La dama tras la reja #2
Padre Mateo observó sus dedos. No dejaban de entrelazarse y separarse sobre el regazo.
Había allí miedo. Pero también una vigilancia inteligente.
Doña Isabel no era una muchacha ingenua atrapada en una casa rica.
Era una mujer educada para callar y lo bastante lúcida para saber cuánto costaba cada palabra.
—¿Conocía a don Gaspar de Luján?
—Sí.
—¿Bien?
—Era pariente político de mi tío por su matrimonio con doña Elvira. Venía a esta casa. Lo veía en reuniones.
—¿Le agradaba?
Ella tardó en responder.
—No demasiado.
—Respuesta honesta o prudente. Aún no distingo.
—Era un hombre cruel cuando sabía que podía serlo sin castigo.
—Buena descripción. ¿Cruel con usted?
Doña Isabel levantó la vista.
—Con todos los que no podían devolverle la herida.
—¿Y don Baltasar?
—Más vulgar. Menos peligroso quizá. Pero no mejor.
—Parece que la alta sociedad novohispana no pierde santos, sino hombres.
—¿Hay diferencia, padre?
—Toda. Los santos suelen ser más molestos después de muertos.
A doña Isabel se le escapó una sombra de sonrisa. La contuvo enseguida, como si la alegría pudiera traicionarla.
Padre Mateo decidió acercarse al centro.
—¿Conoce a don Alonso de Villaclara?
El cambio fue mínimo, pero claro. La espalda se le tensó. La mirada bajó. Los dedos se quedaron quietos.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace años. Su familia fue tratada en esta casa antes de… antes de su desgracia.
—Antes de que perdiera tierras y nombre social.
—El nombre no lo ha perdido.
—No. Solo se lo han ensuciado otros y él ha colaborado con entusiasmo.
La joven apretó los labios.
—No es un mal hombre.
—No he preguntado si lo es.
—Todos lo tratan como si lo fuera.
—Todos tratan a los caídos como si su caída justificara haberlos empujado.
Doña Isabel lo miró entonces con sorpresa. Quizá esperaba un cura severo, no uno capaz de distinguir la falta de la destrucción.
—¿Ha hablado con él? —preguntó.
—Sí.
—¿Cómo está?
La pregunta salió demasiado rápido.
Padre Mateo no respondió enseguida.
—Preso.
—Eso ya lo sé.
—Cansado. Orgulloso. Irritado. Y más dispuesto a morir que a decir un nombre.
Ella palideció.
Desde el pasillo llegó un leve crujido. Don Esteban, sin duda, había movido el peso del cuerpo para escuchar mejor.
Padre Mateo bajó la voz.
—Doña Isabel, no he venido a acusarla de un crimen.
—Entonces no sé por qué estoy aquí.
—Porque don Alonso no tiene coartada. O, mejor dicho, porque se niega a darla.
—No puedo ayudarlo.
—Eso es mentira.
La palabra cayó entre ambos sin violencia, pero con peso.
Ella se puso en pie.
—No tiene derecho.
—No. Tengo deber.
—Mi vida no es asunto suyo.
—Si su vida sostiene una mentira que puede llevar a un hombre a la horca, ha dejado de pertenecerle solo a usted.
El rostro de doña Isabel se endureció.
—¿Y mi honor? ¿También pertenece a su investigación?
—Su honor pertenece primero a Dios, luego a su conciencia y solo en último término a las lenguas de esta ciudad, aunque ellas se crean propietarias de todo.
La joven respiró con dificultad.
—No entiende nada.
—Entiendo algo. No todo. Por eso pregunto.
—Si hablo, mi tío…
Se detuvo.
Padre Mateo no la ayudó. El silencio, otra vez, trabajó.
—Su tío ¿qué?
—Nada.
—Su tío teme el escándalo.
—Mi tío teme muchas cosas.
—¿A don Alonso?
—Lo desprecia.
—Eso no responde.
—Lo desprecia más desde que… desde que se arruinó.
