Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El palacio del virrey #3
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El palacio del virrey #3

Habían pasado días desde el crimen, pero el lugar conservaba esa inmovilidad extraña que queda cuando una familia decide no tocar nada y, aun así, todo empieza a cambiar.

Las cortinas estaban echadas a medias. Los criados caminaban con pies de sombra.

En la entrada, un lacayo recibió a Francisco Leoz con una inclinación rígida y miró a Padre Mateo con una mezcla de respeto, curiosidad y decepción.

Quizá esperaba un juez, un militar o un exorcista.

Un cura polvoriento no satisfacía del todo la imaginación de una casa asustada.

El alguacil Raimundo Paredes aguardaba en el zaguán.

Era tal como Padre Mateo lo había imaginado al leer sus informes: bigote tieso, orgullo sensible y mirada de quien confunde firmeza con volumen de voz. Saludó a Leoz y luego al sacerdote.

—Padre Mateo.

—Don Raimundo.

—Celebro su llegada. Aunque confieso que no sé qué más pueda hallarse donde ya hemos mirado.

—Eso les ocurre a menudo a los lugares: guardan más de lo que enseñan al primer visitante.

El alguacil encajó la frase como una crítica, quizá porque lo era.

—El cuerpo ya no está.

—Eso me han dicho.

—Se hizo lo debido.

—Se hizo lo hecho. Lo debido está por examinar.

Leoz intervino con suavidad.

—El padre desea ver el patio.

—Por aquí.

Atravesaron el zaguán y entraron en el patio.

Padre Mateo se detuvo.

La fuente seguía manando en el centro, con un murmullo claro.

Alrededor, las arcadas de cantera proyectaban sombras frescas sobre el suelo.

Había macetas junto a los pilares, una galería superior con barandilla de madera, puertas hacia estancias principales, un corredor hacia la cocina y una escalera amplia por la que tal vez había descendido la viuda aquella mañana.

El lugar era hermoso.

Eso lo hacía peor.

Los crímenes en sitios bellos siempre parecían una blasfemia añadida. La muerte en una calle sucia podía confundirse con el desorden del mundo; en un patio cuidado, junto a albahaca y agua limpia, mostraba con más descaro su intención de manchar.

—¿Dónde estaba el cuerpo? —preguntó.

El alguacil señaló la galería oriental.

—Allí. Junto al segundo arco.

Padre Mateo caminó despacio hasta el punto indicado. No se agachó de inmediato. Primero miró alrededor.

—¿A qué hora fue hallado?

—Antes del alba. Una criada vino a barrer.

—¿Nombre?

—María Antonia.

—Hablaré con ella.

—Ya declaró.

—Entonces tendrá práctica.

El alguacil apretó los labios.

Padre Mateo observó el suelo. Las baldosas habían sido limpiadas. Naturalmente. Las casas respetables se apresuraban a borrar la sangre, incluso cuando la sangre podía hablar.

—¿Quién ordenó limpiar?

—La viuda.

—¿Antes o después de su inspección?

—Después.

—Menos mal. ¿Había sangre?

—Poca.

—¿Vómito?

—No.

—¿Olor?

—¿Olor?

—Los cadáveres, don Raimundo, no siempre escriben. A veces huelen.

—No advertí nada particular.

Padre Mateo no respondió. Se agachó junto al lugar donde había estado el cuerpo. Pasó los dedos cerca de la junta entre dos baldosas, sin tocar primero. Luego rozó una pequeña irregularidad oscura.

—¿Esto estaba?

El alguacil se inclinó.

—Suciedad.

—La suciedad es una nación extensa. Conviene preguntar de qué provincia.

Sacó un pañuelo y recogió apenas una mota. La olió.

—Cera.

—Aquí se usan velas.

—En las casas cristianas suele ocurrir.

Leoz se acercó.

—¿Importa?

—Aún no.

Padre Mateo miró hacia las paredes.

—¿Dónde había luces aquella noche?

El alguacil dudó.

—En la galería. En la mesa del comedor. En el zaguán, supongo.

—Suponer es oficio de poetas y malos testigos. Necesito saber qué velas había, dónde y de qué clase.

—¿De qué clase?

—No toda cera es igual. La de abeja, la de sebo, las mezclas baratas, las velas perfumadas para salones, las velas de altar. Cada una deja olor, humo y residuo.

El alguacil miró a Leoz como si esperara que el joven tradujera aquella extravagancia a lenguaje sensato.

Padre Mateo siguió observando.

—El cuerpo estaba aquí. ¿Cabeza hacia dónde?

—Hacia la fuente.

—¿Mano derecha cerrada?

—Sí.

—¿El papel dentro de la mano?

—Sí.

—¿Muy apretado?

—Bastante.

—¿Quién abrió los dedos?

—El médico.

—¿Había rigidez?

—Eso dijo.

—¿El papel estaba manchado?

—No de sangre.

—¿De humedad?

—No recuerdo.

Padre Mateo se incorporó.

—Necesito ver el fragmento.

—Está bajo custodia.

—Hoy.

El alguacil se irritó.

—Padre, con respeto, no estoy acostumbrado a recibir órdenes de religiosos.

—Excelente. Así ambos practicaremos virtudes nuevas: usted la obediencia indirecta y yo la paciencia.

Francisco Leoz tosió ligeramente.

—El virrey ha dado autorización plena al padre Mateo.

—Lo sé —dijo Paredes.

—Entonces ya hemos resuelto la parte sencilla.

