Una carta para Madrid #2
—No conviene exagerar los hechos, pero menos aún despreciar su alcance.
Ha sido muerto en su propia casa don Gaspar de Luján, hombre relacionado con casas de comercio, propietarios y sujetos de influencia.
Existe preso un sospechoso, don Alonso de Villaclara, español de nacimiento, venido a menos por deudas de juego y enemistad pública con el difunto…
Revillagigedo se detuvo.
—Añada: “Sin embargo, las circunstancias del caso presentan una disposición tan evidente que obliga a la prudencia.”
Pedro escribió.
—Eso gustará poco a quienes desean culpable inmediato —dijo.
—Las cartas reservadas no se escriben para gustar.
El virrey continuó:
—La muerte ha dado ocasión a murmuraciones sobre la seguridad de los vecinos principales y, lo que juzgo más delicado, sobre la eficacia del gobierno para contener desórdenes que aún no existen, pero que algunos parecen deseosos de imaginar.
El secretario levantó la vista.
—¿“Deseosos de imaginar”?
—Sí. Que Floridablanca entienda que no hablo solo de un cadáver.
La pluma volvió al papel.
—En atención a la singular composición de esta ciudad, donde intereses de comercio, nacimiento, honra y obediencia se mezclan de forma no siempre limpia, considero conveniente contar con un sujeto ajeno a estas rivalidades, capaz de proceder con discreción, juicio y entereza moral.
Pedro esperó la siguiente frase.
—Si vuestra excelencia conserva noticia de cierto sacerdote castellano llamado padre Mateo, cuya prudencia en averiguaciones delicadas fue referida en su día a algunos servidores de Su Majestad, rogaría se valorase su envío a esta capital con la mayor reserva.
El secretario escribió más despacio al llegar al nombre.
Padre Mateo.
Aquel nombre, sobre el papel, parecía poca cosa. No tenía tratamiento, ni título, ni cargo. Pero las decisiones verdaderamente peligrosas suelen entrar en los documentos de puntillas.
—Añada —dijo el virrey—: “No solicito aparato, sino inteligencia. No solicito fuerza, sino mirada.”
Pedro de la Lastra detuvo la pluma un instante.
—Es una frase poco administrativa.
—Por eso la recordará.
La carta siguió. Se habló de mantener el asunto dentro de cauces discretos, de evitar que las familias principales explotaran el miedo, de impedir que se extendiera la idea de desgobierno y de atender, con especial cuidado, la posible presencia de intereses extranjeros en los rumores de la ciudad.
Al escribir esa última parte, el secretario levantó de nuevo la mirada.
—¿Intereses extranjeros?
Revillagigedo no contestó enseguida. Fue hasta un mapa más amplio donde las rutas marítimas se abrían como venas sobre el océano. Veracruz, La Habana, Cádiz, Jamaica, Londres. Nombres unidos por comercio, vigilancia, codicia y pólvora.
—Inglaterra no duerme —dijo al fin.
—¿Cree que puede haber mano inglesa en un crimen doméstico?
—Creo que Inglaterra mete la mano donde encuentra una cerradura mal guardada.
—Pero esto empezó con una disputa de tierras.
—Las grandes intrigas suelen empezar vestidas de cosas pequeñas: una deuda, una ofensa, una cama, una firma, una copa servida a destiempo. Luego alguien les pone bandera.
Pedro no pudo evitar mirar la carta anónima.
—¿Debo mencionar esa sospecha?
—No como certeza. Como cautela. Floridablanca entenderá el matiz.
La carta quedó terminada al cabo de una hora.
Fue copiada en limpio con letra clara, sellada con cuidado y marcada para conducción reservada.
No viajaría sola ni por manos vulgares. Iría hacia Veracruz, y de allí cruzaría el océano rumbo a la Península, donde los asuntos de América llegaban siempre cargados de humedad, plata y preocupación.
Mientras el secretario preparaba el despacho, el virrey quedó solo.