—¿Y antes?
—Antes lo recibía.
—¿Como posible marido?
Doña Isabel se volvió hacia la reja.
La calle se veía a través del hierro. Pasó un vendedor con una cesta de fruta. Un niño corrió tras él. Dos mujeres se detuvieron a hablar bajo el balcón. La vida seguía abajo con una libertad ruidosa que en aquel salón parecía casi indecente.
—Hace años —dijo ella—, cuando su padre aún vivía y las tierras de Villaclara no habían pasado a manos ajenas, se habló de esa posibilidad.
—¿Entre familias?
—Sí.
—¿Y entre ustedes?
La joven cerró los ojos.
—También.
Padre Mateo asintió lentamente.
—Después él cayó.
—Después perdió dinero. Tierras. Crédito. Y mi tío decidió que una mujer no debe atarse a una ruina.
—Frase de comerciante.
—Frase de tutor.
—A veces es lo mismo.
Doña Isabel se volvió.
—Don Alonso cometió errores. Muchos. Jugó. Bebió. Se dejó rodear por hombres que solo lo aplaudían mientras podía perder. Pero no era… no es un asesino.
—Eso cree.
—Lo sé.
—Nadie conoce del todo a quien ama.
La palabra quedó dicha.
Doña Isabel no la negó. Eso fue más revelador que cualquier confesión.
—La noche de la muerte de don Gaspar —dijo Padre Mateo—, ¿vio usted a don Alonso?
Ella apretó las manos.
—No.
—Míreme.
No lo hizo.
—Doña Isabel.
—No.
—¿No lo vio o no quiere decirlo?
—No puedo.
Desde el pasillo llegó un paso. Padre Mateo alzó la voz sin apartar la mirada de la joven.
—Don Esteban, si entra ahora, convertiré esta conversación privada en declaración formal ante el virrey.
El paso se detuvo.
Doña Isabel abrió los ojos con miedo.
—No debió decir eso.
—Él no debía escuchar. Todos pecamos según nuestras fuerzas.
La joven se llevó una mano al pecho.
—Padre, se lo suplico.
—No me suplique que ayude a condenar a un inocente.
—No sabe si es inocente.
—Sé que calla por usted.
Doña Isabel se cubrió la boca con los dedos.
La verdad, a veces, no entra como un relámpago, sino como una llave. Se oye apenas, pero abre lo que parecía muro.
—No diga eso —susurró.
—Ya lo he dicho.
—No puede saberlo.
—Don Alonso no pronunció su nombre. Pero su silencio tenía forma de mujer joven, principal, protegida por una casa influyente y asociada a una promesa que no nació de su voluntad. Usted encaja demasiado bien para ser casualidad.
Ella se sentó lentamente, como si las piernas hubieran dejado de obedecerle.
—Estuvo aquí —dijo al fin.
Padre Mateo no se movió.
—¿Cuándo?
—La noche de la cena.
—¿A qué hora?
—Tarde. Después de salir de la casa de don Gaspar.
—¿Cómo entró?
—Por la puerta pequeña del callejón. Una criada de confianza… yo había dejado aviso.
—¿Lo esperaba?
Las mejillas de ella se encendieron.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esa noche mi tío quería anunciar formalmente mi compromiso con don Julián Echevarri. Don Alonso lo había sabido. Yo… yo necesitaba verlo antes.
—¿Don Julián Echevarri?
—Socio de mi tío. Hombre respetable. Viudo. Mucho mayor.
—Respetable. Esa palabra vuelve a pasar por aquí con demasiada frecuencia.
—Mi tío dice que es una alianza conveniente.
—Las alianzas convenientes suelen tener poca misericordia con quienes deben acostarse dentro de ellas.
Doña Isabel bajó la mirada.
—Don Alonso vino alterado. Había bebido. Estaba herido por lo que don Gaspar le había dicho. Me habló de las tierras, de su padre, de que ya no podía ofrecerme nada. Yo le dije que nunca le había pedido tierras.
