Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El hombre sin coartada
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El hombre sin coartada

El fragmento de papel estaba encerrado en una caja demasiado grande para su tamaño.

La caja era de madera oscura, con cierre metálico y sello de la autoridad virreinal.

La habían colocado sobre una mesa pequeña en una sala del palacio, bajo la vigilancia de un escribano, dos funcionarios y el alguacil Raimundo Paredes, que mantenía el bigote en posición de batalla.

A Padre Mateo aquella solemnidad le pareció excesiva y, por eso mismo, instructiva.

Los hombres adornan mucho aquello que no entienden del todo.

Francisco Leoz abrió la caja con una llave entregada por el secretario del virrey. Dentro había un paño blanco. Sobre el paño, protegido del aire como una reliquia menor, descansaba el papel.

Padre Mateo no lo tocó de inmediato.

Primero lo miró.

Era un fragmento irregular, arrancado de una hoja mayor.

No medía más de dos dedos de ancho y tres de largo.

La fibra del borde izquierdo estaba rasgada con violencia; el borde derecho, en cambio, parecía cortado o doblado antes de romperse.

La tinta era oscura, de buena calidad. Solo se leían unas letras:

“…llaclara”

No decía “Villaclara”. No decía “Alonso”. No decía “culpable”. No decía nada que un muerto pudiera sostener sin ayuda de los vivos.

El alguacil habló con satisfacción contenida:

—Ahí lo tiene.

—Sí —dijo Padre Mateo—. Ahí lo tengo.

—Como ve, el nombre del sospechoso.

—Veo parte de un apellido.

—Suficiente parte.

—Para un rumor, sí. Para una horca, aún no.

Paredes apretó la mandíbula.

Padre Mateo se inclinó más. No acercó demasiado la cara, pero aspiró con cuidado.

—¿Qué hace? —preguntó el alguacil.

—Procuro escuchar con la nariz.

—¿Y qué dice?

—Que ha estado cerca de cera.

—Toda la casa estaba alumbrada con velas.

—No he dicho que eso resuelva nada.

—Entonces ¿para qué lo dice?

Padre Mateo levantó la vista.

—Para que no se me olvide.

Francisco Leoz, que ya había aprendido a no interrumpir aquellos rodeos, anotó la observación.

Padre Mateo examinó la tinta.

—¿Quién más lo ha tocado?

—El médico lo sacó de la mano del cadáver. Yo lo recibí. El escribano lo registró. Después quedó bajo custodia.

—Es decir, todos los necesarios para que deje de ser puro.

—No podíamos dejarlo en la mano del muerto.

—No lo reprocho. Solo entierro esperanzas.

—¿Esperanzas?

—La esperanza de que las pruebas lleguen limpias a quien debe leerlas. Es esperanza muy cristiana y casi siempre vana.

El escribano bajó la mirada hacia sus uñas.

Padre Mateo señaló el borde rasgado.

—Fue arrancado de una carta o documento mayor.

—Naturalmente.

—No tan naturalmente. Si el asesino quiso acusar a Villaclara, pudo escribir el nombre entero en un papel limpio. ¿Por qué usar un fragmento?

—Quizá el muerto lo arrancó durante el forcejeo.

—Quizá. ¿Había restos de papel en el patio?

Paredes no respondió al instante.

—No se hallaron.

—¿Se buscaron?

—Se revisó el lugar.

—No he preguntado si se paseó la vista por el suelo. He preguntado si se buscaron restos de la misma hoja.

El alguacil enrojeció.

—No de forma específica.

—Entonces no se hallaron porque no se buscaron, que es uno de los grandes métodos de no encontrar.

Leoz siguió escribiendo, aunque cada palabra parecía aumentar la temperatura de la sala.

Padre Mateo extendió una mano.

—Necesito tocarlo.

El escribano miró a Paredes. Paredes miró a Leoz. Leoz, que llevaba la autorización del virrey, asintió. Padre Mateo tomó el papel con delicadeza, sujetándolo por una esquina. Lo llevó hacia la ventana. La luz de la tarde atravesó parcialmente la fibra.

—Buen papel —murmuró.

—¿Eso importa? —preguntó Leoz.

—Todo importa hasta que se demuestra lo contrario. Y a veces incluso después.

El fragmento no era de papel ordinario. Tenía cierta firmeza, una textura fina, propia de correspondencia de casa acomodada o de documento mercantil cuidado.

No parecía papel usado por un jugador arruinado para anotar deudas en una mesa de taberna.

Aunque los hombres arruinados, si habían sido ricos, conservaban a veces papeles mejores que comidas.

—¿Se ha comparado con papeles de don Alonso? —preguntó.

—No —dijo Paredes.

—¿Con papeles de don Gaspar?

—Tampoco.

—¿Con cartas de los demás invitados?

—Padre, eso llevaría tiempo.

—Qué inconveniente. Una investigación que lleva tiempo.

Paredes respiró hondo.

—Tenemos un sospechoso preso. Tenía motivo. No tiene coartada. Y el muerto sujetaba su apellido.

—También tenemos un asesino libre si usted se equivoca.

Aquella frase limpió el aire de excusas.

Padre Mateo devolvió el fragmento al paño.

—Quiero ver a don Alonso.

—Está en las dependencias de custodia.

—Ahora.

—No sé si el horario…

Leoz intervino:

—El virrey ha ordenado facilitar al padre cuanto estime necesario.

—El virrey ordena mucho —murmuró Paredes.

Padre Mateo lo oyó.

—Es una de las enfermedades del cargo.

El alguacil no supo si aquello era defensa del virrey o burla de todos.

