Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La dama tras la reja #4
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La dama tras la reja #4

—Padre —dijo la joven—, si callo ahora, don Alonso seguirá condenado.

—Sí.

—Y quien escribió esto seguirá mandando sobre mí.

—También.

Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, algo en su rostro había cambiado. El miedo seguía allí, pero ya no gobernaba solo.

—Declararé.

Don Esteban dio un paso hacia ella.

—Isabel…

—Declararé —repitió—. No por don Alonso solamente. Por mí.

Padre Mateo la observó con respeto.

—Entonces hágalo pronto. La valentía, como el pan caliente, pierde fuerza si se deja demasiado al aire.

La joven asintió.

—¿Me protegerá el virrey?

—Sí.

Don Esteban soltó una risa amarga.

—¿Y usted, padre? ¿También promete protegerla?

Padre Mateo miró la amenaza doblada en su mano.

—Prometer protección absoluta sería soberbia. Pero prometo algo mejor.

—¿Qué?

—No apartar la mirada.

Aquella tarde, doña Isabel de Arriaga prestó declaración reservada ante un funcionario de confianza del virrey, con presencia de Padre Mateo, Francisco Leoz y una mujer respetable llamada para salvaguardar las formas que aún podían salvarse.

Rosa confirmó la entrada y salida de don Alonso.

Las horas encajaban.

El primer crimen empezaba a desprenderse del cuello del sospechoso principal.

No hubo gritos. No hubo escándalo público todavía. Pero en los despachos del palacio, la verdad cayó con ruido suficiente para que algunos entendieran que el caso ya no podía cerrarse con la comodidad prevista.

Cuando don Alonso fue informado de que su coartada había sido confirmada, no sonrió.

Permaneció sentado en la celda, con los ojos fijos en el suelo. Después se cubrió el rostro con las manos.

—Ella habló —dijo.

—Sí —respondió Padre Mateo.

—No debía.

—Debía.

—La destruirán.

—Quizá intenten hacerlo.

Don Alonso levantó la cabeza. Había ira, gratitud y dolor en sus ojos.

—Usted no entiende el precio.

—Lo entiendo bastante. Lo que no acepto es que el precio de su honra lo pague un cadáver ajeno y una soga alrededor de su cuello.

—¿Quedaré libre?

—No todavía.

—Pero sabe que no maté a Gaspar.

—Sé que no pudo matarlo en la hora en que murió, si todos dicen la verdad.

—Rosa la dice. Isabel también.

—Entonces falta saber quién conocía esa verdad y aun así decidió acusarlo.

Don Alonso se quedó quieto.

—¿Qué quiere decir?

—Que el asesino quizá sabía que usted callaría.

—No.

—Sí.

—¿Quién?

—Alguien que vio, oyó o fue informado. Alguien que entendió que su honor era una mordaza más fuerte que una cadena.

Don Alonso cerró los puños.

—Lo mataré.

—Eso sería una forma muy eficaz de devolverle la razón a quienes lo creen asesino.

—Padre…

—Rece. Es menos satisfactorio, pero produce menos horcas.

Don Alonso bajó la cabeza.

—¿Isabel está a salvo?

Padre Mateo tardó medio segundo en responder. No quiso mentir.

—Está advertida.

—No es lo mismo.

—No.

El preso lo miró con desesperación.

—Sáquela de esa casa.

—Lo intentaré por vía prudente.

—La prudencia la matará.

—La imprudencia también, y más deprisa.

Don Alonso golpeó la pared con la palma abierta.

—Maldita sea mi vida.

—Eso ya lo ha hecho usted muchas veces. Empiece a bendecir algo, aunque sea tarde.

El hombre arruinado soltó una risa sin alegría.

—¿Qué?

—La verdad que ella ha tenido más valor que usted para decir.

Aquella frase le dolió más que cualquier acusación.

Padre Mateo lo dejó con ella.

Al anochecer, el virrey ordenó discreta protección sobre la casa de los Arriaga y vigilancia sobre los movimientos de don Julián Echevarri, de algunos criados y de cualquier mensajero relacionado con la casa de Ochoa.

