Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La segunda muerte #2
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La segunda muerte #2

—Nadie debe tocar el cuerpo.

El criado bajó la vista.

—Creo que ya han llamado al médico.

—El médico puede mirar. Los demás, respirar a distancia.

—Padre —dijo Leoz—, ¿cree que está relacionado?

Padre Mateo tomó su sombrero.

—Si no lo está, el diablo ha desarrollado un gusto excesivo por las coincidencias.

La casa de don Baltasar Ochoa no tenía la elegancia antigua de los Luján, pero sí el aplomo reciente del dinero que aún recuerda haber sido contado moneda a moneda.

Era una vivienda amplia, con fachada limpia, balcones trabajados y un portón que parecía más preocupado por impresionar que por proteger.

El zaguán olía a cera, cuero y papeles. Había criados corriendo sin correr, parientes hablando sin decir nada y vecinos principales entrando con el rostro grave de quienes acuden a una desgracia procurando que se advierta su importancia.

El alguacil Paredes llegó casi al mismo tiempo que Padre Mateo y Leoz.

—Otro muerto —dijo, como si el sacerdote pudiera ser responsable de la repetición.

—Eso parece.

—Y esta vez espero que no me diga que también es demasiado claro.

—Aún no he visto nada. No me robe placeres.

Paredes apretó los dientes y ordenó abrir paso.

El despacho de don Baltasar estaba en la planta baja, junto a un patio interior más pequeño que el de los Luján.

Era una sala cargada de armarios, libros de cuentas, cofres, papeles atados con cintas, tinteros, sellos y un olor denso a tinta, tabaco y encierro.

En la pared colgaba una imagen de san Mateo, lo que al padre le pareció una ironía que no comentó por respeto al evangelista.

Don Baltasar Ochoa estaba sentado en su silla.

O, mejor dicho, su cuerpo permanecía sentado.

La cabeza había caído hacia un lado, la boca entreabierta, los ojos fijos en un punto que ya no pertenecía a aquella habitación.

La mano derecha descansaba sobre la mesa.

La izquierda colgaba junto al brazo de la silla.

En el pecho no se veía herida. Junto al codo había una copa caída, con restos oscuros manchando la madera.

Un libro de cuentas abierto ocupaba el centro del escritorio.

La pluma seguía sobre la página, como si la muerte hubiera interrumpido una suma.

El médico don Lucas Bermejo estaba inclinado sobre el cadáver.

—Al menos esta vez han esperado a que llegara —dijo Padre Mateo.

—No todos —respondió el médico sin levantar la cabeza—. Alguien intentó incorporarlo. Un criado, según dicen. La esposa gritó. Dos parientes entraron. Uno tocó la copa. Otro la silla. Si el asesino dejó algo fino, ya lo hemos pisoteado con entusiasmo familiar.

—Las familias son grandes colaboradoras del caos.

Paredes intervino:

—Doctor, ¿causa de la muerte?

—Si me conceden tres minutos antes de exigir milagros, quizá pueda acercarme a una opinión.

Padre Mateo rodeó la mesa sin tocarla.

—¿Quién lo encontró?

Una mujer de unos cuarenta años, vestida con sobriedad y ojos inflamados por el llanto, dio un paso desde el umbral.

—Yo.

—¿Vuestra merced es?

—Doña Teresa Ochoa. Su esposa.

Padre Mateo inclinó la cabeza.

—Lamento su pérdida.

Ella no respondió. Miraba el cuerpo con una mezcla de horror y reproche, como si el muerto hubiera cometido la descortesía de abandonarla en medio de un problema.

—¿A qué hora lo encontró?

—Poco después de comer. Vine a decirle que don Esteban de Arriaga había enviado recado. La puerta estaba entornada. Pensé que dormía. Luego vi la copa en el suelo.

—¿Tocó algo?

—A él. Le toqué el hombro.

—¿Nada más?

—No.

Un hombre joven, quizá sobrino o cuñado, se removió detrás de ella. Padre Mateo lo miró.

—¿Usted?

El joven palideció.

—Intenté levantarlo.

—¿Por qué?

—No sabía que estaba muerto.

—Los ojos abiertos suelen ayudar a la sospecha.

—Me asusté.

—Eso sí lo creo. ¿Tocó la copa?

El joven dudó.

—La aparté.

—¿Con la mano?

—Sí.

—Naturalmente.

Paredes soltó un suspiro exasperado, como si por fin entendiera la clase de mundo en que Padre Mateo llevaba días viviendo.

El sacerdote se inclinó sobre la mesa. El libro de cuentas estaba abierto por una página con varias anotaciones.

Nombres, cantidades, fechas. Algunas cifras estaban tachadas.

Otras, subrayadas. Don Baltasar había escrito algo en el margen antes de morir, pero la tinta se había corrido por el líquido de la copa.

Padre Mateo no tocó la página.

—Don Francisco.

Leoz se acercó.

—Copie lo que pueda leerse.

—Sí.

—Y mande que nadie cierre este libro.

Miró después la copa. Olía a vino dulce, quizá jerez o algún licor. También a algo más, áspero bajo el dulzor. No acercó demasiado la nariz.

—Doctor.

Don Lucas se incorporó.

—No hay señal de violencia externa clara. Lengua algo oscura. Labios manchados. Pupila… interesante. Necesito examinar mejor, pero esta vez sí diría que ha ingerido algo.

—¿Veneno?

—Esta vez la palabra se acerca con menos vergüenza.

Doña Teresa dejó escapar un gemido.

Padre Mateo observó el escritorio. Había tres velas. Dos de sebo común, apagadas. Una más fina, blanca, colocada en un candelabro pequeño a la izquierda del libro. Estaba consumida hasta la mitad y desprendía, incluso apagada, un olor tenue.

