Travesía hacia las Indias #3
El barco olía a madera, cuerda, sal, alquitrán, animales encerrados y humanidad concentrada.
Los espacios eran estrechos. Las jerarquías, inmediatas.
En tierra, los hombres podían fingir igualdad durante una conversación; en un barco, cada cual sabía pronto dónde dormía, dónde comía y quién podía mandarlo callar.
Compartía alojamiento con un funcionario joven llamado don Leandro de Obregón, enviado a ocupar un puesto menor en la administración de Veracruz, y con un sacerdote anciano que iba a Puebla para reunirse con su orden.
Don Leandro tenía la piel fina, los modales correctos y una ansiedad que intentaba disfrazar de importancia.
—Es mi primer viaje a América —dijo, mientras colocaba sus papeles con excesivo cuidado.
—Entonces estamos igualmente ignorantes —respondió Padre Mateo.
—¿Vuestra paternidad también viaja por primera vez?
—A América, sí. A la ignorancia viajo a diario.
El anciano sacerdote soltó una tos risueña.
Don Leandro no supo si debía sentirse incluido.
Cuando Cádiz empezó a alejarse, Padre Mateo permaneció en cubierta. La ciudad se redujo poco a poco: torres, murallas, blancos de cal, mástiles, gritos que el viento deshilachaba. Luego fue forma. Luego línea. Luego memoria. El mar ocupó su lugar con una rotundidad que no admitía réplica.
El primer día navegó tranquilo.
El segundo, algunos pasajeros descubrieron que el cuerpo humano puede rebelarse contra la geografía.
Don Leandro, tan cuidadoso con sus papeles, pasó la mañana inclinado sobre un cubo, perdiendo solemnidad por entregas.
El comerciante vasco, que había presumido de fortaleza, se puso verde antes del mediodía.
Los frailes dominicos rezaron al principio por devoción y luego por necesidad digestiva.
Padre Mateo resistió mejor de lo esperado. No con placer, desde luego. El barco se movía con una insistencia que parecía argumental, como si el mundo quisiera demostrarle que la estabilidad era una vanidad terrestre. Pero no cayó enfermo. Comió poco, caminó cuando pudo y observó.
Observó al capitán, que miraba las nubes como un médico mira la lengua de un paciente.
Observó a los marineros, que distinguían con el oído cambios invisibles en las velas.
Observó a los pasajeros, que en apenas dos días habían empezado a mostrar su verdadera condición: el valiente quejumbroso, el humilde exigente, el rico asustado, el devoto impaciente, el funcionario perdido sin escritorio donde apoyar su autoridad.
En el mar, la máscara social se humedecía pronto.
Una tarde, mientras el sol caía sobre una superficie de oro quebrado, el médico de a bordo se acercó a él. Era un hombre de unos sesenta años, barba blanca y manos firmes.
—Me han dicho que vuestra paternidad entiende algo de medicina.
—Lo bastante para saber que entiendo poco.
—Eso ya lo coloca por encima de muchos médicos.
—No se difame tan pronto, doctor.
El hombre sonrió.
—Me llamo don Ignacio Arrieta.
—Padre Mateo.
—Lo sé. En un barco pequeño los nombres circulan más que el aire.
—Y se contaminan casi igual.
Don Ignacio apoyó los codos en la baranda.
—¿Qué lo lleva a Nueva España?
—La obediencia.
—Respuesta de sacerdote.
—Es lo que soy.
—También los sacerdotes tienen motivos privados.
Padre Mateo lo miró con interés.
—¿Busca conversación o diagnóstico?
—Costumbre profesional. Pregunto demasiado.
—Entonces somos colegas en el vicio.
El médico rió en voz baja.
—Hay rumores entre los pasajeros. Dicen que en México ha muerto un hombre importante.
—En todas partes mueren hombres importantes. La muerte tiene mal sentido de las jerarquías.
—Dicen que fue asesinado.
Padre Mateo no respondió.
—También dicen —continuó el médico— que viaja a bordo alguien enviado para asunto reservado.
—Los rumores a bordo son como las cucarachas. Si se pisa uno, aparecen tres.
—No le preguntaré si es usted.
—Eso honra su prudencia.
—Pero si lo fuera, le daría un consejo.
—Los consejos no pedidos son como las sangrías: a veces matan más que alivian.
—Este es breve. En América, la verdad tiene parientes.
Padre Mateo guardó silencio.
Don Ignacio miró el horizonte.
—Quiero decir que nada está solo. Una deuda se casa con una familia. Una familia con un cargo. Un cargo con una casa de comercio. Una casa de comercio con un barco. Un barco con un puerto. Y al final, cuando uno toca una mentira pequeña, despierta a medio virreinato.
—Buen consejo.
—Lo aprendí tarde.
—Los consejos útiles suelen venir con cicatriz.
El médico se tocó distraídamente una marca antigua en la mano izquierda.
—Así es.
Desde aquel día, Padre Mateo lo observó con mayor atención. No porque sospechara de él, sino porque los hombres que hablan con cicatrices suelen haber sobrevivido a verdades instructivas.
La travesía no fue dramática, lo cual no significa que fuera amable.
Hubo días de calma en que el barco parecía clavado sobre un espejo cruel y los pasajeros miraban el agua como si el océano se hubiera burlado de ellos.
Hubo noches de viento en que las maderas crujían, las velas golpeaban y los rezos adquirían una sinceridad que pocas iglesias conseguían.
