Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La segunda muerte #4
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La segunda muerte #4

Padre Mateo guardó la frase junto a todas las demás.

Al caer la noche, el virrey recibió el informe preliminar en una sala privada.

Revillagigedo escuchó sin interrumpir. Padre Mateo habló de la muerte probable por veneno, de la nota que señalaba de nuevo a Villaclara, de la vela perfumada, de la carta desaparecida, de la botella ausente, del mensajero desconocido, de las deudas y del hecho evidente de que don Alonso, encerrado, difícilmente podía haber actuado sin ayuda.

Francisco Leoz añadió datos cuando fue necesario. Paredes, presente por obligación y amor propio, defendió la posibilidad de cómplices con una insistencia que revelaba más miedo al error que confianza en la hipótesis.

El virrey permaneció grave.

—La ciudad sabrá esto pronto —dijo.

—Ya lo sabe a medias —respondió Padre Mateo—. Y las medias noticias son las que más engordan.

—¿Qué dirán?

—Que Villaclara tenía cómplices. Que el virrey no protege a los comerciantes. Que las casas principales están amenazadas. Que nadie está seguro. Dirán lo que alguien quiera que digan, si ese alguien sabe soplar bien.

Revillagigedo juntó las manos.

—¿Cree que ese es el propósito?

—Empiezo a creer que la muerte es solo una parte del crimen.

Paredes frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que el asesino no solo mata. Compone escenas. Deja papeles. Dirige sospechas. Aprovecha el miedo social. Quiere que miremos a Villaclara, sí, pero también quiere que todos sientan que la autoridad llega tarde.

El virrey miró hacia los mapas de la pared.

—Desestabilizar.

La palabra sonó baja, pero clara.

Padre Mateo no respondió enseguida.

—Tal vez. Aún no sé si por interés privado o por algo más alto y más sucio.

—¿Inglaterra?

Paredes abrió los ojos, sorprendido por la palabra.

Padre Mateo eligió la prudencia.

—De momento, Inglaterra es una sombra que aparece donde hay comercio, puerto y demasiada cortesía. No haré una acusación con tan poca carne.

—¿Blackthorne? —preguntó el virrey.

—Se interesa por la investigación, por mí y por todos los que rodean el caso. Eso no lo hace asesino.

—Pero tampoco inocente.

—La inocencia, excelencia, no se concede por buena educación.

Revillagigedo asintió.

—¿Qué necesita?

—Ver de nuevo a Villaclara. Hablar con doña Isabel de Arriaga.

El virrey alzó la mirada.

—¿La hija de don Esteban?

—O pariente cercana. Necesito confirmar su relación exacta.

Francisco Leoz intervino:

—Doña Isabel de Arriaga es sobrina de don Esteban. Huérfana de padre. Vive bajo tutela familiar. Está prometida, según creo, a un socio de la casa Arriaga.

—Ah —dijo Padre Mateo.

El virrey entendió parte.

—¿Por qué ella?

—Porque don Alonso calla por una mujer cuyo nombre pesa demasiado. Y en la cena de Luján había una sombra femenina que nadie menciona.

—Doña Isabel no figura entre los asistentes.

—Precisamente.

Paredes resopló.

—¿Ahora sospechamos de personas que no estuvieron?

—Sospechamos de silencios, don Raimundo. Las personas vienen después.

Revillagigedo se quedó pensativo.

—Interrogar a doña Isabel puede provocar un conflicto con Arriaga.

—Lo sé.

—Arriaga ya está inquieto.

—También lo sé.

—Es un hombre influyente.

—Los influyentes tienen la ventaja de que, cuando tiemblan, se nota desde lejos.

El virrey no sonrió.

—Hágalo con delicadeza.

—La delicadeza y yo mantenemos una relación irregular, pero haré lo posible por no romper más porcelana de la necesaria.

—No basta.

Padre Mateo sostuvo su mirada.

—Entonces haré lo justo.

Revillagigedo aceptó.

—Mañana verá a doña Isabel. Yo facilitaré la entrada por vía discreta.

—Gracias.

