El fraile de Soria
En Soria, el frío tenía memoria.
No era un frío pasajero, de esos que entran por una puerta mal cerrada y se marchan con el primer sol.
Era un frío antiguo, terco, criado entre piedras pardas, campos desnudos y campanas humildes.
Se metía en las mangas de los hábitos, en las grietas de los muros, en los huesos de las mulas y hasta en la tinta, que por las mañanas parecía escribir con desgana.
El convento de San Bartolomé se alzaba a las afueras de un pueblo pequeño, encogido entre lomas y tierras de labor.
No era rico ni pretendía parecerlo. Tenía una iglesia sobria, un claustro de arcos bajos, una huerta protegida del viento por tapias viejas y una biblioteca modesta, aunque suficiente para que un hombre con hambre de saber encontrara allí más compañía que en muchas cortes.
A la hora de prima, los frailes ya habían rezado, tosido, caminado en silencio y agradecido a Dios un día que prometía pocas comodidades. En el refectorio, el desayuno consistió en pan moreno, queso recio y una sopa caliente que algunos llamaban caldo por caridad lingüística.
El padre Mateo ocupaba su sitio habitual, cerca de la ventana.
Tenía cincuenta años, aunque nadie en el convento se ponía de acuerdo sobre si aparentaba más o menos.
Era de estatura media, seco sin ser débil, con manos estrechas y ojos de un gris tan claro que a veces parecían hechos para incomodar a las mentiras.
La tonsura empezaba a ensancharse con la dignidad resignada de lo inevitable.
Su rostro no era severo de continuo, pero descansaba en una seriedad que obligaba a los demás a escoger mejor sus palabras.
Aquel día observaba una manzana.
La tenía delante, sobre la mesa, intacta.
Era pequeña, rojiza por un lado, amarillenta por el otro, con una señal oscura cerca del pedúnculo.
Cualquier fraile hambriento la habría mordido sin mayor reflexión.
Padre Mateo, en cambio, la miraba como si la fruta hubiera cometido una falta contra la lógica.
—Si vuestra paternidad piensa interrogarla —dijo fray Julián, sentado a su lado—, convendrá advertirle que las manzanas suelen confesar poco.
Fray Julián era hombre ancho, alegre, de barba espesa y paciencia corta para los misterios pequeños. Tenía la virtud de reírse antes de comprender del todo, lo cual le ahorraba muchas amarguras.
Padre Mateo no apartó la vista de la fruta.
—Las manzanas, fray Julián, confiesan más que algunos cristianos. No mienten, no exageran y no fingen devoción.
—Entonces propongo hacerlas prioras.
—Sería un alivio para la obediencia.
El comentario provocó una tos sospechosamente alegre en dos frailes jóvenes. El prior, desde la cabecera, levantó los ojos del cuenco.
—Padre Mateo.
—Benedicite, padre prior. La proposición de elevar manzanas al gobierno conventual no ha pasado de figura retórica.
—Procure que no pase tampoco a capítulo general.
—Haré penitencia por la metáfora.
El prior volvió a su desayuno con una resignación ejercitada.
Fray Julián se inclinó hacia él.
—¿Qué tiene la manzana?
Padre Mateo la giró con un dedo.
—Que no es la mía.
—Todas las manzanas del convento son de todos.
—Hermosa doctrina. Peligrosa para quien guarda vino en la celda.
—El vino es medicina.
—También lo era el de Caná, y no por eso San Pedro escondía tinajas bajo la cama.
Fray Julián se llevó una mano al pecho.
—Acusa vuestra paternidad con ligereza.
—No acuso. Observo.
—Peor.
Padre Mateo tomó la manzana y la olió.
—Esta fruta procede del cesto de la despensa nueva. Las nuestras, las de la huerta, tienen la piel más basta y la carne menos dulce. Además, alguien la ha limpiado con un paño húmedo.
—¿Y eso importa?
—Importa cuando anoche desaparecieron tres manzanas destinadas a los enfermos.
Fray Julián abrió la boca.
—¿Y sospecha de mí?
—De usted sospecho en materia de vino, queso y sueño después de completas. Pero no de manzanas.
—Agradezco tan estrecha absolución.
Padre Mateo dejó la fruta sobre la mesa.
—El culpable no la robó para comerla. La robó para cambiarla.
Al otro lado de la mesa, un novicio llamado Tomás se puso repentinamente muy ocupado con su pan.
Padre Mateo no lo miró. Eso era lo peor. Cuando el padre Mateo no miraba a alguien, con frecuencia ya lo había visto.
—El hermano enfermero guardó ayer en la despensa tres manzanas buenas que trajeron de la casa de los Muriel para fray Martín, que sigue con fiebre.
Esta mañana quedaban tres manzanas, sí, pero no eran las mismas.
Dos de nuestra huerta y una comprada o recibida de fuera.
¿Quién necesitaba ocultar que había tomado las buenas?
—Un hambriento —dijo fray Julián.
—Un hambriento se las habría comido y habría dejado el cesto vacío. Un culpable con miedo a ser descubierto repone lo robado con fruta peor. Es la diferencia entre apetito y conciencia.
El novicio Tomás tragó pan sin haberlo masticado.
El prior dejó la cuchara.
—Hermano Tomás.
El muchacho levantó la cabeza. Tendría diecisiete años, orejas grandes y mirada de cordero sorprendido por su propia lana.
—Sí, padre prior.
