Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La segunda muerte
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La segunda muerte

La mañana empezó con chocolate espeso y terminó con otro muerto.

Padre Mateo había aprendido ya que en Nueva España el chocolate no era una bebida, sino una institución.

Se servía con ceremonia, se comentaba con gravedad, se ofrecía como cortesía, consuelo o arma social, según el caso.

En las casas principales parecía tener más importancia que algunos sacramentos; al menos se preparaba con mayor puntualidad.

Aquel día se lo sirvieron en el palacio virreinal, en una jícara de porcelana fina, acompañado de pan dulce y de la expresión expectante de Francisco Leoz.

—Dicen que ayuda contra el cansancio —dijo el joven.

Padre Mateo olió la bebida con prudencia.

—También dicen que las mulas son animales dóciles.

—¿No le gusta?

—Me gusta desconfiar antes de entusiasmarme. Es una forma económica de prudencia.

Probó un sorbo. El chocolate era amargo, espeso, aromático, con una punta de canela que le recordó al instante que Dios había sido generoso con tierras que él, hasta hacía poco, solo conocía por mapas y crónicas.

No quiso demostrar demasiado placer. Los frailes, incluso lejos de Castilla, debían defender cierta dignidad frente a la gula.

—No está mal —dijo.

Leoz sonrió.

—Eso, traducido de vuestra paternidad, significa excelente.

—No abuse de la traducción libre.

Estaban en una sala menor del palacio, con los documentos del caso extendidos sobre la mesa.

El fragmento de papel había sido copiado, descrito y devuelto a su caja.

Padre Mateo había pedido muestras de escritura de don Alonso, de don Gaspar, de don Esteban de Arriaga, de don Baltasar Ochoa y de cuantos hubieran intercambiado cartas con la casa de Luján en las últimas semanas.

También había solicitado hablar con el médico que examinó el cadáver y con todos los criados de la casa, no solo con los que el alguacil considerara relevantes.

El alguacil Paredes había recibido aquella lista como quien recibe una enfermedad.

—Esto llevará días —había dicho.

—Entonces conviene empezar antes de que lleve semanas —respondió Padre Mateo.

A media mañana, el médico llegó al palacio.

Se llamaba don Lucas Bermejo. Era seco, irónico y tenía manos de hombre que había tocado más cuerpos que dinero. Saludó al virrey con respeto, a Leoz con cortesía y a Padre Mateo con una mezcla de curiosidad y defensa anticipada.

—Me dicen que vuestra paternidad desea examinar mi informe.

—Y a usted, si no se ofende.

—Me ofenden pocas cosas. La estupidez, la mala letra y los familiares que explican al médico cómo murió el difunto antes de dejarlo verlo.

—Entonces compartimos algunas devociones.

Don Lucas lo miró con mayor interés.

Se sentaron. Leoz preparó papel. Padre Mateo abrió el informe médico, que había leído ya tres veces.

Era más honrado que completo, lo cual no era poco.

Describía coloración del rostro, rigidez, señales en el cuello, ausencia de herida profunda, pequeña mancha en la boca, posible asfixia y duda sobre sustancia ingerida.

—No afirmó veneno —dijo Padre Mateo.

—Porque no pude afirmarlo.

—Tampoco lo descartó.

—Porque no soy imbécil.

Leoz levantó la vista de sus notas. Padre Mateo sonrió apenas.

—Bien. ¿Qué vio en el cuello?

—Una marca irregular. No como cuerda. Más bien presión de mano o de tela. Pero no tan clara como habría querido.

—¿Pudo morir ahogado?

—Sí.

—¿Por estrangulamiento?

—Quizá.

—¿Por atragantamiento provocado por sustancia?

—Quizá.

—Doctor, sus quizá son abundantes.

—Los cadáveres son parcos y los vivos piden certezas. Yo prefiero quedar mal antes que mentir bien.

Padre Mateo asintió, complacido.

—¿Le olió la boca?

—Sí.

—¿A qué?

Don Lucas entrecerró los ojos.

—Eso no figura en el informe.

—Por eso se lo pregunto.

—A vino. A saliva amarga. Y a algo más que no supe identificar.

—¿Dulce?

El médico lo observó.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Una criada.

—Las criadas ven lo que los señores pisan y huelen lo que los médicos olvidamos escribir.

—¿Olía dulce? —insistió Padre Mateo.

Don Lucas se frotó la mandíbula.

—Tal vez. No como fruta. Más bien como esencia. Pensé que podía venir del pañuelo o de alguna vela.

—¿Examinó el pañuelo?

—Por encima.

—¿Era del difunto?

—Eso dijeron.

—¿Bordado?

—Sí. Iniciales G. L.

—¿Manchado?

—Un poco en el borde. Saliva, quizá.

—¿Dónde está?

Don Lucas miró a Leoz.

—Supuse que en la casa.

Padre Mateo cerró el informe despacio.

—Nadie lo ha mencionado entre las pruebas custodiadas.

Leoz dejó de escribir.

—Preguntaré.

—No pregunte. Ordene buscarlo.

El joven asintió, con cierta alarma.

Don Lucas se inclinó hacia el sacerdote.

—¿Cree que el pañuelo importa?

—Todavía no. Pero cuando una cosa aparece junto a un muerto y nadie se interesa por ella, me resulta simpática.

—Extraña simpatía.

—Las pruebas abandonadas son como los pobres: suelen decir verdades que nadie paga por escuchar.

El médico lo miró durante un segundo largo.

—Vuestra paternidad no ha venido a confirmar lo que todos creen.

