La segunda muerte #3
La viuda rica había entrado sin ruido, vestida de negro no por el muerto, sino por costumbre propia. Su presencia cambió la temperatura de la sala. No lloraba. No fingía sorpresa. Observaba con unos ojos claros que parecían haber entendido la mitad antes de preguntar por la otra.
—Perdonen —dijo—. Venía a visitar a doña Teresa. No esperaba encontrar tribunal.
Padre Mateo inclinó la cabeza.
—Los tribunales improvisados son especialidad de las casas respetables.
Doña Mariana lo miró con interés.
—Usted debe de ser el padre llegado de Castilla.
—Y vuestra merced, doña Mariana de Velasco.
—Veo que ya nos han presentado en ausencia.
—La ausencia permite elogios más valientes y calumnias mejor vestidas.
Una sombra de sonrisa pasó por el rostro de ella.
—Don Baltasar era hombre con muchos asuntos —dijo—. Si buscan enemigos, necesitarán más sillas.
—¿Y si buscamos amigos?
—Entonces quizá necesiten más cuidado.
Padre Mateo guardó la respuesta con aprecio. Aquella mujer no hablaba para llenar el aire. Eso la hacía peligrosa o inteligente. Tal vez ambas cosas.
Don Esteban intervino, molesto:
—No es momento para agudezas.
—Al contrario —respondió doña Mariana—. Cuando muere el segundo hombre, la estupidez empieza a ser lujo.
Paredes miró a Padre Mateo como si acabara de encontrar otra fuente de problemas.
El médico, mientras tanto, olió la copa con extremo cuidado.
—No beban nada de esta sala —dijo.
—Consejo tardío para don Baltasar —murmuró Padre Mateo.
Don Lucas lo oyó.
—Y temprano para los demás.
El sacerdote señaló la vela blanca.
—Doctor, huela eso.
Don Lucas se acercó, tomó el candelabro con un paño y aspiró.
—Perfume. Jazmín quizá. O algo parecido.
—¿El mismo olor que en casa de Luján?
—No puedo asegurarlo.
—Pero podría ser.
—Sí.
Padre Mateo cerró los ojos un instante.
La escena comenzaba a ordenarse no como verdad, sino como trampa.
Primer muerto: don Gaspar de Luján. Sospecha sobre Villaclara. Papel con su apellido. Olor dulce a vela o esencia. Pañuelo desaparecido.
Segundo muerto: don Baltasar Ochoa. Sospecha reforzada sobre Villaclara. Nota amenazante. Vela perfumada. Posible veneno. Carta desaparecida o sustituida.
El asesino no improvisaba. Escribía una obra para espectadores impacientes.
—Necesito saber quién trajo la carta de esta mañana —dijo Padre Mateo.
Doña Teresa habló con voz débil:
—Un muchacho. No lo conozco.
—¿Librea?
—No.
—¿Indio, mestizo, español?
—Mestizo quizá. Joven. De rostro común.
—Todos los rostros son comunes para quien no mira.
Ella bajó la vista.
—Lo siento.
—No se disculpe. La mayoría de la gente empieza a mirar tarde. ¿Alguien más lo vio?
Un criado levantó la mano.
—Yo, padre.
—Luego hablaré con usted.
Don Esteban parecía cada vez más inquieto.
—¿No debería interrogarse de nuevo a Villaclara? Es evidente que, aun preso, puede enviar amenazas.
—¿Desde la celda? —preguntó Padre Mateo.
—Tendrá amigos.
—Los arruinados suelen perderlos.
—Cómplices pagados, entonces.
—Con dinero que no tiene.
—Promesas.
—Don Esteban, no intente hacer el trabajo del asesino. Ya se esfuerza bastante por señalar el camino.
La frase golpeó la sala.
Don Esteban dio un paso atrás, ofendido.
—¿Me acusa?
—No. Si lo acusara, lo notaría.
