La dama tras la reja #3
Don Esteban cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, ya no era solo tutor ofendido. Era comerciante calculando pérdidas.
—No sabes lo que dices.
—Sí lo sé.
—Estás confundida.
—No.
—Ese hombre te ha manipulado.
—No.
—¡Es un jugador arruinado!
—Y aun así no es asesino.
La frase golpeó más fuerte que un grito.
Padre Mateo observó a don Esteban. Había ira en él, desde luego.
Pero también miedo. No solo miedo al escándalo de la sobrina.
Otro temor más concreto, quizá relacionado con don Alonso, con las tierras, con los muertos, con la manera en que las verdades pequeñas abrían pasadizos hacia sótanos mayores.
—Don Esteban —dijo—, necesitaré hablar con Rosa, la criada.
—No.
—Sí.
—No permitiré que una criada de mi casa sea interrogada sobre la honra de mi familia.
—Entonces lo hará ante el virrey.
—¿Amenaza?
—Procedimiento.
—Puedo escribir a personas muy altas.
—Hágalo. Yo escribiré a las muy hondas. Los muertos suelen estar menos ocupados y contestan con pruebas.
Don Esteban se acercó a él.
—Usted no entiende esta tierra.
—No todavía. Pero entiendo a los hombres que creen que una casa respetable vale más que una vida injustamente condenada.
—Está destruyendo a mi sobrina.
Doña Isabel habló antes que Padre Mateo:
—No. Me está obligando a dejar de destruirme sola.
El silencio que siguió fue largo.
Padre Mateo miró a la joven. Allí había miedo, sí. Pero también algo nuevo. Una pequeña verticalidad del alma. No era victoria. Era el primer precio de la verdad.
Don Esteban pareció envejecer un poco.
—Isabel, piénsalo. Si esto se sabe…
—Ya lo sé.
—Don Julián no…
—No quiero casarme con don Julián.
La frase salió de sus labios con asombrosa claridad.
Padre Mateo no había ido a romper un compromiso, pero la verdad, una vez puesta en pie, caminaba por donde quería.
—Has perdido el juicio —dijo Arriaga.
—Quizá. O quizá lo estoy usando por primera vez.
El comerciante la miró como si no la reconociera.
Padre Mateo decidió intervenir antes de que la conversación familiar devorara la investigación.
—Don Esteban, esto no tiene por qué hacerse público en forma de escándalo si se actúa con prudencia. Pero la coartada de don Alonso debe constar.
—¿En acta?
—Sí.
—Eso es escándalo.
—No. Es defensa. El escándalo lo harán quienes prefieran la murmuración a la justicia.
—Usted no conoce a esas personas.
—Las conozco. Cambian de acento, no de alma.
Don Esteban se volvió hacia su sobrina.
—¿Rosa confirmará esto?
—Sí.
—¿Alguien más lo sabe?
Doña Isabel dudó.
Padre Mateo lo notó.
—¿Quién más?
Ella bajó la mirada.
—No sé si nos vio alguien.
—Eso no es respuesta.
—Cuando don Alonso se marchó por el callejón, oí ruido al fondo. Creí que era un mozo de cuadra. Pero no vi a nadie.
—¿Hora?
—Cerca de la una.
—¿Qué ruido?
—Como una puerta pequeña. O pasos. No estoy segura.
Padre Mateo se volvió hacia Leoz.
—Anote.
Leoz escribió desde la puerta.
Don Esteban parecía cada vez más inquieto.
—Padre, si alguien de la casa lo vio y ha callado…
—Entonces esa persona puede haber vendido el silencio o recibido orden de conservarlo.
—Mis criados son leales.
—A alguien, sin duda.
La frase dejó el aire más frío.
Rosa resultó ser una mujer de unos treinta años, rostro redondo, manos fuertes y mirada menos humilde de lo que su postura pretendía. Sirvió a doña Isabel desde niña y entró en el salón con el temor de quien sabe que la verdad no la protegerá de todos los castigos.
Padre Mateo pidió que doña Isabel permaneciera, pero que don Esteban no interrumpiera.
El comerciante aceptó solo porque no aceptar era ya imposible.