El silencio del despacho era ahora más denso. Sobre la mesa seguían las cartas de la burguesía, alineadas como pequeños ataúdes de papel. Revillagigedo tomó una de ellas al azar. La abrió, la leyó sin leerla y la dejó otra vez.
Conocía aquella música.
Los poderosos nunca decían “tenemos miedo” sin disfrazarlo de bien común.
Hablaban de estabilidad, de decoro, de seguridad, de servicio al rey.
A veces era cierto. A veces solo defendían sus bolsas, sus camas o sus apellidos.
Pero incluso el egoísmo de los ricos podía prender incendios verdaderos si se lo alimentaba con muerte.
Entró un oficial joven y pidió permiso para informar.
—Adelante.
—Excelencia, hay novedades sobre don Alonso.
—Hable.
—Se le ha interrogado de nuevo. Insiste en que no mató a don Gaspar. Se niega a decir dónde estuvo. Cuando se le advirtió que su silencio podía costarle la vida, respondió que hay cosas peores que morir.
El virrey entornó los ojos.
—Eso ha dicho.
—Sí, excelencia.
—¿Con miedo?
—Con tristeza, diría yo.
Revillagigedo asintió lentamente.
—El miedo mira a la puerta. La tristeza mira al suelo. ¿Miraba al suelo?
El oficial pareció sorprendido.
—Sí, excelencia.
—Puede retirarse.
Cuando quedó de nuevo solo, el virrey pensó en el hombre preso.
Don Alonso de Villaclara. Jugador, arruinado, violento quizá.
La clase de hombre que una ciudad acepta como culpable porque su caída ya estaba empezada.
Era fácil colgar un crimen de un cuello que todos habían visto inclinarse sobre una mesa de juego.
Demasiado fácil.
El despacho reservado salió de la capital dos días después, protegido por la discreción de quienes sabían que un papel puede pesar más que un arcón de plata.
Atravesó caminos vigilados por polvo, ventas, postas, rezos de arrieros y noches donde las estrellas parecían más antiguas que el propio imperio.
Llegó a Veracruz entre olor a sal, brea, sudor y mercancías.
Allí aguardó el momento oportuno para embarcar.
El mar lo recibió sin interés.
Las olas no distinguen entre cartas de amor, órdenes de guerra y peticiones de auxilio.
Todas se mojan igual si Dios o la torpeza lo disponen.
Durante semanas, el despacho viajó encerrado en una caja junto con otros documentos oficiales, protegido de la humedad por cuero, cera y una confianza que el océano no había prometido respetar.
A bordo se hablaba de muchas cosas: de temporales, de cargamentos, de corsarios, de enfermedades, de Cádiz, de Veracruz, de mujeres dejadas atrás y de santos invocados con más miedo que devoción.
Algún marinero juró haber visto una vela sospechosa en el horizonte.
Otro dijo que los ingleses andaban inquietos por los mares del norte.
Un tercero respondió que los ingleses siempre andaban inquietos, porque Dios los había hecho isla y ellos querían ser mundo.
La carta siguió su camino.
Cuando por fin llegó a la Península, el aire era distinto.
Más seco, más viejo, más acostumbrado a los pasos de reyes y ministros.
De Cádiz subió hacia Madrid entre correos, relevos y caminos que olían a polvo, mula y frío.
El despacho fue registrado, conducido, entregado, esperado.
Cada mano que lo tocaba ignoraba una parte de su importancia.
Así funcionaba el poder: muchos obedecían fragmentos de una decisión que solo unos pocos llegaban a conocer entera.
En Madrid, el conde de Floridablanca recibió la comunicación en una mañana ocupada por demasiados asuntos.
España gobernaba un cuerpo inmenso con nervios de papel.
Desde los despachos llegaban noticias de Europa, de América, de puertos, de embajadores, de obispos, de militares, de comerciantes.
Francia ardía con ideas que olían a pólvora aunque aún vistieran de filosofía.
Inglaterra observaba los mares como un acreedor observa una herencia.
Y en el interior de la Monarquía, cada provincia, reino y virreinato reclamaba atención, dinero, justicia o paciencia.