Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El círculo de los respetables
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El círculo de los respetables

A la mañana siguiente, Padre Mateo pidió un mapa de la ciudad, una lista de muertos, otra de vivos y una taza de chocolate menos espesa que la del día anterior.

Le concedieron las dos primeras cosas.

La tercera provocó confusión en la cocina del palacio, como si hubiera solicitado que le sirvieran agua bendita con pimienta.

—Aquí el chocolate se toma como Dios manda —explicó Francisco Leoz, cuando el criado se retiró con expresión ofendida.

—Dios no ha emitido decreto sobre el espesor del chocolate.

—No ante escribano, que sepamos.

—Entonces queda margen para la reforma.

Leoz sonrió, aunque la sonrisa le duró poco.

Sobre la mesa aguardaban demasiados nombres.

Don Gaspar de Luján. Don Baltasar Ochoa.

Don Alonso de Villaclara. Doña Isabel de Arriaga.

Don Esteban de Arriaga. Don Julián Echevarri.

Doña Mariana de Velasco. Capitán Rodrigo Salvatierra.

Fray Anselmo de la Cruz. Joaquín de la Serna. Edward Blackthorne.

Los nombres, escritos juntos, parecían menos una lista que una familia de serpientes.

Padre Mateo apoyó un dedo sobre el mapa.

—No estamos buscando solo quién pudo matar. Estamos buscando quién podía beneficiarse de que otros parecieran culpables.

—Eso multiplica las posibilidades.

—La verdad rara vez hace el favor de venir sola.

—¿Por dónde empezamos?

—Por Joaquín de la Serna.

—El prestamista.

—Los prestamistas son archivos con pulso. A menudo saben más que los confesores y cobran mejor que los médicos.

Leoz consultó una nota.

—Tiene casa y despacho cerca del portal de mercaderes. Hombre rico. Poca vida pública. Mucha influencia privada. Se dice que don Alonso le debía dinero, pero no consta en documentos oficiales.

—Lo que no consta suele constar en otra parte.

—¿Cree que pudo matar a Gaspar y Baltasar?

—Creo que pudo conocer las deudas, las ventas de tierras, las cartas perdidas y la forma de hundir a Villaclara.

—¿Y motivo?

—Los hombres de dinero tienen dos motivos universales: cobrar lo debido y esconder cómo lo cobran.

Leoz anotó la frase.

—¿Llevamos alguacil?

—No todavía.

—Paredes se molestará.

—Paredes se molesta con la regularidad de las campanas. No por eso debemos tocarlas menos.

El joven guardó los papeles en una carpeta. Antes de salir, Padre Mateo tomó la nota de Blackthorne y volvió a leerla. El inglés había ofrecido una introducción ante De la Serna. Demasiada amabilidad. Demasiado interés en que aquella puerta se abriera con su llave.

La dobló y la dejó sobre la mesa.

—Vamos sin anunciar.

—¿Y si no nos recibe?

—Entonces aprenderemos qué clase de hombre se niega a recibir al enviado del virrey.

Joaquín de la Serna no vivía como un prestamista.

Ese fue el primer dato.

Su casa no exhibía riqueza de manera grosera.

No había dorados excesivos, ni criados con libreas llamativas, ni balcones diseñados para que la calle admirase la fortuna del dueño.

La fachada era severa, casi discreta, con puertas fuertes y ventanas protegidas.

Parecía más caja que residencia. Y quizá lo era.

El criado que abrió miró a Padre Mateo con una mezcla de sospecha y cálculo.

—Don Joaquín no recibe sin aviso.

—Qué coincidencia —dijo Padre Mateo—. Yo pregunto mejor sin él.

—¿De parte de quién viene vuestra paternidad?

Francisco Leoz mostró la autorización virreinal.

El criado leyó lo justo para palidecer lo necesario.

—Esperen.

—Eso hacemos desde Adán —murmuró el sacerdote.

Los dejaron en un salón sobrio, con sillas duras, un crucifijo pequeño y ninguna pieza colocada por placer. Todo parecía escogido para no distraer de lo esencial: que allí se iba a hablar de dinero o de problemas causados por él.

Joaquín de la Serna entró poco después.

Era bajo, ancho, de rostro redondo y ojos diminutos, pero vivísimos. Vestía bien sin elegancia. Sus manos, pequeñas y suaves, se movían con la cautela de quien jamás toca nada sin saber antes su valor. No era viejo, aunque la prudencia lo envejecía. Saludó con una inclinación mínima.

—Padre Mateo. Don Francisco. Me honran.

—No venimos a honrarlo —dijo Padre Mateo—. Eso simplifica las cosas.

De la Serna parpadeó, pero no perdió compostura.

—Entonces vienen por los muertos.

—Y por los vivos que trataban con ellos.

—Mal asunto. Los vivos siempre dan más trabajo.

—Es una de sus pocas ventajas.

Se sentaron. Leoz preparó papel.

—Conocía a don Gaspar de Luján —dijo Padre Mateo.

—Sí.

—Y a don Baltasar Ochoa.

—También.

—Y a don Alonso de Villaclara.

—La ciudad es grande, padre, pero el dinero la encoge.

—Buena frase. ¿Suya?

—De la experiencia.

—La experiencia suele plagiar al pecado.

De la Serna no sonrió. Padre Mateo apreció eso. Los hombres que sonreían demasiado le cansaban.

—¿Don Alonso le debía dinero?

—No directamente.

—Otra epidemia.

—¿Perdón?

—La de los negocios indirectos. Parece que en esta ciudad nadie toca una moneda sin guantes.

De la Serna entrelazó los dedos sobre el vientre.

—Don Alonso contrajo deudas con varias personas. Yo pude intervenir en alguna letra, como garantía secundaria.