La voz se le quebró.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
—No lo sé. Más de una hora. Quizá dos.
—Necesito precisión.
—Llegó después de las once. Se marchó cerca de la una.
—¿Puede confirmarlo alguien?
—Mi criada, Rosa.
—¿Alguien más?
—No.
—¿Durante ese tiempo salió de la casa?
—No.
—¿Estuvo con usted en esta sala?
Ella negó con la cabeza.
—En la habitación pequeña de costura, al fondo. Nadie va allí de noche.
—¿Hablaron solamente?
La joven lo miró como si acabara de cruzarse un umbral peligroso.
Padre Mateo mantuvo el rostro sereno.
—No necesito detalles de alcoba. Necesito saber si alguien puede alegar que don Alonso se marchó, volvió, salió, entró.
—No salió.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Por qué?
Las lágrimas aparecieron, pero no cayeron.
—Porque estaba conmigo.
Padre Mateo inclinó la cabeza.
No había triunfo en él. La verdad había llegado, sí, pero arrastraba dolor. Muchas investigaciones se equivocaban al celebrar las confesiones. Una confesión podía salvar a un inocente y, al mismo tiempo, hundir a quien hablaba. La justicia rara vez llegaba sin romper algo.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó.
Doña Isabel soltó una risa rota.
—¿De verdad me lo pregunta?
—Sí. Aunque conozca la respuesta, necesito oír la suya.
—Porque mi tío me encerraría en un convento.
Porque don Julián rompería el compromiso, no por amor herido, sino por cálculo manchado.
Porque doña Elvira me miraría como si hubiera matado yo a su marido.
Porque las mujeres de esta ciudad rezarían por mí en público y me despedazarían en privado.
Porque don Alonso quedaría libre quizá, pero yo no.
Padre Mateo guardó silencio.
Ella continuó:
—Y porque él me pidió que no hablara.
—¿Don Alonso?
—Sí. Dijo que prefería cargar con sospechas antes que verme expuesta.
—Eso fue noble.
Ella levantó la vista.
—¿Lo cree?
—Sí. Y estúpido.
La joven cerró los ojos, casi sonriendo entre lágrimas.
—También.
—La nobleza y la estupidez se parecen mucho cuando las guía el orgullo.
—Él no mató a don Gaspar.
—Eso parece.
—No lo mató.
—Doña Isabel, una coartada para una hora no absuelve una vida entera. Necesitaré comprobarlo.
—Rosa lo dirá.
—¿Rosa es fiel a usted o a la verdad?
—A mí.
—Entonces habrá que enseñarle que, por esta vez, ambas cosas coinciden.
En ese momento la puerta se abrió.
Don Esteban entró sin pedir permiso. El rostro se le había vuelto de una palidez dura, no por ignorancia, sino por haber entendido demasiado.
—Basta.
Doña Isabel se levantó de golpe.
—Tío…
—Calla.
La palabra fue baja, pero cortante.
Padre Mateo se volvió hacia él.
—No le hable así.
Don Esteban lo miró con furia contenida.
—Está en mi casa.
—Y ella no es un mueble.
—Es mi sobrina, bajo mi tutela, prometida a un hombre honorable.
—Era también testigo de una coartada.
El comerciante cerró la puerta tras de sí.
Francisco Leoz dio un paso desde el pasillo, pero Padre Mateo le indicó que permaneciera donde estaba.
—No sabe lo que está tocando, padre —dijo Arriaga.
—Sé exactamente lo que toco: una mentira que ha puesto a un hombre cerca de la horca.
—Don Alonso de Villaclara es un perdido.
—No lo discuto.
—No tiene derecho a arrastrar el nombre de mi sobrina.
—No lo ha arrastrado. Lo ha protegido hasta la idiotez.
—Si esto sale de esta habitación…
—Saldrá lo necesario.
Doña Isabel habló con voz temblorosa:
—Tío, él estuvo conmigo.