—Si todos lo creen, no necesitan que cruce el mar.

Don Lucas sonrió de medio lado.

—Entonces quizá aún haya justicia para ese desgraciado de Villaclara.

—No se apresure. Que sea desgraciado no lo vuelve inocente.

—Pero lo vuelve cómodo.

—Eso sí.

El médico se puso en pie. Antes de irse, se volvió.

—Padre, si va a remover las casas principales, tenga cuidado. Aquí el honor pesa más que la carne.

—En Castilla también. Pero al final la carne acaba pudriéndose y el honor pide perfume.

Don Lucas soltó una risa seca.

—Quizá sobreviva a esta ciudad.

—No haga pronósticos, doctor. Es oficio de astrólogos y acreedores.

El pañuelo no apareció.

La casa de Luján aseguró que debía de haberse entregado al alguacil.

El alguacil afirmó que nadie se lo había entregado.

Una criada creyó haberlo visto en una bandeja junto a otros objetos del difunto.

Otra dijo que doña Elvira ordenó retirarlo porque le causaba dolor.

La viuda, interrogada con delicadeza, respondió que no recordaba haber dado tal orden.

Don Esteban de Arriaga consideró de pésimo gusto molestar a su hermana por un pañuelo.

A Padre Mateo, el pésimo gusto empezó a parecerle prometedor.

—Un pañuelo no se esfuma por devoción —dijo.

Leoz, que empezaba a adquirir la saludable costumbre de anotar frases inconvenientes, mojó la pluma.

—¿Cree que alguien lo retiró?

—Creo que alguien lo ha retirado o que todos son tan torpes que el asesino debería enviarles una carta de agradecimiento.

—¿Por qué sería importante?

—Estaba junto al cadáver. Tenía manchas. Olía quizá a la misma esencia dulce que detectó la criada. Y todos lo consideraron tan propio del muerto que dejaron de mirarlo.

—¿Pudo usarse para ahogarlo?

—Tal vez. O para ponerle algo en la boca. O para limpiar algo. O para que creyéramos que era suyo.

—Tenía iniciales.

—Las iniciales se bordan antes de matar, no después. Eso les da una falsa inocencia.

Leoz miró hacia los documentos.

—Don Gaspar era hombre de pañuelos bordados.

—Seguro. La pregunta es si ese era el que llevaba al empezar la cena.

—Habrá que preguntarlo.

—Habrá que preguntar a quien mira los pañuelos porque los lava, no a quien los usa.

Leoz asintió.

Padre Mateo había pasado la mañana entre papeles.

Comparó la grafía de don Alonso con la del fragmento.

No era concluyente. Las letras “llaclara” podían pertenecer a una carta escrita por cualquiera con mano cultivada.

El trazo era firme, pero no bastante completo para acusar ni absolver.

Lo más interesante seguía siendo el soporte: papel bueno, no excepcional, pero mejor que el corriente.

Había sido arrancado de una hoja escrita con amplitud, como correspondencia privada o nota comercial, no como apunte improvisado.

Además, el corte del fragmento seguía incomodándolo.

Una parte parecía rasgada en la prisa. Otra, doblada previamente. Como si quien lo arrancó necesitara una sección precisa.

—Padre —dijo Leoz—, ha llegado respuesta de la casa de don Baltasar Ochoa. Dice que podrá recibirlo mañana a primera hora.

—Mañana a primera hora —repitió Padre Mateo.

—Sí.

—Qué amable elección.

—¿Le parece mal?

—A los hombres culpables les gusta recibir tarde para ganar tiempo. A los hombres inocentes con miedo les gusta recibir pronto para parecer limpios.

—¿Y a don Baltasar?

—Aún no lo conozco lo suficiente para saber si es culpable, inocente o solo puntual.

Don Baltasar Ochoa aparecía en casi todas las conversaciones como aparecen los muebles pesados en una casa: nadie los mira demasiado porque todos se han acostumbrado a esquivarlos.

Había sido socio, acreedor, deudor o intermediario de media docena de personas relacionadas con don Gaspar.

Había estado en la cena. Había oído la discusión con don Alonso.

Había repetido después, con generoso detalle, que Villaclara era un hombre peligroso.

Eso bastaba para visitarlo.

Pero el día no le concedió a Padre Mateo la paciencia de esperar.

A media tarde, cuando el sol caía sobre los patios del palacio y la ciudad empezaba a volverse dorada, un criado llegó corriendo a la secretaría. No venía con la prisa teatral de quien busca importancia, sino con el miedo descompuesto de quien trae una mala noticia verdadera.

—Don Francisco… Don Francisco…

Leoz salió al corredor.

—¿Qué ocurre?

El criado tragó aire.

—En la casa de don Baltasar Ochoa… han mandado aviso urgente.

Padre Mateo, que estaba revisando unas notas junto a la ventana, levantó la vista.

—¿Ha muerto? —preguntó.

El criado se quedó helado.

—Sí, padre.

Leoz palideció.

—¿Don Baltasar?

—Lo han encontrado en su despacho. Dicen que asesinado.

Durante un instante, la ciudad pareció quedarse sin sonido.

Luego todo volvió: pasos en el corredor, voces, una campana lejana, el raspado de una silla. Padre Mateo cerró el cuaderno. No se apresuró. La prisa, en ese momento, pertenecía al asesino, que ya había hecho su trabajo y confiaba en que todos corrieran detrás de su sombra.

—Avise al virrey —dijo a Leoz—. Y mande recado al alguacil Paredes.

—Sí.