Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Honor y pecado #4
46%

Honor y pecado #4

—He respondido bastante por hoy. Quedo a disposición del virrey.

—Naturalmente. Todos quedan a disposición de alguien cuando desean marcharse.

Antes de salir, Echevarri se volvió.

—Padre, una joven como Isabel puede confundir gratitud, compasión y amor. Villaclara era una ruina romántica. Algunas mujeres sienten debilidad por los hombres que parecen necesitar salvación.

—Y algunos hombres sienten predilección por las mujeres que creen poder administrar.

Don Julián no respondió.

Cuando la puerta se cerró, Leoz soltó el aire despacio.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Cree que es culpable?

—Creo que es capaz de convertir una boda en una compraventa y llamarlo protección. Eso no lo hace asesino. Solo candidato a demasiadas cosas.

—Ha dicho algo extraño.

—Lo de desconfiar de quien ayuda demasiado.

—¿Blackthorne?

—Tal vez.

—¿Cree que intentaba señalarlo?

—O apartarlo. O demostrar que sabe que pienso en él. O simplemente sembrar niebla. Los hombres fríos disfrutan viendo a otros caminar despacio.

Leoz miró sus notas.

—Cada vez hay más sospechosos.

—No. Cada vez hay más pecadores. Sospechosos útiles, aún pocos.

La noticia de la coartada se filtró por completo antes de la noche.

Don Alonso ya no era para todos el asesino indiscutible. Eso, lejos de calmar a la ciudad, la inquietó más. Un culpable claro permite dormir. Un culpable dudoso obliga a cerrar mejor las puertas.

En algunas casas se dijo que el virrey protegía a un español arruinado para no reconocer errores de su justicia.

En otras, que Padre Mateo había sido engañado por una dama sentimental.

En otras, que las familias principales estaban siendo investigadas como si fueran vulgares delincuentes.

En los portales se mezclaban versiones: que doña Isabel estaba encinta, que don Alonso había escapado, que don Baltasar había dejado una carta acusadora, que los ingleses sabían algo, que el virrey ocultaba la verdad para evitar un motín de comerciantes.

Padre Mateo oyó tres de esas versiones en menos de una hora.

—La mentira se reproduce con indecente facilidad —dijo.

Leoz, que caminaba con él hacia su alojamiento, respondió:

—Al menos no necesita matrimonio.

—Ni bendición.

Al llegar, encontraron a Edward Blackthorne esperándolo.

El inglés estaba de pie junto a la entrada, vestido con sobriedad impecable. No parecía ofendido por la respuesta escrita la noche anterior. Al contrario, su sonrisa tenía un matiz de diversión inteligente.

—Padre Mateo.

—Mister Blackthorne.

—Espero no llegar en mala hora.

—Eso rara vez lo sabe quien llega.

—Entonces seré breve.

—Promesa difícil para un comerciante.

Blackthorne inclinó la cabeza, aceptando el golpe.

—He sabido que don Alonso de Villaclara quizá no sea culpable.

—La ciudad sabe muchas cosas con notable rapidez.

—En los negocios, la información viaja antes que las mulas.

—Y a menudo más sucia.

—También más útil.

Padre Mateo abrió la puerta y le indicó que entrara. Leoz los siguió, sorprendido de que el sacerdote aceptara recibirlo sin más demora.

La estancia era sencilla: mesa, dos sillas, una vela común, papeles ordenados, un crucifijo y el cuaderno de Padre Mateo cerrado. Blackthorne miró alrededor con una rapidez que intentó parecer cortesía visual.

Padre Mateo lo notó.

—Lamento la pobreza de la sala. No hay secretos caros a la vista.

—Los secretos caros rara vez están a la vista.

—Buen comienzo.

Se sentaron.

—Vengo a ofrecerle información —dijo Blackthorne.

—Eso hacen todos. La dificultad está en saber si ofrecen información o dirección.

—En mi caso, espero que ambas coincidan con la verdad.

—Qué frase tan limpia. Casi da pena pisarla.

El inglés sonrió.

—Conocí a don Baltasar. Y a don Gaspar. Ambos tenían tratos con varios hombres cuyas relaciones no siempre eran transparentes. Villaclara pudo no matarlos, pero su ruina lo conectaba con muchos intereses.

—Eso ya lo sé.

—Joaquín de la Serna, por ejemplo.

—El prestamista.

—Entre otras cosas. Hombre discreto, rico, temido por quienes le deben y despreciado por quienes le piden. Tenía razones para temer que don Baltasar hablara demasiado.

—¿Sobre qué?

—Deudas, propiedades, operaciones poco claras. Incluso posibles acuerdos con casas extranjeras.

—¿Inglesas?

Blackthorne abrió las manos con suavidad.

—Padre, no todos los extranjeros somos conspiración.

—No. Algunos son solo oportunidad.

—Me halaga que nos conceda variedad.

—No tanta.

El inglés rió. Leoz observaba la conversación como quien mira dos espadachines usando abanicos.

—¿Qué relación tenía usted con don Baltasar? —preguntó Padre Mateo.

—Comercial, menor.

—La palabra menor empieza a parecer epidemia. Todos los negocios comprometidos fueron menores.

—Porque los mayores se documentan mejor.

—¿Y los menores matan peor?

Blackthorne sostuvo la mirada.

—Yo no maté a don Baltasar.

—No le he preguntado eso.

—Me lo preguntará.

—Sí. Pero me gusta elegir el momento.

El inglés se reclinó apenas.

—La noche de la muerte de don Gaspar yo no estuve en la casa Luján. Estaba en una reunión con comerciantes en casa de un consignatario. Puedo proporcionar nombres.

—Lo hará.

—El día de la muerte de don Baltasar estuve en mi despacho por la mañana y después visité a doña Mariana de Velasco.

—¿A qué hora?

—A media tarde.

—Don Baltasar murió antes o poco después de comer.

—Entonces mi visita no lo ayudará.

—Aún no sé a quién ayuda su visita.

Blackthorne inclinó la cabeza.

—Veo que no confía en mí.

—Sería una falta de respeto hacerlo tan pronto.

—¿Respeto?

—Sí. Usted parece un hombre acostumbrado a trabajar sus apariencias. Confiar en una apariencia bien trabajada sería despreciar el esfuerzo.

Por primera vez, la sonrisa del inglés tardó un instante más en volver.