El palacio del virrey #4
—Antes de que aclarara. Iba a barrer el patio.
—¿Había luz?
—Poca. Una vela en la cocina. En el patio, nada. Pero ya se veía un poco.
—¿Cómo estaba el cuerpo?
Ella tragó saliva.
—Tendido. De lado. Con la cara… mala.
—¿Tocó algo?
—No.
—¿Se acercó?
—Sí. Pensé que quizá estaba enfermo. Luego vi que no respiraba.
—¿Le tocó la mano?
—No, padre.
—¿El papel lo vio usted?
La muchacha dudó.
Padre Mateo bajó la voz.
—No está acusada de nada. Solo pregunto.
—Vi algo blanco en su mano.
—¿Antes de que llegara el alguacil?
—Sí.
El alguacil se irguió.
—Eso no lo dijo.
María Antonia palideció.
Padre Mateo levantó una mano sin mirar a Paredes.
—Porque nadie se lo preguntó bien. ¿Era grande?
—No. Pequeño.
—¿Como una carta doblada?
—No. Como un pedazo.
—¿Estaba dentro de la mano o asomaba?
—Asomaba un poco.
—¿Mucho?
La muchacha mostró con los dedos una medida mínima.
—Así.
—Bien. ¿Había algo más junto al cuerpo?
—El pañuelo.
—¿Qué pañuelo?
—Uno blanco. Con encaje.
Paredes intervino:
—Era del difunto.
—No he preguntado de quién era —dijo Padre Mateo—. He preguntado qué había.
María Antonia respiró con dificultad.
—También había… no sé.
—Dígalo mal si hace falta.
—El suelo estaba mojado cerca.
—¿Mojado de agua?
—Creo.
—¿Cerca de la fuente?
—No. Cerca de su zapato.
Padre Mateo miró a Leoz, que anotaba con rapidez.
—¿Mucho?
—Poco. Como si alguien hubiera derramado unas gotas.
—¿Lo dijo?
—No.
—¿Por qué?
—Pensé que no importaba.
—Casi todo lo que parece no importar ha sido puesto en el mundo para humillar a los investigadores. ¿Algo más?
María Antonia negó al principio. Luego frunció el ceño.
—Olía raro.
El alguacil soltó un suspiro.
—Por Dios bendito…
Padre Mateo no apartó la vista de ella.
—¿A qué?
—No sé.
—¿A comida? ¿A vino? ¿A medicina? ¿A humo?
—A vela apagada. Pero no como las de aquí.
Padre Mateo quedó inmóvil.
—¿Cómo son las de aquí?
—De sebo para la cocina. De cera buena para el salón. Esa olía… dulce.
—¿Dulce?
—Como flores. O como jabón de señora.
Leoz dejó de escribir un instante.
Padre Mateo asintió lentamente.
—Ha recordado usted muy bien.
La muchacha pareció aliviada y aterrada al mismo tiempo.
—¿He hecho mal en no decirlo?
—Ha hecho lo que hacen muchos vivos ante la muerte: sobrevivir primero y pensar después.
Se levantó.
—Una última cosa. La noche anterior, durante la cena, ¿vio a don Alonso de Villaclara?
—Sí.
—¿Discutió con don Gaspar?
—Sí.
—¿Le pareció capaz de matarlo?
María Antonia miró hacia la puerta, como si la respuesta pudiera estar escuchando.
—Me pareció capaz de gritarle. No sé si de matarlo.
—Buena diferencia.
—Pero estaba muy enfadado.
—El enfado hace ruido. El asesinato, muchas veces, procura no hacerlo.
Cuando salieron de la estancia, el alguacil parecía menos seguro de sí mismo.
—Las criadas imaginan cosas.
—Todo el mundo imagina cosas —dijo Padre Mateo—. La diferencia es que las criadas además limpian los lugares donde otros las hacen.
—¿Cree importante lo del olor?
—Creo importante que usted no lo supiera.
Paredes recibió el golpe en silencio.
Al abandonar la casa de Luján, la tarde empezaba a doblarse sobre los tejados.
Padre Mateo permaneció unos segundos ante el portón, mirando la calle.
Un vendedor pasaba con su pregón. Dos mujeres se detuvieron al reconocer la casa y se santiguaron.
Un caballero a caballo aminoró el paso, fingió mirar otra cosa y continuó.
La ciudad entera parecía conocer aquel lugar y, al mismo tiempo, querer alejarse de él.
Francisco Leoz guardó sus notas.
—¿Qué piensa?
—Que don Alonso puede ser muchas cosas, pero quizá no sea nuestro asesino.
—¿Por el olor de una vela?
—Por el olor de una vela, por un papel demasiado oportuno, por un muerto enterrado deprisa, por una criada que vio más que el alguacil, por una viuda que teme algo distinto al dolor y por un inglés que sonríe como quien cobra intereses.
—Eso último no ocurrió en la casa.
—No. Pero vino con nosotros.
Leoz miró hacia la calle.
—¿Blackthorne?
—Cuando un hombre aparece al principio de una investigación para ofrecer ayuda, conviene agradecerle el gesto y preguntarse qué desea ver de cerca.
—¿Sospecha ya de él?
Padre Mateo se ajustó el sombrero.
—Don Francisco, sospechar es como encender una vela. Si se encienden demasiadas a la vez, uno acaba viendo solo humo.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
—Ahora veremos el papel.
—¿Y después?
Padre Mateo miró hacia el palacio, aunque desde allí no se veía.
—Después hablaré con el hombre al que todos desean culpable.
—Don Alonso.
—Sí.
—¿Cree que dirá la verdad?
—No.
Leoz pareció desconcertado.
—¿Entonces?
—Espero que mienta mejor que los demás.
Una campana sonó a lo lejos.
Padre Mateo escuchó el tañido hasta que se deshizo entre el ruido de los carruajes y los pregones. Luego echó a andar.
En alguna parte de la ciudad, Edward Blackthorne recibía ya noticia de que el fraile de Soria había visitado la casa de don Gaspar.
Y, por primera vez desde que el cadáver apareció junto a la fuente, decidió que quizá sería prudente averiguar no solo qué sabía Padre Mateo, sino cómo miraba.