Honor y pecado
La verdad no salió de la casa de los Arriaga por la puerta principal.
No llevaba coche, ni lacayo, ni sello, ni carta doblada con pulcritud.
Salió por las rendijas, por las criadas que bajaron la voz al comprar fruta, por un mozo que escuchó demasiado junto a las caballerizas, por una costurera que vio llorar a Rosa, por un pariente que juró discreción antes de buscar a otro pariente, por los suspiros de las mujeres y los silencios repentinos de los hombres.
A media mañana, media ciudad no sabía nada.
A media tarde, media ciudad sabía algo.
Al anochecer, casi todos sabían lo suficiente para equivocarse con autoridad.
Doña Isabel de Arriaga no fue nombrada al principio.
Las primeras versiones hablaban de “una dama principal”.
Después, de “una joven de casa respetable”.
Más tarde, de “una sobrina de cierto comerciante muy conocido”.
Cuando el rumor llegó a las tertulias, ya llevaba encajes, lágrimas, adulterios inexistentes, promesas rotas, escalas nocturnas, criadas compradas y un fraile castellano acusado de hurgar con demasiada energía bajo las faldas de la buena sociedad.
Padre Mateo recibió la noticia del crecimiento del rumor mientras revisaba de nuevo las declaraciones de Rosa.
Francisco Leoz entró en la sala con el rostro de quien trae un plato roto.
—Ya se habla.
—Era inevitable.
—Se habla mal.
—También.
—Dicen que doña Isabel era amante de Villaclara.
Padre Mateo levantó la vista.
—¿Y qué dice usted?
Leoz se quedó inmóvil.
—Yo no digo nada.
—Mala costumbre cuando se ha visto la verdad de cerca.
—Quiero decir que no me corresponde juzgarla.
—Eso está mejor. Aunque cuidado: no juzgar no significa fingir que nada ha ocurrido.
El joven dejó los papeles sobre la mesa.
—¿Qué ocurrió?
—Dos personas se quisieron donde las conveniencias habían puesto candado.
—Eso suena casi poético.
—Porque es la parte benévola. La otra es que mintieron, entraron por una puerta de servicio, comprometieron a una criada y estuvieron a punto de permitir que un hombre cargara con un crimen por no manchar una reputación.
Leoz bajó la mirada.
—¿Entonces la culpa también es de ella?
—La culpa rara vez se reparte como pan bendito, en trozos iguales. Pero sí: calló cuando debía hablar.
—Tenía miedo.
—Por supuesto. La mayoría de los pecados humanos tienen miedo en alguna raíz.
—¿Y don Alonso?
—Don Alonso confundió honor con soberbia. Quiso protegerla, pero también quiso verse a sí mismo como mártir elegante. Hay hombres que no saben perder ni cuando sacrifican algo.
Leoz se quedó pensativo.
—Padre, a veces parece duro con todos.
—Es una forma modesta de no ser injusto solo con algunos.
Sobre la mesa estaban los testimonios ya firmados.
Doña Isabel había declarado que don Alonso entró en la casa de Arriaga pasadas las once de la noche y permaneció con ella hasta cerca de la una.
Rosa lo había confirmado. Un mozo de cuadra, interrogado después, reconoció haber oído la puerta pequeña, aunque juró no haber visto al hombre de la capa oscura.
Al principio dijo que dormía. Luego que quizá no.
Finalmente admitió que había salido al patio para fumar y que escuchó pasos en el callejón.
El mozo no olió tabaco extraño porque el suyo propio le ocupaba la nariz.
La precisión de la coartada no era perfecta, pero sí bastante sólida para derribar la acusación principal contra Villaclara.
Según el médico, don Gaspar había muerto en un margen horario en el que el sospechoso estaba en la casa de los Arriaga.
La criada que encontró el cadáver al alba no podía precisar cuándo se produjo la muerte, pero los criados recordaban haber oído a don Gaspar vivo cerca de la medianoche.
Después, silencio. La ventana era estrecha, pero suficiente.
Suficiente para dudar.
Y en justicia, a veces la duda es la primera forma de la misericordia.
—El virrey quiere verlo —dijo Leoz.
—¿A mí o a Villaclara?
—A ambos. Por separado. Y después a doña Isabel, si ella se sostiene.
Padre Mateo cerró el expediente.
—Entonces vamos.
—¿Qué hará con don Alonso?
—Decirle que su noble estupidez empieza a dar fruto amargo.
—¿Eso lo consolará?
—No he prometido consolarlo.
Don Alonso de Villaclara no parecía un hombre salvado.
Cuando Padre Mateo entró en la celda, lo encontró sentado en el borde del camastro, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas. No se levantó. No preguntó. Su rostro tenía la palidez de quien ha pasado la noche imaginando no su propia muerte, sino la destrucción de otra persona.
—Ya lo sabe —dijo.
—La ciudad empieza a saberlo.
Don Alonso cerró los ojos.
—Maldita ciudad.
—Las ciudades no suelen ser buenas confesores. Hablan demasiado.
—¿La han nombrado?
—No oficialmente.
—Eso significa sí.
Padre Mateo se sentó en el banco frente a él.
—Significa que su nombre camina por las calles con velo. Aún no todos lo levantan.
Don Alonso apretó los puños.
—Debí callar mejor.
—No. Debió hablar antes.
—La he perdido.
—Probablemente ya la había perdido cuando aceptó verla a escondidas mientras ella era entregada a otro hombre por conveniencia.
El preso lo miró con rabia.
—No sabe nada de nosotros.
—Sé que ambos prefirieron una puerta falsa a una palabra clara. Es bastante para empezar a equivocarse.
