El hombre sin coartada #2
—Por las tierras, por mi padre, por mi nombre y por esa forma que tenía Gaspar de clavar alfileres en una conversación hasta que el otro sangraba sin poder quejarse.
—¿Lo golpeó?
—No.
—¿Deseó hacerlo?
—Sí.
—¿Deseó matarlo?
Don Alonso tardó en responder.
—Durante un instante.
—Eso no lo ayuda.
—No he visto que mentir ayude demasiado.
Padre Mateo apoyó las manos sobre la mesa.
—Bien. Ahora dígame dónde estuvo después de marcharse de la casa.
La mandíbula de don Alonso se cerró.
Ahí estaba.
No miedo al crimen. No la tensión del asesino que calcula. Otra cosa. Vergüenza, quizá. O protección. Padre Mateo lo vio pasar por sus ojos como una sombra detrás de una cortina.
—Caminé —dijo don Alonso.
—Ya ha dado esa respuesta y sigue siendo mala.
—Es la que tengo.
—No. Es la que ha escogido.
—No tengo coartada.
—Todos tenemos una. A veces no queremos pagar su precio.
Don Alonso no contestó.
—¿Estuvo solo?
Silencio.
—¿Estuvo con una mujer?
La reacción fue mínima: una crispación en los dedos de la mano izquierda.
Padre Mateo no necesitó más para saber que había tocado puerta.
—No responderé —dijo don Alonso.
—Eso también es respuesta.
—No la use.
—No le he pedido permiso para pensar.
Don Alonso se inclinó hacia delante.
—Padre, hay nombres que no deben entrar en este asunto.
—Un hombre ha muerto.
—Y una mujer puede quedar destruida.
—Si calla usted y lo condenan, también ella quedará destruida. Solo que con más hipocresía alrededor.
Los ojos de don Alonso brillaron con ira.
—No sabe de qué habla.
—Sé que prefiere parecer asesino antes que indiscreto. Eso puede ser noble, necio o ambas cosas, que suelen viajar juntas en los hombres de honor.
—No pronuncie esa palabra como si fuera trapo.
—La pronuncio como quien ha visto usarla para cubrir demasiados cadáveres.
Don Alonso se levantó de golpe. La silla raspó el suelo.
Padre Mateo no se movió.
—Siéntese.
—No soy un niño de coro.
—No. Un niño de coro mentiría peor y quizá tendría más futuro.
Don Alonso lo miró con furia. Luego, poco a poco, volvió a sentarse.
—No diré su nombre.
Padre Mateo observó aquella frase como quien examina una cerradura.
“Su nombre.”
No “el nombre”. No “ningún nombre”. Su nombre.
—¿Está casada?
Don Alonso cerró los ojos un instante.
—Por Dios.
—Dios ya lo sabe. Yo voy más despacio.
—No.
—¿No está casada?
—No pregunte más.
—¿Prometida?
Don Alonso apretó los labios.
—Ah.
—Le he dicho que no preguntara más.
—Y yo no he prometido obedecerlo.
La sala pareció estrecharse.
Padre Mateo cambió de tono. No lo ablandó del todo; lo hizo más bajo.
—Escúcheme bien. No me interesa su pecado por sí mismo. No he cruzado el océano para contar amantes ni para hurgar en camas ajenas. Me interesa porque alguien ha matado a don Gaspar y quizá está usando su silencio como cuerda para colgarlo.
Don Alonso respiraba con dificultad.
—Si hablo, ella queda manchada.
—Si no habla, usted puede morir.
—Mi vida ya no vale tanto.
—Eso es vanidad al revés.
El preso levantó la mirada.
—¿Vanidad?
—Sí. Creer que la propia ruina convierte la vida en moneda pequeña también es soberbia. Su vida no le pertenece solo a usted.
—Mis tierras ya no me pertenecen. Mi apellido da risa. Mis amigos cruzan de acera. Mis acreedores rezan por mi muerte con más fe que muchos frailes. ¿Qué queda?
—La verdad.
Don Alonso soltó una risa amarga.