—Y Padre Mateo…

—Excelencia.

—Si esto es más que una cadena de crímenes privados, necesito pruebas, no intuiciones.

—Las tendrá cuando Dios, el asesino o la estupidez de alguien las pongan a tiro.

—¿En ese orden?

—La estupidez suele madrugar.

Padre Mateo salió del palacio ya entrada la noche.

Leoz lo acompañaba con un farol. La ciudad había cambiado de rostro.

Los pregones se habían apagado. Los balcones guardaban sombras.

De algunas casas salían risas, música baja, olor a comida tardía.

De otras, rezos. Los pasos de los guardias sonaban en las esquinas.

Un perro cruzó la calle como si también llevara mensaje reservado.

—¿Está cansado, padre? —preguntó Leoz.

—Mucho.

—No se le nota.

—Eso me preocupa. Quizá la edad empieza a mentir por mí.

Caminaron un trecho en silencio.

—Hoy ha dicho que el asesino compone escenas —dijo Leoz.

—Sí.

—¿Como un dramaturgo?

—Como un mal teólogo. Quiere que todos interpreten los signos según una doctrina falsa.

—¿Y cuál es esa doctrina?

Padre Mateo miró la llama del farol.

—Que la culpa pertenece al hombre más visible. Que el virrey no controla la ciudad. Que los ricos deben temer. Que la justicia llega tarde. Que el orden es débil.

—Eso es mucho para dos muertos.

—Dos muertos bien colocados pueden decir más que cien panfletos.

Leoz se estremeció.

—¿Cree que habrá más?

Padre Mateo tardó en responder.

—Sí.

El joven se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque el segundo crimen no ha cerrado el primero. Lo ha ensanchado. El asesino aún no ha conseguido lo que busca.

—¿Y qué busca?

Padre Mateo levantó la vista hacia las torres oscuras de la ciudad.

—Que todos dejen de mirar al cadáver y empiecen a mirar al poder.

No hablaron más hasta llegar al alojamiento dispuesto para el sacerdote.

Allí, antes de entrar, Padre Mateo vio algo junto a la puerta.

Un pequeño papel doblado.

No estaba sellado. Nadie parecía haberlo dejado por error. Se agachó, lo recogió con el pañuelo y lo abrió bajo la luz del farol.

Solo contenía una frase, escrita en letra torpe:

“Pregunte a la dama de la reja.”

Leoz palideció.

—¿Doña Isabel?

Padre Mateo olió el papel. Nada. Papel barato. Tinta común. Mano fingida o ignorante.

—Parece que alguien desea ayudarme —dijo.

—¿Lo cree?

—Creo que alguien desea que vaya donde ya pensaba ir.

—¿Entonces es una trampa?

Padre Mateo dobló la nota.

—Casi todo lo útil lo es un poco.

Miró hacia la calle oscura. No vio a nadie. Pero tuvo la certeza, sin convertirla aún en pensamiento, de que alguien observaba desde algún lugar cercano. La ciudad de México dormía con un ojo abierto.

—Mañana iremos a ver a la dama de la reja —dijo.

—¿Y hoy?

Padre Mateo abrió la puerta.

—Hoy rezaré por los muertos, por los vivos y por la paciencia que me falta.

—¿Y por el asesino?

El sacerdote se detuvo.

—También.

Leoz pareció sorprendido.

—¿Por qué?

Padre Mateo lo miró con cansancio.

—Porque cuando lo encuentre, don Francisco, quizá ya no tenga tiempo de rezar por él.

Entró en la casa.

A lo lejos, las campanas marcaron una hora tardía.

En alguna residencia principal, una mujer joven quizá dormía mal.

En una celda, don Alonso de Villaclara seguía callando por ella.

En la casa de don Baltasar Ochoa, un cadáver enfriaba las cuentas que ya nadie podría cobrar.

Y en la ciudad, como una vela perfumada que arde demasiado cerca de una cortina, el miedo comenzaba a extender su olor dulce y peligroso.

Padre Mateo apagó el farol.

La oscuridad no le respondió.

Pero tampoco estaba vacía.