Travesía hacia las Indias
Madrid olía a prisa.
No era un olor noble. No tenía la solemnidad de las iglesias ni la aspereza limpia de los campos de Soria.
Era una mezcla de barro pisado, humo de braseros, cuero mojado, perfume caro, tinta reciente, caballos sudados y ambición mal ventilada.
Padre Mateo lo notó antes de ver los palacios.
Las ciudades grandes siempre se anunciaban por la nariz: primero la multitud, después el poder.
Llegó al anochecer, tras jornadas de camino, ventas incómodas, sopas dudosas y conversaciones que confirmaron su vieja sospecha de que el hombre, cuando viaja, miente menos por maldad que por aburrimiento.
El correo que lo acompañaba lo dejó en una casa discreta dependiente de la administración, no lejos de los despachos donde se tomaban decisiones que luego otros llamaban destino.
—Mañana lo recibirán —le dijeron.
—Eso dicen siempre los que no saben a qué hora —respondió Padre Mateo.
El funcionario encargado de alojarlo, un hombrecillo con peluca demasiado grande para su cabeza, no supo si debía sonreír.
—Se le avisará con puntualidad.
—La puntualidad es una virtud hermosa cuando no se anuncia demasiado.
El hombrecillo decidió no sonreír.
Padre Mateo durmió poco. No por la cama, que era aceptable, ni por el ruido, que era mucho, sino porque Madrid tenía la costumbre de no apagarse nunca del todo.
Incluso de noche, la ciudad parecía murmurar detrás de los muros: ruedas lejanas, pasos de ronda, voces de taberna, ladridos, puertas cerradas tarde, campanas que no sonaban igual que las de Soria.
En el convento, el silencio era un huésped antiguo.
Allí, en cambio, el silencio debía pedir permiso.
Al alba rezó, se lavó con agua demasiado fría incluso para un castellano y revisó por tercera vez el contenido de su bolsa: breviario, cuaderno, plumas, una pequeña navaja, el tratado médico abreviado, notas propias, dos camisas, un rosario gastado, nueces del novicio Tomás y el pan ya endurecido que fray Julián había llamado alimento y que quizá merecía más bien el nombre de penitencia.
A media mañana lo condujeron a un despacho sobrio.
No era una sala de gran aparato, y eso lo hizo más inquietante.
Los asuntos menores suelen adornarse para parecer importantes; los verdaderamente graves se tratan a puerta cerrada, con poca decoración y hombres que no levantan la voz.
Allí lo esperaban dos funcionarios y un secretario de edad madura que llevaba en el rostro la palidez de quien ha leído más papeles que salmos.
—Padre Mateo —dijo este último.
—Servidor de Dios y, cuando no queda otro remedio, de los despachos.
El secretario lo miró por encima de los anteojos.
—El conde de Floridablanca conoce su nombre.
—Lamento darle ese disgusto.
Uno de los funcionarios carraspeó. El secretario, en cambio, no se inmutó.
—También conoce algunos servicios prestados con discreción.
—La discreción, señor, consiste precisamente en no recordarlos demasiado.
—Por eso estamos aquí y no en una antesala llena de oídos.
Padre Mateo inclinó ligeramente la cabeza. Aquel hombre podía no tener humor, pero tenía juicio. Eso bastaba para empezar.
Sobre la mesa había un paquete de documentos atado con cinta. El secretario lo deshizo con cuidado y extrajo una carta.
—El virrey de Nueva España, don Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, conde de Revillagigedo, ha solicitado ayuda reservada.
—Eso me dijeron.
—Ha habido un crimen en la capital virreinal. La víctima, don Gaspar de Luján, pertenecía a círculos principales. Existe sospechoso detenido: don Alonso de Villaclara, español venido a menos, hombre de deudas y carácter difícil.
—Los hombres de deudas suelen tener carácter difícil. Los acreedores rara vez fomentan la dulzura.
El secretario continuó:
—El sospechoso carece de coartada y tenía enemistad pública con la víctima. Sin embargo, el virrey considera que las circunstancias del caso aconsejan prudencia.
—¿Por qué?
—Porque todo parece demasiado claro.
Padre Mateo levantó la vista.
—El virrey empieza bien.
—¿Perdón?
—La claridad excesiva es una de las formas favoritas de la mentira.
El secretario lo observó unos segundos, quizá midiendo si aquel fraile era perspicaz o simplemente incómodo. Después le entregó la carta reservada.
—Léala.
Padre Mateo leyó despacio.
No buscó solo los hechos. Buscó el pulso de quien escribía.
El virrey era un hombre contenido, preciso, poco dado al espanto.
Eso le interesó más que el asesinato. Un gobernante alarmista podía convertir un gato muerto en conspiración.
Pero un gobernante prudente que pedía ayuda desde el otro lado del océano merecía atención.
Cuando terminó, dejó la carta sobre la mesa.
—No me lo cuentan todo.
—No lo sabemos todo.
—No he dicho eso. Digo que no me cuentan todo lo que saben.
Los dos funcionarios intercambiaron una mirada breve. El secretario apoyó las manos sobre la mesa.
—Hay preocupación por la estabilidad del territorio.
—Un muerto en casa rica siempre preocupa más que diez pobres en callejón.