—¿Sabe algo de esas manzanas?
—No, padre.
Padre Mateo suspiró.
—Mendacium habet breves pedes.
Fray Julián tradujo para sí:
—La mentira tiene las patas cortas.
—Y en este caso —añadió Padre Mateo—, las tiene manchadas de barro.
Todos miraron bajo la mesa. Las sandalias del novicio tenían restos de tierra rojiza pegada a las suelas. La huerta del convento estaba helada y seca; no había allí barro desde hacía días. En cambio, el camino hacia la casa de los Muriel, junto a la acequia, sí lo tenía.
El muchacho se puso colorado hasta las orejas.
—Yo… solo quería…
—Eso suele decirse cuando ya no queda mentira entera —dijo Padre Mateo.
El prior hizo un gesto para que continuara.
Tomás bajó la vista.
—Mi hermana pequeña está mala. Mi madre vino ayer al torno y dijo que no tenían fruta ni caldo. Yo sabía que habían traído manzanas buenas para fray Martín. Pensé que… pensé que él no echaría de menos tres.
El refectorio quedó en silencio.
El prior frunció el ceño, pero la severidad se le sostuvo poco en el rostro. Fray Julián miró a Padre Mateo con expresión de triunfo blando, como si acabaran de absolver al género humano.
—Robó —dijo el prior—. Aunque fuera por compasión.
—Sí, padre —murmuró Tomás.
—Mintió.
—Sí, padre.
—Y además cambió las manzanas por otras peores, como si Dios no distinguiera las calidades.
Tomás parecía a punto de llorar.
Padre Mateo tomó la fruta de la mesa y se la tendió.
—Lleve esta también a su hermana.
El novicio levantó la mirada, desconcertado.
—Pero…
—Después irá a la despensa, pedirá perdón al hermano enfermero y trabajará tres días en la huerta. No por haber amado a su hermana, sino por haber creído que el amor le autorizaba a mentir.
Tomás apretó la manzana contra el pecho.
—Sí, padre.
—Y cuando robe por caridad, avise antes. Así evitaremos llamar robo a lo que puede arreglarse con una cesta.
El prior escondió la boca tras el cuenco. Fray Julián no tuvo tanta disciplina y soltó una risa baja.
—Padre Mateo —dijo el prior—, su misericordia llega siempre con espinas.
—La misericordia sin espinas se confunde con mermelada, padre prior.
—Vaya, hermano Tomás —ordenó el prior—. Y rece por fray Martín, que se ha quedado sin manzanas y sin saberlo.
El novicio salió casi corriendo.
Padre Mateo volvió a su pan. Fray Julián lo observaba con los ojos entornados.
—No era un gran crimen.
—No.
—Y, sin embargo, ha montado vuestra paternidad un tribunal sobre una manzana.
—Los grandes crímenes rara vez nacen grandes. Primero uno se permite una mentira pequeña. Luego otra. Después decide que la causa justifica el engaño. Más tarde que el daño ajeno es necesario. Y cuando quiere darse cuenta, ya no distingue entre necesidad y conveniencia.
Fray Julián dejó de sonreír.
—Para una manzana ha quedado muy fúnebre.
Padre Mateo mordió el pan.
—Nemo repente fit pessimus.
—Eso no lo traduzca.
—Nadie se vuelve malvado de repente.
—Ya decía yo que no convenía traducirlo antes de terminar el desayuno.
La biblioteca era el lugar más cálido del convento, aunque no por la lumbre.
Apenas ardían allí unos troncos flacos en una chimenea que fumaba cuando le parecía oportuno.
El calor verdadero venía de los libros: de sus lomos gastados, del polvo sereno de los anaqueles, de la presencia callada de hombres muertos que seguían discutiendo sin levantar la voz.
Había vidas de santos, tratados de moral, sermones, gramáticas latinas, algún volumen de medicina, crónicas de Indias, textos de derecho, mapas incompletos y libros prohibidos que no estaban allí, desde luego, aunque Padre Mateo parecía saber siempre qué páginas faltaban en el mundo.
Pasaba las mañanas entre aquellos estantes cuando las obligaciones no lo llamaban a otra parte.
Leía con una velocidad rara, pero recordaba despacio.
Tenía la costumbre de anotar no lo que un autor decía, sino aquello que el autor intentaba esconder entre lo que decía.
Para él, un libro era como un testigo: útil, vanidoso y a menudo más sincero en sus contradicciones que en sus afirmaciones.
Aquella mañana revisaba un tratado viejo sobre venenos vegetales conservado en la botica conventual. No lo hacía por afición malsana, sino porque fray Martín, el enfermo de las manzanas, había empeorado durante la noche y el hermano enfermero temía haber confundido dosis en una tisana.
Padre Mateo olió el cuenco, examinó los restos de hierbas, preguntó tres veces lo mismo con palabras distintas y terminó señalando un pequeño tarro.
—No fue la tisana.
El hermano enfermero, un hombre nervioso por vocación, palideció.
—¿Está seguro?
—No. Solo los necios están seguros con tanta facilidad. Pero estoy razonablemente tranquilo.
—¿Entonces?
—Fray Martín comió ayer queso.
—Sí.
—Demasiado.
—También.
—Y bebió leche fría.
—Dijo que le aliviaba la garganta.
—Alivia muchas cosas antes de estropearlas.
—¿No lo he envenenado?
Padre Mateo tapó el tarro.