Honor y pecado #2
El preso dejó caer la mano.
—Si lo que dice es cierto, yo mismo puse la cuerda.
—Quizá solo dio un hilo. Otro tejió la cuerda. No confunda responsabilidades, pero tampoco las niegue.
—¿Qué puedo hacer?
—Por ahora, recordar. Todo. Nombres, lugares, frases, deudas, cartas, ofertas, criados, noches de juego. Su memoria vale más que su orgullo. Úsela antes de que se oxide.
Don Alonso asintió lentamente.
—Padre.
—Sí.
—Si le ocurre algo a Isabel…
—No termine esa frase.
—Yo…
—No. Usted no hará nada. Usted rezará, recordará y seguirá vivo. Ya ha causado bastante daño intentando representar al caballero trágico.
La dureza de la frase lo golpeó. Pero don Alonso no respondió. Tal vez porque, por primera vez, no encontró defensa.
Padre Mateo se levantó.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Si de verdad la ama, deje de convertirla en prueba de su honor. Ella no ha nacido para ser coartada de nadie.
Don Alonso bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No. Empieza a saberlo.
La entrevista con el virrey fue breve y tensa.
Revillagigedo escuchó la exposición de Padre Mateo con atención grave. Sobre la mesa estaban las declaraciones de doña Isabel y Rosa, el nuevo resumen del interrogatorio a Villaclara y una lista de nombres que empezaba a parecer menos una relación de sospechosos que un mapa de intereses.
—Entonces Villaclara no pudo matar a don Gaspar en la hora probable —dijo el virrey.
—Si las declaraciones son ciertas, no.
—¿Las cree?
—Creo que doña Isabel ha pagado demasiado por una mentira que no la favorece. Y Rosa confirma detalles que no parecen aprendidos. Aun así, falta comprobar el horario con otros criados y con el movimiento de la casa de Luján.
—Pero la acusación principal se debilita.
—Se rompe en su parte más cómoda.
Revillagigedo caminó hasta la ventana.
—La ciudad no aceptará fácilmente perder a su culpable.
—La ciudad no busca verdad. Busca alivio.
—Y la alta burguesía buscará protegerse del escándalo.
—Más que del asesino, quizá.
El virrey se volvió.
—Eso es lo que me inquieta.
Francisco Leoz permanecía junto a una mesa auxiliar, con los papeles en orden y los ojos cansados. El joven había dejado de parecer un simple auxiliar. La investigación empezaba a imprimirle una seriedad nueva.
—Don Esteban exigirá reserva absoluta —dijo.
—La tendrá en lo que sea justo —respondió Revillagigedo—. Pero no permitiré que un hombre sea condenado para preservar la reputación de una casa.
—Eso deberá decirse con mucho cuidado —observó Leoz.
Padre Mateo lo miró con aprobación.
—Aprende usted deprisa.
—A fuerza de miedo.
—Gran maestro.
El virrey tomó la declaración de doña Isabel.
—Hay que decidir qué hacer con Villaclara.
—Mantenerlo bajo custodia, pero cambiar la naturaleza de esa custodia. Ya no como culpable evidente, sino como testigo protegido de su propia estupidez.
Revillagigedo no sonrió, pero casi.
—No puedo escribir eso en una orden.
—Lástima. Daba claridad.
—Si lo libero ahora, puede ser atacado. O provocar un duelo. O ir a la casa de Arriaga.
—Las tres posibilidades son verosímiles.
—Entonces seguirá custodiado, con trato menos severo.
—Bien.
El virrey apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Y doña Isabel.
—Necesita protección discreta.
—Ya la tiene.
—Más. La amenaza no era adorno.
—¿Cree que intentarán matarla?
—Creo que intentarán callarla, desacreditarla o usarla. La muerte es solo una de las formas de silencio.
Revillagigedo asintió.
—He dispuesto vigilancia en la casa. Pero don Esteban no aceptará que parezca custodia.
—Dígale que es honor concedido por el virrey a una familia afligida.
—Eso es mentira.
—No. Es una verdad vestida para entrar por una puerta estrecha.
Leoz miró a Padre Mateo con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Pensé que no le gustaban esos trajes.
—No me gustan. Pero algunas verdades, si salen desnudas, las apedrean antes de llegar.
El virrey tomó nota mental.
—¿A quién interrogará ahora?
—A don Julián Echevarri. Y a Joaquín de la Serna. Después, a Blackthorne.
—¿Después?
—Blackthorne quiere ser de los primeros. Eso me invita a dejarlo esperar.
—Puede interpretarlo como descortesía.
—Eso espero.
—¿Busca incomodarlo?
—Busco ver cuánto tarda en dejar de parecer cómodo.
Revillagigedo miró el nombre escrito en la lista.
—Tenga cuidado con él.
—Me lo dicen mucho. Empiezo a pensar que el inglés ha conseguido que todos teman por mí en su nombre.
—No subestime la cuestión internacional.
—No la subestimo. Pero tampoco quiero que Inglaterra se convierta en un saco donde meter lo que quizá pertenezca a codicias domésticas.
—¿Cree que no hay mano extranjera?
—Creo que si la hay, se está sirviendo de manos locales. Ningún espía desestabiliza una ciudad sin encontrar antes vanidades disponibles.
El virrey aceptó la frase en silencio.
—Hay otra cosa —dijo Padre Mateo—. La amenaza a doña Isabel llegó demasiado pronto.
Blackthorne supo demasiado pronto que ella había declarado o iba a hacerlo.
Don Julián preguntó antes por la noche del crimen.
El hombre del callejón olía a tabaco fuerte.
El mensajero de don Baltasar también. La vela perfumada aparece en dos escenas.
