Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Travesía hacia las Indias #2
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Travesía hacia las Indias #2

Madrid quedó atrás con sus torres, sus coches, sus rumores y su aire de teatro mal ventilado.

El camino al sur fue mudando poco a poco la piel del mundo.

Castilla cedió primero a llanuras más abiertas, luego a tierras donde el sol parecía caer con mayor confianza, luego a ventas donde el vino cambiaba de carácter y los hombres hablaban con otra música.

Padre Mateo observaba más que conversaba. Anotaba poco, pero recordaba mucho.

Viajaban con un pequeño grupo de comerciantes, dos soldados licenciados, una viuda que iba a reunirse con parientes en Sevilla y un arriero que conocía todas las ventas del camino y desconfiaba de todas por igual.

Nadie sabía exactamente quién era aquel sacerdote de mirada tranquila.

Eso le proporcionó la clase de libertad que siempre había preferido: la de ser subestimado.

En una venta cerca de Despeñaperros, un comerciante gordo de Cádiz habló durante la cena de los negocios de Indias. Tenía voz alta, dedos enjoyados y una manera de partir el pan como si también negociara con él.

—América es grande para quien sabe esperarla —decía—. Allí una mala mercancía puede hallar buen comprador si se viste con palabras suficientes.

—También aquí —observó Padre Mateo.

El comerciante rió, creyendo que le habían celebrado la gracia.

—Vuestra paternidad no conoce las Indias.

—No.

—Entonces verá maravillas. Plata, cacao, grana, azúcar, pieles, maderas, tabaco… Todo cuanto Dios puso lejos para que los hombres inventaran barcos.

—Pensé que los barcos los había inventado Noé para casos de lluvia insistente.

Los soldados licenciados rieron. El comerciante se limpió los labios.

—También verá ingleses.

Padre Mateo alzó apenas la mirada.

—¿Muchos?

—Más de los que conviene y menos de los que ellos quisieran. Aparecen donde huele a comercio, como las moscas donde huele a fruta abierta.

—Dura comparación.

—Exacta. Los ingleses no venden: avanzan. Primero traen paños, luego mapas, luego preguntas, luego cañones.

—¿Habla por experiencia?

El comerciante bajó un poco la voz. Las mejores fanfarronadas siempre se vuelven confidenciales al acercarse a la verdad.

—He tratado con alguno en Cádiz. Hombres corteses. Demasiado. Un inglés grosero se ve venir; uno cortés ya le ha medido a usted la bodega antes de darle los buenos días.

Padre Mateo guardó la frase.

—La cortesía no es pecado.

—No, padre. Pero en ellos suele ser instrumento.

—También en los españoles, aunque lo llamamos educación.

La viuda sevillana soltó una risa breve detrás del abanico.

El comerciante bebió un trago.

—Dicen que hay tensión por el norte del Pacífico. Bahías, pieles, derechos de navegación. Los de Londres quieren meter la nariz donde puedan oler beneficio.

—La nariz es órgano político muy descuidado por los tratadistas —dijo Padre Mateo.

—Burla aparte, vuestra paternidad verá que el mundo se mueve por comercio.

—Creí que se movía por amor, hambre y miedo.

—Eso mueve a los pobres.

—Entonces el comercio será la forma elegante que tienen los ricos de padecer lo mismo.

La viuda volvió a reír. El comerciante decidió que aquel cura era menos ignorante de lo que parecía y más peligroso de lo que convenía en la mesa.

Esa noche, mientras los demás dormían, Padre Mateo salió al patio de la venta.

El cielo estaba despejado. Las estrellas del sur brillaban con una nitidez distinta a las de Soria.

Pensó en el océano, al que todavía no había visto en aquel viaje y que ya empezaba a pesarle en la imaginación como una llanura sin caminos.

Le inquietaba menos el mar que los hombres que lo cruzaban.

Un crimen en Nueva España. Un falso culpable demasiado perfecto.

Familias principales agitadas. Un virrey prudente.

Madrid preocupado por Inglaterra. Todo podía no significar nada.

También una vela apagada podía ser solo una vela apagada.

Pero Padre Mateo había aprendido que lo importante no era mirar una cosa, sino mirar qué cosas se reunían alrededor de ella.

—Concededme, Señor —murmuró—, no confundir un hilo con una soga ni una soga con una serpiente.

Después regresó a su cuarto, donde el jergón parecía haber sido diseñado por un enemigo de la columna vertebral.

Cádiz apareció al fin como aparecen las ciudades que viven del mar: antes por el olor que por la vista.

Sal, brea, pescado, madera húmeda, cuerpos sudados, especias, cuerdas, vino derramado, aguas sucias, naranjas, tabaco y esperanza.

Mucha esperanza, vieja y nueva, recién embarcada o recién devuelta.

El puerto era un organismo en movimiento.

Hombres con fardos a la espalda, marineros que blasfemaban con naturalidad casi litúrgica, oficiales que fingían controlar el desorden, mujeres que despedían, mujeres que esperaban, niños descalzos, comerciantes con libros bajo el brazo, frailes, soldados, mulas, cajas, barriles, jaulas con aves, cofres, redes, gritos en varias lenguas y campanas que sonaban como si también quisieran hacerse oír sobre el oleaje.

