Honor y pecado #3
—La libertad casi siempre empieza pareciéndose al miedo.
El primer enfrentamiento público llegó antes de que terminara la tarde.
Don Esteban de Arriaga se presentó en el palacio con una carta formal dirigida al virrey y otra, mucho menos formal, escrita en el rostro.
Exigía que la declaración de su sobrina quedara anulada por haberse producido, según sus palabras, “bajo turbación del ánimo, influencia impropia y presión moral de un sacerdote extraño a las costumbres de estas tierras”.
Padre Mateo leyó la frase cuando Leoz le mostró una copia.
—“Extraño a las costumbres de estas tierras” —repitió—. Eso es cierto. Me habría conformado con que las costumbres de estas tierras fueran menos complacientes con los asesinos.
Leoz estaba inquieto.
—Don Esteban ha pedido audiencia urgente.
—Naturalmente. El escándalo siempre se declara urgente cuando afecta a quien suele administrarlo en otros.
—El virrey lo recibirá.
—Bien.
—También ha llegado don Julián Echevarri.
Padre Mateo levantó la vista.
—¿Con él?
—No. Por separado. Dice que viene preocupado por doña Isabel y por el buen nombre de la familia.
—Qué multitud de preocupados por el buen nombre. Uno empieza a echar de menos a alguien preocupado por los muertos.
—¿Quiere verlo?
—Sí. Pero después de que hable con el virrey. Prefiero oír primero qué versión ofrece cuando cree dirigirse al poder, no a un fraile.
Leoz asintió.
La audiencia con Arriaga fue tensa, aunque no larga. Padre Mateo no estuvo presente al principio, pero Revillagigedo lo mandó llamar cuando don Esteban insistió en acusarlo de haber sobrepasado sus funciones.
Al entrar, el sacerdote encontró al comerciante de pie, con una mano apoyada sobre el bastón y la otra sujetando los guantes. Su rostro estaba encendido por la ira contenida.
—Padre Mateo —dijo el virrey—, don Esteban sostiene que ha procedido usted con imprudencia.
—Don Esteban es libre de sostener lo que pueda cargar.
Arriaga se volvió hacia él.
—Ha mancillado el nombre de mi sobrina.
—No. He impedido que su silencio mancillara la justicia.
—¡Es una joven vulnerable!
—Lo era más antes de hablar.
—No entiende lo que significa para una mujer quedar asociada a un hombre como Villaclara.
Padre Mateo lo miró con dureza.
—Entiendo que algunos prefieren una mujer respetable hundida en silencio a una mujer deshonrada diciendo la verdad. Pero no comparto esa devoción.
—Mi sobrina actuó bajo turbación.
—Su sobrina actuó con más valor que muchos hombres de esta ciudad.
Don Esteban dio un paso adelante.
—No se atreva.
Revillagigedo intervino con voz baja:
—Don Esteban.
El comerciante se detuvo.
El virrey habló sin levantar el tono.
—La declaración de doña Isabel ha sido prestada libremente, ratificada ante mi autoridad y confirmada por una criada de su casa. Mientras no se demuestre falsa, será tenida en cuenta.
—Excelencia, esto causará un daño irreparable.
—Ya hay dos muertos, don Esteban. El daño irreparable llegó antes que el rumor.
—Pero mi familia…
—Su familia no está por encima de la justicia del rey.
La frase cayó como una losa.
Arriaga inclinó la cabeza, pero no por sumisión interior. Padre Mateo vio en sus ojos el cálculo de quien acaba de perder una batalla y empieza a pensar en otra.
—Nunca he pretendido tal cosa.
—Me alegra —dijo el virrey—. Entonces colaborará.
—Por supuesto.
—Empezando por permitir que cualquier criado de su casa sea interrogado de nuevo si el padre Mateo lo estima necesario.
Don Esteban apretó los labios.
—Como ordene vuestra excelencia.
—No como ordene. Como conviene a la verdad.
El comerciante inclinó la cabeza una vez más.
Cuando salió, la estancia pareció respirar.
Revillagigedo miró a Padre Mateo.
—Se ha ganado un enemigo.
—Me habría sentido ignorado si no.
—No lo tome a broma. Arriaga tiene influencia.
—Lo sé.
—Y miedo.
—Eso me interesa más.
—¿Cree que oculta algo criminal?
—Creo que oculta algo. Lo criminal está por ver.
El virrey asintió.
—Don Julián Echevarri espera.
—Entonces no le hagamos creer que todos los hombres importantes llegan tarde.
Don Julián Echevarri era la clase de hombre que parecía haber nacido ya vestido.
Alto, delgado, de rostro correcto y expresión medida, entró en la sala con una elegancia sin calor.
No era viejo, pero sí bastante mayor que doña Isabel: quizá cuarenta y cinco años.
Vestía de oscuro, con chaleco impecable y manos cuidadas.
Su cortesía era exacta. Padre Mateo desconfió de ella al instante.
No por exacta, sino porque no dejaba pasar aire.
—Padre Mateo —dijo—. Lamento que nos conozcamos en circunstancias tan desagradables.
—Las circunstancias agradables rara vez necesitan investigadores.
Don Julián aceptó la respuesta con una inclinación.
—Vengo por doña Isabel.
—Muchos vienen hoy por ella. Casi ninguno parece preguntarse qué quiere ella.
La mirada de Echevarri no cambió.
—Doña Isabel es una joven sometida a una presión enorme. Puede haber declarado cosas de las que se arrepienta.
—¿Le preocupa su arrepentimiento o su declaración?
—Me preocupa su honor.
—Empiezo a pensar que el honor de doña Isabel tiene más guardianes que una fortaleza y menos ventanas que una cárcel.
