Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Travesía hacia las Indias #4
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Travesía hacia las Indias #4

Padre Mateo asintió. El anciano había dicho una verdad sin adornarla. Eso siempre era de agradecer.

—¿Y los ingleses? —preguntó.

El sacerdote anciano se encogió de hombros.

—Los ingleses son como ciertos pensamientos durante la oración: aparecen aunque uno no los llame.

Padre Mateo sonrió.

—Buena teología marítima.

—Buena experiencia americana. Hay comercio permitido, comercio tolerado, comercio prohibido y comercio negado por todos mientras todos se benefician.

Donde hay puerto, hay lengua extranjera.

Donde hay plata, hay ojos extranjeros. Donde hay descontento, hay manos extranjeras dispuestas a acariciarlo.

La frase quedó entre ambos.

Padre Mateo abrió de nuevo el cuaderno y añadió:

“Donde hay descontento, alguien lo acaricia.”

La última semana de travesía trajo calor.

No un calor castellano de trigo y polvo, sino una humedad envolvente que parecía salir del propio mar para pegarse a la piel.

La ropa tardaba en secarse. La comida empeoraba.

Los olores adquirían autoridad. Los pasajeros se volvieron más silenciosos, quizá por cansancio, quizá porque el horizonte empezaba a prometer tierra y la tierra recordaba a cada cual la razón verdadera de su viaje.

Padre Mateo soñó una noche con el patio de don Gaspar de Luján, aunque nunca lo había visto.

En el sueño había una fuente. El agua caía lenta, negra. Un hombre muerto sujetaba un papel en la mano. Cuando Padre Mateo se inclinaba para leerlo, no encontraba un nombre, sino una frase latina escrita con mala letra:

“Cave amicum.”

Guárdate del amigo.

Despertó antes del alba, sudando.

No era supersticioso. Desconfiaba de los sueños, sobre todo de los propios, porque el alma aprovecha la noche para componer teatros con materiales robados al día.

Aun así, anotó la frase. No como revelación, sino como advertencia útil.

Los sueños, como los borrachos, a veces dicen algo verdadero por accidente.

Aquella mañana, el vigía anunció costa.

La noticia recorrió la fragata como una chispa. Los enfermos se levantaron. Los cansados sonrieron. Los comerciantes calcularon. Los funcionarios ordenaron papeles con manos temblorosas. Los frailes dieron gracias a Dios con fervor renovado. Los marineros, más prácticos, siguieron trabajando.

Padre Mateo subió a cubierta.

Al principio no vio nada. Solo una línea distinta entre el cielo y el agua.

Luego esa línea adquirió cuerpo, color, promesa.

Nueva España se levantaba ante ellos no como un mapa, sino como una presencia.

Tierra baja, luz intensa, aire distinto.

El mundo, de pronto, parecía más ancho de lo que ningún libro había querido admitir.

Don Leandro apareció a su lado, demacrado pero emocionado.

—Veracruz —dijo.

—Todavía no. Primero es una mancha. Luego será puerto. Después, problemas.

—Siempre tan alentador, padre.

—Procuro no gastar la alegría antes de desembarcar.

El capitán ordenó maniobras. La tripulación se movió con energía.

A medida que se acercaban, el puerto fue revelando sus formas: fortificaciones, embarcaciones, almacenes, movimiento de hombres y mercancías, pájaros sobrevolando el agua, pequeñas barcas que iban y venían como insectos oscuros sobre una sábana brillante.

El calor aumentó.

Padre Mateo sintió que la lana del hábito se le convertía en castigo teológico.

—Si el infierno tiene antesala —murmuró—, quizá la aduanen en Veracruz.

Don Ignacio Arrieta, que lo oyó, sonrió.

—Bienvenido a las Indias.

—Aún no he pisado tierra.

—No hace falta. Ya está sudando como americano.

La fragata entró al fin en puerto. El desorden de Cádiz había parecido grande, pero Veracruz tenía otra intensidad: más húmeda, más viva, más mezclada.

