercaderes. A veces en su vivienda, cerca de San Agustín.
—¿Lo previnieron?
—No por mí.
—Respuesta precisa. ¿Por quién?
—No lo sé.
Padre Mateo se levantó.
—Lo sabremos.
De la Serna bajó la voz.
—Padre.
—¿Sí?
—Si encuentra los papeles, no crea que todos los culpables son asesinos.
—Eso lo sé.
—Y no crea que todos los asesinos manchan sus propias manos.
—Eso también.
—Entonces quizá sobreviva.
Padre Mateo lo miró.
—Empiezo a cansarme de que todos me deseen supervivencia como si fuera una apuesta incierta.
—Lo es.
—También la salvación del alma, y no por eso la administramos con tanta solemnidad.
Al salir de la casa, Leoz parecía llevar en la carpeta más peso del que tenía.
—Contrabando con mercancías inglesas —dijo en voz baja—. Si eso es cierto…
—Será un motivo para mentir, chantajear y matar. Pero no todavía una respuesta.
—De la Serna ha señalado a Tomás Yáñez.
—Sí.
—¿Cree que para ayudarnos?
—Creo que para apartarnos de él.
—¿Entonces no vamos?
—Claro que vamos. Un hombre puede apartarnos de sí mismo y acercarnos a la verdad por accidente. Dios escribe derecho con renglones torcidos y los cobardes ayudan con temblores.
Leoz caminó unos pasos en silencio.
—¿Blackthorne está en el centro?
—No lo sé.
—Pero aparece otra vez.
—Como la humedad en los muros, sí.
—Don Joaquín dijo que los ingleses venden la cuerda desde la orilla.
—Buena frase. Lástima que quizá sea cierta.
El joven consultó sus notas.
—Tomás Yáñez. Escribano menor, contador, copista. ¿Lo buscamos ahora?
—No. Primero iremos al cuartel.
—¿Al capitán Salvatierra?
—Sí.
—¿Por qué antes que Yáñez?
—Porque De la Serna espera que corramos hacia Yáñez. Prefiero que mientras tanto alguien avise a Yáñez y podamos ver quién se mueve.
Leoz lo miró con admiración involuntaria.
—¿Está usando la información como cebo?
—La información siempre es cebo. La pregunta es quién cree ser pescador.
El capitán Rodrigo Salvatierra recibió a Padre Mateo en una sala del cuartel donde las paredes parecían haber sido encaladas para desalentar la imaginación.
El militar estaba de pie junto a una mesa con mapas, informes y una pistola desmontada que limpiaba con método. Era hombre de unos cuarenta años, espalda rígida, rostro anguloso y cicatriz antigua cerca del pómulo. No saludó con descortesía, pero tampoco con calor.
—Padre Mateo.
—Capitán.
—Me dijeron que vendría.
—Entonces alguien ha perdido la oportunidad de sorprenderlo.
—En mi oficio, las sorpresas matan.
—En el mío también, aunque primero suelen confesarse.
Salvatierra indicó una silla. Él permaneció de pie.
—Imagino que viene por la muerte de don Gaspar y don Baltasar.
—Vengo por los vivos que siguen alrededor de ellas.
—Pregunte.
—Estuvo en la cena de don Gaspar.
—Sí.
—Vio discutir a Villaclara.
—Sí.
—¿Le pareció capaz de matar?
—Sí.
—A casi todos les pareció. Eso empieza a aburrirme.
La cicatriz del capitán se tensó con un gesto mínimo.
—Don Alonso es un hombre violento cuando bebe.
—¿Y usted?
—Yo no bebo hasta perder dominio.
—No le he preguntado por la bebida. Le he preguntado por la violencia.
Salvatierra lo miró con frialdad.
—Soy militar.
—Eso responde solo si considera la violencia un oficio y no una tentación.
El capitán dejó la pieza de la pistola sobre la mesa.
—He matado en servicio. No en patios ajenos.
—¿Odiaba a don Gaspar?
—Lo despreciaba.
—¿Por qué?
—Era blando con los fuertes y duro con los débiles. Eso es vicio de cobardes.
—¿Tenía tratos con él?
—No de importancia.
—La palabra vuelve.
—Padre, si busca hombres con negocios en esta ciudad, acabará interrogando al virrey.
—Si hiciera falta, lo haría. Pero él responde mejor que la mayoría.
Salvatierra casi sonrió.
—Don Gaspar prestaba dinero a oficiales jóvenes. Facilitaba compras. Intervenía en suministros menores. No siempre de forma limpia.
—¿A usted le debía algo? ¿O usted a él?
—No.
—¿Y don Baltasar?
—Era peor. Gaspar al menos tenía estilo. Baltasar sudaba codicia.
—¿Lo vio el día de su muerte?
—No.
—¿Dónde estaba?
—En el cuartel hasta mediodía. Después inspección de guardia. Puede comprobarlo con mis hombres.
—Lo haré.
—Naturalmente.
Padre Mateo paseó la mirada por los mapas.
—¿Qué sabe de mercancías inglesas entrando por vías poco santas?
El capitán no fingió sorpresa. Eso le gustó.
—Que entran.
—Respuesta militar.
—Respuesta verdadera.
—¿Quién las permite?