Padre Mateo caminó hacia la fuente. El agua caía en un cuenco de piedra. Junto al borde había una pequeña marca, casi invisible, como si algo metálico hubiera raspado.

—¿Esto estaba antes?

El alguacil se acercó.

—No lo sé.

—¿La fuente se limpió?

—Imagino que sí.

Padre Mateo miró a Leoz.

—Anote: preguntar quién limpió la fuente, cuándo y por orden de quién.

Leoz sacó papel inmediatamente.

—Anotado.

El alguacil se cruzó de brazos.

—¿Cree que lo mataron en la fuente?

—De momento creo que hay una fuente. No conviene precipitar las relaciones.

Siguió andando por el patio. Se detuvo bajo la galería superior y miró hacia los balcones interiores.

—Desde arriba se ve todo.

—Sí.

—¿Quién dormía en esas habitaciones?

—La viuda, algunos criados en la zona posterior, habitaciones de invitados en aquel lado.

—¿Don Gaspar dormía con su esposa?

El alguacil carraspeó.

—Eso no lo pregunté.

Padre Mateo lo miró.

—¿Investigó la muerte de un hombre en su casa y no preguntó dónde dormía?

—Era una cuestión delicada.

—Los cadáveres tienen la mala costumbre de volver delicado lo necesario.

Paredes enrojeció ligeramente.

En ese momento apareció una mujer en lo alto de la escalera.

Doña Elvira Luján vestía luto riguroso. La tela negra acentuaba la palidez de su rostro y la convertía en figura casi inmóvil, como si hubiera decidido transformarse en estatua antes de que el dolor la deformara. Bajó despacio, seguida por una criada.

—Me han dicho que el sacerdote llegado de España estaba en mi casa —dijo.

Padre Mateo hizo una inclinación respetuosa.

—Padre Mateo, señora. Lamento su pérdida.

—Todos la lamentan. Algunos incluso con sinceridad.

—Eso ya es mucho para una ciudad grande.

La viuda lo miró, sin saber si debía sentirse ofendida.

—¿Viene a probar que el asesino es otro?

—Vengo a averiguar si la verdad coincide con lo que todos desean creer.

—Mi marido fue asesinado.

—Eso parece.

—Y don Alonso de Villaclara lo odiaba.

—Eso dicen.

—Lo amenazó.

—También lo dicen.

—Y su nombre apareció en la mano de Gaspar.

—Eso, señora, lo veré con mis propios ojos.

Doña Elvira bajó el último peldaño.

—¿Duda usted de todo?

—No. Creo en Dios, en la muerte, en la fragilidad humana y en que las criadas suelen saber más que sus señores.

La criada que acompañaba a doña Elvira abrió mucho los ojos.

—Entonces dudará de mí —dijo la viuda.

—Si me da motivo.

—¿Y si no se lo doy?

—También, pero con menos entusiasmo.

La viuda sostuvo su mirada. Había en ella dolor, sí, pero también miedo.

No un miedo sencillo al asesino. Otro más hondo, más antiguo, más social.

Padre Mateo lo había visto antes en familias respetables: el temor a que una investigación no solo encontrara al culpable, sino que levantara alfombras bajo las que dormían secretos de muchos años.

—Haré lo que el virrey ordene —dijo ella.

—El virrey ordena que se busque la verdad.

—La verdad puede destruir casas.

—También las mentiras. Solo que tardan más y huelen peor.

Doña Elvira apretó los dedos sobre el pañuelo negro.

—Pregunte lo que deba.

—Empezaré por la noche de la cena. Necesito la lista exacta de invitados, el orden en que se marcharon, quién habló con su marido a solas, qué se sirvió, qué velas se usaron y quién tuvo acceso al patio después.

—Eso es mucho.

—Su marido está muerto, señora. Lo mucho empezó antes que yo.

La viuda cerró los ojos un instante.

—Está bien.

Padre Mateo suavizó la voz.

—No busco aumentar su dolor.

—Pero lo hará.

—Probablemente.

—Al menos no miente.

—Procuro reservar la mentira para cuando me vuelva político.

Por primera vez, algo parecido a una sombra de sonrisa quebró el rostro de doña Elvira. Desapareció enseguida.

—La criada que encontró el cuerpo es María Antonia. Puede hablar con ella. Pero es joven. Está asustada.

—Los asustados suelen recordar lo que los tranquilos ordenan olvidar.

María Antonia no tendría más de dieciséis o diecisiete años.

La llevaron a una estancia lateral, junto a la cocina, donde el olor a especias y grasa se mezclaba con el de la leña apagada. Era delgada, de piel morena, ojos grandes y manos inquietas. Al ver entrar al alguacil, se encogió. Al ver a Padre Mateo, pareció no saber si debía confiar más o menos.

—No la asuste —dijo el sacerdote a Paredes.

—No he dicho nada.

—A veces basta la intención.

El alguacil abrió la boca, pero Leoz le tocó discretamente el brazo.

Padre Mateo se sentó frente a la muchacha, no detrás de una mesa. Eso también lo notó ella.

—María Antonia.

—Sí, padre.

—No voy a pedirle que repita una declaración como loro de escribano. Voy a pedirle que recuerde una mañana mala. Hágalo despacio. Si no sabe algo, diga que no lo sabe. Si teme decirlo, dígame que lo teme. Eso ya será información.

La muchacha asintió.

—Usted encontró a don Gaspar.

—Sí, padre.

—¿A qué hora?