—¿Cuánto?

—No recuerdo cifras exactas.

Padre Mateo miró alrededor del salón.

—En esta casa no se olvida ni el precio de una vela consumida. Probemos otra respuesta.

Los ojos pequeños de De la Serna brillaron.

—Quizá unos ocho mil pesos en obligaciones diversas. Tal vez más si se suman intereses.

Leoz levantó la pluma con sorpresa.

—Una cantidad considerable.

—Don Alonso jugaba con la dignidad de los que creen que perder mucho los distingue de los pobres.

—¿Quién compró sus tierras?

—Varias manos.

—Nombres.

—Don Gaspar intervino en una parte. Don Baltasar en la formalización. Una sociedad vinculada a don Julián Echevarri tomó participación. Don Esteban de Arriaga conocía el conjunto.

—¿Y Blackthorne?

Por primera vez, De la Serna tardó un poco más.

—Mister Blackthorne no compró tierras.

—No he preguntado eso.

—Entonces concrete.

—¿Intervino?

—Habló. Opinó. Propuso líneas de crédito extranjeras que no llegaron a cerrarse.

—¿Por qué?

—Porque don Alonso se negó. O porque ya no quedaba bastante carne en el hueso.

—Elegante imagen.

—Exacta.

Padre Mateo observó las manos del prestamista. No temblaban. De la Serna no era hombre asustadizo. Tampoco parecía sorprendido por el curso de las preguntas. Eso podía significar inocencia, entrenamiento o ausencia de imaginación moral.

—¿Dónde estuvo la noche de la muerte de don Gaspar?

—En mi casa.

—¿Con quién?

—Con mi esposa, dos criados y un contador hasta las diez. Después, solo.

—¿Puede probarlo?

—Mi esposa duerme poco y desconfía mucho. Le confirmará que no salí.

—Las esposas son buenas testigos cuando no son buenas cómplices.

De la Serna inclinó la cabeza.

—La mía es demasiado religiosa para lo segundo y demasiado inteligente para lo primero.

—Entonces hablaremos con ella.

—Como guste.

—¿Y el día de la muerte de don Baltasar?

—Estuve aquí por la mañana. Fui a su casa poco después de comer, pero no me recibió.

—Eso dijo un criado.

—Es cierto.

—¿Por qué fue?

—Por cuentas.

—¿Qué cuentas?

—Las de don Alonso, entre otras.

—Don Baltasar acababa de recibir una carta antes de morir. ¿Lo sabía?

—No.

—¿Le inquietaba que hablara?

—Don Baltasar hablaba mucho cuando le convenía y callaba más cuando debía. Su muerte no me beneficia.

—¿A quién sí?

—A quien le debiera más que dinero.

—¿Y quién le debía eso?

De la Serna se recostó un poco.

—Padre, pregunta usted como si los negocios fueran sacramentos. No todo deja gracia visible.

—Los pecados tampoco, y aun así los confesores trabajamos.

El prestamista lo miró con algo parecido a respeto.

—Don Baltasar guardaba papeles de varias operaciones. Si alguien retiró una carta o una botella de su despacho, como se rumorea, quizá no buscaba ocultar el veneno, sino otra cosa.

—¿Qué?

—Un nombre.

—¿Cuál?

—Si lo supiera, lo habría vendido caro.

Padre Mateo no apartó la mirada.

—¿A quién?

De la Serna sonrió por primera vez. Fue una sonrisa breve, sin alegría.

—A quien más miedo tuviera de verlo escrito.

—¿Usted vende también silencios?

—Todos los hombres lo hacen. Yo al menos no lo llamo amistad.

Leoz dejó la pluma quieta.

Padre Mateo se inclinó levemente hacia delante.

—Don Joaquín, dos hombres han muerto. Una mujer ha sido amenazada. Un inocente ha estado a punto de cargar con una culpa ajena. Si sigue contestando como si estuviéramos regateando una mula, empezaré a pensar que no teme a la justicia porque teme algo más.

El prestamista perdió parte de su color.

—No soy asesino.

—Eso dicen muchos hombres justo antes de explicarme qué parte del asesinato les parece injusta.

—Yo no maté a nadie.

—¿Sabe quién lo hizo?

—No.

—¿Sabe quién se beneficia?

De la Serna guardó silencio.

Padre Mateo esperó.

La casa, tan sobria, pareció inclinarse hacia la respuesta.

—Hay papeles —dijo al fin el prestamista—. O los había.

—¿Qué papeles?

—Una relación de compromisos entre varias casas. Créditos, envíos, mercancías, anticipos. Algunos legales, otros… flexibles.

—¿Contrabando?

—No usaría esa palabra.

—Porque es fea o porque es exacta.

—Porque es peligrosa.

—Entonces sí.

De la Serna miró hacia la puerta.

—Había mercancías inglesas entrando por vías que no convenía iluminar demasiado. Paños, herramientas, objetos de lujo. Cosas pequeñas en apariencia. Don Gaspar y don Baltasar sabían. Don Julián pudo saber. Arriaga quizá miró hacia otro lado. Y Blackthorne…

Se detuvo.

Padre Mateo no respiró más fuerte, pero Leoz sí.

—¿Blackthorne qué?

—Blackthorne conoce todos los caminos por los que un producto viaja sin confesarse ante la aduana.

—¿Era el centro?

—No. Los ingleses rara vez se colocan en el centro cuando pueden vender la cuerda desde la orilla.

—¿Tiene pruebas?

—No aquí.

—¿Dónde?

—En libros que no son míos.

—¿De quién?

—De don Baltasar, quizá. De Gaspar. De algún contador. De casas de Veracruz.

—¿Y esa relación podía desestabilizar al virrey si salía a la luz?

De la Serna soltó una risa apagada.