Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El fraile de Soria #2
13%

El fraile de Soria #2

—No, hermano. Solo lo ha alimentado como si quisiera enterrarlo satisfecho.

El enfermero se santiguó con alivio.

—Bendito sea Dios.

—Y bendita sea la moderación, aunque tenga menos devotos.

Cuando el hermano salió, Padre Mateo quedó solo.

Abrió de nuevo el tratado y pasó varias páginas.

Le interesaban menos las recetas que los síntomas: lengua seca, pupila contraída, sudor frío, espuma, temblores, manchas en la piel.

La muerte tenía una gramática, y él había aprendido que muchos asesinos escribían mal en ella. Casi siempre añadían demasiado énfasis.

La puerta se abrió con un crujido.

Fray Julián asomó la cabeza.

—Ha llegado un correo.

—Los correos suelen hacerlo.

—De Madrid.

Padre Mateo levantó la vista.

—Eso ya es menos frecuente.

—Trae sello oficial.

—Entonces será una mala noticia. Las buenas noticias viajan sin lacre.

Fray Julián entró del todo. Su rostro había perdido parte de la alegría habitual.

—El padre prior lo espera.

Padre Mateo cerró el libro con cuidado.

—¿Ha dicho el mensajero de qué se trata?

—No. Solo que debe entregarse en mano.

—Los papeles en mano tienen vocación de quitar el sueño.

—¿Quiere que lo acompañe?

—No, fray Julián. Si es una desgracia, bastará con que la sufra uno primero. Si es una orden, acabaremos obedeciéndola todos.

Salieron al claustro. El viento entraba por los arcos y hacía temblar la llama de una lámpara colgada junto a la pared.

En el patio central, la higuera desnuda parecía una mano vieja pidiendo misericordia al cielo.

Padre Mateo caminó despacio, con el hábito rozando las losas.

No se apresuraba casi nunca. Decía que la prisa era útil para apagar incendios y pésima para entenderlos.

El correo aguardaba en la sala del prior.

Era un hombre joven, cubierto de polvo, con botas endurecidas por el camino y nariz roja de frío. Se puso en pie al verlo. Sobre la mesa había un sobre sellado. El prior, que hasta entonces lo había custodiado como si contuviera una reliquia o una enfermedad, señaló la silla.

—Padre Mateo.

—Padre prior.

—Este correo viene de Madrid.

—Eso me ha dicho fray Julián con el tono de quien anuncia langosta bíblica.

El prior no sonrió.

—El despacho está dirigido a mí, pero contiene orden para vos.

Padre Mateo miró el sobre.

—Cuando Madrid se acuerda de un convento pobre, suele ser para pedirle un hombre o quitarle una renta.

—Esta vez parece lo primero.

El prior rompió el sello y leyó en silencio. A medida que avanzaba, su expresión se volvió más grave. Al terminar, dejó el papel sobre la mesa, se quitó los anteojos y se frotó el puente de la nariz.

—Os requieren.

—¿Quién?

—El gobierno de Su Majestad.

—Eso reduce poco el campo.

—Por indicación del conde de Floridablanca.

El correo se irguió apenas al oír el nombre. Padre Mateo no hizo gesto alguno.

—¿Para qué?

El prior volvió a mirar el documento.

—Debéis trasladaros primero a Madrid, donde se os darán instrucciones. Después, si aceptáis y se confirma la orden, partiréis hacia Nueva España.

Fray Julián, que se había quedado junto a la puerta pese a no haber sido invitado expresamente, soltó un sonido ahogado.

—¿Nueva España?

El prior le dirigió una mirada.

—Fray Julián, vuestra discreción sigue siendo tan invisible como vuestra cintura.

—Perdón, padre prior.

Padre Mateo seguía mirando el papel.

—¿Nueva España? —repitió.

No lo dijo con miedo, sino con la extrañeza de quien ve abrirse una puerta donde hasta entonces solo había pared.

—Hay un asunto criminal —explicó el prior—. Delicado. En la capital virreinal. Se solicita vuestra ayuda por vuestra experiencia en averiguaciones discretas.

—“Averiguaciones discretas” —murmuró Padre Mateo—. Hermoso modo de llamar a remover estiércol sin salpicar a los dueños del establo.

El prior le entregó la carta.

Padre Mateo la leyó de pie.

El texto era sobrio. Demasiado sobrio. Mencionaba el servicio a Su Majestad, la confianza depositada en su juicio, la necesidad de reserva, la conveniencia de acudir a Madrid sin demora.

No decía casi nada del crimen. Precisamente por eso decía mucho.

Los despachos que ocultan detalles no buscan informar: buscan medir al destinatario.

Leyó también la línea añadida de mano distinta:

“Conviene advertirle que no se le llama para juzgar pecados, sino para descubrir crímenes; aunque, conociéndole, sospecho que encontrará ambas cosas en abundancia.”

Padre Mateo dejó escapar una breve exhalación que quizá fue risa.

—El conde conserva cierta memoria.

—¿Lo conocéis? —preguntó el prior.

—No lo suficiente para deberle dinero, gracias a Dios.

—Mateo.

La voz del prior cambió. Ya no hablaba al fraile agudo que incomodaba desayunos, sino al sacerdote bajo su obediencia.

—Esto es serio.

—Lo sé.

—El viaje es largo. Peligroso. Podéis enfermar. Podéis morir en el mar. Podéis llegar a una tierra donde nadie os quiera, nadie os conozca y todos os mientan.

—En ese último punto no habrá gran diferencia con Castilla.

Fray Julián abrió la boca para reír, pero la cerró al ver el rostro del prior.

