El palacio del virrey #2
Revillagigedo no se ofendió. Al contrario, pareció medir la frase y aceptarla como útil.
—Don Gaspar no era un hombre cualquiera.
—Nadie lo es para quien lo ama. Pero entiendo que habla de comercio.
—Comercio, préstamos, propiedades, influencia. Su muerte ha tocado intereses de varias familias. Algunos me piden rapidez. Otros, discreción. Algunos exigen justicia y al mismo tiempo me explican cómo debe acabar.
—Qué generosos.
—También hay rumores. Se insinúa que el gobierno no protege a los vecinos principales. Que el crimen revela debilidad. Que quizá la administración virreinal mira demasiado a reglamentos y poco a la seguridad de quienes sostienen la riqueza del reino.
—¿Quién lo insinúa?
—Nadie en público.
—“Nadie” vuelve a mostrarse trabajador.
El virrey abrió la carpeta y sacó varios documentos.
—Esto es lo esencial: declaración de criados, informe médico, relación de asistentes a la cena, antecedentes de Villaclara, descripción del fragmento hallado en la mano del muerto.
—Necesitaré ver el cuerpo si aún es posible.
Francisco Leoz bajó la mirada.
El virrey respondió:
—Fue enterrado.
Padre Mateo no ocultó su disgusto.
—Mal empezamos.
—La familia presionó. El médico dejó informe. No consideré prudente demorar las exequias más allá de lo razonable.
—Lo razonable para una familia no siempre lo es para un cadáver.
—Lo sé.
—Entonces veré el informe médico. Y hablaré con el médico.
—Lo tendrá.
—También necesito ver el lugar del crimen, el papel original y a don Alonso.
—Se ha dispuesto todo.
—A solas.
El virrey entrecerró los ojos.
—¿Con don Alonso?
—Con todos, cuando lo juzgue necesario.
—Algunos nombres pertenecen a familias de mucho peso.
—Los pecados no adelgazan por tener apellido largo.
Francisco Leoz miró al suelo para que no se le viera la sonrisa.
Revillagigedo permaneció serio, pero sus ojos cambiaron.
—Padre, esta ciudad no es un convento soriano.
—Eso he notado. En el convento se suda menos.
—Aquí un gesto mal medido puede ofender a media docena de casas poderosas.
—Entonces mediré los gestos. Pero no las preguntas.
—Le daré autoridad suficiente para investigar, aunque oficialmente seguirá siendo un religioso llegado por asuntos reservados. No deseo convertirlo en espectáculo.
—Ni yo. Los espectáculos favorecen al asesino; le permiten mirar desde el público.
El virrey guardó silencio un instante.
—Hay otra cuestión.
Padre Mateo esperó.
—La presencia extranjera en la ciudad y en los puertos no siempre es visible. Inglaterra observa nuestras posesiones, nuestras rutas y nuestros desacuerdos. No tengo prueba de que este crimen se relacione con intereses ingleses. Pero tampoco puedo descartarlo.
—¿Hay algún inglés cerca del asunto?
Francisco Leoz levantó apenas la cabeza.
El virrey se volvió hacia él.
—Don Francisco.
El joven auxiliar respondió con diligencia:
—Hay un comerciante inglés establecido en relaciones con varias casas mercantiles, Edward Blackthorne. No figura entre los asistentes a la cena, pero conocía a don Gaspar y se ha ofrecido a colaborar con las autoridades. Habla bien el castellano. Es bien recibido en determinados círculos.
Padre Mateo repitió el nombre mentalmente.
Edward Blackthorne.
—¿Un inglés ofreciendo ayuda en un crimen que inquieta a la burguesía novohispana? —dijo—. La caridad ha cruzado el canal con buen viento.
Revillagigedo lo miró.
—¿Sospecha de él?
—Todavía no he tenido el placer de saber si merece mi sospecha.
—No conviene provocar incidentes diplomáticos por intuiciones.
—Excelencia, mis intuiciones son como los novicios: no las dejo salir solas.
El virrey soltó al fin una risa breve. Fue apenas un golpe de aire, pero bastó para aflojar la tensión del despacho.
—Comprendo por qué en Madrid lo recordaban.
—Eso no siempre es elogio.
—En este caso, quizá sí.
Revillagigedo se sentó de nuevo.
—Don Francisco Leoz quedará a su disposición. Es discreto, conoce la ciudad y sabe guardar silencio.
—Eso último habrá que comprobarlo.
Leoz se enderezó.
—Haré lo posible, padre.
—Mala fórmula. Todos hacen lo posible. Los santos hacen un poco más y los criminales un poco menos.
—Entonces haré lo necesario.
—Mejor.
El virrey cerró la carpeta.
—Hoy descansará. Mañana visitará la casa de don Gaspar. Después, si lo estima oportuno, verá al preso.
—Preferiría empezar hoy.
—Acaba de llegar.
—El asesino también llegó antes que yo y no parece haber descansado.
Revillagigedo apoyó los dedos sobre la mesa.
—¿No está cansado?
—Mucho.
—¿Y aun así quiere empezar?
—Precisamente. El cansancio ayuda a distinguir lo importante; uno no tiene fuerzas para adornos.
El virrey miró a Leoz.
—Acompáñelo a la casa de Luján. Que el alguacil Paredes se reúna allí con ustedes. Y envíen aviso a la familia.
—Sí, excelencia.
Padre Mateo se levantó.
—Una cosa más —dijo el virrey.
—Excelencia.
