Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El fraile de Soria #3
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El fraile de Soria #3

—Y a vos os dé paciencia con fray Julián.

—Eso sería milagro mayor.

La noticia no tardó en correr por el convento, pese a que nadie la comunicó oficialmente. Las comunidades religiosas tenían algo de colmena y algo de plaza pública: el silencio era norma, pero la información encontraba rendijas.

A la hora de nona, todos sabían que Padre Mateo partiría a Madrid.

A vísperas, algunos ya aseguraban que iba a Roma.

Antes de completas, un hermano lego juraba haber oído que lo enviaban a luchar contra piratas ingleses en las Indias.

Fray Julián lo encontró en la biblioteca, seleccionando libros.

Sobre la mesa había una pequeña pila: un breviario, un volumen de san Agustín, una gramática latina de tamaño manejable, un tratado médico breve, unas notas propias encuadernadas sin lujo, un mapa malo de las Indias y un cuaderno en blanco.

—¿Eso es todo? —preguntó fray Julián.

—No. También llevaré ropa.

—Me tranquiliza saber que piensa evangelizar vestido.

Padre Mateo no levantó la vista.

—La desnudez apostólica está sobrevalorada en climas marítimos.

Fray Julián se acercó a la mesa y tomó el mapa.

—Nueva España queda muy lejos.

—Los mapas suelen exagerar la facilidad de llegar a los sitios.

—¿Tiene miedo?

Padre Mateo cerró el tratado médico.

—Sí.

La respuesta, tan limpia, desarmó a fray Julián.

—No esperaba que lo dijera.

—El miedo no desaparece por negarlo. Solo se vuelve más vanidoso.

—Yo tendría un miedo espantoso.

—Usted tiene miedo cuando se acaba el queso.

—Y con razón.

Padre Mateo sonrió apenas.

Fray Julián dejó el mapa.

—¿Por qué lo envían a usted?

—Porque alguien en Nueva España ha muerto, alguien allí miente y alguien en Madrid ha decidido que mi presencia puede incomodar a las personas correctas.

—Eso último se le da bien.

—Cada uno cultiva los talentos que Dios le permite.

—¿Y si se equivoca?

Padre Mateo se quedó quieto.

—Entonces un inocente podría sufrir y un culpable seguiría libre.

—No ayuda mucho.

—La verdad rara vez ayuda antes de tiempo.

Fray Julián se sentó sin permiso.

—Siempre he pensado que vuestra paternidad mira a los hombres como si fueran libros mal encuadernados.

—Algunos lo son.

—¿Y qué lee?

—Lo que falta.

—¿Lo que falta?

Padre Mateo tomó el cuaderno en blanco.

—Cuando alguien cuenta una historia, todos escuchan lo que dice.

Yo procuro escuchar lo que no dice. El hueco.

El nombre omitido. La hora que se salta.

El gesto que no corresponde. La palabra demasiado preparada.

Una mentira no siempre está en la frase falsa.

A veces está en la frase verdadera colocada donde no debe.

Fray Julián guardó silencio. Por una vez, parecía no encontrar chanza inmediata.

—En Nueva España habrá muchos huecos.

—Sin duda.

—Y hombres poderosos.

—También.

—Y mujeres más listas que hombres poderosos.

—Eso ocurre en todas las provincias del orbe.

—Y quizá asesinos.

Padre Mateo tocó el lomo del breviario.

—No me enviarían por ladrones de gallinas.

Fray Julián lo miró con afecto.

—Lo echaré de menos.

—Naturalmente. ¿Quién vigilará ahora sus botellas medicinales?

—Fray Martín, si sobrevive a la leche.

—Sobrevivirá. Su estómago es más fuerte que su prudencia.

Fray Julián se levantó. Antes de salir, se detuvo en la puerta.

—Padre Mateo.

—¿Sí?

—Vuelva.

La palabra quedó desnuda en la biblioteca.

Padre Mateo no respondió enseguida. Luego inclinó ligeramente la cabeza.

—Haré lo posible.

—Eso no es promesa.

—Las promesas sobre el mar son arrogancia.

—Entonces rece.

—Eso sí puedo prometerlo.

La víspera de la partida, Padre Mateo salió a caminar por la huerta.

El cielo se había despejado. La noche caía limpia, fría, llena de estrellas que parecían clavadas sobre Castilla con una paciencia mineral.

Al fondo, el pueblo recogía sus últimos humos.

Algún perro ladró. Una puerta se cerró. Las campanas dieron la hora con esa humildad sonora de las iglesias pequeñas, que no pretenden dominar la tierra sino acompañarla.

Padre Mateo caminó hasta la tapia y apoyó una mano sobre la piedra.

Durante años, aquel había sido su mundo: el convento, los libros, los enfermos, los campesinos que venían a pedir consejo, los niños que mentían mal, los adultos que mentían mejor, los pleitos por lindes, los testamentos dudosos, las confesiones, las heladas, los veranos breves, el olor del tomillo después de la lluvia.

No era un mundo pequeño. Ningún mundo lo es cuando se mira con atención.

Y ahora debía dejarlo.

No por ambición. No por curiosidad. No por deseo de aventura. Debía dejarlo porque un muerto en una ciudad lejana había abierto una pregunta, y alguien creía que él podía ayudar a responderla.

Miró las estrellas.

—Señor —dijo en voz baja—, si me lleváis tan lejos, concededme al menos no estorbar demasiado vuestros planes.