Gritos en acentos distintos. Negros cargadores.

Marineros españoles. Comerciantes criollos.

Soldados. Indios con fardos. Funcionarios que sudaban dentro de sus casacas.

Olor a sal, fruta madura, pescado, animales, especias y enfermedad.

La vida allí parecía fermentar más deprisa.

Cuando Padre Mateo bajó a tierra, tuvo que detenerse un instante.

No por emoción.

Por el calor.

—Dios creó Castilla en invierno y Veracruz después de discutir con alguien —dijo.

Don Ignacio soltó una carcajada.

Un funcionario portuario se acercó con papeles. Revisó nombres, sellos y autorizaciones. Al ver la documentación reservada, su expresión cambió lo justo para que Padre Mateo lo notara.

—Vuestra paternidad debe ser conducido a alojamiento seguro —dijo el hombre.

—Preferiría alojamiento fresco, pero acepto milagros menores.

—Hay diligencia preparada hacia la capital, aunque convendrá descansar.

—¿Ha llegado aviso del virrey?

—Sí.

Aquello le interesó.

—¿Cuándo?

—Hace días. Se espera su llegada.

—¿Y qué se dice en Veracruz del asunto?

El funcionario dudó.

—¿Qué asunto?

Padre Mateo sonrió apenas.

—Buena respuesta administrativa. Repítala solo cuando quiera que sospechen de usted.

El hombre bajó la voz.

—Se habla de un crimen en México. De un caballero muerto. De un sospechoso preso. Y de que las familias principales están inquietas.

—Las noticias han viajado más deprisa que la justicia.

—Siempre, padre.

—¿Algo más?

El funcionario miró alrededor antes de contestar.

—Se dice que no será el último.

Padre Mateo lo observó.

—¿Quién lo dice?

—Nadie en particular.

—“Nadie en particular” es el autor más prolífico de todos los rumores.

—En el puerto se oyen cosas.

—¿Por ejemplo?

El funcionario tragó saliva.

—Que hay hombres interesados en que la capital pierda confianza en el virrey. Que algunos comerciantes celebran demasiado pronto la desgracia ajena. Que los ingleses preguntan mucho.

—¿Ingleses aquí?

—En Veracruz siempre hay ojos de medio mundo, aunque no todos tengan cuerpo visible.

Padre Mateo miró hacia los barcos fondeados.

—¿Ha visto últimamente a algún comerciante inglés relacionado con la capital?

—No sabría decir.

—Eso significa sí, pero no quiere decirlo.

El funcionario palideció.

—Padre, yo solo despacho papeles.

—Los papeles son criaturas sociables. Siempre saben más de lo que parece.

El hombre no respondió.

En ese momento, un criado con librea sencilla se acercó e hizo una reverencia.

—Padre Mateo.

—A veces.

—Traigo orden de acompañarlo. El virrey ha dispuesto que descanse hoy y parta hacia la capital en cuanto vuestra paternidad esté preparado.

—Entonces partiremos cuando los caballos, el camino y mi estómago lleguen a un acuerdo.

El criado no entendió si aquello era una orden.

Padre Mateo volvió la vista al mar. La Santa Brígida reposaba ya en el puerto, como si jamás hubiera sido una cáscara sobre el abismo.

Detrás quedaba España. Delante, una tierra inmensa donde un cadáver lo esperaba sin conocerlo, un sospechoso callaba por una razón oculta y los rumores habían empezado a trabajar antes que él.

Se santiguó despacio.

—Fiat lux —murmuró.

El criado creyó que rezaba.

Don Ignacio Arrieta, a su lado, supo que no exactamente.

Padre Mateo recogió su pequeña bolsa, ajustó el hábito bajo el calor de Veracruz y dio el primer paso hacia el interior de Nueva España.

No sabía todavía que, en la capital, un comerciante inglés de modales perfectos ya había preguntado tres veces cuándo llegaría el sacerdote enviado desde España.