—Si descubre que Villaclara es culpable, dígalo. Si descubre que no lo es, también. Pero si encuentra algo peor que un crimen privado, quiero saberlo antes que las familias.
—Naturalmente.
—Y antes que los rumores.
Padre Mateo recogió su sombrero.
—Ahí no puedo prometer victoria. Los rumores madrugan más que la virtud.
Francisco Leoz condujo a Padre Mateo por los corredores del palacio con una mezcla de respeto y curiosidad difícil de disimular.
—¿Puedo preguntarle algo, padre?
—Puede. También puedo no responder.
—¿Por qué ha querido empezar hoy?
—Porque mañana todos habrán tenido una noche más para ordenar sus mentiras.
—¿Cree que todos mienten?
—No. Eso sería injusto.
Leoz pareció aliviado.
—Creo que casi todos mienten —añadió Padre Mateo—. La diferencia es que algunos lo hacen para esconder un crimen y otros para proteger una vergüenza.
—¿Y cómo distingue una cosa de otra?
—Con paciencia. Y cuando falla la paciencia, con preguntas incómodas.
Cruzaron un patio donde dos escribanos discutían en voz baja. Un soldado saludó a Leoz. Un criado pasó con una bandeja de plata. La vida del palacio seguía su curso, pero Padre Mateo percibía una tensión debajo, como madera que cruje antes de partirse.
—El virrey confía en usted —dijo Leoz.
—El virrey confía en necesitarme. No es lo mismo.
—¿Y usted confía en él?
—De momento, confío en que no es necio.
—Eso, viniendo de usted, parece mucho.
—Lo es.
Leoz sonrió.
Al llegar a la salida principal, un carruaje discreto esperaba en el patio. Antes de subir, un hombre se aproximó desde la sombra de una arcada.
Vestía casaca azul oscuro, chaleco claro y botas limpias a pesar del polvo de la ciudad.
Era alto, rubio, con facciones elegantes y una serenidad que parecía practicada ante espejo.
Llevaba el sombrero bajo el brazo y una sonrisa medida, ni demasiado amplia ni demasiado fría.
Al inclinarse, lo hizo con una cortesía impecable.
—Padre Mateo, si no me equivoco.
Su español era fluido. Apenas una música extranjera rozaba algunas consonantes.
Francisco Leoz se adelantó.
—Mister Blackthorne.
Padre Mateo lo miró con la calma con que había mirado la manzana del novicio Tomás.
—De modo que usted es el comerciante inglés.
—Edward Blackthorne, a su servicio.
—Eso me han dicho. Que se ofrece usted mucho.
La sonrisa del inglés no se alteró.
—En una ciudad golpeada por una tragedia, todo hombre decente debe ofrecer cuanto pueda.
—Admirable. En Castilla solemos esperar a saber qué podemos dar antes de ofrecernos a darlo todo.
—Quizá por eso Castilla parece más prudente que próspera.
Francisco Leoz contuvo el aliento.
Padre Mateo sonrió apenas.
—Tocado. Aunque la prosperidad no siempre es prueba de virtud. Judas recibió treinta monedas con admirable eficacia.
Blackthorne inclinó un poco la cabeza, aceptando el golpe.
—Me habían advertido de su ingenio.
—A mí de su cortesía. Parece que ambos venimos recomendados por defectos ajenos.
El inglés rió con suavidad.
—No deseo interrumpirlo. Solo quería darle la bienvenida. Conocí a don Gaspar de Luján. He tratado con algunas de las personas implicadas en este desgraciado asunto. Si mi conocimiento de ciertos círculos comerciales puede serle útil, no dude en pedírmelo.
—¿Conocía bien al difunto?
—Lo suficiente para lamentar su muerte.
—Eso es una medida muy amplia.
—Entonces diré que lo conocía en los negocios, no en la intimidad.
—¿Y a don Alonso de Villaclara?
—De vista. Y por reputación.
—Las reputaciones son retratos pintados por enemigos con ayuda de amigos torpes.
—En su caso, me temo que el retrato es poco favorecedor.
—Los retratos poco favorecedores a veces son exactos. Otras solo están mal iluminados.
Blackthorne observó al fraile con un interés más vivo.
—Será un placer conversar con usted con más calma.
—El placer es criatura incierta. La conversación, probable.
—Cuando guste.
—Quizá pronto.
El inglés hizo una nueva inclinación.
—Quedo a disposición de vuestra paternidad.
—Qué peligroso debe de ser vivir tan disponible.
Por primera vez, algo casi imperceptible cruzó los ojos de Blackthorne. No fue enojo. Tampoco miedo. Fue la pequeña chispa de un hombre que acaba de descubrir que el juego puede no ser tan sencillo como esperaba.
—En mi oficio —dijo—, estar disponible abre muchas puertas.
Padre Mateo lo miró fijamente.
—También algunas trampas.
La sonrisa regresó al rostro del inglés.
—Entonces procuraré pisar con cuidado.
—Hágalo. Las trampas suelen quejarse menos que los atrapados.
Blackthorne se apartó con cortesía. Padre Mateo subió al carruaje junto a Leoz. Mientras salían del palacio, el joven auxiliar no pudo contenerse.
—Ha sido un poco brusco.
—No. He sido moderadamente antipático.
—¿Por qué?
—Para ver si dejaba de sonreír.
—No ha dejado.
—Lo sé.
—¿Y eso significa algo?
Padre Mateo miró por la ventanilla. Blackthorne seguía en el patio, hablando ya con otro funcionario, tan sereno como antes.
—Significa que practica mucho.
La casa de don Gaspar de Luján parecía más silenciosa que muerta.