—¿Viene a absolverme o a rematarme?
—Ninguna de las dos cosas. Vengo a decirle que su coartada ha sido confirmada.
Don Alonso no reaccionó como un inocente de comedia. No se arrodilló, no lloró de alivio, no dio gracias al cielo en voz alta. Solo bajó la cabeza un poco más.
—Entonces ella habló.
—Sí.
—Y Rosa.
—También.
—La destruirán.
—Intentarán reducirla a una historia cómoda para ellos. No es lo mismo, aunque duele parecido.
—Mi culpa.
—En parte.
Don Alonso levantó la mirada.
—¿Solo en parte?
—No se adjudique todos los pecados. Es otra forma de vanidad. Doña Isabel eligió verlo. Eligió callar. Y hoy ha elegido hablar. No la convierta en estatua de su remordimiento. Bastante tendrá con ser mujer viva en una ciudad que prefiere las estatuas.
El preso respiró con dificultad.
—Quiero verla.
—No.
—Padre…
—No.
—Tiene que saber que yo no…
—Ella sabe bastante. Y usted, fuera de esta celda, ahora mismo sería un incendio andando.
—No puedo quedarme aquí mientras la despedazan.
—Puede. Y debe.
—¿Sigo preso?
—Por ahora.
Don Alonso se puso en pie.
—¡Pero ya sabe que no maté a Gaspar!
—Sé que probablemente no mató a Gaspar. Sé que no pudo matar a Baltasar con sus propias manos. Sé que alguien lo ha usado. Pero no sé aún qué sabe usted sin saber que lo sabe.
—No entiendo.
—Eso no me sorprende.
El preso dio un paso hacia él.
—No soy asesino.
—Pero fue colocado en el centro del crimen como una vela en un altar. Y el asesino eligió su nombre, sus deudas, su rabia y su silencio. Eso significa que lo conocía o que alguien se lo describió con precisión.
Don Alonso quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Eso intento averiguar.
—Don Esteban.
—Quizá.
—Él me desprecia. Se opuso a lo nuestro. Se benefició de mi ruina.
—¿Se benefició?
—No directamente. Pero sus socios sí. Gaspar, Baltasar, Joaquín de la Serna. Todos bebieron de la misma fuente.
—Explíquese.
Don Alonso volvió a sentarse, más cansado que antes.
—Cuando empecé a perder, pedí préstamos. Primero a amigos. Luego a hombres que se llamaban amigos porque aún tenía tierras. Baltasar intermedió. Gaspar compró. De la Serna prestó. Don Esteban aconsejó. Cada uno metió la mano en una parte distinta de mi desgracia.
—¿Y Edward Blackthorne?
El nombre cayó en la celda como una moneda extranjera.
Don Alonso frunció el ceño.
—El inglés andaba cerca de algunos negocios.
—¿De los suyos?
—No al principio. Después lo vi en conversaciones con Gaspar y con Baltasar. Hablaban de exportaciones, Veracruz, paños, no sé. A mí me trataba con una cortesía insoportable.
—¿Le ofreció ayuda?
—Una vez.
—¿Qué clase de ayuda?
—Dijo que conocía casas comerciales que podían adelantar dinero contra propiedades. Que un hombre de linaje no debía verse asfixiado por prestamistas locales. Lo dijo como si me tendiera una mano.
—¿Aceptó?
—No. Aún conservaba suficiente orgullo para arruinarme con españoles.
Padre Mateo no sonrió.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Meses antes de vender las tierras.
—¿Estaban presentes Gaspar o Baltasar?
—Baltasar, creo. O habló de parte de él. No recuerdo bien.
—Recuerde mejor.
Don Alonso cerró los ojos.
—Fue en una tertulia. En casa de doña Mariana, quizá.
Blackthorne habló de crédito, de comercio, de que el mundo estaba cambiando.
Dijo que en Inglaterra un hombre caído podía levantarse si sabía convertir su apellido en garantía.
Yo le respondí que en España un apellido no se empeñaba como reloj de bolsillo. Él sonrió.
—¿Qué dijo?
—Que todos los apellidos acaban empeñándose, solo que algunos lo hacen en silencio.
Padre Mateo guardó la frase.
—¿Se lo contó a alguien?
—¿Qué?
—Que veía a doña Isabel.
Don Alonso se puso tenso.
—No.
—¿A nadie?
—A nadie.
—¿Ni a un amigo? ¿Ni a un criado? ¿Ni en una noche de vino y derrota?
—No.
—Piense.
—He dicho que no.
—Los hombres que beben para olvidar suelen recordar en voz alta.
Don Alonso apretó los dientes.
—Pude… pude mencionar que había una mujer que aún no me despreciaba.
—¿A quién?
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
—No.
—Don Alonso.
El preso se levantó y caminó hasta la pared.
—Hubo una noche. Después de perder mucho. Demasiado. Baltasar estaba allí. También de la Serna. Tal vez Blackthorne. Yo había bebido. Dije algo de una mujer que valía más que todos ellos juntos. No dije su nombre.
—¿Dio pistas?
—No lo recuerdo.
—Qué conveniente.
—¡No lo recuerdo!
El grito resonó en la piedra.
Padre Mateo lo dejó respirar.
—Ahí pudo empezar todo —dijo.
—No. No puede ser.
—Un hombre borracho habla de una mujer secreta. Otro hombre escucha. Después lo ve entrar por un callejón. Comprende que su silencio puede usarse. Y entonces un apellido arruinado se convierte en herramienta.
Don Alonso se cubrió la cara con una mano.
—Dios mío.
—No lo llame solo cuando se asuste. Es descortés.