Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Las campanas de la capital #3
6%

Las campanas de la capital #3

—La muerte de cualquier vasallo del rey me preocupa, don Esteban. La importancia de un crimen no se mide solo por la riqueza del cadáver.

El comerciante aceptó la corrección con una inclinación.

—No pretendí sugerir otra cosa.

—Sí la pretendió. Pero ha tenido la prudencia de no decirla entera.

El secretario bajó los ojos hacia sus papeles para ocultar una mínima reacción.

Revillagigedo tomó entonces el informe y leyó en silencio. Nadie habló. Fuera, la tarde se deshacía en una luz dorada sobre los patios. Dentro, cada línea parecía oscurecer el despacho.

Cuando terminó, dejó el papel sobre la mesa.

—Hay algo en este asunto que no me gusta.

Don Raimundo se inquietó.

—¿Excelencia?

—Todo parece demasiado dispuesto.

—El sospechoso tenía motivo.

—Muchos hombres tienen motivo para muchas cosas que nunca hacen.

—No tiene coartada.

—Eso sí me interesa.

Don Esteban apretó los labios.

—Excelencia, con el debido respeto, si se permite que un hombre arruinado, jugador y violento asesine a uno de los nuestros sin castigo rápido, el daño será grande.

—¿Uno de los nuestros? —repitió el virrey.

Don Esteban comprendió tarde el peligro de la frase.

—Quise decir un hombre de bien.

—Naturalmente.

El silencio que siguió fue más duro que una reprimenda.

Revillagigedo se levantó y caminó hasta el mapa de la ciudad. Durante unos segundos observó sus calles, plazas, iglesias y acequias como si el asesino pudiera estar dibujado en alguna esquina.

—La justicia actuará —dijo—. Pero no al ritmo que dicte el miedo de las tertulias.

—Excelencia…

—Y tampoco permitiré que este crimen se convierta en excusa para poner en duda la autoridad del rey en estas tierras.

Don Esteban inclinó la cabeza.

—Nadie desea tal cosa.

El virrey se volvió.

—Todavía.

La palabra quedó suspendida.

Cuando el comerciante se retiró, el despacho pareció ganar aire. Don Raimundo también recibió permiso para marcharse, con la orden de continuar los interrogatorios y mantener custodiado a don Alonso. Solo quedó el secretario.

—¿Cree vuestra excelencia que Villaclara no es culpable? —preguntó Pedro de la Lastra.

—Creo que un hombre puede ser culpable de arruinar su vida sin ser culpable de quitar la ajena.

—El indicio del papel…

—Demasiado cómodo.

—A veces la verdad es cómoda.

—Rara vez en política.

El secretario esperó. Conocía a Revillagigedo lo suficiente para saber que aún no había terminado.

—Don Gaspar pertenecía a una red de intereses —continuó el virrey—. Tierras, préstamos, comercio, familias criollas, peninsulares, deudas. Su muerte no caerá en tierra seca. Germinará.

—¿Teme desórdenes?

—Temo cartas. Las cartas son más lentas que los motines, pero llegan más lejos.

Pedro de la Lastra asintió.

—¿A Madrid?

—A Madrid. A Cádiz. A Veracruz. A donde convenga a quienes quieran hacer de un muerto una bandera.

El virrey regresó a la mesa.

—Prepare una comunicación reservada.

—¿Para quién, excelencia?

Revillagigedo apoyó una mano sobre el informe.

—Para el gobierno de Su Majestad.

El secretario tomó aire.

—¿Tan grave lo considera?

—Aún no. Pero podría serlo. Y cuando un fuego puede alcanzar los archivos, no se espera a ver arder el primer legajo.

—¿Qué debe decir la comunicación?

—Que se ha producido un crimen de notable repercusión entre familias principales.

Que existe sospechoso detenido, pero también circunstancias confusas.

Que la tranquilidad de la alta sociedad novohispana empieza a alterarse.

Y que, por prudencia, convendría disponer de ayuda discreta, ajena a las rivalidades locales.

Pedro de la Lastra mojó la pluma.

—¿Ayuda de qué naturaleza?

El virrey no respondió al instante. Miró de nuevo el mapa, luego el retrato del rey.

—Alguien que sepa escuchar mentiras.

El secretario levantó la vista.

—Hay muchos hombres así en los tribunales.

—No. En los tribunales hay hombres que escuchan declaraciones. Yo hablo de mentiras.

Pedro comprendió que no debía preguntar más.

Afuera, las campanas volvieron a sonar. Esta vez llamaban a la oración del atardecer.

En otra parte de la ciudad, doña Elvira Luján recibía visitas con rostro de mármol.

Don Alonso de Villaclara aguardaba en una celda, negándose a decir dónde había pasado la noche.

Doña Mariana de Velasco cerraba sus cortinas antes de tiempo.

Don Baltasar Ochoa revisaba papeles con manos sudorosas.

El capitán Salvatierra afilaba su desprecio.

Fray Anselmo rezaba por un alma que quizá no era la del muerto.

Y en alguna estancia discreta, alguien que aún no había sido nombrado sonrió al saber que la ciudad empezaba a mirar justo donde él quería.

La noche cayó sobre Nueva España con una suavidad engañosa.

Bajo los balcones, los faroles se encendieron uno a uno. Las sombras ocuparon las esquinas. Los criados echaron cerrojos. Los comerciantes guardaron sus libros. Las damas ocultaron sus cartas. Los hombres respetables hablaron de justicia, pero pensaron en sus secretos.

La fuente del patio de don Gaspar siguió manando en la oscuridad.

Y el agua, indiferente a la sangre, repitió hasta el alba su pequeña oración de piedra.