También mandó que no se levantara aún la custodia de don Alonso, no por considerarlo culpable, sino porque fuera de la celda podía estar menos seguro que dentro.

La ciudad, sin embargo, empezó a enterarse.

No de la verdad completa. Nunca sucedía así. Se enteró de sombras: que una dama había hablado, que don Alonso quizá tenía coartada, que el caso no estaba claro, que la justicia virreinal dudaba, que las familias estaban inquietas, que se había amenazado a una mujer de buena casa.

El miedo cambió de dirección.

Hasta entonces miraba al preso. Ahora empezó a mirar las ventanas.

Padre Mateo cenó poco aquella noche. Leoz, que llevaba horas siguiendo sus pasos, parecía agotado hasta en la forma de sujetar la cuchara.

—Debería descansar —dijo el joven.

—Usted también.

—Yo no soy quien debe resolver esto.

—No se rebaje. Todos los que caminan junto a una verdad acaban debiéndole algo.

Leoz suspiró.

—Hoy ha salvado a un hombre.

—No. Hoy una mujer ha empezado a salvarlo. Yo solo he sido inoportuno.

—Muy inoportuno.

—Gracias.

El joven sonrió débilmente.

Un criado entró entonces con una tarjeta.

—La ha dejado un caballero inglés.

Padre Mateo la tomó.

Edward Blackthorne solicitaba visitarlo esa misma noche, si no resultaba inconveniente, pues acababa de saber “con pesar” que la investigación había tomado “un cariz delicado para ciertas familias respetables”.

Leoz cerró los ojos.

—¿Cómo lo sabe ya?

Padre Mateo miró la tarjeta. Buen papel. Letra firme. Cortesía impecable.

—Porque las familias respetables tienen paredes muy habladoras cuando alguien paga bien por escucharlas.

—¿Lo recibirá?

—No.

—¿Por qué?

—Porque hoy quiere verme reaccionar a sus noticias. Mañana lo veré reaccionar a mis preguntas.

—¿Qué le respondo?

Padre Mateo tomó la pluma y escribió al dorso de la tarjeta:

“Recibiré a vuestra merced mañana. La noche es mala consejera, salvo para los asesinos y los poetas. Procure no ser ninguno de los dos.”

Leoz leyó la respuesta y no pudo evitar reír.

—¿No es demasiado?

—Es menos de lo que merece.

El criado salió con la tarjeta.

Padre Mateo se quedó mirando la puerta cerrada.

La coartada de Villaclara había abierto una grieta.

La amenaza a Isabel confirmaba que alguien vigilaba los movimientos de la investigación.

Y Blackthorne, siempre cortés, siempre informado, siempre cerca, volvía a ofrecerse como quien trae luz en una casa donde quizá él mismo ha dispuesto las sombras.

No era suficiente para sospecharlo formalmente.

Pero ya era bastante para no olvidarlo ni un instante.

Esa noche, antes de dormir, Padre Mateo escribió en su cuaderno:

“Doña Isabel confirma coartada de Villaclara. Rosa vio sombra en el callejón. Tabaco fuerte. Amenaza posterior: alguien teme declaración. La trampa contra Villaclara fue construida contando con su silencio. Eso exige conocimiento íntimo del honor ajeno o información comprada. Blackthorne informado con demasiada rapidez. Don Julián Echevarri debe ser oído. Buscar vínculo entre papel, velas, tabaco, cartas y deudas.”

Debajo añadió una frase en latín:

“Cave amicum.”

Guárdate del amigo.

Después cerró el cuaderno.

Fuera, la ciudad de México respiraba bajo la noche con todos sus balcones cerrados y todos sus secretos despiertos.

En la casa de los Arriaga, una joven acababa de escoger la verdad contra su propia comodidad.

En una celda, un hombre arruinado descubría que aún podía perder algo más que la vida.

En algún despacho elegante, quizá un comerciante inglés leía una tarjeta y sonreía ante la impertinencia de un fraile castellano.

Padre Mateo apagó la vela.

El olor de la cera común llenó la estancia.

Por primera vez desde su llegada, agradeció que no oliera a flores.