El palacio del virrey
El camino de Veracruz a México enseñó a Padre Mateo que los mapas eran una forma educada de la mentira.
Sobre el papel, una línea bastaba para unir el puerto con la capital.
En la realidad, aquella línea se convertía en calor, polvo, lodo, cuestas, ventas, mosquitos, mulas testarudas, sudor humano, rezos de arrieros, soldados aburridos, pueblos que olían a maíz tostado y caminos donde la selva parecía observar a los viajeros con una paciencia anterior al pecado original.
Padre Mateo no se quejó.
Eso inquietó más a sus acompañantes que si lo hubiera hecho a cada jornada.
Un sacerdote castellano, vestido de lana oscura, cruzando aquellas tierras húmedas y cambiantes sin soltar más lamento que alguna observación seca, tenía algo de penitente voluntario y algo de loco bien educado.
El criado enviado por el virrey, un mestizo joven llamado Mateo de la Cruz —coincidencia que provocó al padre una mirada de resignación teológica—, lo observaba con creciente curiosidad.
—¿No le fatiga el camino, padre?
—Sí.
—No lo parece.
—La fatiga no mejora por exhibirla.
—Otros viajeros se quejan mucho.
—Otros viajeros quizá esperan que el camino se arrepienta.
Mateo de la Cruz sonrió y siguió cabalgando.
Los paisajes mudaban con una rapidez que desconcertaba al fraile.
Había tramos de vegetación tan verde que la vista parecía no saber dónde descansar.
Luego aparecían tierras altas, más secas, con pueblos recogidos en torno a una iglesia, mujeres cargando cestos, hombres con sombrero ancho, niños descalzos y perros flacos que ladraban con la misma desconfianza que los de Castilla, lo que le pareció una prueba discreta de la unidad del género canino.
En algunas ventas se hablaba de la muerte de don Gaspar de Luján.
Al principio, en murmullos. Después, con la seguridad creciente de quienes habían oído la noticia de labios de alguien que tampoco la conocía. Don Alonso de Villaclara ya era culpable para media ruta. Para la otra media, lo era también, pero con detalles añadidos.
—Dicen que le arrancó el alma con un puñal.
—Dicen que lo envenenó.
—Dicen que lo ahogó con sus propias manos.
—Dicen que el muerto escribió su nombre con sangre.
Padre Mateo escuchaba.
No corregía. Las mentiras populares tenían utilidad: mostraban qué deseaba creer la gente. Y allí todos deseaban creer que el culpable era un hombre arruinado, jugador y orgulloso. Era cómodo. La culpa, cuando se coloca sobre alguien ya caído, pesa menos en la conciencia de los demás.
La última noche antes de llegar a la capital, se alojaron en una venta amplia, con patio de tierra, establos ruidosos y una cocina donde hervía algo que olía mejor de lo que luego supo.
Padre Mateo cenó despacio, rodeado de arrieros, comerciantes menores y dos soldados destinados a México.
Uno de ellos, con cicatriz en la ceja, hablaba de don Alonso con desprecio.
—A esos caballeros sin hacienda les queda más soberbia que pan. Son peligrosos.
—La soberbia abunda en todas las rentas —dijo Padre Mateo.
El soldado lo miró.
—¿Lo defiende, padre?
—No lo conozco.
—Pues todos saben que mató a don Gaspar.
—“Todos saben” es frase que conviene desnudar antes de acostarse con ella.
Los arrieros rieron. El soldado no.
—Tenía motivo.
—Media humanidad tiene motivo para dañar a la otra media. Gracias a Dios, la mayoría se conforma con pensarlo.
—No tenía coartada.
—Eso ya es más serio.
—Y el muerto tenía su nombre en la mano.
Padre Mateo levantó la vista del plato.
—¿Eso dicen?
—Eso se sabe.
—¿El nombre entero?
El soldado dudó.
—El nombre. Villaclara.
—Curioso. En Veracruz me dijeron que era solo un fragmento.
El soldado abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Padre Mateo volvió a la comida.
—Las noticias, como las sopas de venta, engordan con lo que cada cocinero les echa.
Aquella noche anotó en su cuaderno:
“El rumor ya ha condenado a Villaclara. El papel crece en cada boca. Conviene ver el fragmento original antes de escuchar más certezas.”
La capital de Nueva España apareció una mañana bajo una luz casi irreal.
Desde la distancia, Padre Mateo vio primero torres y cúpulas.
Luego tejados, humos, caminos, acequias, movimiento.
La ciudad se extendía con una grandeza distinta a Madrid: menos cortesana, más vasta; menos encerrada en sí misma, más mezclada con agua, cielo y volcanes lejanos.
Había en ella algo de promesa y de amenaza, como si el mundo hubiera decidido reunir demasiadas vidas en un mismo cuenco.
Al entrar, lo recibió un estruendo organizado.
Pregoneros, carruajes, vendedores de frutas, aguadores, indias con canastos, caballeros a caballo, mendigos junto a iglesias, criados con libreas, frailes de distintas órdenes, soldados, perros, campanas, olor a tortillas, flores, estiércol, incienso, humedad, chocolate y humo.
Los balcones miraban a la calle como párpados curiosos.
Las rejas guardaban secretos. Los patios interiores prometían sombra y conversación.
Cada esquina parecía tener memoria propia.
