Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Una carta para Madrid
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Una carta para Madrid

La primera carta llegó antes del desayuno.

No venía dirigida al virrey, sino a su secretario, que era la forma cortés de llamar a la puerta del poder sin manchar el pomo con demasiada urgencia.

La firmaba don Esteban de Arriaga, hermano de doña Elvira Luján, cuñado del difunto y comerciante de peso en la ciudad.

La letra era firme, elegante, de hombre acostumbrado a dictar más que a pedir.

En ella se hablaba de consternación, de confianza en la justicia de Su Majestad, de inquietud entre las familias principales y de la necesidad de una resolución pronta para evitar murmuraciones inconvenientes.

La palabra “inconvenientes” estaba subrayada.

El secretario Pedro de la Lastra la leyó dos veces.

No porque no la entendiera, sino porque las cartas importantes rara vez dicen lo más importante en la primera lectura.

En la segunda ya se advertía mejor el filo: Arriaga no pedía justicia.

Pedía velocidad. Y la velocidad, en los asuntos criminales, suele ser la hermana ligera del error.

La segunda carta llegó media hora después, firmada por tres casas comerciales.

La tercera, poco antes de tercia, la traía un criado vestido con librea azul y plata. En ella una viuda de apellido sonoro ofrecía sus respetos al virrey, deploraba la tragedia y advertía que “la seguridad de las familias de reconocido servicio a la Corona” debía ser protegida con especial celo.

La cuarta no tenía firma.

Eso la hacía más interesante.

Pedro de la Lastra la dejó aparte, sobre una bandeja de plata, y observó el sobre. Papel bueno, lacre oscuro, mano cultivada que intentaba parecer torpe. Una mano que sabía ocultarse, pero no lo bastante. La abrió con cuidado. No contenía amenazas. Era peor. Contenía rumores.

Decía que la muerte de don Gaspar de Luján no era un hecho aislado.

Decía que ciertos hombres habían sido vistos merodeando casas principales.

Decía que había extranjeros haciendo preguntas en los portales.

Decía que el virrey debía vigilar menos a los pobres y más a quienes fingían ser aliados.

Decía, sobre todo, que si el gobierno no protegía a los vecinos principales, los vecinos principales tendrían que protegerse solos.

El secretario respiró hondo.

En política, las frases anónimas son como ratas en una bodega: si aparece una, rara vez viene sola.

Tomó las cartas, las ordenó por gravedad y caminó hacia el despacho principal.

El palacio virreinal tenía a esa hora una luz limpia, casi solemne.

Los pasos de los funcionarios sonaban sobre el suelo encerado.

Al fondo, en algún patio, un criado llenaba cántaros junto a una fuente.

Desde la calle llegaban voces de vendedores, ruido de ruedas, campanas dispersas y ese rumor continuo de una ciudad que nunca estaba del todo quieta.

Nueva España era un reino dentro del reino, un espejo inmenso donde la Corona se miraba con orgullo y temor.

Había plata en sus montañas, trigo en sus campos, cacao, grana, añil, pieles, libros de cuentas, novenas, espadas, cartas lacradas, rezos sinceros y pecados bien vestidos.

Sobre aquella tierra pesaba la grandeza de España y también su fragilidad.

Gobernarla exigía mano, oído y paciencia.

El virrey Revillagigedo ya estaba en pie.

No era hombre de dejar que la mañana lo encontrara dormido.

Examinaba unos planos de limpieza y ordenación urbana cuando entró el secretario.

Sobre la mesa había documentos de empedrado, alumbrado, policía, abastos y obras públicas.

Aquel virrey tenía la incómoda costumbre de mirar la ciudad no solo como escenario del poder, sino como cuerpo vivo: si una calle olía mal, si una acequia se cegaba, si los ladrones encontraban sombra, si los funcionarios se dormían sobre los registros, todo le parecía parte de una misma enfermedad administrativa.

—Más cartas —dijo Pedro de la Lastra.

Revillagigedo levantó la vista.

—¿De pésame o de presión?

—Empiezan como lo primero y terminan como lo segundo.

El virrey extendió la mano.

Leyó en silencio. No frunció el ceño, no golpeó la mesa, no hizo ningún gesto de esos que los hombres menores usan para demostrar autoridad. Solo se quedó quieto. En él, la quietud pesaba más que la cólera.

—Arriaga escribe demasiado bien para estar solo dolido —dijo al cabo.

—Pide resolución rápida.

—Pide una cabeza.

—Don Alonso de Villaclara ya está detenido.

—Una cabeza culpable, si es posible. Pero una cabeza, en cualquier caso.

Pedro no respondió. Había aprendido que con ciertos hombres inteligentes el silencio era una forma de colaboración.

El virrey tomó la carta anónima.

—Esta es la peor.

—También lo he pensado.

—No por anónima. Por oportuna. Aún no se ha enfriado el cadáver y ya hay quien aconseja desconfianza hacia el gobierno.

—Puede ser simple miedo.

—El miedo simple no redacta tan bien.

Revillagigedo se acercó a la ventana. Desde allí se veía una parte del patio interior, los arcos limpios, la piedra clara, los criados que iban y venían con una disciplina casi musical.

