Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Honor y pecado #5
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Honor y pecado #5

—Padre, si todos sus interrogatorios son así, comprendo que algunos lo teman.

—Solo algunos.

—¿Y los otros?

—Mienten peor.

Blackthorne miró la vela encendida sobre la mesa.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Puede intentar.

—¿Cree de verdad que estos crímenes buscan algo más que resolver viejas deudas?

Padre Mateo no respondió enseguida.

—¿Por qué lo pregunta?

—Porque la ciudad empieza a inquietarse. Se habla de inseguridad, de presión sobre el virrey, de incapacidad de la justicia. Si yo fuera enemigo de España, me parecería una ocasión interesante.

Leoz levantó la vista.

Padre Mateo permaneció inmóvil.

—Qué pensamiento tan patriótico para un inglés.

—Un comerciante extranjero necesita estabilidad. Las revueltas perjudican las cuentas.

—Y a veces las mejoran.

—A corto plazo quizá. A largo, no.

—Depende de qué se compre barato durante el incendio.

Blackthorne sonrió con menos calidez.

—No me cree.

—Lo escucho. Es más útil.

—Entonces escuche esto: si hay alguien alimentando el miedo contra el virrey, no lo hará gritando en las plazas. Lo hará en salones. En libros de cuentas. En cartas privadas. En casas donde todos se creen demasiado respetables para ser instrumentos de nadie.

Padre Mateo sintió que el inglés acababa de decir una verdad. La cuestión era para qué.

—Eso es sensato.

—Gracias.

—Y conveniente.

—La verdad suele serlo.

—No. La verdad suele ser incómoda. Lo conveniente es otra cosa que se le parece de lejos.

Blackthorne se levantó.

—No deseo cansarlo más. Le enviaré la lista de quienes pueden confirmar mi presencia en ambas fechas.

—Hágalo.

—Y si desea hablar con Joaquín de la Serna, puedo facilitar una introducción.

—¿También se ofrece para eso?

—De la Serna no recibe a cualquiera.

—Entonces quizá reciba mejor a quien no llega recomendado por usted.

El inglés aceptó la negativa con elegancia.

—Como guste.

Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.

—Padre Mateo, una advertencia sincera.

—Las advertencias sinceras deberían venir con certificado.

—La ciudad no lo conoce. Si sigue tocando honras femeninas, fortunas mercantiles y temores políticos, acabará más solo de lo que cree.

Padre Mateo sostuvo su mirada.

—Mister Blackthorne, nací solo, moriré solo y entre medias elegí una orden religiosa. No amenace a un fraile con la soledad; la usamos para leer.

El inglés sonrió.

—Buenas noches.

—Dios le conceda una conciencia ruidosa.

—¿Por qué ruidosa?

—Para que, si existe, no pueda dormir demasiado.

Blackthorne se inclinó y salió.

Leoz cerró la puerta y se quedó un momento apoyado en ella.

—Ese hombre me inquieta.

—Bien.

—Pero ha dicho cosas razonables.

—Eso me inquieta más.

—¿Cree que nos está ayudando o dirigiendo?

Padre Mateo apagó la vela y dejó que la estancia quedara iluminada solo por la luz baja del corredor.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

—¿Y qué haremos?

—Aceptar la información. Rechazar el camino.

—¿Y De la Serna?

—Mañana iremos a verlo.

—¿Sin introducción?

—Especialmente sin introducción.

Esa noche, Padre Mateo no durmió enseguida.

La ciudad estaba más silenciosa que de costumbre, o quizá él escuchaba mejor sus huecos.

Pensó en doña Isabel, en la manera en que había dicho “por mí”.

Pensó en don Alonso, convertido por su propio orgullo en instrumento de otro.

Pensó en don Esteban, preocupado por la casa como si la casa fuera un cuerpo y su sobrina una habitación dañada.

Pensó en don Julián, frío y correcto. Pensó en Blackthorne, demasiado útil, demasiado informado, demasiado dispuesto a nombrar la posibilidad de una intriga contra el virrey antes de que se le preguntara.

Sobre la mesa tenía tres papeles.

El fragmento con “…llaclara”.

La amenaza a doña Isabel.

La lista parcial de personas presentes o cercanas a los muertos.

Los miró uno a uno.

No formaban todavía una frase.

Pero ya no eran palabras sueltas.

Abrió el cuaderno y escribió:

“Villaclara descartado casi por completo como ejecutor del primer crimen. Su silencio fue previsto. Doña Isabel paga el precio de la verdad. Arriaga teme escándalo, pero quizá también operaciones. Don Julián preguntó por la noche del crimen y desea prudencia. Blackthorne advierte sobre desestabilización con demasiada claridad. ¿Se adelanta para parecer aliado? ¿O empuja hacia un enemigo conveniente? De la Serna, siguiente.”

Se detuvo.

Después añadió:

“El pecado quiere esconderse. El crimen quiere dirigir la mirada. Aquí hay ambas cosas.”

Cerró el cuaderno.

En el exterior, una campana marcó la medianoche. El sonido atravesó la ciudad como una pregunta de bronce. Padre Mateo rezó por don Gaspar, por don Baltasar, por doña Isabel, por Villaclara y, con menor facilidad, por el hombre que había convertido el honor ajeno en arma.

Luego se acostó.

Pero antes de que el sueño llegara, una idea lo visitó con la suavidad de una mano fría:

si el asesino había contado con el silencio de Villaclara, entonces conocía no solo sus vicios, sino sus virtudes.

Y matar usando las virtudes de otro era una forma especialmente refinada de maldad.