—Padre…
—No lo digo con alegría. Lo digo porque es cierto.
—Don Gaspar no era solo un particular.
—Nadie lo es cuando su cadáver puede escribir cartas a Madrid.
El secretario guardó silencio. Padre Mateo señaló el documento.
—El virrey teme que el crimen se use contra su autoridad.
—Sí.
—¿Por familias locales?
—Posiblemente.
—¿Por intereses de comercio?
—También.
—¿Por extranjeros?
El secretario no respondió enseguida.
—España e Inglaterra atraviesan momentos delicados.
—España e Inglaterra llevan siglos atravesando momentos delicados. A veces pienso que si Caín hubiera sido inglés, Abel habría pedido protección a Castilla.
Uno de los funcionarios no pudo evitar un gesto de desagrado. El secretario, esta vez, sí permitió que una sonrisa mínima le cruzara la boca.
—Hay tensión en el mar. Rutas, comercio, posesiones, noticias que llegan tarde y se interpretan pronto. No afirmamos que tenga relación con el crimen.
—Pero lo temen.
—Lo consideramos.
—Es una palabra de despacho. Significa temer con peluca.
El secretario tomó otro papel.
—Se le enviará a Cádiz. Allí embarcará hacia Veracruz en cuanto sea posible. Viajará con documentación suficiente para presentarse ante el virrey y requerir colaboración de las autoridades. Oficialmente, será un religioso trasladado por asuntos eclesiásticos y administrativos.
—Extraoficialmente, un hombre molesto.
—Eso dependerá de usted.
—Suele depender más de quienes tienen algo que ocultar.
El secretario le entregó un sobre cerrado.
—Este documento solo debe abrirlo ante el virrey. Este otro contiene instrucciones para las autoridades de Veracruz. Y este tercero, una asignación para el viaje.
Padre Mateo observó el pequeño paquete de dinero.
—El convento me dio fondos.
—No bastarán.
—El convento me recomendó comer.
—Hágales caso.
—Empiezo a sospechar una conjura universal contra mi ayuno.
—El océano no respeta virtudes mal alimentadas.
Aquella frase agradó a Padre Mateo. Quizá el secretario no era tan seco como parecía.
—¿Puedo hacer preguntas? —dijo.
—Las hará aunque diga que no.
—Empieza a conocerme sin provecho para su tranquilidad. ¿Qué se sabe de don Alonso de Villaclara?
—Español peninsular. Antiguamente propietario. Perdió gran parte de su hacienda por juego y malas deudas. Vendió tierras a precio bajo. La víctima participó en esas operaciones. Hubo amenazas públicas.
—Conveniente.
—Mucho.
—¿Y del muerto?
—Hombre de comercio, préstamos, tierras, relaciones con familias criollas y peninsulares. Respetado.
—“Respetado” es palabra peligrosa. A veces significa virtuoso; otras, solo que demasiados le deben dinero.
El secretario tomó nota mental de la frase, aunque fingió no hacerlo.
—Encontraron en la mano del cadáver un fragmento de papel con parte del nombre Villaclara.
Padre Mateo no se movió, pero sus ojos cambiaron de quietud.
—¿Parte del nombre?
—Eso dice el informe.
—¿Parte qué parte?
—Las últimas letras, al parecer.
—Curioso.
—¿Por qué?
—Porque los muertos suelen agarrar lo que les queda cerca, no lo que conviene al alguacil. Y un papel arrancado con un nombre parcial puede ser muchas cosas: un ruego, una acusación, una trampa o el resto de una carta sin importancia. ¿Quién lo encontró?
—El alguacil local, en presencia de médico y criados.
—¿Se conservó?
—Sí.
—Bien. Los papeles hablan. Mienten menos que sus dueños.
El secretario juntó los documentos.
—Hay algo más.
Padre Mateo esperó.
—El virrey desea evitar un escándalo innecesario.
—Todos los poderosos desean eso.
—También desea evitar una injusticia.
—Eso ya es menos común.
—No se le llama para condenar a nadie.
—Me tranquiliza. No tengo vocación de verdugo.
—Se le llama para mirar donde otros no pueden o no quieren mirar.
Padre Mateo recogió los papeles y los guardó con cuidado.
—Entonces convendrá que no me digan demasiado.
El secretario frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Si me llenan la cabeza con sospechas de Madrid, llegaré a Nueva España buscando lo que ustedes temen, no lo que allí ocurrió. Prefiero conocer los hechos antes que las conclusiones.
—Tiene usted una forma extraña de aceptar una misión.
—La aceptación sin reservas es propia de santos o de idiotas. Yo no he alcanzado ninguna de las dos perfecciones.
Uno de los funcionarios se levantó, ya impaciente.
—Padre Mateo, sirve usted al rey.
El sacerdote volvió hacia él sus ojos claros.
—Sirvo a Dios. Obedezco al rey en lo justo. Y procuro que los funcionarios no confundan ambas cosas, por caridad hacia sus almas.
El aire del despacho se tensó.
El secretario intervino antes de que la incomodidad creciera.
—Nadie le pide otra cosa que verdad.
Padre Mateo asintió.
—Entonces quizá podamos trabajar.
Partió hacia Cádiz dos días después.