—La verdad. Qué lujo.
—No. Qué obligación.
El preso volvió a callar.
Padre Mateo decidió no empujar más por ese lado. Una puerta cerrada con honor se abre mejor por las bisagras que a golpes.
—Hablemos de la cena.
Don Alonso pareció agradecer el cambio, aunque no lo mostraría jamás.
—Hablemos.
—¿Quién estaba?
—Los Luján. Don Esteban de Arriaga. Doña Mariana de Velasco. Don Baltasar Ochoa. El capitán Salvatierra. Fray Anselmo, un rato. Otros entraron y salieron antes, pero no cenaron formalmente.
—¿Edward Blackthorne?
Don Alonso frunció el ceño.
—No.
—¿Lo conoce?
—Al inglés.
—Eso no responde.
—Todos lo conocen. Se ocupa de negocios, o de fingir que se ocupa de ellos.
—¿Le cae mal?
—Me caen mal muchos hombres. Es uno de los pocos lujos que me quedan.
—¿Por qué?
—Sonríe demasiado. Escucha demasiado. Y tiene esa cortesía inglesa que parece pedir perdón por pisarle a uno el cuello.
Padre Mateo guardó la frase.
—¿Tenía tratos con don Gaspar?
—Eso decía. Paños, rutas, contactos, no sé. Gaspar se envanecía de conocer extranjeros. Le hacía sentirse más fino.
—¿Blackthorne estuvo en la casa antes de la cena?
—No que yo viera.
—¿Después?
—No lo sé.
—¿Se habló de él?
—Quizá. Gaspar mencionó ciertos negocios con casas de Veracruz. Baltasar Ochoa le hizo una broma sobre comerciar con herejes. Gaspar dijo que el dinero bautizaba deprisa.
—¿Y fray Anselmo?
—No le hizo gracia.
—¿A usted?
—A mí ya casi nada me hacía gracia a esas alturas.
—¿Don Gaspar bebió mucho?
—Lo bastante para ser cruel con soltura.
—¿Qué se sirvió?
—Chocolate antes. Vino durante la cena. Dulces. Carne. No recuerdo todo.
—¿Velas?
Don Alonso lo miró, sorprendido.
—¿Velas?
—Sí.
—Las normales de una casa rica.
—¿Alguna perfumada?
—No me dedico a oler salones.
—Mala costumbre para quien quiere seguir vivo.
—Recuerdo olor a cera buena. También a flores. Pero pudo ser de las mujeres.
—¿Qué mujeres?
—Doña Elvira, doña Mariana…
Se detuvo.
Padre Mateo no lo ayudó.
—¿Y?
—Nadie más.
Mentía. No sobre el crimen, probablemente. Sobre una presencia, una cercanía, una memoria que no quería entregar.
—¿Tuvo usted ocasión de quedarse a solas con don Gaspar?
—En el patio.
—¿Qué ocurrió?
—Me provocó.
—Eso ya lo sé. ¿Qué dijo?
Don Alonso miró la pared.
—Dijo que algunas casas antiguas deberían agradecer que alguien comprara sus ruinas antes de que las ocuparan las ratas. Dijo que mis tierras rendirían por fin en manos de un hombre con juicio. Dijo que mi padre habría muerto dos veces de verme convertido en mendigo de naipes.
La voz se le quebró, aunque logró recomponerla.
—Yo le dije que no volviera a pronunciar a mi padre.
—¿Y él?
—Rió.
—¿Entonces?
—Lo agarré de la casaca.
—¿Alguien los vio?
—Quizá un criado. Quizá nadie. Le dije que si volvía a burlarse de un Villaclara…
—No volvería a reírse.
—Sí.
—¿Después?
—Entró don Esteban. O quizá el capitán. No recuerdo. Me separé. Regresamos al comedor. Yo me marché poco después.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Don Gaspar quedó vivo?
—Sí.
—¿Está seguro?
—Lo vi beber. Lo vi hablar con Baltasar Ochoa. Lo vi reírse con doña Mariana. Y lo vi mirarme como si ya me hubiera comprado también la rabia.