—No estáis obligado a aceptar sin discernimiento —dijo este—. Puedo responder que vuestra salud, vuestra edad o las necesidades del convento…

—Mi salud es suficiente. Mi edad, discutible. Y las necesidades del convento son reales, pero no creo que Dios permita su ruina por privarlo de mis impertinencias durante unos meses.

El prior guardó silencio.

Padre Mateo volvió a leer la carta. Nueva España.

La palabra parecía contener sol, distancia, oro, sangre, campanas distintas.

Había leído crónicas de aquellas tierras, descripciones de sus ciudades, discusiones sobre sus gentes, informes sobre su riqueza y sermones inflamados sobre su salvación.

Pero leer un lugar no era pisarlo. Los mapas mentían con una limpieza que ningún criminal había igualado jamás: reducían montañas, borraban olores, callaban lenguas, convertían dolores en líneas.

—¿Qué crimen? —preguntó.

—No lo especifica.

—Entonces es grave.

—O confuso.

—Lo confuso no cruza el océano si no amenaza a alguien importante.

El prior asintió lentamente.

—Eso mismo he pensado.

El correo, que hasta entonces había permanecido inmóvil, intervino con cautela:

—Debo partir mañana al amanecer con la respuesta, padre.

Padre Mateo lo miró.

—¿Ha comido?

—Algo en el camino.

—Eso significa no.

El prior cerró los ojos un instante. Conocía aquel desvío.

—Padre Mateo…

—Un correo mal alimentado lleva peor las órdenes del rey. Fray Julián, procure que le den caldo, pan y vino.

Fray Julián recuperó la alegría.

—Con gusto.

—No del suyo.

—Entonces con menos gusto.

El correo inclinó la cabeza, agradecido y perplejo. Fray Julián lo condujo fuera, no sin mirar atrás con una mezcla de preocupación y excitación. Cuando quedaron solos, el prior señaló la silla.

—Sentaos.

Padre Mateo obedeció.

El prior era mayor que él, aunque no mucho. Había gobernado el convento con sensatez, firmeza y un cansancio que solo se notaba cuando creía no ser observado. Conocía bien a Padre Mateo. Lo suficiente para admirarlo y temer los problemas que su inteligencia atraía como la miel a las moscas.

—No sois un alguacil —dijo.

—No.

—Ni un juez.

—Tampoco.

—Ni un soldado del rey.

—Soldado, no. Vasallo, sí.

—Sois sacerdote.

—Eso intento recordar cada mañana.

—Entonces recordadlo también allí. Si vais, no permitáis que los poderosos os conviertan en instrumento de sus rencores.

Padre Mateo bajó la mirada.

—Esa es precisamente la dificultad.

—¿Cuál?

—Que cuando un poderoso pide verdad, a menudo quiere decir victoria.

El prior se apoyó en el respaldo.

—¿Y vos qué queréis?

La pregunta era sencilla, pero no pequeña.

Padre Mateo tardó en responder.

—Quiero no ir.

El prior pareció sorprendido.

—¿No?

—No. Quiero quedarme aquí. Con nuestros libros húmedos, nuestras manzanas desaparecidas, los dolores de fray Martín, las discusiones de fray Julián con la templanza y el viento de Soria, que al menos tiene la cortesía de ser enemigo declarado.

—Entonces rechacemos.

—No he dicho que deba quedarme.

—Habéis dicho que queréis.

—La voluntad es un caballo fogoso. La obediencia, cuando es recta, le pone brida.

El prior lo observó con tristeza.

—Siempre habéis tenido facilidad para hacer difícil lo inevitable.

—Es una de mis pocas virtudes constantes.

El prior dobló la carta.

—¿Aceptaréis?

Padre Mateo miró hacia la ventana. En el exterior, la tarde comenzaba a caer sobre las tapias del convento. Un cuervo cruzó el cielo bajo, como una mancha de tinta sobre pergamino gris.

—Si el rey pide un servicio justo, y si mi superior no lo impide, iré.

—Yo no lo impediré.

—Entonces iré.

El prior asintió despacio. Durante unos segundos no hablaron. Había decisiones que, una vez pronunciadas, necesitaban un silencio para volverse reales.

—Prepararemos lo necesario —dijo el prior.

—No será mucho.

—Libros no podéis llevar demasiados.

—Esa es la primera crueldad del viaje.

—Llevad los imprescindibles.

—Los imprescindibles siempre son más de los que permite una mula.

—Mateo.

—Llevaré pocos.

El prior se levantó. Fue hasta un pequeño armario y sacó una bolsa de cuero gastado.

—Hay fondos reservados para viajes de obediencia. No son abundantes.

—Si fueran abundantes, sospecharía que no pertenecen a este convento.

—Tomadlos.

Padre Mateo aceptó la bolsa sin mirarla.

—Haré cuenta de cada maravedí.

—No lo dudo. Pero, por una vez, no confundáis austeridad con imprudencia. Si vais a cruzar medio mundo, comed cuando debáis, pagad a quien toque y no os empeñéis en demostrar que un castellano puede vivir de aire y silogismos.

—El aire alimenta poco. Los silogismos, menos. Pero ambos son baratos.

El prior puso una mano sobre la carta.

—Hay otra cosa.

Padre Mateo esperó.

—No todos reciben bien al hombre que descubre lo que desean ocultar. Aquí os conocemos. Allí no.

—Eso puede ser ventaja.

—También peligro.

—El peligro tiene una cualidad útil.

—¿Cuál?

—Obliga a los necios a mostrarse antes.

El prior negó con la cabeza, aunque una mínima ternura le cruzó los ojos.

—Dios os guarde, Mateo.