La dama tras la reja
La casa de los Arriaga tenía más ventanas que confianza.
Se levantaba en una calle principal, no muy lejos de otras residencias donde el dinero reciente intentaba conversar de igual a igual con los apellidos viejos.
La fachada era amplia, de piedra clara, con balcones de hierro trabajado y un portón tan limpio que parecía recién lavado por el miedo al comentario ajeno.
Sobre el dintel había un escudo familiar no demasiado antiguo, aunque sí lo bastante bien situado para que nadie preguntara en voz alta por su fecha.
Padre Mateo la observó desde la acera de enfrente.
—Casa próspera —dijo.
Francisco Leoz, a su lado, consultó mentalmente cuanto sabía.
—Mucho. Don Esteban de Arriaga ha hecho fortuna con comercio, préstamos y administración de propiedades. Tiene relaciones con familias criollas y peninsulares. Su sobrina, doña Isabel, vive bajo su tutela desde la muerte de su padre.
—¿Padre muerto?
—Hace años. La madre también. Don Esteban la recogió.
—La palabra “recoger” aplicada a personas suele esconder propiedad.
Leoz bajó la voz.
—Dicen que la quiere bien.
—No lo dudo. Hay formas de querer que cierran puertas con llave.
La casa estaba despierta desde hacía rato. Criados entraban y salían con discreción. Un coche esperaba a un lado. En el balcón superior, tras una reja, una cortina se movió apenas. Fue un gesto pequeño, casi nada. Pero los gestos pequeños eran el alfabeto natural de los cautivos.
Padre Mateo levantó la mirada.
La cortina volvió a su sitio.
—¿La ha visto? —preguntó Leoz.
—He visto que alguien quería ver sin ser visto.
—Puede ser una criada.
—Puede. Las criadas miran con más libertad. Las damas miran con más miedo.
Cruzaron la calle. El criado que abrió el portón los reconoció al instante. No por haberlos visto antes, sino porque en las casas inquietas todos esperan al hombre que va a traer la incomodidad.
—Padre Mateo —dijo, inclinándose—. Don Esteban los aguarda.
—Entonces no lo hagamos sufrir.
El zaguán conducía a un patio luminoso, con columnas, plantas cuidadas y una fuente pequeña.
Todo hablaba de orden, decoro y vigilancia.
En las paredes colgaban imágenes religiosas, retratos familiares y algún paisaje idealizado donde los árboles parecían no haber padecido jamás sequía ni acreedores.
La casa olía a cera buena, a flores frescas y a chocolate recién servido.
Padre Mateo se detuvo un segundo.
El olor dulce de las flores le rozó la memoria.
No era exactamente el mismo de la vela perfumada hallada junto a don Baltasar. Pero tampoco estaba lejos. Las casas principales compartían perfumes como compartían pecados: con pequeñas variaciones para poder llamarlos costumbres propias.
Don Esteban de Arriaga apareció en la galería baja.
Vestía de negro sobrio, como correspondía a un hombre que había perdido a un cuñado y a un conocido en pocos días, pero su luto parecía más político que íntimo.
Saludó a Leoz con cortesía y a Padre Mateo con una inclinación medida.
No era hostil de forma abierta. Los hombres como él no desperdiciaban la hostilidad si todavía podían usar la educación.
—Padre Mateo. Don Francisco. Mi casa está a disposición de la autoridad virreinal.
—Eso la honra —dijo Padre Mateo—. Y la compromete.
Don Esteban sostuvo la mirada.
—La muerte de don Baltasar nos ha consternado. Era hombre cercano a nuestra familia.
—La consternación se está volviendo vecina habitual de esta calle.
—Demasiado habitual. Por eso espero que se actúe con firmeza.
—La firmeza sin tino es solo torpeza musculosa.
Leoz bajó los ojos hacia sus papeles.
Don Esteban no se dejó arrastrar.
—Supongo que viene por mi sobrina.
—Supone bien.
—¿Por qué?
—Porque su nombre ha aparecido donde no estaba escrito.
La frase produjo un leve movimiento en la mandíbula de Arriaga.
—No entiendo.
—Eso facilita que pueda explicárselo. Necesito hablar con doña Isabel.
—Mi sobrina no tuvo relación con la muerte de don Gaspar ni con la de don Baltasar.
—Magnífico. Entonces me lo confirmará con tranquilidad.
—Es una joven de honor.
—La juventud y el honor no son coartadas. A veces son precisamente el problema.
Los ojos de don Esteban se endurecieron.
—Padre, le ruego prudencia. Mi sobrina está prometida. Su reputación no debe mezclarse con rumores de criminales, jugadores y hombres arruinados.
—¿Don Alonso de Villaclara?
—Entre otros.
—Curioso que nombre al único que yo no había nombrado.
Don Esteban se quedó quieto.
La fuente del patio siguió cayendo con una claridad ofensiva.
—En esta ciudad todos hablan de él —respondió al fin.
—Sí. A veces todos hablan de un hombre porque alguien necesita que no se hable de otro asunto.
—¿Insinúa que ocultamos algo?
—Don Esteban, en las casas respetables siempre se oculta algo. La diferencia entre una familia y otra suele estar en la calidad de las cortinas.
Por primera vez, el comerciante dejó ver irritación.
—No permitiré que se interrogue a mi sobrina como a una criada.