Y el papel fragmentado sigue sin pertenecer a nadie.
—Demasiados hilos.
—Sí. Pero algunos empiezan a cruzarse.
—¿Dónde?
Padre Mateo miró el mapa de la ciudad extendido en una mesa lateral.
—En los lugares donde los hombres respetables hacen negocios después de hablar de honor.
Doña Isabel recibió al virrey en una sala privada del palacio, no como acusada, sino como testigo reservada.
Había llegado en coche cerrado, acompañada por una mujer de confianza designada por la autoridad y por un criado de la casa Arriaga. Don Esteban no estaba presente. Aquello ya era una pequeña batalla ganada, aunque nadie debía celebrarlo demasiado.
Padre Mateo la vio entrar.
Parecía más pálida que el día anterior, pero no más débil. Vestía con sencillez, sin joyas visibles, como si hubiera decidido no dar a la ciudad más armas de las necesarias. Caminaba con la rigidez de quien sabe que cada mirada puede convertirse en sentencia.
Revillagigedo la trató con respeto formal.
—Doña Isabel, lamento que se vea envuelta en este asunto.
—Yo también, excelencia.
—Su declaración será custodiada con reserva mientras sea posible.
—Mientras sea posible —repitió ella.
—No le mentiré. Quizá no pueda protegerla del rumor.
—El rumor ya entró en mi casa antes que yo saliera de ella.
El virrey guardó silencio un instante.
—Pero sí puedo protegerla de abusos y de presiones indebidas.
Ella inclinó la cabeza.
—Se lo agradezco.
Padre Mateo observaba desde un lado. No intervino. A veces la justicia necesitaba voz de autoridad y no de fraile impertinente.
El virrey continuó:
—¿Ratifica cuanto declaró sobre la presencia de don Alonso de Villaclara en su casa la noche de la muerte de don Gaspar?
—Sí, excelencia.
—¿Lo hace libremente?
—Sí.
—¿Ha sido presionada por alguien para declarar en uno u otro sentido?
Doña Isabel miró un instante a Padre Mateo.
—He sido obligada por la verdad, si eso cuenta como presión.
Revillagigedo aceptó la respuesta.
—Cuenta como deber.
—Entonces sí.
—¿Teme por su seguridad?
La joven dudó.
—Temo por mi vida menos que por lo que harán con ella si sigo viva.
La frase conmovió incluso a Leoz, que estaba junto a la puerta. El virrey la recibió con seriedad.
—Mientras este gobierno pueda impedirlo, nadie la forzará a retirar una declaración verdadera.
Los ojos de doña Isabel se humedecieron, pero no lloró.
—Gracias, excelencia.
Padre Mateo pensó que aquella joven acababa de descubrir algo que quizá no le habían permitido saber: que la autoridad podía ser algo distinto a tutela, negocio o amenaza. Podía ser amparo. No siempre lo era. Pero cuando lo era, convenía reconocerlo.
Al terminar la entrevista, doña Isabel pidió hablar un momento con Padre Mateo.
El virrey se retiró con discreción.
—Padre —dijo ella cuando quedaron junto a una ventana—, ¿ha visto a don Alonso?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Demasiado y demasiado poco, como acostumbra.
—¿Está enfadado conmigo?
—Está enfadado consigo mismo, que es forma más ruidosa y menos útil.
Ella bajó la mirada.
—No quería destruirlo.
—Casi lo consigue al intentar protegerlo.
La joven recibió la frase como merecía: sin defensa fácil.
—Lo sé.
—Eso ya la adelanta a muchos.
—Mi tío dice que no podré casarme con don Julián si esto se conoce.
—¿Deseaba casarse con él?
—No.
—Entonces al menos una desgracia viene con ahorro de otra.
Doña Isabel lo miró, sorprendida. Luego se le escapó una sonrisa breve, triste.
—No debería reírme.
—Debería hacerlo más, pero quizá hoy no sea el mejor día.
La sonrisa desapareció.
—¿Cree que don Julián tuvo algo que ver?
—No lo sé. Pero hizo preguntas.
—Es un hombre frío. Correcto. Ambicioso. Mi tío lo respeta.
—Eso no lo acusa. Pero tampoco lo absuelve.
—Ayer envió una nota diciendo que comprendía mi situación y que rogaba prudencia.
—Qué generoso.
—¿Le parece mal?
—Me parecen mal las notas que recomiendan prudencia a quien acaba de decir la verdad. Suelen querer decir silencio.
Doña Isabel asintió lentamente.
—Tengo miedo.
—Bien.
Ella lo miró con extrañeza.
—¿Bien?
—El miedo bien entendido conserva la vida. El malo la entrega antes de tiempo. No desprecie el miedo. Eduquelo.
—¿Cómo?
—No dejándolo decidir solo.
La joven respiró hondo.
—¿Y si todo esto no sirve? ¿Y si don Alonso acaba condenado de todos modos?
—Entonces habremos fracasado después de hacer lo debido. Es menos amargo que fracasar por cobardía.
—No parece consuelo.
—No lo es. Es alimento. El consuelo suele venir más tarde, si viene.
Doña Isabel se recogió el chal con una mano.
—Padre, cuando todo acabe… si acaba… ¿qué será de mí?
Padre Mateo no respondió enseguida.
Fuera, el patio del palacio estaba lleno de luz. Criados, funcionarios y guardias se movían en silencio ordenado. Ninguno sabía que, en aquella ventana, una mujer acababa de preguntar por el tamaño de su propio futuro.
—No lo sé —dijo él al fin—. Pero por primera vez en este asunto, quizá una parte dependa de usted.
Ella cerró los ojos.
—Eso asusta.