Padre Mateo permaneció callado.
—¿Por qué no dijo todo esto antes?
—Lo dije.
—No todo.
—Lo bastante.
—Lo bastante para parecer culpable.
Don Alonso se encogió de hombros.
—Quizá lo soy de otras cosas.
—Eso no autoriza a nadie a cargarle esta.
—La ciudad ya lo ha hecho.
—La ciudad no firma sentencias. Aunque a veces las dicte en voz baja.
Padre Mateo se levantó y caminó hasta la ventana.
Desde allí apenas se veía un rectángulo de cielo.
Pensó en los hombres como don Alonso: educados para creer que el honor era una torre, y después empujados por sus propios vicios a vivir entre escombros.
Podían ser insoportables, orgullosos, violentos, ridículos. También podían ser inocentes.
—¿Quién querría ver muerto a don Gaspar? —preguntó sin volverse.
Don Alonso soltó una risa seca.
—¿Además de mí?
—Empecemos por quienes lo deseaban con menos ruido.
—Baltasar Ochoa le debía dinero, aunque todos creen que era al revés.
Don Esteban fingía quererlo, pero Gaspar sabía cosas de sus negocios.
Doña Mariana sonreía como si guardara una pistola en el abanico.
El capitán Salvatierra lo despreciaba por blando y lo frecuentaba por interés.
Fray Anselmo… no sé. Fray Anselmo mira a los hombres como si ya los hubiera enterrado.
—Interesante.
—Nadie en esa mesa era inocente.
—Eso ocurre en muchas mesas.
—Pero yo soy el único preso.
Padre Mateo se volvió.
—Porque usted se empeña en ayudar al asesino.
Don Alonso golpeó la mesa con el puño.
—¡No diré su nombre!
La frase resonó en la habitación.
Fuera, quizá Leoz y Paredes la oyeron. Dentro, Padre Mateo la dejó caer entre ambos como una moneda.
—Entonces hay un nombre.
Don Alonso comprendió tarde.
El sacerdote se acercó.
—No me lo diga ahora.
El preso lo miró, desconcertado.
—¿Qué?
—No me lo diga ahora. Si lo hace, quizá lo niegue por orgullo dentro de una hora. Prefiero que piense en esto: quienquiera que sea esa mujer, su silencio ya no la protege. La ha convertido en llave de una celda.
Don Alonso respiraba con rabia.
—Ella no tuvo nada que ver.
—Eso cree usted.
—Lo sé.
—Nadie sabe tanto de otra alma.
—No la conoce.
—Tampoco a usted, y ya he aprendido bastante.
—¿Qué ha aprendido?
Padre Mateo recogió su sombrero.
—Que es usted orgulloso, jugador, violento cuando bebe, mal administrador de su vida y probablemente estúpido en asuntos de honor.
Don Alonso lo miró con una mezcla de ira y asombro.
—¿Y eso me favorece?
—Sí. Los asesinos que preparan un crimen suelen ser más prudentes.
—¿Cree que soy inocente?
—Creo que quiere parecer culpable antes que parecer desleal a una mujer. Eso no es lo mismo que ser inocente. Pero es un principio.
Don Alonso se dejó caer contra el respaldo.
—¿Qué hará?
—Lo que debieron hacer antes: preguntar mejor.
—A ella no.
—A todos.
—Padre…
—Si ella puede salvarle de la horca y calla, su honor ya está enfermo. Yo solo iré a tomarle el pulso.
Abrió la puerta.
Paredes estaba al otro lado con gesto de quien no había escuchado nada, es decir, de quien había escuchado lo bastante. Leoz tenía el papel preparado y los ojos llenos de preguntas.
—¿Terminó? —preguntó el alguacil.
—Por ahora.
—¿Confesó?
—Mucho más de lo que cree. Mucho menos de lo que necesitamos.
—¿Sigue negando el crimen?
—Sí.
—Todos lo niegan.
—No. Algunos lo explican.
Paredes miró hacia la sala.
—¿Lo considera culpable?