—Rosa —dijo Padre Mateo—, sabe por qué está aquí.
—No, padre.
—Mala primera respuesta. Probemos otra vez. ¿Don Alonso de Villaclara estuvo en esta casa la noche en que murió don Gaspar de Luján?
La criada miró a doña Isabel.
—Respóndale —dijo la joven.
Rosa tragó saliva.
—Sí, padre.
Don Esteban cerró los ojos.
—¿A qué hora llegó?
—Pasadas las once.
—¿Por dónde?
—Por la puerta pequeña del callejón.
—¿Quién abrió?
—Yo.
—¿Por orden de doña Isabel?
—Sí.
—¿Dónde estuvo?
—En la sala de costura.
—¿Con doña Isabel?
—Sí.
—¿Salió antes de marcharse definitivamente?
—No.
—¿A qué hora se fue?
—No lo sé exacto. Cerca de la una. O quizá después.
—¿Lo vio usted salir?
—Sí.
—¿Alguien más?
La criada dudó.
—Rosa —dijo Padre Mateo—, las dudas tienen ruido. Acabo de oírlo.
—Había alguien en el callejón.
Don Esteban abrió los ojos.
—¿Quién?
—No lo sé, señor.
—¿Criado de esta casa?
—No pude verlo bien.
Padre Mateo se inclinó hacia ella.
—No le pregunto si pudo verlo bien. Le pregunto qué vio mal.
Rosa frunció la frente.
—Un hombre. Con capa oscura. Se apartó al fondo cuando salió don Alonso.
—¿Alto? ¿Bajo?
—Mediano. O alto. No sé. Estaba oscuro.
—¿Cojeaba?
—No.
—¿Habló?
—No.
—¿Olor? ¿Tabaco? ¿Perfume? ¿Caballo?
Rosa cerró los ojos, intentando recordar.
—Tabaco.
Padre Mateo y Leoz se miraron.
—¿Fuerte?
—Sí. No como el de aquí. Más… más seco.
—¿Lo ha olido antes?
—Alguna vez en ropas de comerciantes del puerto. No sabría decir.
Don Esteban intervino:
—Media ciudad fuma.
—Y la otra media miente —dijo Padre Mateo—. No por eso dejamos de preguntar.
Volvió a Rosa.
—¿Dijo usted algo a doña Isabel?
—Sí. Le dije que había alguien.
—¿Y?
—Ella estaba llorando. No quiso oír más.
Doña Isabel bajó la cabeza.
—¿Ese hombre siguió a don Alonso?
—Creo que no.
—¿Hacia dónde fue?
—Al otro lado. Hacia la calle principal.
Padre Mateo se quedó pensativo.
Un testigo desconocido. Tabaco fuerte. Callejón. La coartada de Villaclara quizá conocida por alguien desde la primera noche. Si el asesino sabía que don Alonso tenía coartada, entonces había jugado con su silencio. No se había limitado a aprovecharlo: lo había previsto.
Eso cambiaba la inteligencia del crimen.
—Rosa —dijo—, ¿ha contado esto a alguien?
—No.
—¿Nadie le preguntó?
—No.
—¿Seguro?
La criada miró a don Esteban.
—Señor…
El comerciante se tensó.
—¿Qué?
—Don Julián Echevarri vino dos días después. Preguntó si la casa estaba tranquila aquella noche. Si doña Isabel había dormido bien. Cosas así.
Doña Isabel levantó la vista.
—¿Don Julián?
—Sí, señorita.
Padre Mateo observó a Arriaga.
—El prometido respetable.
Don Esteban parecía sorprendido, pero no completamente. Quizá porque en su mundo nadie preguntaba sin interés.
—Don Julián es hombre cercano a la familia —dijo.
—¿Y cercano a don Baltasar?
—Hacen negocios. Hacían.
—La respetabilidad vuelve a estrechar el círculo.
Padre Mateo se volvió hacia Leoz.
—Incluya a don Julián Echevarri en la lista de entrevistas.
—Sí, padre.
Don Esteban protestó:
—No convertirá a todo mi entorno en sospechoso.