El viento movió las ramas desnudas de la higuera. No hubo respuesta. Padre Mateo nunca había esperado respuestas fáciles de Dios. Las respuestas fáciles, por lo general, las ofrecían los charlatanes, los políticos y los malos teólogos.

Al volver hacia el claustro, encontró al novicio Tomás esperándolo junto a la puerta. El muchacho sostenía una pequeña bolsa de tela.

—Padre.

—Hermano Tomás. Si trae manzanas, advierto que la reincidencia empeora la doctrina.

El novicio sonrió con timidez.

—Son nueces. De mi madre. Para el camino.

Padre Mateo aceptó la bolsa.

—¿Cómo está su hermana?

—Mejor. Mi madre dice que rece por vuestra paternidad.

—Dígale a su madre que rece por los marineros. Yo solo seré carga.

Tomás bajó la vista.

—Padre, perdón por lo de las manzanas.

—Ya lo pidió.

—Sí, pero ahora se va y quería decirlo otra vez.

Padre Mateo observó el rostro del muchacho. Había en él vergüenza, gratitud y ese miedo joven a que las personas importantes desaparezcan antes de haber aprendido de ellas lo suficiente.

—Hermano Tomás, recuerde algo.

—Sí, padre.

—La compasión sin verdad se pudre. La verdad sin compasión se vuelve cuchillo. Procure no olvidar ninguna de las dos.

El novicio asintió, aunque quizá no lo entendió del todo. Algunas frases necesitan años para abrirse.

—¿Volverá?

Padre Mateo miró hacia la oscuridad del camino.

—Si Dios quiere.

—¿Y si no?

—Entonces será que tenía mejor argumento.

Tomás no supo si aquello era consuelo o latín traducido al castellano.

Partió antes del amanecer.

El prior lo bendijo en la puerta del convento.

Fray Julián le entregó un paquete de pan, queso y una pequeña bota de vino, asegurando con gran seriedad que era medicina preventiva contra la tristeza del camino.

El hermano enfermero añadió unas hierbas para el estómago.

Fray Martín, todavía débil, mandó decir que le perdonaba las manzanas no comidas.

El novicio Tomás observó desde el fondo, con los ojos húmedos y las manos metidas en las mangas.

El correo de Madrid aguardaba junto a dos mulas.

El cielo empezaba a clarear por el este. La tierra estaba blanca de escarcha. Cada respiración salía visible, como si los hombres soltaran pequeñas almas al frío.

Padre Mateo subió a la mula con menos agilidad de la que habría deseado y más dignidad de la que permitió el animal. Fray Julián acudió a sujetarle un estribo que no necesitaba.

—Es una bestia dócil —dijo el correo.

La mula eligió ese momento para sacudir la cabeza.

—Las bestias dóciles suelen esperar testigos para desmentir a sus dueños —observó Padre Mateo.

El prior se acercó.

—Recordad quién sois.

—Un fraile sobre una mula desconfiada.

—Mateo.

El sacerdote suavizó la mirada.

—Lo recordaré, padre.

El prior hizo la señal de la cruz sobre él.

—Que el Señor guíe vuestros pasos y os devuelva con bien.

—Amén.

Fray Julián le dio un abrazo breve, demasiado fuerte.

—No discuta con todos los poderosos de las Indias el primer día.

—Intentaré dejar alguno para el segundo.

—Y no olvide comer.

—Me lo han ordenado con más insistencia que rezar.

—Porque rezar ya sabe.

Padre Mateo guardó el paquete en la alforja.

El correo inició la marcha. Las mulas avanzaron por el camino helado, dejando atrás el convento, la tapia, la higuera desnuda y los hombres que quedaban bajo el arco de la puerta. Padre Mateo no miró atrás de inmediato. Sabía que las despedidas, como las heridas, duelen más cuando uno las toca.

Solo al llegar al primer recodo volvió la cabeza.

El convento aparecía pequeño contra el cielo pálido. Una humilde construcción de piedra en mitad de Castilla. Su casa. Su silencio. Su costumbre.

Fray Julián levantó una mano.

Padre Mateo respondió con otra.

Después el camino giró y el convento desapareció.

El correo, que cabalgaba delante, habló sin volverse:

—Dicen que en Madrid nos espera orden urgente.

—Las órdenes urgentes suelen llegar tarde.

—¿No os inquieta, padre?

—Me inquietan muchas cosas.

—¿El viaje?

—El viaje, el mar, los hombres que creen no tener pecado, los que creen tener demasiados, los cocineros de posada y las mulas con sentido del humor.

El correo soltó una risa breve.

—¿Y Nueva España?

Padre Mateo miró el horizonte.

La luz naciente empezaba a derramarse sobre los campos de Soria. Era una luz fría, sin adorno, como una verdad dicha antes de tiempo.

—Nueva España todavía no —dijo—. Primero Madrid tendrá que mentirme un poco.

El correo no supo qué responder.

Padre Mateo se acomodó el hábito, palpó el breviario en la alforja y dejó que la mula encontrara su paso.

El camino hacia Madrid se abría delante de ellos con barro, polvo, ventas y preguntas.

Más allá aguardaba el mar. Y más allá del mar, una ciudad donde un muerto sujetaba un nombre entre los dedos, un inocente callaba por honor y un asesino aún caminaba bajo la protección de una sonrisa.

Padre Mateo no sabía nada de eso.

Todavía.

Pero mientras el sol subía sobre Castilla, algo en su interior —no curiosidad, no miedo, quizá una forma antigua de obediencia— comenzó a afilarse en silencio.