Doña Mariana bajó la mirada para ocultar una sonrisa. Paredes parecía a punto de pedir a Dios una investigación más sencilla.
Padre Mateo se dirigió a Leoz.
—Que nadie salga de la casa sin dar nombre. Quiero relación de todos los criados, visitas, mensajeros y familiares presentes desde esta mañana. El libro de cuentas queda bajo custodia. La copa, la vela, la nota y el lacre también.
—Sí, padre.
—Y mande recado al virrey. Dígale que la ciudad ya no tiene un crimen. Tiene una serie.
Doña Teresa soltó un sollozo.
La palabra “serie” recorrió la sala como una corriente fría.
Hasta entonces, algunos habían podido fingir que la muerte de don Gaspar era una venganza privada.
Don Baltasar, envenenado en su despacho mientras don Alonso permanecía preso, rompía la comodidad de esa mentira. O la obligaba a volverse más compleja.
Padre Mateo miró el cadáver.
Don Baltasar Ochoa ya no sudaba, ni calculaba, ni escondía cartas, ni temía a acreedores. La muerte lo había vuelto honesto por fuerza. Pero su mesa seguía mintiendo.
Y el asesino, en alguna parte, debía de confiar en que todos leyeran la mentira con avidez.
El interrogatorio de los criados duró hasta que la tarde empezó a oscurecer.
El mensajero había llegado poco antes de la comida.
Entregó una carta para don Baltasar y se marchó enseguida.
El criado que lo recibió recordaba que llevaba sombrero bajo, chaqueta parda y un pañuelo rojo al cuello.
No recordaba sus ojos. No recordaba sus manos.
No recordaba si cojeaba, si hablaba con acento, si tenía cicatrices.
Recordaba, eso sí, que olía a tabaco fuerte.
—¿Tabaco de aquí? —preguntó Padre Mateo.
El criado se encogió.
—Tabaco, padre.
—Gran clasificación.
El muchacho bajó la cabeza.
—Perdone.
—No se disculpe. Hay narices que nacen para distinguir vinos y otras para sobrevivir al establo. ¿Dijo algo el mensajero?
—Solo que era para don Baltasar, de mano propia.
—¿Le pagaron?
—No lo vi.
—¿Quién abrió la carta?
—Don Baltasar. Subió… no, entró aquí, al despacho. Luego pidió que no lo molestaran.
—¿Recibió visitas después?
—Don Joaquín de la Serna vino, pero no pasó. Don Baltasar dijo que volviera más tarde.
Leoz levantó la vista.
—¿El prestamista?
—Sí, señor.
Padre Mateo anotó mentalmente el nombre. Joaquín de la Serna, prestamista. Otro hombre que rondaba deudas. Otro posible beneficiado. Otro rostro que la ciudad ofrecería gustosa al altar de la sospecha si Villaclara empezaba a no bastar.
—¿Alguien trajo vino o bebida al despacho?
—Sí. Yo.
—¿Qué bebida?
—Vino dulce.
—¿De dónde?
—De la despensa.
—¿Lo sirvió usted?
—No. Le llevé la botella y la copa en bandeja. Él solía servirse.
—¿La botella está aquí?
El criado miró alrededor.
No estaba.
—La retiraron —dijo doña Teresa desde el fondo.
Padre Mateo se volvió.
—¿Quién?
—No lo sé. Tal vez los criados, cuando… cuando entramos.
—Encuentren la botella.
No apareció.
La casa, tan llena de papeles, cofres y armarios, había perdido una carta, una botella y la serenidad en el mismo día. Padre Mateo empezaba a pensar que la buena sociedad novohispana tenía un talento notable para extraviar precisamente aquello que convenía conservar.
Cuando terminó con los criados, pidió hablar con doña Mariana de Velasco.
La encontró en un salón lateral, sentada junto a una ventana, con las manos cruzadas sobre el regazo. No parecía afectada por el bullicio de la casa. Tampoco indiferente. Más bien alerta. Como una persona que lleva muchos años sobreviviendo entre voces ajenas.