—Me alegra. A las criadas suelo preguntarles mejor, porque saben más y fingen menos. A doña Isabel le preguntaré como a una dama: con respeto, sin gritos y sin creer necesariamente todo lo que diga.
—Debe estar presente una persona de la familia.
—No.
—Es impropio.
—También lo es la muerte. Y aquí la tenemos muy activa.
Don Esteban respiró hondo.
—Padre Mateo, quizá en Castilla sea costumbre entrar en las casas y disponer de las mujeres ajenas.
La voz de Leoz se tensó.
—Don Esteban…
Padre Mateo levantó una mano.
—No se inquiete, don Francisco. Las insolencias dichas con buena sintaxis merecen un instante de aprecio.
Miró a Arriaga.
—No vengo a disponer de nadie. Vengo a averiguar si un hombre puede ser condenado por guardar un secreto que pertenece también a una mujer de esta casa.
El golpe fue preciso.
Don Esteban palideció muy poco, pero lo suficiente.
—No sé de qué habla.
—Entonces convendrá que doña Isabel lo sepa por los dos.
Durante un momento pareció que Arriaga iba a negarse. Había en su rostro un cálculo rápido: resistir podía parecer culpable; ceder podía abrir una puerta peligrosa. Eligió la opción que los hombres prudentes escogen cuando no saben cuánto sabe el adversario.
—La verá en el salón de la reja. Con la puerta abierta. Yo esperaré fuera.
—Agradezco su obediencia a la razón.
—No la confunda con obediencia a usted.
—No suelo adjudicarme virtudes ajenas.
Don Esteban llamó a una criada y dio la orden en voz baja. La muchacha subió por la escalera con pasos rápidos. Padre Mateo observó la casa mientras esperaban. Los criados evitaban mirar directamente, pero todos escuchaban. Una residencia así era un gran oído cubierto de yeso.
—¿Doña Isabel estuvo en la cena de don Gaspar? —preguntó Padre Mateo.
—No.
—¿En la casa?
—No.
—¿Está seguro?
—Padre, mi sobrina no frecuenta cenas de viudas, comerciantes y hombres de juego.
—No he preguntado qué frecuenta. He preguntado dónde estuvo.
—Estuvo aquí.
—¿Toda la noche?
Don Esteban apretó los dedos sobre el bastón.
—Naturalmente.
—Las naturalezas necesitan testigos.
—Sus criadas pueden confirmarlo.
—Las criadas de la casa donde vive bajo su tutela.
—¿Las acusa de mentir?
—Aún no. Solo les concedo la posibilidad humana.
El comerciante se acercó un paso.
—Tenga cuidado.
Padre Mateo lo miró con serenidad.
—Lo tengo siempre. Lo que ocurre es que no lo uso para retroceder.
La criada regresó.
—Doña Isabel recibirá al padre.
El salón de la reja estaba en la planta superior, orientado hacia la calle.
Recibía ese nombre por el gran balcón enrejado que ocupaba buena parte de la pared exterior.
Desde allí se podía mirar la calle sin ser tocado por ella, o dejarse ver lo justo para que la ciudad recordara que una dama existía sin permitirle existir demasiado.
Había sillas tapizadas, un pequeño escritorio, un biombo pintado con flores, un crucifijo discreto y una mesa con labores de aguja.
Todo era correcto. Todo era delicado. Todo parecía dispuesto para que una mujer pasara las horas aprendiendo a no mover el mundo.
Doña Isabel de Arriaga estaba de pie junto a la reja.
Era joven, aunque no tanto como para que su miedo pudiera confundirse con inocencia infantil.
Tendría veintidós o veintitrés años. Vestía con sobriedad elegante, en tonos claros que realzaban la palidez de su rostro.
Tenía el cabello oscuro recogido con cuidado y los ojos grandes, de mirada contenida.
No era una belleza ruidosa, de esas que buscan ser proclamadas.
Su atractivo estaba en la tensión entre fragilidad y voluntad, como una llama protegida por las manos.
Al ver entrar a Padre Mateo, hizo una reverencia.
—Vuestra paternidad.
—Doña Isabel.
Francisco Leoz permaneció en la puerta, por discreción y seguridad. Don Esteban se quedó fuera del salón, lo bastante cerca para sentirse tutor y lo bastante lejos para fingir respeto al interrogatorio.
Padre Mateo no se sentó hasta que ella lo hizo.
—Lamento incomodarla.
—Si lo lamenta, puede no hacerlo.
La respuesta fue baja, pero firme.
Padre Mateo inclinó apenas la cabeza.
—Tiene razón. Digamos entonces que lamento la necesidad, no el acto.
Ella lo miró con cautela.
—Mi tío dice que viene por la muerte de don Gaspar y de don Baltasar.
—Su tío dice muchas cosas antes de saber qué conviene callar.
—Es un hombre preocupado por mi honor.
—Eso no lo dudo.
—Lo dice como si fuera defecto.
—Lo digo como quien ha visto a muchos hombres custodiar el honor de las mujeres con la misma llave con que guardan sus escrituras de propiedad.
La joven bajó los ojos hacia sus manos.
—No debería hablar así.
—Probablemente no.
—Entonces ¿por qué lo hace?
—Porque no tengo tiempo de ganar su confianza con cumplidos.
Ella guardó silencio.