—No. Solo a los que tengan motivos, oportunidades, secretos o mala suerte de conocer a los muertos.
—Eso es casi todo el mundo.
—Ahora empieza a entender el oficio.
Cuando salieron de la casa de los Arriaga, el sol estaba alto y la calle parecía demasiado viva para cuanto acababa de ocurrir dentro.
Un vendedor pregonaba dulces. Dos criadas caminaban con cestas.
Un caballero saludó desde su coche sin detenerse.
Nadie sabía aún que en aquella casa el caso había cambiado de forma.
Don Alonso de Villaclara, el culpable cómodo, tenía una coartada.
Vergonzosa, sí. Socialmente destructiva, quizá. Pero coartada al fin.
Francisco Leoz caminaba con las notas apretadas contra el pecho.
—Esto puede salvar a Villaclara.
—Puede evitar que lo condenen por el primer crimen —corrigió Padre Mateo.
—Pero estaba preso durante el segundo.
—Eso ya lo ayudaba. La coartada lo cambia todo ante la ciudad.
—¿Doña Isabel declarará formalmente?
—Sí. Si no se rompe antes.
—¿Cree que su tío intentará impedirlo?
—Por supuesto.
—¿Y ella resistirá?
Padre Mateo miró hacia el balcón enrejado.
La cortina volvió a moverse.
—Eso depende de cuánto tiempo lleve deseando respirar.
Leoz guardó silencio unos pasos.
—El hombre del callejón… ¿cree que es importante?
—Mucho.
—¿Pudo ser el asesino?
—Pudo ser un criado, un espía de don Esteban, un enviado de don Julián, un curioso, un chantajista o el asesino. De momento es una sombra con olor a tabaco.
—El mensajero de don Baltasar también olía a tabaco fuerte.
—Sí.
—¿El mismo?
—No lo sé. Pero los olores, como los pecados, tienden a reunirse con sus parientes.
Al doblar la esquina, un niño se acercó corriendo y entregó a Leoz un papel.
—Para el padre.
Antes de que pudieran preguntarle nada, el niño salió disparado entre los transeúntes. Leoz hizo ademán de seguirlo, pero Padre Mateo lo detuvo.
—No malgaste piernas jóvenes. A esa edad corren más que la justicia.
Abrió el papel.
La letra era la misma torpeza fingida de la nota anterior.
“Si la dama habla, habrá otro muerto.”
Leoz se quedó blanco.
—Dios mío.
Padre Mateo dobló la nota con cuidado y la guardó.
—No usemos su nombre en vano. Aunque empiezo a pensar que vamos a necesitarlo mucho.
—¿Debemos volver y advertir a doña Isabel?
—Sí. Pero no corriendo.
—¿Por qué?
—Porque quien envía amenazas quiere vernos correr. Le daría demasiada satisfacción.
Leoz miró alrededor, inquieto.
—Nos están siguiendo.
—Probablemente.
—¿Desde cuándo lo sabe?
—Desde antes de entrar en la casa.
—¿Y no dijo nada?
—Usted estaba ocupado tomando notas y respirando. No quise cargarlo con otra tarea.
El joven tragó saliva.
—¿Quién?
Padre Mateo observó la calle sin girar la cabeza demasiado. Un hombre compraba fruta en un puesto. Una mujer hablaba con una criada. Un mozo llevaba un fardo. Un caballero se alejaba. Una sombra podía vestirse de cualquiera.
—No lo sé.
—¿Qué hacemos?
—Lo que más molesta a quien quiere asustarnos.
—¿Qué?
—Seguir pensando.
Regresaron a la casa de los Arriaga.
Don Esteban recibió la amenaza con el rostro de quien ve confirmarse todos sus temores y, aun así, intenta usarlos en su favor.
—¿Lo ve? —dijo—. Mi sobrina no debe declarar.
—Al contrario —respondió Padre Mateo—. Ahora sabemos que alguien teme que lo haga.
—Puede matarla.
—Puede intentarlo.
Doña Isabel, más pálida que antes, leyó la nota sin derrumbarse. Rosa lloraba en silencio junto a ella.