Hubo discusiones por espacio, por comida, por olores, por turnos, por ruido, por nada.
Sobre el mar, el hombre descubre que la convivencia es una penitencia sin indulgencia plenaria.
Padre Mateo escuchaba.
En cubierta, los comerciantes hablaban de Veracruz, de impuestos, de licencias, de plata, de paños ingleses introducidos por vías torcidas, de casas respetables que se enriquecían condenando en público lo que compraban en secreto.
Un marinero gaditano contó que los ingleses tenían agentes en todas partes.
Otro respondió que también España los tenía, pero con peor puntualidad.
Un funcionario aseguró que la Monarquía lo vigilaba todo. Nadie le creyó, ni siquiera él.
Una noche, cerca de las Azores, el capitán ordenó apagar luces innecesarias.
—¿Corsarios? —preguntó don Leandro, pálido otra vez, aunque el mar estaba en calma.
—Precaución —respondió el capitán.
—¿Eso significa corsarios?
—Significa que si veo uno, preferiré que él no me vea a mí.
Padre Mateo permanecía junto al palo mayor, envuelto en su capa. El viento traía olor a lluvia. Las sombras convertían a los hombres en formas sin rango.
—Padre —susurró don Leandro—, ¿cree que podríamos morir?
—Desde que nacimos.
—No ayuda.
—La verdad no siempre tiene vocación de consuelo.
—¿No teme a los ingleses?
—Temo más a los pecados españoles. Los ingleses, al menos, suelen venir de frente cuando traen cañones.
El capitán, que había oído la frase, soltó una risa seca.
—No siempre, padre. A veces vienen con contratos.
Padre Mateo miró hacia la oscuridad del mar.
—Eso confirma mi temor.
La noche pasó sin velas enemigas. Pero al amanecer apareció a lo lejos un punto blanco en el horizonte. Durante una hora todos fingieron no mirarlo. El capitán sí lo miró. Los marineros también. Al final, la vela cambió de rumbo y desapareció.
—Mercante —dijo alguien.
—O curioso —dijo otro.
Padre Mateo no dijo nada.
Anotó en su cuaderno:
“En el mar, una vela lejana convierte a todos los hombres en intérpretes. Nadie sabe; todos opinan. Buen resumen de la política.”
Con el paso de los días, el barco se convirtió en una pequeña ciudad sometida a leyes más antiguas que sus pasajeros.
El capitán era virrey de madera.
El médico, confesor de cuerpos.
Los marineros, pueblo indispensable.
Los comerciantes, nobleza de la carga.
Los funcionarios, autoridad futura sin territorio presente.
Los religiosos, consuelo preventivo.
Y el mar, juez sin apelación.
Padre Mateo comenzó a encontrar cierto orden en aquel desorden.
Rezaba al amanecer, caminaba por cubierta, hablaba con don Ignacio, escuchaba a los marineros, soportaba a don Leandro y dedicaba parte de la tarde a revisar sus notas.
No podía investigar todavía el crimen de Nueva España, pero sí podía prepararse para no llegar ciego.
Hizo una lista de preguntas:
¿Quién se beneficia de la muerte de don Gaspar?
¿Quién se beneficia de que parezca culpable Villaclara?
¿Por qué el papel estaba en la mano del muerto?
¿Qué calla Villaclara?
¿Qué temen las familias principales?
¿Qué teme el virrey?
¿Qué sabe Madrid que no escribe?
¿Qué hace Inglaterra en esta historia, si es que hace algo?
Bajo la última pregunta dejó un espacio más largo que los demás.
Una tarde, el sacerdote anciano que compartía alojamiento con él vio la lista y sonrió.
—Demasiadas preguntas para un solo muerto.
Padre Mateo tapó el cuaderno, pero sin brusquedad.
—Un muerto rara vez viene solo. Trae consigo a todos los vivos que lo necesitaban, lo odiaban, lo amaban o lo temían.
—¿Y vos sabéis distinguirlos?
—No siempre.
—Buena respuesta.
—Es la única honrada.
El anciano se sentó con esfuerzo.
—He pasado treinta años en Puebla. Vuelvo ahora para morir allí, si Dios lo permite y mi superior no dispone otra incomodidad. Nueva España no es España con más sol, padre.
—Nunca pensé eso.
—Muchos lo piensan. Llegan creyendo que las Indias son prolongación obediente de la Península.
Pero allí todo tiene raíz propia. La fe, el dinero, el orgullo, la pobreza, la sangre mezclada, la nobleza imaginada, la verdadera miseria.
Hay españoles que se creen dueños por haber nacido lejos y criollos que se creen olvidados por haber nacido allí.
Hay indios que callan más historia de la que nosotros escribimos.
Hay castas que viven entre nombres que otros les ponen. Y sobre todo hay familias.
—En Castilla también hay familias.
—Allí las familias son tierra. En Nueva España, a veces, son reino.
Padre Mateo recordó la carta del virrey.
—Eso explica algunas inquietudes.
—Explica casi todas. Y complica las demás.
—¿Conoció al virrey Revillagigedo?
—No en trato directo. Pero hablan de él como hombre de orden. Eso molesta a quienes han prosperado en el desorden.
—El orden también puede ser coartada de tiranos.
—Puede. Pero el desorden rara vez protege a los humildes. Solo cambia de amo.