Padre Mateo se detuvo un instante al ver el mar.

No hizo aspaviento. No era hombre de regalar gestos a los elementos. Pero se quedó quieto.

El mar se extendía ante él con una amplitud que no cabía en ningún libro.

Tenía un color cambiante, entre plata sucia y azul profundo, y una respiración inmensa.

Castilla terminaba allí. O quizá empezaba a deshacerse allí, derramada en barcos hacia territorios que solo existían porque alguien había tenido la osadía de cruzar aquella incertidumbre.

—Impresiona la primera vez —dijo una voz a su lado.

Era un oficial de puerto, joven, de rostro tostado y uniforme limpio solo en las partes visibles.

—Dios hizo mucha agua —respondió Padre Mateo—. Y el hombre, para demostrar su entendimiento, decidió meterse encima en tablas.

El oficial sonrió.

—¿Embarca a Veracruz?

—Eso dicen los papeles.

—La fragata Santa Brígida zarpará en cuanto el viento y las autoridades se pongan de acuerdo. A veces uno de los dos tarda más que el otro.

—Apuesto por las autoridades.

—No perdería.

El oficial revisó sus documentos.

—Viajará con religiosos, dos funcionarios, varios comerciantes y pasajeros particulares. Carga oficial, correspondencia y mercancías. No será un viaje cómodo, pero sí seguro en lo posible.

—“Seguro en lo posible” es una expresión que convendría grabar sobre todas las cunas.

—¿Trae mucho equipaje?

—El justo para parecer pobre y molestar poco.

—Eso en un barco lo agradecerán.

Mientras caminaban hacia los almacenes, Padre Mateo observó a los pasajeros que aguardaban embarque.

Un matrimonio con tres hijos pequeños. Dos frailes dominicos.

Un joven funcionario que repasaba papeles con gesto de importancia prematura.

Un comerciante vasco de rostro cerrado. Un médico que cuidaba una caja como si dentro llevara un corazón vivo.

Marineros. Criados. Un hombre extranjero que hablaba con un consignatario cerca de unos toneles.

Padre Mateo se detuvo apenas.

El extranjero era rubio, alto, de porte elegante. Vestía con sobriedad cara. Hablaba español correctamente, pero con un acento contenido, como una arruga en una tela bien planchada. Reía poco. Escuchaba mucho. Al despedirse, inclinó la cabeza con cortesía y entregó una tarjeta.

—¿Quién es? —preguntó Padre Mateo.

El oficial miró hacia allí.

—¿Ese? Un inglés.

—Eso ya lo había dicho su espalda.

—¿Su espalda?

—Demasiado recta para ser gaditana.

El oficial soltó una risa.

—Se llama mister Harrington, creo. O algo semejante. Casa comercial. No embarca con nosotros, si eso le inquieta.

—Me inquietan más los hombres que se quedan en tierra sabiendo quién zarpa.

El oficial no entendió del todo, pero decidió que los curas castellanos tenían derecho a rarezas.

—En Cádiz hay ingleses, franceses, genoveses, flamencos y medio mundo. El comercio trae lenguas como el pan trae migas.

—Y ratas.

—También.

El inglés desapareció entre la gente del puerto.

Padre Mateo no lo siguió con la mirada más de lo necesario. Una de las primeras normas de la observación consistía en no parecer observador.

Esa tarde fue alojado en una casa religiosa cercana al puerto, donde compartió mesa con otros viajeros.

Se habló de temporales, de mareos, de Veracruz, de fiebres, de la comida a bordo y de una guerra que nadie declaraba pero todos olían en el aire cuando se mencionaba Inglaterra.

Un fraile dominico aseguró que el mar era prueba de humildad.

Un comerciante replicó que era prueba de seguro caro. Padre Mateo concedió razón a ambos.

Antes de dormir, escribió unas líneas en su cuaderno.

“Madrid teme más de lo que dice. El virrey duda del culpable evidente. Inglaterra aparece en las conversaciones como humedad en pared vieja: nadie la invita, todos la encuentran. No formular conclusiones. Observar.”

Debajo añadió:

“Comprar tinta en Cádiz. La mía no sobrevivirá al océano. Tampoco mi paciencia si todos los pasajeros hablan tanto como hoy.”

La Santa Brígida zarpó tres días después.

El amanecer era claro, con viento favorable y gaviotas insolentes.

En el muelle se mezclaban despedidas, órdenes y últimos engaños.

Una mujer lloraba contra el hombro de un marinero.

Un niño agitaba un pañuelo sin entender del todo a quién perdía.

Un comerciante discutía por el lugar de dos cajas como si el destino de la monarquía dependiera de ellas.

Los marineros iban de un lado a otro con una eficacia ruidosa.

El capitán, hombre curtido y poco amigo de explicaciones, recibía documentos con expresión de quien ya sabía que todos estaban incompletos de alguna manera.

Padre Mateo subió a bordo sin mirar demasiado el agua entre el muelle y el casco. No por miedo, se dijo, sino por prudencia teológica: convenía no tentar a la imaginación con profundidades antes de tiempo.