—Quien gana con ellas y quien no desea pelear cada batalla de aduana.
—¿El virrey lo sabe?
—El virrey sabe que existe. Otra cosa es probar cada mano. Si quisiera limpiar todo de golpe, media ciudad gritaría lealtad al rey mientras esconde paños ingleses bajo la cama.
—¿Y Blackthorne?
Salvatierra recogió una pieza metálica y empezó a limpiarla de nuevo.
—Inteligente. Peligroso. Útil. Las tres cosas suelen venir mal juntas.
—¿Espía?
El capitán levantó la vista.
—Si lo fuera, no llevaría cartel.
—Los buenos espías llevan sonrisa.
—Blackthorne tiene de sobra.
—¿Lo vigila?
—No oficialmente.
—Eso significa sí.
—Eso significa que soy militar, no idiota.
Padre Mateo asintió.
—¿Pudo matar a don Gaspar y a don Baltasar?
—Cualquiera pudo. Blackthorne más que otros, si supo por qué. Pero no veo motivo para que un inglés se ensucie las manos por deudas locales.
—¿Y si las deudas locales sirven para otra cosa?
—¿Como qué?
—Para hacer creer a la burguesía que el virrey no controla la ciudad. Para provocar miedo. Para mover lealtades.
Salvatierra dejó de limpiar la pistola.
—Eso ya no sería un crimen. Sería operación.
—Sí.
—¿Tiene pruebas?
—Tengo muertos, papeles que señalan demasiado bien, una mujer amenazada y muchos hombres respetables descubriendo de pronto que la prudencia es virtud cardinal.
El capitán caminó hasta la ventana. Fuera, en el patio, varios soldados practicaban maniobras.
—Los ingleses tantean siempre. Puertos, comerciantes, oficiales descontentos, criollos vanidosos, peninsulares codiciosos. No necesitan inventar nuestras grietas. Les basta medirlas.
—¿Y quién de aquí se dejaría medir?
—Todos los que creen que pueden usar al inglés sin ser usados por él.
—Nombres.
Salvatierra miró hacia la puerta y bajó la voz.
—Don Julián Echevarri tiene ambición. Arriaga tiene miedo a perder influencia.
De la Serna vendería la sombra de su madre si alguien le pagara al contado.
Doña Mariana escucha demasiado. Fray Anselmo sabe secretos que no debería saber nadie fuera del confesionario.
Y Blackthorne… Blackthorne parece amigo de todos porque quizá no respeta a ninguno.
—Buena lista.
—Incompleta.
—Todas lo son.
El capitán volvió a la mesa.
—Padre, le diré algo que quizá no conste en ningún informe. Don Gaspar, la noche de su muerte, habló conmigo aparte.
—¿Sobre qué?
—Sobre Blackthorne.
—Siga.
—Dijo que el inglés estaba volviéndose demasiado curioso. Que preguntaba por rutas, por familias, por tensiones con el virrey, por quién se sentía maltratado por las nuevas medidas de orden. Don Gaspar se reía. Dijo que quizá pudiera sacarle provecho.
—¿Informó de eso al alguacil?
—No me lo preguntó.
—Esa frase debería figurar en el escudo de los malos interrogatorios.
Salvatierra sostuvo la mirada.
—Tampoco lo consideré importante hasta la segunda muerte.
—¿Y ahora?
—Ahora considero que, si Blackthorne está detrás, no está solo.
—¿Con quién?
—Con alguien que conozca los secretos domésticos. Un inglés puede saber de comercio. Pero para usar el honor de una mujer contra Villaclara necesitaba información de salón, de criada o de juego.
Padre Mateo sintió que el capitán había llegado al mismo punto por otro camino.
—¿Villaclara habló de doña Isabel jugando?
—Eso dicen.
—¿Quién lo dice?
—Un alférez oyó en una casa de juego que Villaclara había presumido de que aún había una dama que lo recibía. No dijo nombre. Pero algunos rieron con el de Arriaga.
—¿Quién estaba allí?
—Baltasar, De la Serna, quizá Blackthorne. No lo sé con certeza. Puedo averiguarlo.
—Hágalo.
Salvatierra asintió.
—Y usted, padre, tenga cuidado con los hombres que ofrecen ayuda.
—Hoy todos parecen empeñados en repetirme la misma oración.
—Quizá porque algunos queremos que siga vivo.
—Qué exceso de consideración. Me hará vanidoso.
El capitán lo miró con sequedad.
—No parece necesitar ayuda para eso.
Padre Mateo soltó una risa breve.
—Tocado, capitán.
Doña Mariana de Velasco los recibió al atardecer, en una sala perfumada con flores frescas y luz dorada.
Su casa era elegante sin ser ostentosa. Cada objeto parecía escogido por gusto y no por necesidad de demostrar fortuna, lo cual la diferenciaba de muchos ricos y la volvía más peligrosa. Una viuda inteligente con dinero propio era, en cualquier ciudad, un pequeño reino con cortinas.
—Padre Mateo —dijo—. Don Francisco. ¿Chocolate?
—Solo si no pretende usarlo como arma de cortesía.
—La cortesía siempre es arma. Pero algunas dejamos elegir la taza.
Padre Mateo aceptó. Leoz también, con menos dudas.