Dulce.

Como flores. O jabón de señora.

Padre Mateo se quedó quieto.

—¿Esa vela es habitual aquí? —preguntó.

Doña Teresa parpadeó.

—¿Cuál?

—La blanca.

—No lo sé. Baltasar usaba las que le traían.

—¿Quién se las traía?

—Los criados.

—¿De dónde?

—De la despensa. O del escritorio. No sé.

Padre Mateo miró a Leoz.

—Anote la vela.

—Ya lo hago.

Paredes se acercó.

—¿Otra vez velas?

—Las cosas discretas tienen la mala costumbre de repetirse.

En ese momento, un criado avisó desde la puerta:

—Ha llegado don Esteban de Arriaga.

Don Esteban entró sin esperar permiso del todo. Venía vestido con rigor, pero su rostro mostraba una inquietud real o bien representada con notable oficio. Al ver el cadáver de don Baltasar, se llevó la mano al pecho.

—Santo Dios.

Doña Teresa se volvió hacia él.

—Don Esteban…

Él se acercó y le tomó la mano.

—Lo lamento. Lo lamento de veras.

Padre Mateo observó la escena. Había dolor, sí. Pero también cálculo. Don Esteban miró el cadáver, luego la mesa, luego al alguacil, luego al sacerdote. Su mente trabajaba mientras su rostro cumplía con la compasión.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó.

—Eso intentamos saber —dijo Padre Mateo.

Don Esteban lo reconoció al instante.

—Padre Mateo, supongo.

—Supone bien.

—Nos dijeron que había llegado de España.

—España tiene esa mala costumbre: enviar gente cuando recibe cartas.

Don Esteban no sonrió.

—Dos hombres muertos en tan poco tiempo. Ambos relacionados con Villaclara. Espero que ahora no haya dudas.

—Las dudas son como las goteras, don Esteban. Molestan más cuando uno desea dormir.

—¿Insinúa que don Alonso no es culpable?

—Insinúo que un hombre preso tiene dificultades para envenenar a otro en su despacho.

El silencio cayó con peso.

Paredes se irguió.

—Pudo tener cómplices.

—Pudo. También pudo hacerlo el Preste Juan si pasaba por aquí con arsénico. Pero conviene no multiplicar cómplices para salvar una teoría enferma.

Don Esteban apretó los labios.

—Don Alonso tenía motivos contra Baltasar también.

—¿Por las tierras?

—Baltasar intervino en algunas deudas. Fue testigo de operaciones. Sabía mucho de su ruina.

—Eso lo convierte en víctima o en amenaza.

—¿Qué quiere decir?

—Aún no lo sé. Por eso no lo digo más alto.

Padre Mateo volvió al escritorio. En el borde de la mesa había una pequeña mancha oscura. Cerca de la pata derecha, en el suelo, algo brillaba. Se agachó.

Era un fragmento diminuto de lacre.

Rojo oscuro.

—¿Esta sala se ha sellado hoy con alguna carta? —preguntó.

Doña Teresa negó con la cabeza, confusa.

—No lo sé.

—¿Don Baltasar recibió correspondencia?

—Siempre recibía.

—Hoy.

—Creo que sí. Un mensajero vino antes de comer.

Padre Mateo no se movió.

—¿De quién?

—No lo sé. Baltasar la tomó y se encerró.

—¿Dónde está esa carta?

Todos miraron la mesa.

Había papeles, sí. Muchos. Pero ninguna carta abierta reciente con lacre roto a la vista.

—Busquen un sobre abierto —ordenó Paredes.

—No —dijo Padre Mateo.

El alguacil se volvió.

—¿Cómo que no?

—No busquen todos a la vez como gallinas en granero. Don Francisco y yo miraremos primero. Después tocarán los demás donde se les indique.

Paredes contuvo la réplica porque el cadáver, el veneno y la vela perfumada habían reducido su seguridad más que cualquier sermón.

Leoz se colocó junto a Padre Mateo. Ambos examinaron la mesa sin mover papeles al principio.

Había cartas antiguas atadas, recibos, un cuchillo pequeño para abrir sobres, una cajita de arena secante, una campanilla, dos tinteros, una lista de nombres y un papel doblado parcialmente oculto bajo el libro de cuentas.

Padre Mateo señaló.

—Ese.

Leoz lo extrajo con cuidado.

No era un sobre. Era media hoja arrancada.

Tenía escritura. Y en una esquina, una mancha de lacre.

Padre Mateo la tomó con un pañuelo. Leyó en silencio.

La hoja contenía unas líneas incompletas:

“…si Villaclara habla, no solo caerá él. Hay deudas que no se cobran en plata, sino en sangre. Esta noche se sabrá quién ríe el último…”

No había firma.

Paredes palideció de satisfacción.

—Villaclara.

—Qué generoso es el asesino —dijo Padre Mateo en voz baja.

—¿Generoso?

—Nos deja otra vez el camino barrido.

Don Esteban se acercó.

—¿Qué dice?

Padre Mateo no le entregó la hoja.

—Dice lo suficiente para que muchos respiren tranquilos demasiado pronto.

—Si es letra de Villaclara…

—Se comparará.

—Pero el sentido es claro.

Padre Mateo lo miró.

—Don Esteban, he conocido sermones confusos con más inocencia que esta claridad.

Doña Teresa se apoyó en una criada.

—¿Mi marido murió por culpa de ese hombre?

—Su marido murió por culpa de quien puso veneno donde él esperaba bebida —dijo Padre Mateo—. El nombre de ese hombre aún no lo sabemos.

—O mujer —dijo doña Mariana de Velasco desde la puerta.

Todos se volvieron.