Las dependencias de custodia no estaban lejos del palacio, pero pertenecían a otro mundo.

El poder, en los despachos, olía a cera y papel.

Allí olía a humedad, hierro, sudor viejo, paja sucia, miedo humano y resignación.

La luz entraba mal por ventanas altas, protegidas con barrotes.

Los pasos sonaban de manera distinta, más secos, como si las paredes devolvieran cada ruido después de juzgarlo.

Había hombres encerrados por deudas, riñas, hurtos, ofensas, sospechas y mala suerte.

A veces esas categorías se mezclaban hasta volverse indistinguibles.

Padre Mateo caminó entre las celdas acompañado por Leoz, Paredes y un guardia corpulento que llevaba un manojo de llaves.

Algunos presos se acercaron a los barrotes al ver al sacerdote.

Otros se apartaron, quizá porque un cura podía traer consuelo, pero también confesión, y no todos estaban listos para ninguna de las dos cosas.

—¿Quiere hablar con él aquí o en sala? —preguntó Paredes.

—En sala.

—¿Con guardia presente?

—Fuera de la puerta.

—Es sospechoso de asesinato.

—Y yo sospechoso de no ser idiota. Si intenta matarme con una mesa, gritaré en latín.

El guardia soltó una carcajada breve que convirtió enseguida en tos.

Paredes ordenó abrir una puerta.

Don Alonso de Villaclara fue conducido a una estancia pequeña, con una mesa, dos sillas y una ventana alta.

No llevaba grilletes en las manos, pero sí el cansancio de quien ha dormido poco y pensado demasiado.

La barba le había crecido de forma desigual.

La ropa, aunque aún digna, empezaba a mostrar las arrugas de la caída.

Sin embargo, había en su postura un resto de orgullo que ni la celda había logrado doblar.

Miró primero al alguacil, después a Leoz y por último a Padre Mateo.

—Otro confesor —dijo.

—No exactamente —respondió Padre Mateo.

—¿Juez?

—Tampoco.

—Entonces viene a mirar.

—Es una ocupación menos inofensiva de lo que parece.

Don Alonso sonrió sin alegría.

—Me han mirado mucho estos días. Todos han visto lo mismo.

—Quizá porque todos esperaban verlo antes de entrar.

Paredes hizo ademán de quedarse, pero Padre Mateo lo detuvo con una mirada.

—A solas.

—Padre…

—A solas no significa sin puerta. Significa sin orejas oficiales dentro.

El alguacil dudó. Leoz asintió. Paredes salió con visible disgusto. La puerta se cerró. Quedaron dentro Padre Mateo y don Alonso. Leoz permaneció fuera, por orden del propio sacerdote, aunque le habría gustado escuchar.

Padre Mateo no se sentó enseguida. Observó la sala, la ventana, la mesa, las manos de don Alonso, sus botas, la forma en que apoyaba el peso del cuerpo. Luego tomó asiento.

—Siéntese.

—¿Ahora manda también en mi cansancio?

—No. Solo le ofrezco la oportunidad de sufrirlo con más comodidad.

Don Alonso se sentó frente a él.

Durante unos segundos no hablaron.

Padre Mateo había aprendido que el silencio es una herramienta que los culpables temen y los inocentes impacientes desprecian. Don Alonso no hizo ninguna de las dos cosas. Lo soportó con amarga disciplina. Eso le interesó.

—Me llamo Padre Mateo.

—Lo sé.

—Entonces en esta ciudad los rumores conservan alguna utilidad.

—Dicen que viene de España.

—De Soria.

—Eso también es España, aunque algunos en Madrid lo olviden.

—Veo que la prisión no le ha robado del todo el juicio.

—Me ha robado cama, vino, aire limpio y la poca reputación que me quedaba. El juicio aún no han sabido venderlo.

—Usted sí ha vendido otras cosas.

El rostro de don Alonso se tensó.

—Tierras.

—Por deudas de juego.

—¿Ha venido a confesarme o a insultarme?

—Si quisiera insultarlo, empezaría por algo más original. Las deudas de juego ya las conoce toda la ciudad.

Don Alonso apartó la vista.

—Entonces poco tengo que añadir.

—Al contrario. Precisamente porque todos conocen su ruina, necesito saber lo que no conocen.

—No maté a Gaspar.

—Eso no responde a ninguna pregunta que le haya hecho.

—Es la única respuesta que importa.

—A los muertos les importan los detalles.

Don Alonso lo miró con fastidio.

—Los muertos no preguntan.

—Por eso estoy aquí.

El preso se recostó contra la silla.

—Pregunte.

—¿Odiaba a don Gaspar de Luján?

—Sí.

La respuesta llegó sin adorno. Padre Mateo la agradeció en silencio.

—¿Por qué?

—Porque sonreía al quitar lo que otro había perdido sangrando. Porque hablaba de negocios cuando quería decir aprovechamiento. Porque compró mis tierras por menos de la mitad de lo que valían. Porque me miraba como se mira a un perro viejo que ha dejado de servir para la caza.

—¿Lo amenazó?

—Sí.

—¿Con matarlo?

—No.

—¿Qué dijo?

Don Alonso bajó los ojos.

—Que no volvería a reírse de un Villaclara.

—Frase imprudente.

—La prudencia suele abandonarnos después de la cuarta copa.

—¿Cuántas llevaba?

—Cinco.

—Entonces la frase pudo ser incluso moderada.

Don Alonso lo miró con sorpresa. No era la reacción habitual de un interrogador.

—¿Discutieron la noche de la cena?

—Sí.

—¿Por las tierras?