Una carta para Madrid #3
Floridablanca era ya un hombre cargado de años y gobierno.
Tenía la mirada de quien ha leído demasiadas cartas para confiar en la inocencia de la tinta.
Sabía que los imperios no se sostenían solo con ejércitos, sino con información; no solo con leyes, sino con oportunidad; no solo con obediencia, sino con la sensación de que el centro aún veía lo que ocurría en los bordes.
Leyó la carta de Revillagigedo despacio.
Al llegar al nombre de Padre Mateo, dejó de mover la mano.
Recordaba aquel asunto.
No con todos sus detalles, pero sí con la impresión que dejan ciertos hombres al pasar por la memoria de los otros.
Un sacerdote de Soria. Austero. Incómodo.
De esos que escuchan una declaración y oyen tres pecados: el que se confiesa, el que se oculta y el que aún no ha nacido.
Había resuelto años atrás un caso discreto que habría podido convertirse en vergüenza para una familia de servicio antiguo.
No pidió recompensa. No pidió ascenso. No pidió traslado.
Solo pidió que se hiciera justicia sin ruido.
Floridablanca había conocido muchas clases de inteligencia.
La del cortesano, que adivina el viento.
La del militar, que calcula distancias. La del comerciante, que convierte necesidad ajena en beneficio propio.
La del jurista, que encuentra escaleras donde otros ven muros.
La del clérigo ambicioso, que disfraza de virtud sus apetitos.
Pero la inteligencia de aquel sacerdote era otra cosa: una luz fría sobre la mentira.
—¿Excelencia? —preguntó uno de sus ayudantes.
Floridablanca levantó la vista.
—Busquen en los archivos reservados una nota sobre un sacerdote castellano. Padre Mateo. Creo que reside en un convento de Soria o sus cercanías.
El ayudante inclinó la cabeza.
—¿Para asunto de Indias?
—Para asunto de Su Majestad.
Aquello bastaba.
Cuando el ayudante salió, Floridablanca volvió a la carta.
Entendía la preocupación del virrey. Un crimen podía ser solo un crimen.
Pero en territorios lejanos, entre familias ricas, comerciantes heridos en su vanidad y potencias extranjeras con hambre de grietas, un crimen podía convertirse en palanca.
Y las palancas, bien colocadas, mueven reinos.
El conde tomó otra hoja y empezó a redactar.
La respuesta debía ser prudente. No se podía enviar a un sacerdote como si fuera un corregidor, ni anunciar su misión con ruido.
Tampoco convenía despreciar la petición del virrey.
Revillagigedo no era hombre de alarmas fáciles.
Si pedía mirada, era porque había visto sombra.
La orden sería sencilla: localizar a Padre Mateo, ponerlo al corriente de lo imprescindible y disponer su viaje a Nueva España con la debida reserva. Iría sin aparato. Sin proclama. Sin más autoridad visible que una recomendación suficiente para abrir puertas cuando fuera necesario.
Floridablanca dejó secar la tinta.
Luego añadió una línea de su mano, más personal que administrativa:
“Conviene advertirle que no se le llama para juzgar pecados, sino para descubrir crímenes; aunque, conociéndole, sospecho que encontrará ambas cosas en abundancia.”
Por primera vez en toda la mañana, el conde permitió que la sombra de una sonrisa le cruzara el rostro.
El mensajero destinado a Soria partió al día siguiente.
Atrás quedaba Madrid, con sus despachos, sus rumores de corte, sus coches, sus criados y sus hombres que confundían cercanía al rey con importancia ante Dios.
El camino hacia Castilla tenía otra música: viento sobre páramos, campanas más humildes, aldeas donde las noticias llegaban viejas pero las desgracias siempre parecían nuevas.
El sobre que llevaba no era grande. Pesaba poco. Apenas unas hojas, una orden y un nombre.
Padre Mateo.
El correo no sabía quién era aquel sacerdote. Quizá un confesor. Quizá un fraile sabio. Quizá uno de esos hombres molestos a quienes los superiores envían lejos para descansar de ellos. Le daba igual. Su oficio era entregar papeles, no entender destinos.
Pero mientras avanzaba hacia el norte, bajo un cielo cada vez más limpio y frío, la historia que había empezado junto al cadáver de don Gaspar de Luján se alejaba de Nueva España para buscar a un hombre que aún ignoraba estar siendo llamado.
En la capital virreinal, entretanto, los rumores no esperaban.
Don Alonso de Villaclara seguía preso.
Doña Elvira vestía un luto que parecía más antiguo que su matrimonio.
Don Esteban de Arriaga multiplicaba visitas y conversaciones.
Doña Mariana de Velasco escuchaba más de lo que decía.
El capitán Salvatierra comenzaba a impacientarse con la lentitud de la justicia.
Don Baltasar Ochoa había ordenado revisar sus libros de cuentas y quemar dos cartas.
Fray Anselmo de la Cruz rezaba por los vivos con más inquietud que por los muertos.
Y Edward Blackthorne, comerciante inglés de modales impecables y sonrisa tranquila, se presentó aquella tarde en el palacio virreinal para ofrecer, con perfecta cortesía, cualquier ayuda que pudiera prestar a las autoridades en un asunto tan lamentable.
Nadie le pidió coartada.
Todavía no.