Don Julián se sentó solo cuando se le indicó.
Francisco Leoz permanecía junto a la mesa con papel dispuesto. Padre Mateo prefirió no ofrecer chocolate. Algunas conversaciones convenía tenerlas con la boca limpia de dulzura.
—Usted está prometido a doña Isabel.
—Había un acuerdo avanzado entre familias.
—No he preguntado por papeles. He preguntado por personas.
—La intención era formalizarlo pronto.
—¿Ella lo deseaba?
—Las jóvenes de buena educación comprenden sus deberes.
—Respuesta de contrato. Probemos con otra: ¿ella lo deseaba?
Don Julián lo miró con frialdad.
—Doña Isabel siempre ha mostrado respeto hacia mí.
—Respeto. Hermano pobre del amor y primo cercano del miedo.
—Padre, no creo que mi vida privada sea materia del caso.
—Casi nadie lo cree hasta que aparece un cadáver cerca.
El rostro de Echevarri se tensó apenas.
—No tengo relación con las muertes de don Gaspar ni de don Baltasar.
—Agradezco que responda a preguntas que aún no he hecho. Ahorra camino, aunque levanta polvo.
Leoz bajó la mirada para ocultar su reacción.
—¿Conocía a ambos? —preguntó Padre Mateo.
—Sí. Eran hombres de negocios.
—¿Suyos?
—En ocasiones.
—¿Qué ocasiones?
—Operaciones de préstamo, comercio, propiedades. Nada extraordinario.
—La palabra “nada” suele tapar muebles grandes. ¿Tuvo negocios con las tierras de Villaclara?
—Indirectamente.
—Explique lo indirecto.
—Don Alonso contrajo deudas. Varias personas participaron en su refinanciación. Algunas propiedades pasaron a otras manos.
—¿Las suyas?
—No directamente.
—Otra vez esa palabra.
Don Julián entrelazó los dedos.
—Una sociedad en la que participo pudo beneficiarse de una parte menor.
—¿Con don Esteban?
—Don Esteban conoce la operación.
—No he preguntado si la conoce. He preguntado si participa.
—Hay intereses comunes.
—Por fin una frase con algo de carne.
Padre Mateo lo observó.
—Dos hombres relacionados con esas operaciones han muerto.
—Eso me preocupa profundamente.
—¿Porque eran hombres o porque eran papeles vivos?
La frialdad de don Julián se agrietó un poco.
—Padre, le ruego que mida sus insinuaciones.
—Las mido. Por eso aún no pesan más.
—Don Alonso odiaba a ambos.
—Don Alonso estaba con doña Isabel cuando murió el primero y preso cuando murió el segundo.
—Pudo tener cómplices.
—Todos pueden tener cómplices. Hasta los inocentes, si se insiste lo suficiente.
Don Julián guardó silencio.
Padre Mateo cambió de ángulo.
—Usted preguntó a Rosa por la noche del crimen.
—¿A Rosa?
—La criada de doña Isabel. Dos días después de la muerte de don Gaspar.
—No lo recuerdo.
—Mala respuesta en hombre de memoria ordenada.
—Pude preguntar por la salud de la casa. La ciudad estaba alterada.
—Preguntó si la casa estaba tranquila aquella noche y si doña Isabel había dormido bien.
Don Julián miró a Leoz, luego al sacerdote.
—Si lo hice, sería por preocupación.
—¿Por ella?
—Naturalmente.
—¿O porque sospechaba que no había dormido?
La sala quedó quieta.
—No sé qué pretende —dijo Echevarri.
—Averiguar si usted conocía la coartada de Villaclara antes que nosotros.
—No la conocía.
—¿Sospechaba?
—No.
—¿Sabía que doña Isabel y don Alonso habían tenido relación antes de su ruina?
—Era un rumor antiguo.
—¿Le preocupaba?
—No. Las jóvenes superan inclinaciones impropias cuando se las guía bien.
Padre Mateo sintió un rechazo frío, más moral que personal.
—Qué tranquilizadora debe de ser la vida para quienes llaman guía a la jaula.
Don Julián se levantó.
—No tengo por qué tolerar ofensas.
—Siéntese.
—Padre…
—Siéntese, don Julián. Cuando yo ofenda, lo sabrá por la precisión.
Echevarri dudó. Luego se sentó. No por obediencia al sacerdote, sino porque Leoz había levantado la pluma y el nombre del virrey flotaba en la sala sin necesidad de pronunciarlo.
—¿Dónde estuvo la noche de la muerte de don Gaspar? —preguntó Padre Mateo.
—En mi casa.
—¿Solo?
—Con criados.
—Nombres.
—Los proporcionaré.
—Ahora.
Don Julián enumeró tres criados. Leoz anotó.
—¿Y el día de la muerte de don Baltasar?
—En varias visitas de negocios. Después, en mi despacho.
—¿Puede probarlo?
—Sí.
—Lo comprobaremos.
—Haga cuanto estime necesario.
—Eso intento. Aunque todos ustedes me lo dicen con el tono de quien espera que no lo haga.
Don Julián sonrió apenas.
—Padre Mateo, permítame una observación. No todos los hombres con intereses son criminales.
—Cierto. Pero casi todos los criminales procuran tener intereses para que otros los defiendan.
El prometido de doña Isabel inclinó la cabeza.
—Veo que ha venido decidido a desconfiar de nosotros.
—No. He venido decidido a no confiar gratis.
—Entonces quizá debería desconfiar también de quien lo ayuda con demasiado entusiasmo.
Padre Mateo se quedó inmóvil.
—¿A quién se refiere?
—A nadie en particular.
—Ah. Ese sujeto vuelve a trabajar.
Don Julián se levantó de nuevo, ahora con mayor control.