El hombre sin coartada #3
Padre Mateo no respondió enseguida. Miró por última vez a don Alonso, que permanecía sentado, con la cabeza baja y las manos cerradas sobre la mesa. Aquel hombre no parecía un asesino atrapado. Parecía un náufrago que se negaba a soltar el peso que lo hundía.
—Lo considero útil —dijo al fin.
—¿Útil?
—Para encontrar al culpable.
Al salir de las dependencias de custodia, la luz de la tarde les pareció casi violenta.
La ciudad seguía su curso con indiferencia magnífica.
Pasaban vendedores de fruta, cargadores, criadas, soldados, un fraile dominico, una mujer con mantilla que no miró a nadie, dos niños persiguiendo a un perro y un coche con cortinillas cerradas.
En algún lugar cercano olía a pan caliente.
En otro, a estiércol. Las campanas marcaban una hora que para los presos no significaba lo mismo que para los libres.
Francisco Leoz caminó junto a Padre Mateo, aguardando hasta que el alguacil se alejó unos pasos para hablar.
—¿Ha descubierto algo?
—Varias cosas.
—¿Me las dirá?
—Algunas. Si se las digo todas, perderé el placer de verlo deducir.
—No sé si estoy preparado.
—Nadie lo está hasta que falla.
Leoz aceptó la frase con resignación.
—Don Alonso oculta una mujer.
—Sí.
—¿Una amante?
—Probablemente.
—Eso explicaría la falta de coartada.
—Explicaría su silencio. La coartada aún debe probarse.
—¿Cree que ella pertenece a una familia principal?
—Si perteneciera a una familia sin importancia, don Alonso ya habría sacrificado su reputación con menos dramatismo.
Leoz bajó la voz.
—¿Doña Mariana?
—Podría ser.
—¿Doña Elvira?
Padre Mateo lo miró.
—Interesante atrevimiento.
El joven se sonrojó.
—Pregunto por lógica.
—Entonces no se sonroje por ella. La lógica no es pecado, aunque a menudo cause escándalo.
—¿Cree que pudo ser la viuda?
—Creo que don Alonso protegía a alguien cuyo nombre le pesa más que la cárcel. Eso incluye a varias mujeres y quizá excluye a las que deseamos imaginar demasiado deprisa.
—¿Y Blackthorne?
—Aparece incluso cuando no está.
—Don Alonso lo mencionó.
—Y lo describió bien.
—¿Eso aumenta sus sospechas?
—Aumenta mi interés.
Leoz guardó silencio unos pasos.
—Padre, ¿por qué dijo que don Alonso era útil?
—Porque su mala reputación es una lámpara encendida en mitad de la sala. Todos miran hacia ella. Eso permite que las sombras se muevan más tranquilas.
—¿Y usted quiere mirar las sombras?
—No. Quiero apagar un poco la lámpara y ver quién se inquieta.
Al llegar al palacio, un criado los esperaba con una nota.
—Para vuestra paternidad —dijo.
Padre Mateo tomó el papel. No estaba sellado oficialmente. La letra era elegante, ligeramente inclinada.
“Padre Mateo: He sabido que ha comenzado vuestra investigación y que quizá necesite orientación sobre las relaciones comerciales del difunto don Gaspar. Si lo estima conveniente, estaré encantado de recibirlo mañana en mi casa o acudir donde disponga. La confusión suele favorecer a los culpables; acaso entre todos podamos impedirlo. Su seguro servidor, Edward Blackthorne.”
Leoz leyó por encima, con permiso de la mirada del sacerdote.
—Se ofrece otra vez.
—Sí.
—¿Irá?
—Naturalmente.
—¿No es pronto?
Padre Mateo dobló la nota.
—Cuando un hombre llama a la puerta de la sospecha con tanta educación, sería descortés no abrirle.
—¿Cree que intenta dirigirlo?
—Todos intentan dirigirme, don Francisco. La diferencia está en averiguar hacia dónde y por qué.
—¿Y Blackthorne?
Padre Mateo olió apenas el papel.
—Buena tinta. Buen papel. Mano segura. Castellano correcto. Demasiada prisa.
—¿Demasiada?
—Ha sabido muy pronto que he visto a Villaclara.
—La ciudad habla.
—La ciudad habla. Pero algunos escuchan con criados muy veloces.
En ese momento, el virrey apareció al fondo de la galería acompañado por dos funcionarios. Al verlos, despidió a sus acompañantes con un gesto y se acercó.
—Padre Mateo.
—Excelencia.
—¿Ha visto al preso?
—Sí.
—¿Y?
—No es un hombre inocente.
Revillagigedo sostuvo la mirada.
—Eso no responde a si es asesino.
—Precisamente.
El virrey comprendió.
—¿Necesita más tiempo?
—Necesito menos certezas ajenas y más mentiras propias de cada sospechoso.
—Las tendrá.
Padre Mateo le entregó la nota de Blackthorne.
Revillagigedo la leyó.
—Insistente.
—Como la humedad.
—¿Lo verá?
—Mañana.
—Tenga cuidado. Es extranjero, pero no un cualquiera. Tiene contactos y sabe moverse.
—Los hombres que saben moverse suelen dejar huellas en más sitios.
El virrey devolvió la nota.
—¿Y Villaclara?
Padre Mateo miró hacia el patio interior del palacio, donde la luz comenzaba a retirarse de las piedras.
—Villaclara calla por una mujer.
Francisco Leoz bajó la vista, aunque ya lo sabía.
Revillagigedo no pareció sorprendido, solo más grave.
—¿Puede probarlo?
—Aún no.
—Si es cierto, cambiará el caso.
—No. Cambiará el ruido alrededor del caso. El caso seguirá igual: don Gaspar muerto y alguien vivo que lo quiso así.
El virrey asintió lentamente.
—¿Qué hará ahora?
—Buscar a la mujer que prefiere su honra a la vida de un hombre.
—Hay muchas.
—Entonces empezaremos por las que estuvieron demasiado cerca de la cena.
Revillagigedo miró hacia la ciudad, invisible detrás de los muros.
—Padre, tenga presente que una acusación de esa naturaleza puede destrozar una casa.
—Lo sé.
—Y que algunas casas, al caer, arrastran otras.
—También lo sé.
—¿Y aun así?
Padre Mateo guardó la nota de Blackthorne en el interior del hábito.
—Excelencia, si dejamos que una mentira sostenga una casa, no salvamos la casa. Solo aplazamos el derrumbe.
El virrey no respondió.
Las campanas comenzaron a sonar a lo lejos.
El palacio, por un instante, pareció escuchar.
En las calles, la ciudad seguía hablando de don Alonso de Villaclara como si ya hubiera sido condenado.
En los salones, algunos respiraban tranquilos porque la justicia miraba hacia el hombre más cómodo.
En una casa de buena fachada, quizá una mujer rezaba para que su nombre no saliera jamás de unos labios arruinados.
Y en otra parte de México, Edward Blackthorne sonreía ante su escritorio, satisfecho de haber tendido una mano al sacerdote llegado de Soria.
Padre Mateo, mientras tanto, pensaba en una manzana robada en un convento.
No por nostalgia.
Por método.
El novicio había robado por amor y mentido por miedo. Don Alonso, quizá, había pecado por deseo y callaba por honor. La diferencia entre ambos era de edad, de cama y de escándalo; pero la estructura moral era la misma.
La compasión sin verdad se pudre.
La verdad sin compasión se vuelve cuchillo.
Padre Mateo sospechaba que en Nueva España iba a necesitar ambas cosas.
Y también un filo muy preciso.