Padre Mateo se detuvo un instante ante una iglesia donde varias mujeres entraban cubiertas con mantillas oscuras.
—¿Qué le parece la ciudad? —preguntó Mateo de la Cruz.
—Que Dios debió de necesitar varios días más para ordenarla.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es interesante. Lo bueno y lo malo suelen venir después.
El criado sonrió sin entender del todo.
El palacio virreinal se alzaba como una declaración de piedra. No era solo residencia: era centro de mando, archivo de voluntades, garganta por la que pasaban órdenes, quejas, súplicas, nombramientos, castigos y favores. Sus muros parecían haber aprendido a escuchar sin responder.
Padre Mateo fue conducido por patios y corredores donde el poder tenía sonido de plumas, pasos contenidos y voces que bajaban al acercarse a una puerta.
Se cruzó con funcionarios de rostro cansado, militares demasiado rectos, criados silenciosos y hombres que esperaban audiencia con esa mezcla de humildad y cálculo que produce la proximidad de la autoridad.
Un joven salió a recibirlo en una antesala.
Tendría poco más de veinticinco años, quizá treinta si la preocupación lo había envejecido antes de tiempo. Vestía con corrección modesta, llevaba una carpeta bajo el brazo y tenía ojos vivos, de esos que parecen pedir disculpas por darse cuenta de las cosas.
—Padre Mateo.
—Sí.
—Soy Francisco Leoz, auxiliar de la secretaría del virrey. Se me ha encargado acompañarlo durante su estancia y facilitar cuanto necesite.
—Peligrosa misión, don Francisco. Facilitar lo necesario suele enemistar con quienes prefieren dificultarlo.
El joven parpadeó y luego sonrió.
—Me han advertido de que vuestra paternidad tenía… cierta forma de hablar.
—Han sido caritativos al llamarla forma.
—El virrey lo recibirá en unos minutos.
—¿Cuántos minutos son “unos” en palacio?
—Menos que en Madrid, más que en un convento.
Padre Mateo lo miró con aprobación.
—Empieza usted bien.
Francisco Leoz bajó un poco la voz.
—El caso ha crecido desde que se envió la carta.
—Los casos crecen cuando se los alimenta con miedo.
—Y con visitas.
—¿Muchas?
—Demasiadas. Familias principales. Comerciantes. Militares. Personas que desean justicia, o al menos que se les vea deseándola.
—Eso segundo suele ser más urgente.
Leoz no respondió, pero sus ojos confirmaron que había pensado lo mismo más de una vez.
—¿Don Alonso de Villaclara sigue preso?
—Sí.
—¿Ha hablado?
—Poco. Niega el crimen. Se niega a explicar dónde estuvo.
—¿El fragmento de papel?
—Custodiado. El virrey ordenó que nadie más lo tocara.
—El virrey me cae mejor a cada dato.
—No todos opinan igual.
—Entonces quizá sea competente.
Francisco Leoz contuvo una risa. Justo en ese momento, una puerta se abrió y un secretario mayor hizo una inclinación.
—Su excelencia recibirá ahora al padre Mateo.
El despacho del virrey era amplio sin ser ostentoso.
Había mapas, documentos ordenados, una mesa de trabajo, sillas de respaldo alto y retratos que recordaban a todos que el poder no empezaba ni terminaba allí.
La luz entraba tamizada por las ventanas, dejando sobre el suelo rectángulos dorados donde flotaban partículas de polvo.
El aire olía a papel, cera, madera y responsabilidad.
Don Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, conde de Revillagigedo, se levantó al verlo entrar.
No era gesto obligado hacia un simple sacerdote. Padre Mateo lo notó y también notó que el virrey quería que lo notara.
—Padre Mateo.
—Excelencia.
Se inclinaron con la medida justa.
Revillagigedo lo observó con atención. Padre Mateo vio en sus ojos cansancio contenido, inteligencia administrativa y una forma de severidad que no parecía teatral. Aquel hombre no jugaba a gobernar. Eso ya era mucho.
—Ha hecho un largo viaje.
—Los largos viajes tienen la virtud de convencer al viajero de que el pecado original incluyó los caminos malos.
El virrey sostuvo la mirada un segundo y luego permitió una leve sonrisa.
—Me habían hablado de sus latinajos, no de sus observaciones sobre infraestructura.
—Procuro servir donde haga falta.
—Tome asiento.
Padre Mateo se sentó. Francisco Leoz quedó en un discreto segundo plano, autorizado a permanecer.
El virrey fue directo al asunto.
—Gracias por acudir.
—He obedecido.
—No siempre es lo mismo.
—No. Pero esta vez ha bastado.
Revillagigedo apoyó una mano sobre una carpeta cerrada.
—La muerte de don Gaspar de Luján ha producido una inquietud considerable. En principio, el caso parece claro. Un hombre arruinado lo amenazó, discutió con él la noche del crimen, carece de coartada y su nombre aparece en un papel hallado en la mano del difunto.
—Cuando un asunto parece claro desde lejos, conviene acercarse con cuidado. A veces la claridad es solo incendio.
El virrey asintió.
—Eso espero de usted. Cuidado.
—¿Y verdad?
—Sobre todo verdad. Pero debo advertirle que aquí la verdad puede tener consecuencias más amplias que la condena de un asesino.
—La verdad siempre las tiene. Lo que ocurre es que a veces los poderosos se dan cuenta.