Más allá estaban las calles, y más allá todavía los barrios, los conventos, los mercados, las casas de los ricos, los jacales de los pobres, los caminos hacia Veracruz, Puebla, Querétaro, Guanajuato.

Un territorio enorme sostenido por papeles, obediencias y campanas.

—¿Ha hablado de nuevo el alguacil con Villaclara?

—Sí, excelencia. Sigue sin dar coartada.

—¿Nada?

—Nada útil. Dice que no mató a Luján, pero se niega a explicar dónde pasó la noche.

—Los hombres de honor son a veces muy idiotas.

El secretario se permitió una sombra de sonrisa.

—¿Debo poner eso en el informe?

—Ponga que el sospechoso se obstina en guardar silencio por razones que quizá no sean criminales.

—Eso parecerá una defensa.

—Eso será una duda. La justicia debe saber dudar antes de hacerse la sorda.

Revillagigedo volvió a la mesa.

—¿Qué dicen los criados?

—Que don Alonso y don Gaspar discutieron. Que don Alonso salió al patio. Que don Gaspar lo siguió. Que ambos regresaron alterados. Después, la cena terminó. Nadie sabe con certeza quién vio por última vez vivo a don Gaspar.

—¿Y el papel?

—El fragmento con el nombre de Villaclara sigue siendo el indicio más fuerte.

El virrey tomó una pluma, la hizo girar entre los dedos y luego la dejó sobre la mesa.

—Demasiado fuerte.

—¿Excelencia?

—Un muerto conserva en la mano precisamente el nombre del hombre que todos sospechan. Un hombre arruinado, jugador, orgulloso y sin coartada. Un enemigo fácil. Casi generoso por parte del asesino.

—O por parte de la providencia.

Revillagigedo miró al secretario.

—La providencia acostumbra a ser más sutil.

Durante unos segundos solo se oyó el ruido remoto de la ciudad.

Luego el virrey abrió un cajón y sacó un pequeño paquete de cartas antiguas, atadas con cinta.

No eran documentos oficiales del gobierno de Nueva España.

Pedro de la Lastra las había visto una vez, pero nunca había preguntado por ellas.

—Hace años —dijo el virrey—, cuando aún estaba en la Península, oí hablar de un sacerdote castellano.

El secretario aguardó.

—Un hombre discreto. De convento. Sin cargo público ni ambición visible. Había resuelto un asunto desagradable en una villa de Castilla. Una muerte que parecía accidente, un testamento manipulado, un sobrino demasiado piadoso y una criada que fingía no saber leer.

—¿Un sacerdote investigador?

—No lo llame así delante de él, si alguna vez lo conoce. Los hombres inteligentes soportan mal que se les reduzca a oficio de feria.

—¿Y resolvió el caso?

—Según me contaron, no solo lo resolvió. Hizo confesar al culpable sin levantar la voz y sin enseñarle más arma que una vela, una carta y una frase de san Agustín.

Pedro de la Lastra arqueó apenas las cejas.

—Curioso método.

—Los hay peores. Algunos consisten en detener al primer desgraciado con deudas.

El secretario comprendió.

—¿Piensa pedir que lo envíen?

—Pienso pedir ayuda discreta. Si en Madrid conservan memoria de ese hombre, sabrán a quién buscar.

—¿Cómo se llama?

El virrey separó una carta del pequeño paquete y la abrió. Había allí una nota vieja, con letra de otro despacho, donde se mencionaba brevemente un asunto resuelto en tierras castellanas. Revillagigedo leyó el nombre.

—Padre Mateo.

El secretario repitió el nombre en silencio, como se prueban las llaves antes de saber qué puerta abrirán.

—¿Un fraile de Castilla para un crimen de Nueva España?

—Precisamente.

—Perdone vuestra excelencia, pero aquí no faltan jueces, alcaldes, fiscales, escribanos ni hombres de armas.

—No. Lo que falta es alguien que no deba favores a ninguna familia de esta ciudad.

Pedro bajó la mirada hacia las cartas.

—Eso sí falta.

—Y alguien a quien el orgullo criollo, la soberbia peninsular, el miedo de las viudas, la codicia de los comerciantes y la torpeza de los alguaciles le importen menos que la verdad.

—Es mucho pedir a un hombre.

—Por eso he dicho un sacerdote.

El comentario no fue devoto ni irónico. Fue práctico.

En una sociedad donde todos pertenecían a algo —familia, linaje, casa comercial, regimiento, audiencia, convento, cofradía—, un sacerdote extraño podía moverse con una libertad singular.

Se le abrían puertas por respeto, se le confesaban medias verdades por costumbre y se le subestimaba por hábito.

Aquello, bien usado, podía ser más eficaz que una escolta.

—Prepare la carta para Madrid —ordenó el virrey—. Reservada. Dirigida al conde de Floridablanca.

Pedro de la Lastra tomó asiento junto a la mesa auxiliar, dispuso papel, tintero y pluma.

—¿Dicta vuestra excelencia?

Revillagigedo caminó despacio mientras hablaba. No dictaba solo palabras: medía consecuencias.

—Excelentísimo señor conde de Floridablanca…

El secretario escribió.

—Con el mayor sigilo pongo en conocimiento de vuestra excelencia un suceso cuya apariencia criminal empieza a producir inquietud entre ciertas familias principales de esta capital…

La pluma avanzó con un roce fino.