—Padre Mateo —dijo antes de que él hablara—, si va a preguntarme si maté a don Baltasar, le ruego que no lo haga con rodeos. Detesto que me lleven de paseo hasta una acusación.
—No pensaba acusarla todavía.
—Qué alivio tan breve.
—¿Lo odiaba?
—A ratos.
—Respuesta generosa.
—Don Baltasar hacía fácil el odio, pero difícil el crimen. Demasiados asuntos pendientes. Matarlo obligaría a ordenar papeles durante meses.
Padre Mateo tomó asiento frente a ella.
—¿Qué asuntos tenía con usted?
—Dinero.
—Eso no estrecha mucho el mundo.
—Había intervenido en una operación de préstamo relacionada con una propiedad mía.
—¿Lo beneficiaba su muerte?
—No. Me complica. Los muertos no firman cancelaciones ni recuerdan acuerdos verbales.
—¿Y la muerte de don Gaspar?
—También me complica.
—Parece usted rodeada de cadáveres inconvenientes.
—Padre, a mi edad una aprende que los hombres vivos ya son bastante inconvenientes. Los muertos, al menos, no opinan.
Padre Mateo la observó con atención.
—Estuvo en la cena de don Gaspar.
—Sí.
—Vio discutir a Villaclara.
—Todos lo vimos.
—¿Le pareció capaz de matar?
—Sí.
—¿Y de preparar un crimen tan torpe como para dejar su nombre en la mano del muerto?
Doña Mariana sonrió apenas.
—No. Don Alonso puede arruinarse, emborracharse, gritar, batirse y ofender a quien le tienda una mano. Pero no lo imagino escribiendo su propia acusación como un colegial.
—Interesante.
—La ruina no lo volvió humilde. Tampoco tonto.
—¿Conocía usted a Edward Blackthorne?
La pregunta no la sobresaltó. Eso también era respuesta.
—Sí.
—¿Bien?
—Nadie conoce bien a un inglés.
—Frase digna de bordarse en un cojín diplomático.
—Es encantador cuando le conviene.
—¿Y cuándo no?
—También. Esa es la parte peligrosa.
Padre Mateo inclinó la cabeza.
—¿Tenía tratos con don Baltasar?
—Blackthorne tiene tratos con todos los que creen no tenerlos. Pregunta poco en apariencia, escucha mucho en realidad. Los hombres de negocios lo reciben porque trae noticias, contactos y esa promesa extranjera de que el mundo es más ancho que España.
—¿Y usted lo recibe?
—Yo recibo a quien me entretiene o me informa. Él hace ambas cosas.
—¿Confía en él?
Doña Mariana miró por la ventana.
—Padre, soy viuda, rica y no del todo idiota. Confío en Dios por obligación, en mi difunto marido por costumbre extinguida y en mi criada porque sabe dónde guardo las llaves. En los demás, según la hora.
—Buena regla.
—Blackthorne vino a verme ayer.
Padre Mateo no movió un músculo.
—¿A qué?
—A hablar de don Gaspar. Y de usted.
—Qué rápido viajo en conversaciones.
—Más que en mula, sin duda.
—¿Qué quería saber?
—Si lo había visto. Si parecía hombre de carácter. Si creía yo que el virrey acertaba trayendo a un sacerdote de Castilla para un asunto de tanta delicadeza.
—¿Y qué respondió?
—Que los hombres de carácter suelen ser insoportables y que un sacerdote de Castilla no podía hacerlo peor que algunos caballeros de México.
—Caritativa.
—Realista.
Padre Mateo se levantó.
—Gracias, doña Mariana.
—No me da la impresión de haberlo ayudado.
—Los inteligentes ayudan incluso cuando intentan solo conversar.
—Cuidado con Blackthorne, padre.
—¿Por qué?
Ella lo miró por fin directamente.
—Porque no desprecia a nadie. Y eso, en un hombre ambicioso, no suele ser virtud, sino método.